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mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?

Bukowski

Nadie sino tú

By | Literatura | No Comments

16-08-1920
Bukowski. Realismo sucio. Pulp Fiction. Exhibicionismo Literario.
En este mundo decir la verdad es sucio. Indecente. Inapropiado.
En este mundo ir sin filtro y sin máscara es peligroso. Está prohibido. Es asqueroso.
En este mundo la autenticidad es un delito.
En este mundo el alma humana al desnudo es una provocación inaceptable y vergonzosa.
Pero no es obscena la esclavitud, ni el maltrato, ni la violencia, ni la corrupción, ni la guerra, ni el trabajo infantil, ni la trata de personas, ni la corrupción, ni la impunidad, ni el hambre, ni la precariedad, ni la desigualdad, ni la opresión, ni la represión, ni la censura, ni la dictadura, ni la hipocresía, ni la explotación, ni la degradación, ni la violación de los derechos humanos, ni el expolio, ni la negligencia, ni el genocidio.
No. Eso no. Eso está muy bien.
Pero la poesía de Bukowski…
La poesía de Bukowski es realismo sucio.

Nadie sino tú

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
Te verás una y otra vez
en situaciones casi imposibles.
Intentarán una y otra vez,
por medio de subterfugios, engaños o
por la fuerza
que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente
por dentro.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
Y será muy fácil desfallecer,
tan fácil,
Pero no desfallezcas, no, no.
Limítate a mirarlos.
Escucharlos.
¿Quieres ser así?
¿Un ser sin cara, sin mente,
sin corazón?
¿Quieres experimentar
la muerte antes de la muerte?

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
Y mereces salvarte.
No es una guerra fácil de ganar,
pero si algo merece la pena ganar,
es esto.

Piénsalo.
Piensa en salvarte a ti mismo.
Tu espíritu.
Tus entrañas.
Tu parte mágica y ebria.
Tu belleza.
Sálvala.
No te unas a los muertos de espíritu.

Mantente en pie
con humor y gracia.
Y al final,
si es necesario,
apuesta tu propia vida mientras luchas.
A la mierda las probabilidades,
a la mierda el precio.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
¡Hazlo! ¡Hazlo!
Entonces sabrás exactamente de
qué hablo.

Jostein Gaarder

Jostein Gaarder

By | Literatura | No Comments

Jostein Gaarder nació el 8 de agosto de 1952. Si suena en sus cabezas el nombre de este escritor noruego será seguramente por su novela El mundo de Sofía, una obra de ficción que recorre la historia de la filosofía.

Gracias al placer inmenso que me produce leerles a mis hijos antes de dormir, aunque ya con sus 8 y 12 años puedan leer ellos por sus propios medios perfectamente, empezamos El mundo de Sofía hace unos meses atrás. Y aunque la historia les atrapó y nos quedábamos la mayoría de las veces dedicando más tiempo a hablar sobre las preguntas que nacían en sus curiosas y arborescentes cabecitas a partir de la narrativa de Gaarder que a la lectura propiamente dicha, llegó un momento en el que se agobiaron con lo mucho que faltaba para terminar. Y, aunque no claudiqué tan fácilmente, llegó también el triste día en que tuvimos que devolverlo a la biblioteca sin haberlo acabado y esperar irremediablemente unos días para poder pedirlo en préstamo otra vez. Paciente y entusiasmada me acerqué al pasillo de literatura juvenil y encontré en la letra G, no solo más ejemplares de El mundo de Sofía, sino otros muchos libros de Gaarder, bellamente encuadernados con sus tapas duras y sus lomos amarillos y azules de editorial Siruela ¡y muchas menos páginas! Y así fuimos descubriendo, gracias a esas múltiples coincidencias y a mi deseo de seguir con la literatura filosófica -o la filosofía literaria- en nuestras lecturas nocturnas…La biblioteca mágica de Bibbi Bokken, El castillo de las ranas, Los enanos amarillos, Los niños de Sukhavati y El misterio del solitario. Y qué maravilla, porque quedan muchos más títulos por descubrir.

En todas sus novelas construye mundos paralelos, múltiples realidades dentro de la realidad; desvela, a través de los recursos de la ficción, la existencia de ámbitos superpuestos y presenta una compleja red de dimensiones sincrónicas complementarias y en sintonía. La estructura, el contenido, el texto, el subtexto y la propia forma de contar y enlazar los hechos están planteados desde un punto de vista filosófico. Cada parte, desde lo general hasta lo particular, desde la idea hasta los pequeños detalles, emana y se estructura desde y hacia el pensamiento filosófico. No solo enseña filosofía, sino que enseña a filosofar. Enseña a preguntarse y a ampliar la manera de enfrentar la realidad. Abre con sigilo y maestría la posibilidad de ver a través, de imaginar una ventana donde creíamos que había un muro, de inventar una pregunta donde parecía haber solo respuestas, de dudar y replantear, de imaginar y buscar siempre más allá, de expandir la realidad, la certeza, la verdad hacia nuevos límites, siempre flexibles, siempre abiertos, siempre permeables, invitando a explorar, y a gozar con el proceso más que con la meta.

Celebro la obra de Gaarder. Celebro las casualidades y causalidades y todas las sincronicidades que me llevaron al pasillo de la letra G y consiguieron que sus palabras llegaran traducidas a mis manos, y llenaran de imágenes y de preguntas las noches de lectura y las curiosas cabezas de mis hijos. Celebro esos días prestados en que el libro me espera encima del escritorio al lado de sus camas, deseoso de volverse voz, siempre dispuesto a abrirse paso y trazar caminos y a enseñarles a amar la sabiduría a la hora de conciliar el sueño.

Día del Libro

By | Literatura | No Comments

En el día del libro, compartiré una lista de los libros que me definen.
Que me han reconstruido de alguna manera.
Que me rescataron a veces de la oscuridad, otras de la soledad (aunque viven en cuartos contiguos).
Creo que porque tienen un punto de sinceridad visceral que me ha hecho sentir acompañada en momentos en los que las personas de carne y hueso que respiraban y caminaban y comían y parecían existir a mi alrededor y a mi alcance se me hacían muy distantes y extrañas.
Imaginar que detrás de estas letras impresas en papel había una persona tangible (o la había habido en el caso de los que ya no son más que palabras) me daba una infinitamente necesaria sensación de no estar tan sola en mi locura y en mi desesperación.

Aquí van.

Milan Kundera. La insoportable levedad del ser

Milan Kundera. La ignorancia

Karl Ove Knausgard. La muerte del padre

Karl Ove Knausgard. Un hombre enamorado

Stig Saeterbakken. A través de la noche

Marguerite Yourcenar. Opus Nigrum

Carson McCullers. La balada del café triste

José Donoso. El jardín de al lado

Julio Cortázar. Rayuela (y cualquier cosa que haya escrito, sus cuentos, su voz recitando el aplastamiento de las gotas, el futuro, los amantes, sus clases magistrales en Berkeley…leería de Cortázar hasta la lista de la compra)

Clarice Lispector. Cerca del corazón salvaje

Clarice Lispector. La pasión según G. H.

David Foster Wallace. Esto es agua

David Foster Wallace. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

La peli ‘The End of the Tour’ y el libro de David Lipsky que recoge todas las conversaciones de los días en los que convivió con David Foster Wallace y lo acompañó en la presentación de ‘Infinite Jest’.
El libro se llama ‘Although of Course You End Up Becoming Yourself’. Ya está traducido: ‘Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo’.
No sé cómo habrá hecho David Lipsky para sobrevivir a haber convivido con DFW y tener que despedirse.

Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza

Simone de Beauvoir. La mujer rota

objetoDeAmor

Objeto de amor

By | Arte, Crisis Existencial, Literatura | No Comments

Siempre hay un detonante. Creo que hubo ciertas imágenes, artículos, películas, frases, novelas, conversaciones, cuentos que se fueron acumulando en un receptáculo en mi cabeza y de repente ya no hubo más espacio. Ayer un amigo me mandó por WhatsApp la foto de un maniquí y escribió: “Y de repente, la mujer perfecta. Me la llevo para casa.” Y no me hizo falta más: El objeto de amor.

Primero me llamaron la atención los japoneses, conocidos por su aversión al contacto físico, por beber y trabajar y suicidarse demasiado. Eso hace que a sus vidas podamos asociar sin tanto pavor la elección de una muñeca de silicona para transformar en la mujer de sus vidas. Su objeto de deseo, de amor, de compañía. No son solo lo primero que pensamos: compañeras sexuales. Son también una mujer a quién abrazar durante la noche, a quien besar cuando llegan del trabajo, a quien meter en la bañera y peinar y vestir, a quien regalar flores y vestidos y abrigos y tacones, a quien llevar de paseo, con quien fotografiarse en la hierba en una soleada tarde de picnic en el campo. Y no todos son hombres raros. Depresivos o pervertidos o desquiciados con un pie en el psiquiátrico o alcohólicos o drogadictos o viudos o almas perdidas al borde del suicidio. Algunos son empresarios, perfectamente funcionales, casados y con hijos. Pero aman a esa mujer por encima de todo lo demás. Es ella la que les hace felices y fieles y sinceros y la que les pone el corazón a mil cuando meten la llave en la cerradura de la puerta de sus casas.

Y no puedo evitar preguntarme ¿por qué? Y no me conformo con la respuesta fácil: están enfermos, están locos. Empiezo a redactar afirmaciones en mi cabeza.

No me va a traicionar. No me va a mentir. No me va a abandonar. No me va a juzgar. No me va a engañar. No me va a culpar. No me va a decir no. No me va a dejar solo. No me va a rechazar. No me va a manipular. No me va a herir. No me va a agredir. No me va a menospreciar. No me va a criticar. No se va a ir. No se va a morir.

¿Quién no necesita todo esto? ¿Y quién puede afirmar todo esto teniendo enfrente a una persona de carne y hueso?
Cuando somos niños se nos permite tener un objeto transicional. Con toda naturalidad. Nadie pensaría que estamos enfermos porque necesitamos llevar ese sucio y andrajoso oso de peluche a todas partes. Ese oso que nos hacía compañía cuando el adulto que anhelábamos ya no aguantaba un minuto más nuestro desvelo, nuestro llanto, nuestro mal humor, nuestra tristeza, nuestras inagotables ganas de hablar, jugar, cantar, reír, saltar. Cuando nos sentíamos solos y desatendidos e incapaces de lidiar con nuestra propia y angustiante y recurrente insatisfacción, nadie pensó que era una pésima idea inventar el objeto transicional. Ya cuando seas adulto aprenderás a lidiar con esa mierda. Ahora dejame en paz.

Después vino la historia de Nagoro. Esa aldea en las islas Shikoku, también en Japón, donde una mujer se dedica desde hace más de 10 años a fabricar muñecos de tela en escala real de la gente que se fue del pueblo. O se murieron o migraron. Ya no están. Y ella los retrata. En Nagoro viven 29 humanos y 350 muñecos. El primero fue un espantapájaros que cosió para que cuidara del huerto. Con él intentó replicar a su papá. Y esa presencia, a la vez ficticia y tangible, llenó un pequeño espacio de ese vacío de silencio y soledad que inundaba la isla, el pueblo, su casa y su propia vida. Y así empezaron a aparecer muñecos. Mujeres, hombres, niños, ancianos, trabajadores, paseantes. Y de pronto las aulas de la escuela se llenaron de niños otra vez. Y el paseo a orillas del río. Y los huertos. Y el prado. Y las calles. Y las tiendas. Y las casas. Y la cocina. Y el sofá. Y la mesa. Y sí. Me parece tétrico. Y macabro. Y algo enfermo. Y algo perverso. Pero también tiene un destello de soledad y desamparo y nostalgia y de la más cruda y profunda humanidad que me llega al alma.

Y pienso en el cuento de Joyce Carol Oates, El señor de las muñecas, una historia de terror en la que un niño desarrolla un perturbador apego a las muñecas después de la muerte de su prima, cuya privación le llevará a convertirse en un psicópata.

Y la película Lars and the Real Girl, en la que el protagonista consigue superar su patológica soledad y aislamiento social gracias a que su familia acepta su delirante y surrealista relación con una muñeca sexual.

Y cito a Carson McCullers, y su maravillosa descripción del amor en La balada del café triste: “En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar ese amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que desvaría, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una pecadora perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor. “

Y pienso en la necesidad más básica del ser humano. Y cómo esa necesidad nos impulsa y nos encadena, nos motiva y nos paraliza, nos levanta y nos hunde de manera intermitente. La necesidad de amor. La necesidad de que nos miren, nos escuchen, nos valoren, nos respeten, nos acaricien. La necesidad de construir un vínculo afectivo. La necesidad de que exista una persona en quien confiar, con quien conectar, abrir nuestro corazón, dar, construir, sabiendo -y sin dudar- que será recíproco. Confiando en que será cierto, profundo e incondicional. Suena bien ¿Qué pasa cuando no se tiene? ¿Cuando no confiamos en que sea algo alcanzable, posible y verdadero?

Buscamos un sustituto, objeto transicional, paliativo, reemplazo, distracción, anestesia. Sexo, dinero, trabajo, éxito, reconocimiento social, cada vez más virtual y al alcance. Me gusta, me divierte, me encanta, me interesa, asistiré, te sigo, comparto, me fascina eso tan genial y tan parcial y filtrado y retocado y editado y replicado. Ese escaparate tan fantástico que parece tu vida en pantalla.

Como nos cuesta asumir, aceptar, sentir que nos falta A, y en cambio buscamos y anhelamos y nos dejamos la vida supliéndolo con B, C, D, X, Y, Z. Y mujeres de silicona y muñecos de trapo y peluches y chupete y cigarrillo y raya y coche y zapatos y perfume y anillo y viajes y premios y horas extras y sábado y fútbol y facebook y comida y alcohol y televisión y dinero y placer y netflix.

Y todo lo que necesitábamos era amor. Alguien en quien confiar. Alguien a quien abrir nuestro corazón, sabiendo que no lo haría pedazos.

Se acabó

By | Crisis Existencial, Literatura, Primera Persona | No Comments

Me cuesta terminar algunas cosas.
El gel de ducha, por ejemplo. O la pasta de dientes.
Necesito empezar uno nuevo antes de que se acaben. Siempre.
Es como un horror vacui, una adicción a la continuidad, pánico al instante de constatar la afirmación: “se acabó”.
Me pasa con otras cosas. 
Las tostadas del desayuno. Nunca falta ese paquete destrozado que tiene una tostada y media y un montón de migas en la mesada de la cocina.
Pero, indefectiblemente, ya tiene que haber otro abierto y ordenadito -de momento- en la mesa y al lado del café.
Lo que más me cuesta terminar son los libros.
No es que me cueste llegar al final.
Es que me angustia la última página.
Ya le había bajado el ritmo a Lucia Berlin. (sí, sin acento)
Sentí el vacío cuando, aunque parecía que faltaba más, me di cuenta de que las últimas cinco hojas eran: una en blanco, una con la fecha de impresión, otra de agradecimiento y otras dos con una biografía breve.
Qué tristeza…
Llevaba hoy tres días sin avanzar con tal de no terminar su Manual para mujeres de la limpieza.
Porque ¿cómo se vence la incertidumbre? ¿cómo saber si podré igualar esa cuota de placer con el siguiente? ¿cómo asegurarme de conseguir replicar esa adictiva sensación de sintonía, compañía, conexión?
Ya preparé un doble antídoto. Entre La Náusea y Malentendido en Moscú yo creo que Sartre y Simone de Beauvoir obrarán saludablemente en favor de mi estado emocional.
Y de paso, por unos días, los vuelvo a colocar uno al lado del otro. El orden alfabético no les hizo ese favor entre los estantes de la biblioteca.

Muchas más que 50 sombras de Grey

By | Literatura | No Comments

Hay distintas denominaciones que le han asignado a la trilogía de E. L. James: un récord de ventas, una verdadera revolución para la vida sexual de las mujeres, e incluso la han llamado pornografía para madres. Yo creo que todo esto puede ser un poco verdad, pero tengo ganas de ponerle yo misma algunos nombres y sus apellidos. Creo que tiene los ingredientes principales que cualquier best-seller debe tener; es de lectura fácil y rápida (nadie la valorará por su estilo literario o por la calidad de su prosa), en esto me recordó mucho a la experiencia de leer el Código Da Vinci, donde había páginas que realmente las pasaba por encima a toda velocidad; se puede quitar mucho, muchísimo, y no se pierde uno nada sustancial, artilugio que no podríamos usar jamás con Kundera o Yourcenar. Elige temas que despiertan el morbo: sado, sexo explícito, un protagonista traumatizado y neurótico con un pasado oscuro. Es, vamos a ser sinceros, atrapante (esta sensación va bajando de intensidad en cada entrega; la tercera parte casi que la he terminado por no dejar las cosas a medias, pero no porque me interesara demasiado). Es muy predecible, no apela para nada a la inteligencia del lector ni le sorprende con giros originales. Y, obviamente, tiene un final feliz.
No es que mi intención sea criticar en el mal sentido la obra, ni dejarla por los suelos. Debo confesar que me he quedado leyéndola hasta la madrugada, que he ido a por “50 sombras más oscuras” ni bien terminé la primera, y que me he divertido imaginando las escenas eróticas que tan explícitamente se recrean. Y debo aceptar también que la autora ha sido muy ocurrente al introducir el sado y un protagonista dañado emocionalmente. ¿Qué mujer no sueña con ser una heroína que consigue rescatar a su hombre de las ruinas de su pasado, de sus bloqueos emocionales, de sus vicios, y de su tristeza y hermetismo? Muchas veces mientras avanzaba en la lectura me reía sola pensando qué hubiera pasado con el libro si Christian Grey no hubiera sido un joven exitoso, un bombonazo multimillonario de cuerpo escultural. ¿A dónde se hubiera tenido que meter el contrato de dominación y sumisión si el protagonista masculino hubiera sido un gordito cincuentón, deprimido, frustrado, y al volante de un Seat Córdoba azul oscuro del 99? Casi me habían dado ganas de ponerme a escribir la anti-trilogía.
A Anastasia Steel me han entrado ganas por momentos de darle un par de azotes por sus dudas, miedos, caprichos y su rollito…mi cincuenta sombras, ¿qué haría yo sin él? Creo que en ese punto me daba cuenta de que la historia no estaba escrita para mujeres maduras, sino para veinteañeras post-adolescentes que pudieran sentirse más identificadas con ella y encontraran en Christian, Cincuenta Sombras, un candidato apetecible. Yo me preguntaba si la autora iba a tener la valentía y la irresponsabilidad de darle a la entrega un final feliz, con hijitos correteando por el jardín y todo, y así fue. La tuvo. En ese punto es en el que yo le podría bautizar de literatura irresponsable, porque ilusionar a unos cuantos miles de jovencitas que confiesan en el blog oficial haber llorado cuando se terminaron el último librito, porque no sabían cómo iban a hacer para vivir sin Christian, o se preguntan dónde estaba su Christian Grey que aún no había llegado a sus vidas… ¡Es muy fuerte! Chicas, queridas mujercitas, bienvenidas a la vida, ¡maduren por favor!, no busquen al señor Grey, ojalá no encuentren nunca nada parecido. Es totalmente imposible (salvo que se pueda pagar las sesiones semanales de un ficticio doctor Flynn) que un hombre con semejante historia y mambo mental se convierta de la noche a la mañana en un hombre perfecto, un marido equilibrado y un padre ejemplar. Ojalá la vida de pareja fuera tan fácil de transformar en un idilio: con tres o cuatro conversaciones profundas, dos sesiones de terapia de pareja y cuatro polvos al día.
Me ha divertido, sí. Ha encendido en mi cabeza pensamientos eróticos que con la rutina, la maternidad, el trabajo y la crisis se habían esfumado, sí. Ha conseguido que me ría y me divierta hablando abiertamente de sexo con mi marido y con parejas de amigos, sí. Ahí se queda. No creo que mire la película tampoco cuando la estrenen. La chica creo que la han elegido bien, pero este Jaime Dornan no es lo que yo me imaginaba cuando leía la historia, si hubieran puesto a Hayden Christensen (el Anakin Skywalker del Episodio III) me lo pensaba.

jaula vacia

El canario

By | Literatura, Mujer | No Comments

Desde el martes, que volvió del trabajo con el canario. Decime, ¿a quién se le ocurre regalar un canario? Así, de la nada, sin ninguna razón. A mí no me engaña, porque yo desde un primer momento ya me di cuenta de que algo pasaba. Que no sabés lo bien que trabaja esta chica, es tan responsable, nunca llega tarde, es la primera secretaria que le cae bien al jefe, le prepara el café como a él le gusta, ¿no es increíble? ¿A mí qué me importa que sirva bien el café esta mosquita muerta? Y podés creer que empezó a tener de repente más reuniones a mediodía, y no venía a comer. Yo no soy tonta, esto no es casualidad, porque además la semana pasada, que ésta se tomó las vacaciones, ahí sí, claro, ahí vino todos los días, y me llamaba a las 12:30 a ver que le iba a preparar, ¿podés creer? Yo estoy hirviendo, imaginate, éste de lo más fresco, como si nada. Y no va que el martes pasado me cae con la jaula, y el pájaro éste que claro, ¿quién le tiene que poner agüita, limpiarle las caquitas, que la lechuguita? ¿Quién? La idiota. Yo no sé, creo que me voy a volver loca, y todos los días, ¿podés creer que llega y va a saludar al bicho? Que ahora me jode la siesta, claro, porque canta, y es horrible ¿Y qué me dijo? Me dijo que esta “Paulita” había estado en Canarias de vacaciones. Y no, es que me da risa, claro, que le había traído el bicho de recuerdo, ¿de recuerdo de qué, me querés decir? No, esto no es normal, y encima ahora me dice. No, es que no te lo vas a creer. Que viene el viernes a cenar, sí, como lo estás oyendo. La invitó a cenar. Yo no sé qué hacer, porque esto ya es demasiado ¿yo qué papel juego? Esta tontita en mi casa, claro, sentada en mi mesa, y yo, la idiota, sirviéndole la cena, ¿y él? ¿qué me dice? Que es muy buena, que le da pena porque es jovencita, que está muy sola, recién llegada, que no tiene a la familia, y que es tan responsable y tan simpática, ¿vos qué decís? Pero sinceramente, ¿qué papel estoy haciendo? Porque claro hay momentos que pienso que no puede ser, que son historias mías…pero después cae éste con cada cosa que me confirma la sospecha, y sí, claro que tengo razón ¿Vos qué harías? Yo no puedo quedarme así como si nada, como una…¿Qué? Vos estás loca ¿cómo voy a hacer eso? ¿te parece? Ay, mirá, escucho la llave. Sí, te dejo que ahí llegó. Sí, el viernes.

 

-Huele muy bien gordita ¿Dónde están las sin alcohol? Así le sirvo algo a Paula. ¿Falta mucho?

-Están ahí. En el estante de abajo, las tenés adelante tuyo.

-Uy, hiciste dos paelleras, gordita ¿No será demasiado? Mirá que Paula no come mucho ¿Por qué hiciste tanto? Después lo terminás tirando.

-Y…como es tan especial esta “Paulita”, como me dijiste que no le gustaban los mariscos, hice una valenciana.

-¿Dónde me dijiste? No las veo.

-Mario, adelante de tu nariz.

-¡Ah! Es que compraste las sin ¿No había cero cero? Es que no toma alcohol.

-No ves que era especial esta “Paulita”. Menos mal que hice la de pollo.

-¿Y las almendras, gordita?

-Mario, me dejás tranquila que se me va a pasar el arroz. Parece que no vivís en esta casa. Están en el estante de la puertita.

Entra Paulita en la cocina.

-Permiso ¿Ayudo en algo?

-No querida.

-Qué buena pinta. Mario siempre me dice lo bien que le cocinás.

-Sí. A mí lo bien que preparás el café. Vayan yendo a la mesa que voy a ir sirviendo.

-A mi mejor servime la de pollo. Sí. Es que los mariscos a veces me caen mal.

-¿Mario?

-Y…servime un poquito de las dos. Para probar.

-Yo me sirvo la de mariscos, así estamos a mano.

-Está exquisita. Muy suave, porque a mi si le ponen mucho pimentón…

-La hice como siempre, como le gusta a Mario. Ahí tenés un plato para los huesitos nena si querés.

-¡Ay Mario! ¿Y Lorenzo?¿Dónde lo tienen?¿No es hermoso? Yo lo ví y enseguida me imaginé la ilusión que les haría escucharlo todas las mañanas.

-Vení, vení que te lo muestro, está en este balcón, porque justo de este lado como hay un poco de sol a la tardecita. Gordita ¿Y Lorenzo?

-Lo puse en el balcón de atrás, como ahora a la noche se levantó tanto viento.

-¿En el de la habitación del medio?

-No, en la nuestra.

-¿En la nuestra? Si la nuestra no tiene balcón.

-¿Preparo café?

feng zheng

Cómplices del viento

By | Arquitectura, Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Con muchas cosas y cada tanto me pasa que creo saber lo que algo significa, hasta que un día me doy cuenta de que no. Cambia algo en mi interior, o en el mundo circundante. Releo un párrafo, encuentro un papel en un bolsillo, cruzo una mirada con alguien, cuelgo el teléfono, me tomo el último trago de agua y ya no soy la misma. Hay algo que de repente comprendí, como una pieza que encaja y hace sonar un “clic” en mi cabeza.

Puede ser tan trivial como descubrir que la palabra “desayunar” está compuesta por el prefijo “des” y luego el verbo “ayunar”. No recuerdo desde qué momento forma parte de mi vocabulario mental, escrito, oral, onírico, gráfico y principalmente visceral; pero no fue hasta hace unos días atrás que me di cuenta, que tomé conciencia de que des-ayunando se terminaba el ayuno.

Pero cuando más veces me pasó esto de sentir que caía una ficha y hacía clic y se acomodaba en su lugar, fue en mi viaje a China.

Después de desayunar arroz, almorzar arroz, merendar arroz y cenar arroz durante diez días, llega un momento en el que uno se sienta frente al cuenco y ve esos cilindritos blancos y humeantes pegoteados entre sí y uno dice: esto es arroz.

Después de tres días caóticos intentando llegar al parque natural de Jiuzhaigou, de 15 horas de autobús, taxi, caminata, otra vez autobús; con el estómago en la boca después de dejar inconscientemente mi vida en manos de conductores suicidas que adelantaban en las curvas de un camino de montaña por el carril contrario y cuya única precaución era dar un bocinazo; cuando al fin uno se sienta en la butaca del primer vuelo que pondrá fin a la pesadilla, el avión despega y uno dice: estoy vivo.

Y es ineludible narrar la experiencia de la visita a la muralla. Badaling es la parte que queda más cerca de Beijing, por lo tanto, la más visitada. Uno cree que la muralla es eso, un gran muro de piedra, ancho, alto y larguísimo, tan descomunal como para que pueda verse desde la luna. Lo primero que uno se entera leyendo la guía turística es que la muralla no se ve desde la luna, a duras penas y con bastante dificultad la encuentra uno en Google Maps. Después viene el darse cuenta de que ese tramo de muralla está en su mayoría reconstruido en la década del 30. Todo el recorrido va uno aferrado dificultosamente a unos pasamanos que obviamente no estaban ahí en los tiempos de la dinastía Ming. Al llegar arriba, después de haber trepado escaleras imposibles y rampas que lo dejan a uno sin aliento, el premio es encontrarse con medio millón de chinos que llegaron en teleférico, y que se toman fotos con uno y no con la muralla, ya que encontrarse con un occidental parece ser bastante más emocionante que con ese montón de piedras que pocos saben bien qué están haciendo ahí. El premio mayor es llegar al chiringuito donde pagando una desmesurada suma puede uno llevarse un bonito diploma personalizado que versa: “Yo estuve en la Muralla China”. Ahí arriba, entre la eterna neblina y rodeado de un vociferado murmullo ininteligible uno se dice: soy occidental.

Caminar por Beijing puede ser fascinante. Las bicicletas, los espacios verdes, la escala incomprensible de plazas y avenidas, el gris perpetuo de los edificios, el caos, el perfil de alguna pagoda escondida al final de un callejón, el olor a frituras, a té, los grupos de tres o cuatro chinos agachados en la esquina jugando algún antiguo juego de mesa en mitad de la acera. Y las cometas. De repente uno escucha un ruido de papel, como de pájaros, una especie de silbido, y uno mira hacia arriba y ahí ve mecerse flameante una bandada de caritas blancas con sonrisas grandes y azules y ojos multicolores, coronadas por un finísimo lazo celeste, mareado por el viento. Y uno ya no sabe qué decir. Y a uno se le puede llegar a ocurrir alguna frase poética que contrarreste todo lo anterior, como por ejemplo: las cometas son cómplices del viento.

La caligrafía china fue una de las cosas que más me fascinó. Antes, durante y después del viaje. Hay signos muy complejos, pero si uno empieza por los más simples termina descubriendo que hasta los más sobrecargados son combinaciones y superposiciones de signos primarios, y que cada signo es un pictograma, una abstracción gráfica y cada vez más simplificada de algo real. Para decir cometa los chinos dicen “fēng zhēng” que sería algo así como decir “viento-reto”. El caracter para escribir viento es una cruz bajo una especie de “u” invertida. El viento para ellos reviste peligro, es una corriente de aire incontrolable que puede hacer que el “qi” o “aliento de vida” pierda su rumbo. Y, justamente, cada vez que aparece esa cruz en un caracter simboliza algo temible. El signo “zhēng” no solo significa reto sino también competir, disputar, esforzarse por llegar a la cima. Y su pictograma sintetiza una mano cogiendo una especie de vara; una mano controlando, detentando poder. Así la cometa podría explicarse como aquella que reta al viento, la que lucha por llegar a la cima.

No sabría decir si volví de China. Sí sé que tomé un vuelo que hizo escala en Estambul y me llevó al día siguiente a Madrid. Pero tengo una extraña sensación que me viene a la cabeza desde ese viaje. Cada vez que veo una cometa tengo la sensación de que alguien está escribiendo “fēng zhēng”, trazo por trazo, y siento una “u” invertida encima de mi cabeza, y casi me escurro por una mano que me aprieta fuertemente y no deja que el viento gane la batalla.

distrito Rojo

Domingo

By | Crisis Existencial, Literatura | No Comments

Otra vez había llegado el domingo. Odiaba que los domingos fueran deprimentes. Era tan colectiva esa sensación que detestaba sentirlo así, porque él se creía diferente del resto de la humanidad. Si iba a ser igual al resto de los mortales, hubiera preferido serlo en otras cuestiones que al menos le hicieran más digerible el día a día. Hubiese querido tener la capacidad de adaptarse a las rutinas, a hacer de lunes a viernes las mismas cosas, a la misma hora, sin que eso significara un replanteo constante del sentido de la vida. Quisiera haber aceptado su destino, su ciudad, su familia, como algo casi congénito, sin tener que estar intentando redefinir su identidad en medio de tribulaciones ontológicas constantes. Odiar los domingos no tenía ningún beneficio. Hacía que su existencia fuera todavía un poco más tediosa una vez a la semana.

 

Era un hombre sensible, con tendencia a la introspección; una de esas personas que parecen estar solas, aunque consigan por un rato ser el eje de la tertulia. Vivía en Ámsterdam desde hacía tres años y medio; estaba a cargo de la reorganización de la obra de Mondrian para la reforma del Stedelijk Museum.

 

Ese domingo no tenía ganas de visitar otra vez el mercado de flores, ni de comer una ensalada de salmón ahumado en el Waag, ni de pararse frente a los cuervos en el trigal de Van Gogh, aunque esa opción solía hacerle sentir vivo, le hacía imaginar que sus arterias no eran líneas rectas, sino cargadas de óleo rojo, azul, eróticamente sinuosas, palpitantes

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Se perdió por los canales del barrio antiguo, sin saber bien qué lo guiaba o hacia dónde.

Contó uno, dos, tres bolardos pintados de rojo, dejó pasar una bicicleta, cruzó el puente a la carrera, rozó con el índice el muro sur de la iglesia vieja y se paró frente a una puerta escaparate. Un tubo de luz roja a la derecha del cristal, una cortinilla blanca medio cerrada. Subió la mirada por una pierna desnuda de mujer, evitó nervioso el torso y clavó directamente los ojos en sus pupilas. Ella cerró lentamente los ojos de pestañas cargadas de rímel. Él sintió que le caminaban cientos de hormigas por el pecho y se le cerraba un dique en la garganta. Retiró la vista como quién se pierde distraído en sus pensamientos y aceleró el paso confundiéndose entre la gente camino del Dam.

 

Esa noche dibujó entre las sábanas el cuerpo de ella. Cerraba los párpados y veía, como una imagen que el sol ha impreso en la retina, un cuarto rojo, azul, y entre aristas rectas sobre fondo gris, sus ojos azules, el orificio nasal, tan diminuto, los pendientes de piedras canela, el bucle desarreglado detrás de la oreja.

 

Volvió a ser domingo. Por primera vez agradecía al calendario que hubiese avanzado hasta el final del renglón de la semana. Se vistió apurado, montó en la bicicleta y cruzó los siete canales hasta llegar al sur de la calle Damstraat. Encadenó la bici al primer bolardo que encontró pintado de rojo en esa acera, tropezó con dos transeúntes, un perro, tres escalones de piedra, una farola pintada de azul y se detuvo. La puerta negra de picaporte despintado, la junta del cristal reflejando tímidamente la luz roja de neón, la cortinilla de tela medio abierta.

La mano de ella abandonó en cigarrillo frente al lavabo, y abrió la puerta.

 

-¿Cómo te llamas?

-¿Y tú?

-¿Cómo quieres que me llame?

-Como cuando eras una niña.

Anna se mordió el labio inferior mientras le miraba la boca. Se dio media vuelta y cogió el cigarrillo.

-¿Vas a entrar?

-Sólo quiero que hablemos. No sé si existe una tarifa para eso.

 

Ella cerró la puerta y la cortinilla. Lo tomó de las manos y lo sentó en el sofá. Se arrodilló frente a él, apoyando el mentón en sus rodillas y los senos en el hueco de sus piernas. Le miró como cuando era niña. Nicolás tenía una bandada de palomas revoloteando en el tórax, apenas podía pensar y sentía una brisa de fuego trepando por las piernas. Anna se incorporó suavemente y se pegó contra el cuerpo de él. El pubis apretando su entrepierna, el cuello y el pelo rozándole la cara. Nicolás respiró hondo, guardándose un sorbo de su olor. Hash, champú de hierbas, Opium, agua de azahar. Cerró los ojos y tragó saliva, la cogió de los hombros y se levantó; deslizó sus manos hasta la cintura, se dio la vuelta hasta la puerta y tomó cincuenta euros del bolsillo trasero. Los dejó sobre el lavabo y se fue.

 

Domingo otra vez. Primer domingo de primavera. Olía a ozono. La lluvia acababa de mojar las aceras y empezaba a evaporarse. Nicolás se duchó, buscó la camisa verde oliva, se la puso cuidadosamente, acomodando el cuello. Antes de abotonarla se echó perfume en la nuez de Adán, en el pecho, encima del ombligo. Se bajó del taxi en Oude Kerk. Rozó con el dedo índice el muro sur de la iglesia. El corazón se le escapaba del cuerpo, podía sentir como le fluía la sangre por las venas. La mente se le disgregaba en cientos de fugaces imágenes de sus cuerpos fundidos en una marea de sudor y excitación. Giró en la esquina y se paró frente a la puerta escaparate. Un tubo de luz roja encendido a la derecha del cristal, el picaporte de la puerta despintado. La cortinilla estaba cerrada.

 

Se tropezó con un hombre, una niña y un bolardo pintado de azul. Se escondió entre la gente de los puestos de regalos, entre zuecos y tulipanes. Se dejó caer en un banco al borde del canal y lloró. Era una de esas personas que no son como el resto de la humanidad. Hubiera querido compartir con el género humano alguna otra cualidad que no fuera la de odiar los domingos. Hubiera querido saber que ella no era suya, no era Anna, no existía, cada domingo, sólo para él.