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mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?

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Los limones, la nieve y todo lo demás

By | Arte | No Comments

Ellas se conocieron en un tren. Un tren hacia ninguna parte. Viajar es un perpetuo no ir a ninguna parte más que hacia dentro. Huir no es otra cosa que huir de nosotros. Moverse no es otra cosa que intentar imaginar que somos otros, como si cambiando el contexto cambiara el texto; como si cambiando el envase, cambiara el contenido.

Ellas se conocieron en un tren. Y se atrevieron a recorrer juntas Europa. Aunque es absolutamente imposible ir con alguien a ninguna parte. Las relaciones humanas están destinadas al malentendido. Solo hacemos de cuenta que nos escuchamos y nos entendemos y nos hacemos compañía. Pero no es verdad. Es un acuerdo tácito y siempre efímero en el que convenimos llamar entendimiento, sintonía, comprensión, complicidad, al más absoluto sinsentido, al perpetuo malentendido y la soledad.

Ellas se conocieron en un tren. Y se aman y se abrazan y se odian y se abandonan. Y a eso llaman estar juntas. Y reflexionan, con lo necesario, inevitable, doloroso e incómodo que es reflexionar. Y dicen. Y no importa lo que dicen. Y callan, y es tanto más importante lo que callan.

No hace falta ser un zorro, haber sido cazado entre otros 12.000 zorros, transformarse en un cadáver mínimamente compuesto y digno. No hace falta ser un zorro para estar muerto y disecado.

No hace falta esperar a la tormenta para buscar refugio, para cubrirnos, para abrigarnos, para alzar los brazos y abrir la boca y recibir y gozar y agradecer.

No hace falta que me ayudes cuando el suelo está lleno de obstáculos. No hace falta que me salves cuando avance reptando y solo sienta vértigo y pierda el equilibrio. No hace falta que me abraces cuando pierdo el eje, el sentido, el deseo, el rumbo. No hace falta que me toques cuando tiemblo y me ausento y no siento más que soledad. No hace falta que te acerques cuando el silencio es ensordecedor y me grita y me aturde y mi cabeza está a punto de estallar. No hace falta que te quedes cuando solo hay oscuridad y no puedo ver más que tenues y caóticos puntos de luz derramados, inconexos, ficticios. No hace falta. Pero no te das una idea de cuánto lo necesito.

Y los limones, y la nieve, y todo lo demás.

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Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

pigmalión y galatea

Efecto Pigmalión y Altas Capacidades

By | Altas Capacidades, Arte | No Comments

El mito de Pigmalión narra la historia de un escultor que, tras múltiples fracasos en materia amorosa, decide renunciar a la búsqueda de una mujer real a la que entregar su amor y se propone esculpir en mármol cuerpos femeninos que se acercaran al ideal que no había conseguido encontrar. Al acabar su última creación, a quien llamará Galatea, se siente profundamente atraído y se enamora de ella. Afrodita, conmovida por la tristeza y soledad de Pigmalión y por la sincera intensidad de su naciente y platónico amor, se compadece y decide poner fin al sufrimiento del escultor dando vida a Galatea.

Como en otras tantas ocasiones, la psicología se ha valido de los personajes mitológicos y sus historias para explicar y comprender algunos patrones de conducta y trampas emocionales que a menudo condicionan nuestras vidas. En relación con el mito de Pigmalión se puede hablar del llamado efecto Pigmalión y sus puntos de contacto con la profecía autocumplida.

Llamamos efecto Pigmalión al resultado que tiene sobre el comportamiento y la imagen de sí mismo que pueden tener las expectativas, las exigencias y las afirmaciones que se hagan sobre una persona, principalmente por parte de sus padres y maestros durante la infancia. Al final, a fuerza de escuchar lo que los demás ven, lo que los demás interpretan y esperan de nosotros, y guiados por la necesidad primordial de aceptación y amor, terminamos amoldándonos, encajando, cumpliendo con esos designios, aunque no sean verdad. Preferimos ser lo que los demás esperan de nosotros mismos que pagar el precio de la soledad y la incomprensión. Pero, para cuando se tiene madurez, conciencia y autoestima suficientes, puede ser ya demasiado tarde.

En relación a las altas capacidades se da muchas veces el llamado efecto Pigmalión negativo, que no es otra cosa que la mímesis que sufren los niños y niñas de altas capacidades al ver su identidad, su valía y sus necesidades totalmente desatendidas, subestimadas e ignoradas. Terminan cumpliendo con la imagen, el rol y patrón de comportamiento que se espera de ellos, aunque esto los aleje dolorosamente de su naturaleza y de su ser, coarte su personalidad y reduzca enormemente el desarrollo de sus capacidades y talentos.

Lo más saludable sería, claro está, que la atención y tolerancia ante lo inusual y diferente, en el ámbito que sea, fuera una prioridad impostergable. Pero la realidad es que la inmensa mayoría de niños y niñas con altas capacidades siguen sin diagnosticar, y de la minoría que conoce su condición, un alto porcentaje sigue sufriendo las consecuencias de una sociedad y un sistema educativo que no están formados ni preparados para atender a sus demandas. El riesgo del efecto Pigmalión negativo aumenta con la adolescencia y puede acarrear desmotivación, frustración y una sensación de aislamiento e inadaptación que muchas veces deriva en ansiedad, depresión y en el fracaso escolar.

Es un derecho de todo niño manifestar su individualidad, su propia personalidad, inteligencia, creatividad, motivación e intereses sin tener que esconderse, amoldarse y mucho menos avergonzarse por eso.

La obra Las metamorfosis de Ovidio nos relata así el mito:

Pigmalión, en sueños, se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda bajo los rayos del Sol y se deja malear, tomando distintas formas, haciéndose más dócil. Al verlo, se llenó de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba a sí mismo. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas latían al explorarlas con sus dedos.

Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, que conmovida le dijo “mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has creado. Aquí tienes a la mujer que has soñado. Ámala y defiéndela del mal”.

Y así Galatea se volvió humana.

Ojalá la simbología del mito de Pigmalión solo encontrara sentido en la expresión de la propia personalidad, no idealizada ni guiada por el deseo de perfección, ni de un amor platónico dirigido hacia una fuente de felicidad externa a nosotros, anhelada y representada por el amor romántico como antídoto contra la soledad. Ojalá la simbología del mito nos llevara a la búsqueda de nosotros mismos. Y de transformarnos en ese ser que se forja y consolida a través del trabajo diario, un ser a quien amar y defender del mal.

Ojalá el único efecto Pigmalión que se aplicara al desarrollo infantil fuera el positivo, aquel que se produce cada vez que un padre, una madre, un maestro motivan y potencian la autoafirmación a través de la tolerancia, el respeto, la aceptación, la sinceridad, la confianza y el apoyo incondicional, únicos pilares sobre los que se consigue el desarrollo integro de la personalidad y el autoestima y se consigue encauzar y dar forma a la creatividad, la capacidad y el talento.

 

Imagen © Elisabeth Caren

El complejo arte de conservar

By | Aranjuez, Arquitectura, Arte | No Comments

La Real Academia Española nos ofrece cinco soluciones para una incógnita: decidir desde qué punto de vista las palabras nos llevarán hasta una perspectiva adecuada ¿Qué significa conservar? Mantener o cuidar de la permanencia o integridad de algo. Mantener vivo y sin daño. Continuar la práctica de hábitos y costumbres. Guardar con cuidado. Preservar en un medio adecuado. Todas, como pasa habitualmente con las familias de acepciones, comparten una idea: la necesidad de proteger. Siempre que ponemos interés en proteger algo es porque existe un valor por el que vale la pena cualquier esfuerzo con tal de que las huellas del uso, el paso irrefrenable del tiempo, la indiferencia o el olvido no apaguen su halo invisible, aquel que lo rodea y hace eterno.
Cuando se reinauguró la pasada primavera la Fuente de Venus en la Plaza de San Antonio en Aranjuez, más conocida como La Mariblanca, se reinició el tiempo. Nos invitó a mirarla otra vez, con nuevos ojos y con atención. Había vuelto a nacer, con sus más de dos siglos y medio de edad, nos enfrentaba al pasado, a la memoria; detenía y atesoraba en el instante presente todo su valor y la magia de todas las miradas que la habían capturado, de cada gota de lluvia, del sonido de campanas y carruajes haciendo vibrar el agua de la fuente, las risas y carreras de los niños, los besos a su amparo, testigo ausente de fiestas y paseos y nevadas y fuegos de artificio.
Venus, por encima de todo. Etérea, vierte sus cántaros y fecunda sin distinción a todos quienes se arrastran, reptiles y caracoles. A aquellos que creen sostenerla, el poder absoluto de rostros como soles, de reyes felinos clavando sus garras en feroz ilusión de poseer torres de piedra y brillantes esferas en un arrebatado intento de adueñarse del mundo como si fuera un imperio.
Venus decide no mirar. Ni a la iglesia. Ni al palacio. Ella solo espera que el horizonte le regale la salida del sol cada mañana. Así es como cuida su permanencia y mantiene su integridad. Como se mantiene viva y sin daño. Y nos guía en la práctica de buenos hábitos y costumbres. Y guarda con cuidado. Y preserva adecuadamente lo que realmente tiene valor y merece ser conservado: el arte, elevado por encima de toda representación de poder.

Detrás de la belleza

By | Arquitectura, Arte, Crisis Existencial, Madrid | No Comments

Desde aquí todo se ve a una cierta distancia. Parece una maravillosa postal. Bella Madrid de cielo despejado contra el pronóstico ininterrumpido de lluvia para toda la semana. Los edificios se perfilan entre embutidos blancos y grises de nubes en el horizonte y bandadas de puntos negros en vuelo fractal. Hay una certera quietud en la que casi pareciera que todo funciona. El mundo gira, la ciudad vive y lleva el curso que debe llevar. Las personas, desde aquí, son pequeños seres en movimiento. A esta distancia de terraza de décima planta, Madrid se transforma en decorado y diminutos humanos transitan y es fácil llegar a creer que saben dónde van y para qué. La distancia se experimenta como un perímetro de seguridad. La perspectiva no permite perfilar ni gesto ni circunstancia, ni dolor, ni desazón, apenas nada de la íntima existencia de esas vidas que deambulan.
Los artistas callejeros también se llegan a vislumbrar desde acá arriba. Ellos, aún vistos a pie de calle, incorporan un segundo perímetro de seguridad. Se esconden dentro de sus máscaras, disfraces de peluche, levitan camuflados en extravagantes artilugios, callan detrás de las voces de sus instrumentos.
Subiendo hacia Callao por Preciados se percibe entre el murmullo la ligereza de violines y cellos. Los músicos consiguen que los paseantes se paren y se emocionen y se sientan incluso nobles por sacar unas monedas y dejarlas ahí. Se les puede leer en la mirada: Hoy contribuí al sostenimiento de la escasa y sucia pincelada de belleza que le resta a este mundo. Los músicos reparten la recaudación entre una pequeña y fluctuante multitud, dependiendo de la ausencia o presencia y simultaneidad de más violines o más cellos o la voz de la soprano. Ellos no esconden el rostro, pero pueden disfrutar del silencio y de una cierta inexpresividad en la mirada mientras dejan hablar a los sonidos de sus instrumentos. Protegen las manos con guantes sin dedos y la cabeza con gorros de lana y los ojos con sus partituras. El ritmo de los paseantes se sintoniza y se establece una solemne y emotiva quietud en los cuerpos. Se detienen porque nadie les va a querer cobrar. Se sienten libres. No quieren pagar un globo que terminaría en la basura. No quieren responder una encuesta. No quieren asociarse a ninguna ONG. No quieren apadrinar a un niño desamparado a miles de kilómetros de distancia. No. Aunque es igual de necesario. Como no están obligados a hacerlo, sienten la libertad de contribuir a la subsistencia del músico callejero construyendo un imaginario convincente y redentor en sus espíritus hartos de verse obligados, anestesiados de tanta indiferencia. Se pasan más tiempo mirando. Se emocionan. Algunos cantan en el silencio de los labios que se mueven. Graban con el móvil. Rebuscan en los bolsillos de las chaquetas, de los monederos, en los de delante, en los de detrás. Recolectan un puñado de círculos de bronce y los depositan en el negro vacío donde reposará enfundado el cello cuando termine la tarde. Mientras dejan las monedas fijan una mirada sensible, cómplice, en alguno de los músicos, y se retiran, se vuelven a aislar, recuperan el ritmo y el compás del ajetreo. Cometen alguna torpeza en el andar, evidenciando esa desconexión momentánea del programa de circulación en automático, retomada con exabrupto, como quien sale del trance y vuelve a la realidad. Destellos, lienzos rasgados, colores vivos, colores sucios. Restos inigualables de belleza derramada en la calle Preciados.
También parece haber belleza. A simple vista. En las pompas gigantes y sus formas ondulantes y el rosa y el azul tornasolados brillando a la luz del mediodía. No es más que detergente, harina de maíz, agua, lubricante íntimo, palos de escoba, cuerda de algodón sucia, chorreante. La mujer con las zapatillas rotas y el tacho oxidado. La mujer intentando que no se ensucie la mezcla y deje de fabricar risas y saltos y fotos y monedas. Cuidando el tacho hasta que consiga juntar lo suficiente para irse a casa, recoger todo, dejar la huella del charco resbaloso de agua enjabonada y hasta mañana.
También parece haber belleza. A simple vista. En el desarrollo y el remate de las fachadas. Pero en el basamento. En el suelo. Restos de orina. Basura. Colillas. Cuerpos durmiendo la resaca entre cartones. Excrementos. Manchas sin color y sin nombre.
Detrás del velo. Detrás de la belleza. Detrás de la perenne felicidad de las caras de fieltro. Detrás del brillo tornasol. Detrás de la interpretación exquisita de Vivaldi y Mozart y Brahms. Detrás. Tristeza. Soledad. Supervivencia. Necesidad. Resignación. Vacío. Después de interpretar y fluir y reír y emocionar y entretener y saludar y agradecer y recaudar. Se pierden. Y anhelan. Y arrastran los pies y los trajes. Y las fundas y la vida. Y siguen sin saber qué hacer mañana para poner en marcha la existencia, la ciudad. Como si fuera realmente funcional, operativa, maravillosa. Otro día más.

objetoDeAmor

Objeto de amor

By | Arte, Crisis Existencial, Literatura | No Comments

Siempre hay un detonante. Creo que hubo ciertas imágenes, artículos, películas, frases, novelas, conversaciones, cuentos que se fueron acumulando en un receptáculo en mi cabeza y de repente ya no hubo más espacio. Ayer un amigo me mandó por WhatsApp la foto de un maniquí y escribió: “Y de repente, la mujer perfecta. Me la llevo para casa.” Y no me hizo falta más: El objeto de amor.

Primero me llamaron la atención los japoneses, conocidos por su aversión al contacto físico, por beber y trabajar y suicidarse demasiado. Eso hace que a sus vidas podamos asociar sin tanto pavor la elección de una muñeca de silicona para transformar en la mujer de sus vidas. Su objeto de deseo, de amor, de compañía. No son solo lo primero que pensamos: compañeras sexuales. Son también una mujer a quién abrazar durante la noche, a quien besar cuando llegan del trabajo, a quien meter en la bañera y peinar y vestir, a quien regalar flores y vestidos y abrigos y tacones, a quien llevar de paseo, con quien fotografiarse en la hierba en una soleada tarde de picnic en el campo. Y no todos son hombres raros. Depresivos o pervertidos o desquiciados con un pie en el psiquiátrico o alcohólicos o drogadictos o viudos o almas perdidas al borde del suicidio. Algunos son empresarios, perfectamente funcionales, casados y con hijos. Pero aman a esa mujer por encima de todo lo demás. Es ella la que les hace felices y fieles y sinceros y la que les pone el corazón a mil cuando meten la llave en la cerradura de la puerta de sus casas.

Y no puedo evitar preguntarme ¿por qué? Y no me conformo con la respuesta fácil: están enfermos, están locos. Empiezo a redactar afirmaciones en mi cabeza.

No me va a traicionar. No me va a mentir. No me va a abandonar. No me va a juzgar. No me va a engañar. No me va a culpar. No me va a decir no. No me va a dejar solo. No me va a rechazar. No me va a manipular. No me va a herir. No me va a agredir. No me va a menospreciar. No me va a criticar. No se va a ir. No se va a morir.

¿Quién no necesita todo esto? ¿Y quién puede afirmar todo esto teniendo enfrente a una persona de carne y hueso?
Cuando somos niños se nos permite tener un objeto transicional. Con toda naturalidad. Nadie pensaría que estamos enfermos porque necesitamos llevar ese sucio y andrajoso oso de peluche a todas partes. Ese oso que nos hacía compañía cuando el adulto que anhelábamos ya no aguantaba un minuto más nuestro desvelo, nuestro llanto, nuestro mal humor, nuestra tristeza, nuestras inagotables ganas de hablar, jugar, cantar, reír, saltar. Cuando nos sentíamos solos y desatendidos e incapaces de lidiar con nuestra propia y angustiante y recurrente insatisfacción, nadie pensó que era una pésima idea inventar el objeto transicional. Ya cuando seas adulto aprenderás a lidiar con esa mierda. Ahora dejame en paz.

Después vino la historia de Nagoro. Esa aldea en las islas Shikoku, también en Japón, donde una mujer se dedica desde hace más de 10 años a fabricar muñecos de tela en escala real de la gente que se fue del pueblo. O se murieron o migraron. Ya no están. Y ella los retrata. En Nagoro viven 29 humanos y 350 muñecos. El primero fue un espantapájaros que cosió para que cuidara del huerto. Con él intentó replicar a su papá. Y esa presencia, a la vez ficticia y tangible, llenó un pequeño espacio de ese vacío de silencio y soledad que inundaba la isla, el pueblo, su casa y su propia vida. Y así empezaron a aparecer muñecos. Mujeres, hombres, niños, ancianos, trabajadores, paseantes. Y de pronto las aulas de la escuela se llenaron de niños otra vez. Y el paseo a orillas del río. Y los huertos. Y el prado. Y las calles. Y las tiendas. Y las casas. Y la cocina. Y el sofá. Y la mesa. Y sí. Me parece tétrico. Y macabro. Y algo enfermo. Y algo perverso. Pero también tiene un destello de soledad y desamparo y nostalgia y de la más cruda y profunda humanidad que me llega al alma.

Y pienso en el cuento de Joyce Carol Oates, El señor de las muñecas, una historia de terror en la que un niño desarrolla un perturbador apego a las muñecas después de la muerte de su prima, cuya privación le llevará a convertirse en un psicópata.

Y la película Lars and the Real Girl, en la que el protagonista consigue superar su patológica soledad y aislamiento social gracias a que su familia acepta su delirante y surrealista relación con una muñeca sexual.

Y cito a Carson McCullers, y su maravillosa descripción del amor en La balada del café triste: “En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar ese amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que desvaría, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una pecadora perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor. “

Y pienso en la necesidad más básica del ser humano. Y cómo esa necesidad nos impulsa y nos encadena, nos motiva y nos paraliza, nos levanta y nos hunde de manera intermitente. La necesidad de amor. La necesidad de que nos miren, nos escuchen, nos valoren, nos respeten, nos acaricien. La necesidad de construir un vínculo afectivo. La necesidad de que exista una persona en quien confiar, con quien conectar, abrir nuestro corazón, dar, construir, sabiendo -y sin dudar- que será recíproco. Confiando en que será cierto, profundo e incondicional. Suena bien ¿Qué pasa cuando no se tiene? ¿Cuando no confiamos en que sea algo alcanzable, posible y verdadero?

Buscamos un sustituto, objeto transicional, paliativo, reemplazo, distracción, anestesia. Sexo, dinero, trabajo, éxito, reconocimiento social, cada vez más virtual y al alcance. Me gusta, me divierte, me encanta, me interesa, asistiré, te sigo, comparto, me fascina eso tan genial y tan parcial y filtrado y retocado y editado y replicado. Ese escaparate tan fantástico que parece tu vida en pantalla.

Como nos cuesta asumir, aceptar, sentir que nos falta A, y en cambio buscamos y anhelamos y nos dejamos la vida supliéndolo con B, C, D, X, Y, Z. Y mujeres de silicona y muñecos de trapo y peluches y chupete y cigarrillo y raya y coche y zapatos y perfume y anillo y viajes y premios y horas extras y sábado y fútbol y facebook y comida y alcohol y televisión y dinero y placer y netflix.

Y todo lo que necesitábamos era amor. Alguien en quien confiar. Alguien a quien abrir nuestro corazón, sabiendo que no lo haría pedazos.

La mirada de ellas

Día mundial del teatro

By | Arte, Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Hoy es el Día Mundial del Teatro y debo agradecer y, sin miedo a que me tomen por exagerada, decir que el teatro es el mejor invento de la humanidad.

El teatro nos expresa, nos conecta con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, libera el dolor de tanto silencio y tanta represión que llevamos en el día a día, intentando encajar en un sistema absolutamente deshumanizado. El teatro alimenta el alma, puede transformar casi cualquier cosa en arte, en belleza. El dolor más hondo, la soledad más desesperada, la verdad más cruda y la pasión más intensa. El teatro da vida, cuerpo y forma al alma humana y le permite expresarse en toda su complejidad. El teatro tiene la maravillosa capacidad de transmutar una emoción, un pensamiento, una palabra, en obra de arte. Y nos enseña a abandonar el ego y sentirnos parte de un todo en sintonía, algo más grande que nos excede y es lo que somos junto con nuestros compañeros de creación y ensayo y escenario. Y nos quita el miedo a que nos vean como somos, porque sobre el escenario podemos llorar y reír y gritar y estar locos y ser tontos y ser perversos y sufrir lo indecible y gozar desmesuradamente. Todo está permitido. Estamos protegidos por el fino velo de la ficción. Y también nos quita el miedo al juicio ajeno. Porque el público no es algo abstracto y monstruoso sino simplemente un conjunto de personas, como nosotros, intentando vivir. Y desde el escenario podemos hacerles pensar, sentir, ver, y expresar todo lo que callan y guardan en su interior, y no se atreven a sentir. Podemos conectar sin límites.

Si todos tuviéramos clases de teatro en la escuela. Si un taller de teatro semanal fuera tan obligatorio y curricular como la lengua y las matemáticas. Si se recetaran las clases de teatro con tanta soltura como los antidepresivos, creo que habría menos dolor, menos mal humor, menos represión, menos maldad, menos toxicidad, menos maltrato, menos hastío, menos sinsentido, menos tristeza, menos soledad, menos crueldad, menos vacío, menos sufrimiento en este mundo.

Celebro. Agradezco. Brindo por el teatro y por toda la gente maravillosa que me permitió conocer y de la que aprendo cada día. Y por todo el camino que nos queda por recorrer.

¡Tomen clases de teatro! ¡Vayan al teatro! ¡Lean obras de teatro! ¡Anímense a despertar! A dejarse llevar por el arte más maravilloso del mundo.

Sí. Soy absurdamente subjetiva. Así se ven las cosas con los ojos del corazón.

¡Amo el teatro! Porque el teatro hizo que volviera a amar la vida.

narciso

Narciso llora

By | Aranjuez, Arte | No Comments

Después de un día de lluvia, caminar por el Jardín del Príncipe en Aranjuez puede regalarnos una experiencia sobrecogedora.
Narciso llora.
Si acompañamos al Tajo bordeando el límite del jardín y superamos la curva cerrada del Museo de las Falúas, se inaugura una perspectiva de plátanos en fuga hacia el sureste y aparece la Fuente de Narciso, escondida entre los árboles.
Muchas veces mis pasos me llevaron a ciegas hasta él. Me encontraba rodeándolo sin conciencia de cómo había llegado otra vez hasta ahí.
El primer día claro después de la lluvia, Narciso llora.
Y yo intento apagar la maquinaria racional que me explica que entre las entrantes y salientes de su cabellera de piedra deben de haber quedado infinitos hilos de agua atrapada que tardará en derramarse, evaporarse, desaparecer.
Yo lo veo llorar. Su rostro, inclinado sobre el vacío, enfatiza la mágica física que atrae las gotas hacia la fuente.
Derramadas entre las cejas, se deslizan por la nariz. Casi le imprimen dolor en la mirada.
Narciso. Perdido en la contemplación de si mismo. Anhelando que ese otro, que no es más que su propio reflejo inalcanzable, le devuelva una mirada atenta y compasiva.
Una mirada que le rescate de su sensación de vacío, transparencia, soledad.

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Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

By | Arte, Mujer | No Comments

25 de noviembre
Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer
Sé que no es correcto usar mayúsculas si no es ante un nombre propio o comenzando la oración, pero me tomo el atrevimiento y me auto eximo de pedir permiso a la RAE.
Si lo permiten en el caso de ciertas celebraciones religiosas o civiles, creo que en este día Eliminación, Violencia y Mujer merecen ser tratadas con toda la seriedad posible, sobre todo pensando en aquellas personas perezosas queintentarán mirar para otro lado o se plantearán la posibilidad de leer entre líneas. Espero que no puedan eludir enfrentarse a esas tres palabras.
Eliminar la violencia contra la mujer no es algo fácil, casi como todo lo necesario. Casi como todo lo que muchas veces intentamos negar, ocultar o barrer debajo de la alfombra. Casi como todo lo que minimizamos. Casi como todo lo que hacemos por inercia, aunque esté mal. Casi como todo lo que quisiéramos ignorar creyendo en soluciones mágicas. Porque cambiar requiere primero tomar conciencia, y tomar conciencia muchas veces duele, y somos animales de costumbres y tenemos una enorme capacidad para hacer siempre lo mismo, aunque ese hacer siempre lo mismo sea destructivo.
Para eliminar la violencia contra la mujer, primero hay que verla. Pero la violencia contra la mujer no siempre es visible y explícita. Para que exista una mujer violada, golpeada o asesinada, primero tuvo que existir una mujer agredida verbal y psicológicamente, una mujer amenazada, insultada, desvalorizada, humillada, manipulada, ignorada, despreciada, chantajeada, culpabilizada. Una mujer controlada, anulada, una mujer invisible, sutilmente disminuida. Y toda una sociedad, y todo un entorno, y toda una familia tan acostumbrada, tan ciega y tan adoctrinada en todas las vertientes del machismo, habituada a aquellas pequeñas ramificaciones que parecen inofensivas, disfrazadas con humor, sostenidas con naturalidad por los medios de comunicación, escurriéndose silenciosas en el propio lenguaje que utilizamos a diario, en pequeños actos cotidianos que parecen sin importancia.
Ayer nos subimos al escenario contra la violencia de género con nuestro espectáculo “Si yo pudiera…”. Si yo pudiera cumplir mis sueños, olvidar mis roles, las expectativas ajenas, las presiones sociales, mis propios obstáculos.
Si yo pudiera, no tendríamos que elegir un día en el calendario para la concientización, porque no existiría la violencia contra la mujer. No haría falta.
Pero mientras eso no sea verdad hay mucho trabajo por delante, hoy y todos lo días, para generar conciencia.
Ese fue nuestro pequeño aporte, porque para conseguir la igualdad hay que ver. Hay que hacer que importe. Hay que hacer que otros vean, para que nos importe a todos y podamos hacerlo realidad.