perfeccionismo

Perfeccionismo y altas capacidades

By | Altas Capacidades | No Comments

Hoy empieza todo. La primera semana laboral del año tras el festivo de cierre de las vacaciones de navidad, la vuelta al colegio, a la rutina, a las extraescolares, a las obligaciones. Empieza la dieta, la agenda, el calendario, la cuesta de enero, los débitos, las páginas en blanco de los cuadernos y los retos y los planes para conseguir los propósitos de este año. Pero sobre todo empiezan: las expectativas.

Así que vamos a aprovechar este día tan peculiar para hablar de la doble cara de las expectativas y de los riesgos asociados y del estrés adicional que tienen estos días, estas fechas, estos comienzos y toda esta colección de folios y calendarios y páginas en blanco delante para las personas con altas capacidades. Y si todo el mundo sabe lo que es esa especie de sudor frío o temblor interno, esa ansiedad que aparece como una mezcla de nudo en el estómago, opresión en el pecho y dificultad para centrarse; en las personas con altas capacidades esto puede ser infinitamente peor porque no nos olvidemos que hay un enemigo al acecho que en estas situaciones parece que se hace más poderoso y maligno que nunca y se llama: perfeccionismo.

Todos sabemos muy bien lo que es el perfeccionismo. Algunos lo padecemos más, otros menos, pero todos sabemos de qué estamos hablando. Ese afán porque todo esté bajo control, en marcha, en orden, funcionando y sobre ruedas. La necesidad de que las cosas salgan bien, de estar satisfecho con el proceso, pero más que nada con el resultado y de que -para qué mentir- nos lo reconozcan, nos feliciten y nos admiren.

Pero hay que tener mucho cuidado. Porque según las características de la personalidad, del entorno, de la familia y las habilidades de gestión emocional de cada individuo, el perfeccionismo puede ser positivo o negativo. Y no solo se trata de dosis ni de intensidad, sino de ser conscientes de la existencia de una serie de indicadores que nos pueden alertar del tipo de perfeccionismo que tenemos delante.

Hay un error en el que se suele caer muy a menudo y es el de creer que el perfeccionismo es algo inevitable, característico e ingobernable en las personas con altas capacidades. Y eso no es así. Y asumirlo como un rasgo casi de la personalidad, o incluso como algo positivo aunque tenga consecuencias nefastas, puede ser un error que no nos permita encauzarlo, conducirlo o aprovechar sus ventajas, porque sí que las tiene. Y este enfoque parte del reconocimiento de que no existe el perfeccionismo a secas, sino que hay un lado saludable y otro que no lo es. Porque claro que es cierto que, si el nivel de autoexigencia y las expectativas están dentro de un rango alcanzable y realista, aunque suponga esfuerzos e impulse a afrontar constantes desafíos, puede generar satisfacción y ser un gran aliado de la automotivación y de la creatividad. Pero, cuando la presión es demasiado grande y las metas se presentan como inalcanzables, el resultado es que la frustración, el aumento de la ansiedad y la pérdida de autoestima, ilusión, confianza y motivación están aseguradas.

Y en relación con el perfeccionismo asociado a las altas capacidades es interesante analizar que las presiones del entorno, que para otro individuo pueden incidir pero no de una manera tan profunda o determinante; en las personas con altas capacidades, su mayor complejidad de razonamiento, más alto nivel de empatía y mayor sensibilidad, las consecuencias pueden ser peores, llegar más profundamente y producir comportamientos y patrones de conducta poco saludables. En este sentido, el autoritarismo o exigencia de los padres, el entorno competitivo basado en premios y castigos, minado de evaluaciones y donde el error es inaceptable y nefasto del sistema educativo, y la presión social por alcanzar determinados estándares, pueden tener una influencia mucho más grande y negativa en personas con altas capacidades, y fomentar el desarrollo de un tipo de perfeccionismo más negativo.

Hablamos de perfeccionismo saludable o positivo cuando ayuda a ser perseverante, a organizarse, a planificar, pero no pone en duda la valía o la capacidad ante los obstáculos, sino que los problemas, las limitaciones y los errores se consiguen asumir con naturalidad y sirven para aprender y ser más realistas.

Hablamos de perfeccionismo tóxico o negativo cuando las expectativas distan enormemente de la realidad, los errores y obstáculos generan ansiedad y pérdida de interés, se siente miedo al error y cuesta mucho tomar decisiones o confiar en la propia capacidad para afrontar una responsabilidad del tipo que sea. Pero, uno de los indicadores más claros de que estamos ante un tipo de perfeccionismo peligroso es la búsqueda constante de aprobación o reconocimiento ajeno, y la observación de conductas de extrema exigencia y necesidad de control sobre los demás.

Pero, descubrir que tenemos delante, o incluso sufrimos en primera persona, ciertos indicadores de perfeccionismo insano, no debe alarmarnos ni producirnos desasosiego, porque no se trata de un rasgo inamovible de la personalidad, sino que existen estrategias para superarlo y poder utilizarlo como una herramienta para el desarrollo del potencial y no como un inhibidor o un freno.

Atreverse a ver los errores como oportunidades y fuentes de aprendizaje, ser capaz de ver y valorar el propio esfuerzo y capacidad, afrontar retos y animarse a realizar actividades y tareas nuevas y desconocidas, aprender a planificar tareas, ponerse objetivos y ajustar las expectativas a la realidad; son algunas de las ideas y estrategias que pueden reconducir un perfeccionismo limitante hacia otro que ayude a desarrollar el potencial y a tener una imagen saludable de uno mismo y de todo lo que realmente se puede conseguir.

Es importante, además, no perder de vista que debemos huir de las etiquetas y que el hecho de descubrir o asumir un rasgo de perfeccionismo negativo no es ninguna tragedia ni significa que no se tengan otros hábitos o formas de gestión emocional que sean saludables. Los tipos de perfeccionismo son simples indicadores que no determinan ni encasillan ni definen un perfil, sino que simplemente pueden o no estar presentes, alternarse o convivir en una misma persona. Somos seres complejos y multifacéticos, ante todo.

Así que este año, esperamos que la colección de folios y cuadernos y páginas y agendas y calendarios en blanco, nuevos y por estrenar, no nos generen una crisis de ansiedad ni un ataque de pánico (un poco de humor nunca está de más) sino que despierten ilusión y aviven nuestro espíritu entusiasta y creativo.

2019

2019

By | Primera Persona | No Comments

Empezó el año 2019. Y me cuesta escribir 2019. El 9 se me atraganta un poco. La verdad es que todos los años me pasa un poco igual. Me cuesta cambiar la unidad. Así, de un día para el otro. Empiezo a pensar en los calendarios. Se me despierta una infinita curiosidad por los calendarios. Advierto que antes de emigrar me venía más frecuentemente a la cabeza la palabra almanaque; no calendario. Busco la etimología. Me respondo una absurda pero convincente explicación. Almanaque tiene una raíz árabe: “almanáẖ”, que es calendario, y esta deriva del árabe clásico: “munāẖ”, que tiene que ver con las caravanas, porque los pueblos semíticos comparaban las estrellas con las posiciones de los camellos en ruta. No soy ninguna erudita. Esto viene en el diccionario online de la RAE. Y calendario viene del latín: “calendarium”; entonces no me parece para nada disparatado que en Argentina usáramos almanaques y acá calendarios, dado que el español que llegó a América era mucho más andaluz que el español que evolucionó acá y es mucho más latino. Y siguiendo con la curiosidad calendárica y mezclándola con mis propios recuerdos descubro el calendario egipcio y sus doce meses de treinta días, y sus meses divididos en tres periodos de diez días, y sus años divididos en tres estaciones de cuatro meses según las crecidas del Nilo y las actividades agrícolas: inundación, siembra y recolección. Y así el año egipcio tenía tres periodos de cuatro meses que se llamaban -traducidos al castellano- primer y segundo y tercer y cuarto mes de inundación, siembra y recolección. Y así se acababa el año solar y agrícola y sobraban cinco días que no sabían bien cómo adjuntar para completar el ciclo y que llamaron días epagómenos, que, ni más ni menos, fueron los días del nacimiento de los dioses. Osiris, Horus, Seth, Isis y Neftis renacían en esos últimos cinco días del año. Y me pareció muy fuerte que, de pronto, hicieran también resucitar a Jesucristo en la mitología cristiana el día 25 de diciembre ¿no?

Y me quedé con ganas de analizar más profundamente los demás calendarios del mundo antiguo, pero no llegué a precisar demasiado, y aunque el azteca me atrajo infinitamente, y una de las vertientes arqueológicas, además de analizar que los meses duraban veinte días y los años dieciocho meses y había ciclos -una especie de siglos- de cincuenta y dos años, interpreta que esa Piedra del Sol -más comúnmente conocida como calendario azteca- que mide 3.60 metros de diámetro, podría haber sido una plataforma de combate. Y deseé por un momento presenciar uno de esos combates. Combates contra el tiempo. Combates contra la muerte. Combates para que saliera el sol, para que hubiera lluvias, para que los machos pudieran cazar y las hembras parir. Para que la tierra fuera fértil y los alimentara a todos un día más, un mes más, un año más, un ciclo más. Porque la vida es un campo de batalla.

Pero me desvié del tema y empecé a recordar los calendarios y los relojes y los almanaques de mi infancia. Los testigos del tiempo y de los ciclos y de los días. Y recordé que mamá compraba todos los diciembres un almanaque de tela en la mercería. Un almanaque de tela con dos barras de madera. Un almanaque de tela de colgar. Y lo colgaba el día uno de enero en el mismo rincón del comedor. Siempre el mismo almanaque, pero siempre otro. El de ese año. Con sus lunes y sus jueves y sus domingos cada uno en su lugar. Los bordes verdes y unos festones curvilíneos rojos y dorados y un reloj cucú que separaba los dos primeros de los dos últimos números del año con su cresta dorada y florida. 19, cresta dorada y florida, 84. Ese cucú siempre me molestó un poco porque las horas estaban en números romanos y el cuatro eran cuatro palitos. Y yo odiaba que tuviera ese error. Porque el cuatro en números romanos no se escribe así. Y nunca entendí, año tras año, cómo podían volver a imprimirlo igual. Cómo, con toda la gente que seguramente intervenía en el proceso de diseño, logística y estampación, no había nadie que pusiera el grito en el cielo e impidiera continuar con semejante error. En fin. Creo que, a día de hoy, siguen imprimiendo los mismos cuatro palitos.

También había otro calendario en casa, en el primer estante de la biblioteca. Era un calendario perpetuo, de madera, que traía dos cubos con los números en dorado para los días y unas tablitas con los nombres de los meses. Así que doce veces al año uno cambiaba el mes, y cada día, parte del rito matinal, era girar los cubitos para que hoy fuera hoy y no ayer, ni mañana. Había algo místico y necesario en eso. Para mí, debo confesar, era un honor descubrir que nadie había cambiado todavía el número y poder hacerlo yo misma. Sentía una especie de superpoder al transformar, nombrar, hacer de algún modo, en mi ingenua mente de niña, que ese día existiera. Fijarlo. Nombrarlo. Iniciarlo.

Este año se me presenta inédito. No sé si por supervivencia, por necesidad -o por mis dormidas pero conscientes y latentes dotes adivinatorias- pero me da la impresión de que será un año que recordaré. Un año como un hito y un comienzo de un ciclo más largo que 12 meses. Aunque cada día es el principio del resto de la vida y subscribo plenamente a la idea de que el día 1 de enero no tiene nada de especial ni diferente al 13 de marzo o el 29 de abril, tengo la sensación de que está ocurriendo una renovación que excede los meses y los días y los soles y las lunas y los calendarios y los almanaques.

Pero el problema es que se me atraganta el número 9. No sé por qué. No me pasó ni en 2009 ni en 1999. También pienso que no es más que un 6 al revés. Y tampoco me pasó en 2006, ni en 2016. Pero después de 2018, que venga el 2019… me cuesta. Y empiezo a preguntarme si habrá alguien que haya escrito ya un artículo sobre las 10 mejores tipografías para escribir 2019 dignamente. Bellamente. Sin esa bolita espantosa y ridícula que viene en todas las Serif. Pero a la vez sin caer en esa especie de cursi cursiva, o con ese toque infantil de caligrafía hecha a mano que de tan informal se vuelve triste y fingida. Hasta empecé a inspeccionar en la Aerial Bold -que no es la Arial Bold- sino una tipografía hecha con fotos satelitales. Todas las A y las V y los 4 y los 9 encontrados buscando a lo tonto en Google Maps. Pero tampoco me convencieron demasiado. Solo me llevaron a pensar en el tiempo que tiene la gente y la envidia que me dan de que se permiten ponerse a hacer pan y zoom por el globo y las ciudades y los campos y las costas y las megalópolis y las carreteras del mundo buscando letras y números. Divertido. Pero no aliviaron mi desprecio e incomodidad con el número 9. Y después Pinterest. Y después un artículo muy chulo con 55 creativos y únicos y maravillosos y originales diseños de calendarios que tampoco eran para tanto, pero sí que me hicieron sorprender y hasta me impidieron cerrar el navegador porque quería volver a mirarlos detenidamente. Sobretodo uno que para nombrar los meses había inventado frases divertidas y en lugar de January, por ejemplo, ponía: ninJA buNnies rUn neARbY. Y no sé si se entiende, pero creo que sí, y January aparecía en color y el resto de la frase en negro. Y me dieron unas tremendas ganas de inventarme frases donde meter los nombres de los meses en castellano y empecé con entusiasmo por Enero y Febrero: estE No es El primeRO, aunque FuE Bueno cREéRselO. Pero me cansé.

Y de repente, agotada un poco ya de mi absurdo rechazo e incomprensible enemistad con el número 9, me puse a observarlo y tuve una especie de iluminación o epifanía, muy en concordancia con el día de hoy, pero sin ninguna connotación festiva ni católica, ni monárquica ni mágica ni eclesiástica sino como una simple, llana, atea, pagana y republicana revelación. El 8 me dejaba atrapada. No importaba dónde ni cómo lo enfrentara, no había manera de escapar a la espiral, al bucle, a la repetición. Al eterno retorno. A volver sobre mis pasos y repetir patrones y, casi sin darme cuenta, pasar una vez y otra vez por el mismo lugar, en una cinta de Moebius sin fin. Y me reconcilié con el 9. Porque me di cuenta de que, aunque pueda quedarme atrapada en el círculo, existe una salida, una vía. El 9 dibuja un camino alternativo. Que se abre, se desprende. En un momento dado, se bifurca. Así que me deseo -y les deseo, si quieren y pueden y se atreven- aunque nos haga falta dar todavía algunas vueltas en círculo antes de tomar coraje y salir despedidos fuera del bucle, que seamos capaces de transitar la vía alternativa. Deseo que juntemos valor, que rompamos toda inercia y nos atrevamos a explorar ese camino nuevo y por fin descubrir adónde nos lleva.

iceberg

Iceberg

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

La imagen del iceberg se usa como metáfora muy frecuentemente. Si me propongo un brain storming a mi misma en este mismo instante me van viniendo imágenes en flujo constante. Imágenes en relación con el iceberg. Con ese inmenso bloque de hielo que parece más pequeño de lo que es en realidad. Pero no porque tenga ninguna intención de mentir, ni la menor conciencia de si mismo, o misma. Sino simplemente por una cuestión de temperatura. A mas profundidad, más frío. A menos profundidad más perdida de volumen por el cambio del estado sólido al líquido. Es la primera vez que pienso en esto. Y la verdad es que no tengo ganas de constatar si es así. Pero tiene su lógica. Y esto tampoco es un artículo científico como para que sea verdaderamente importante ser precisos a la hora de explicar un fenómeno. Porque en este contexto los fenómenos son, por lo general, muchísimo más subjetivos de lo que pueden parecer. Igual que el iceberg. Por encima: la objetividad; y toda la inmensa masa de hielo debajo -la sumergida- la subjetividad.
Vuelvo al brain storming, y no puedo dejar de hacer un paréntesis, pero sin paréntesis, y aclarar que cuando pienso y cada vez que escribo iceberg no suena “iθe’beRg” sino “ais’beRg”. Las cosas que me vienen a la cabeza cuando pienso en esa gran masa de hielo flotante que sobresale (en parte) de la superficie del mar son: el Titanic, sí, en primer lugar, pero no cualquier Titanic sino el de la película de Leonardo DiCaprio. Triste, pero es así. Así de manipulables somos. O, mejor dicho, así de manipulable soy. Acto seguido, recuerdo uno que venía en un libro de ciencias que había en casa, y en el que entre las láminas que más me impactaron estaban: la bomba de Hiroshima, una bala fotografiada a altísima velocidad atravesando una manzana, una montaña oscura con un poblado minúsculo a sus pies, y el iceberg. Después pienso en el que se usa para representar la parte visible del machismo y todas sus vertientes y ramificaciones y viscosas manifestaciones derramadas por todas partes y en todo ámbito, mucho más destructivas todavía que las que salen a la superficie, justamente porque son más difíciles de ver, y por lo tanto de erradicar; y entonces pasa muy a menudo que solo nos damos cuenta de que existían cuando, como pasó con el Titanic, ya es mucho más que demasiado tarde. Después veo ese bastante derretido en el que se quedó aislado el oso debido al derretimiento de los casquetes polares por el calentamiento global. Y después esas ilustraciones, ahora que está tan de moda el pensamiento positivo y la automotivación y el camino de la realización personal, que tienen el éxito en la puntita y todo el enorme trabajo, esfuerzo y tesón que hubo debajo para que después venga la gente y nos diga -o más frecuentemente vaya diciendo por ahí- que lo nuestro fue pura suerte.
Pero entre una y la otra, y al principio y al final, e intermitente y omnipresente a lo largo de la serie de imágenes de bloques de hielo en mi pantalla mental, me viene la idea del iceberg como una metáfora del comportamiento y de las relaciones. Solo vemos la punta del otro. El otro solo ve nuestra punta. Y con suerte. Y en la mayoría de los casos la gente es que ni ve su propia masa submarina. Ni quiere verla. Y después se sorprenden cuando constatan y presencian la catástrofe; el hundimiento estrepitoso de todo lo que se les acerca. Y yo misma. Tengo siempre esa sensación de que lo que asoma de mi puede llegar a ser atractivo y amable, pero hay un radio de seguridad que es mejor no atravesar. Y que mas que consecuencias nefastas e indeseables, las posibilidades de colisión y fisura son, por estadística, muy altas. Pero esto no esconde ni resignación ni pesimismo ni dolor ni ansias preservativas de aislamiento. Es solo una constatación. Sin ninguna inconmensurable masa oculta debajo.
Y no sé cómo ni para qué, pero me viene a la mente la frase de Mario Benedetti: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”. Y pienso que hay una especie de iceberg para cada emoción. Y cuando lloramos, cuando reímos, cuando nos llenamos de ira o cuando nos apagamos, nunca es por eso que está pasando. Nunca es solo por eso. Es por eso, pero principalmente por todo lo demás. Y entonces nos pasa que nos cuesta entender las reacciones de los otros. Porque nadie está en cero. Y hay situaciones, palabras, miradas, reacciones, silencios, olores, sonidos, gestos, actitudes, que nos accionan una compleja red de mecanismos internos que ni nosotros mismos somos conscientes de que existen. Y claro. Si nosotros no entendemos ¿cómo iba a entender alguien más, por mucho que se interese y se esmere, por qué lloramos cuando lloramos, reímos cuando nos reímos, por qué gritamos cuando gritamos y por qué nos apagamos cuando nos apagamos? ¿cómo iba a tener alguien derecho a juzgar nuestra reacción? ¿cómo íbamos a tener derecho nosotros a valorar, adjetivar, criticar o intentar modificar una reacción ajena? Es que nuestro egocentrismo y nuestra necesidad de control y nuestra inseguridad a veces es tan enorme, tanto más enorme de lo que parece a simple vista -más o menos en la misma proporción que las partes del iceberg- que hacemos lo que humanamente podemos.
Y esta especie de conclusión, más que desasosiego me produce un gran alivio. Porque ¿para qué nos íbamos a hacer tantísimo problema si al final el malentendido está asegurado? ¿Para qué nos íbamos a responsabilizar tanto y analizar desde múltiples puntos de vista, si al final lo más probable es que lo que estamos imaginando, lo que estamos viendo, lo que tenemos delante, lo que podemos medir y controlar, no sea más que el ápice? Y no un ápice cualquiera; un minúsculo ápice, que además podríamos rodear o sobrevolar o explorar debajo de la superficie y cambiaría de forma y tamaño y perspectiva y color y según le de el sol o el viento o vengan las corrientes o la época del año o las horas de luz o la temperatura del agua o del aire o las rutas de navegación o la fauna circundante o la composición química del agua…sería completamente diferente.
Y si busco alguna imagen que represente el alivio más que el desasosiego. Y que intente redefinir y resignificar las múltiples teorías y usos metafóricos del iceberg -recuerden: “ais’beRg”- pienso en ese volumen que emerge y todo el otro que no. Ese pequeño montículo blanco, y toda su contundente raíz de hielo hundida en una tierra transparente y líquida y fría y en movimiento, no es más que eso. Tan presente y real y necesario y sin ninguna connotación más que su propia e innegable existencia. Y sí. Podríamos hacerle unas maravillosas fotos aéreas tomadas desde un dron, o a lomos de un dragón. Y acercarnos a él y observarlo desde un submarino amarillo, o desde el Nautilus. Y hacer una excursión equipados muy profesionalmente y abrigados hasta las cejas y extraer muestras y analizarlas posteriormente y tomar notas y montar una base temporal o permanente, efímera o monumental o desechable o surrealista o absolutamente inútil y ridícula. Y tirarnos en trineo. Y esquiar por la ladera que esté al sol. Improvisar un chiringuito y servir cerveza Antárctica y regalar polos de limón. Y diseñar canoas y muelles y embarcaciones y transatlánticos que se adapten a las circunstancias y cambien de forma y de tamaño según sea necesario y se acoplen y se mimeticen y puedan acercarse y fusionarse y después zarpar y recuperar su forma libremente y reducir los riesgos y evitar las grietas y erradicar las colisiones y disminuir exponencialmente el número anual de catástrofes y hundimientos causados por las imprevisibles y destructivas consecuencias de la aproximación inconsciente o premeditada a ninguna masa de hielo flotante que sobresalga de la superficie marina. Y resignificarlo todo, y reescribir todas las frases y redefinir y reordenar y modificar el orden y la forma y el contenido de las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos, cuando oímos nombrar, cuando leemos, cuando vemos, cuando nos ponen delante la foto de un iceberg. Recuerden: “ais’beRg”

navidad

Agradecer

By | Altas Capacidades, Primera Persona | No Comments

Hoy es 21 de diciembre. Hoy empiezan muchas cosas. Empieza el invierno. Empiezan las vacaciones de Navidad. Empieza la cuenta regresiva para que se acabe el año y estrenemos el calendario de 2019, con todos sus días por planificar y celebrar, por atravesar y significar.

Empiezan las vacaciones, tan deseadas como temidas, tan idealizadas como frustrantes, tan esperadas como estresantes. Quince días por delante donde pareciera estamos obligados a ser felices, generosos y a amar a toda la humanidad, cuando en realidad sabemos que tendremos que enfrentarnos a tantas situaciones que parecen idealizadas y congeladas en una postal maravillosa de la familia en torno al hogar, las botas de lana colgadas en la chimenea, el árbol atiborrado de regalos y la nieve cayendo idílicamente al otro lado del cristal mientras suenan risas y música y huele a carne asada. Parecen perfectas pero no lo son.

Como en otras ocasiones hemos hablado de la alta sensibilidad, de la angustia existencial, de profecías autocumplidas, de miedos, pensamientos arborescentes, motivación, de la envidia, del miedo, de la sensación de no encajar, de la idealización y las expectativas siempre tan lejos de la realidad, de las paradojas, de la vergüenza, de la sensación de que el mundo y la realidad se quedan pequeños; hoy de repente pareciera que todos estos temas cobran un enorme sentido y se nos ponen delante de cara a unas semanas venideras donde deberemos afrontar situaciones que pondrán a prueba toda nuestra resiliencia, tolerancia, autoconciencia, autoestima, salud emocional y empatía.

Porque claro que es verdad que merecemos estas vacaciones, que estábamos esperando poder desactivar la alarma del despertador aunque sea por unos días, que soñamos con reencontrarnos con amigos y familiares que no vemos hace tiempo, que queremos repetir el ritual de sentarnos a la mesa, esperar a las 12, abrir los regalos, emocionarnos con la ilusión inocente de los niños debatiéndose un año más entre creer y no creer, conseguir comernos las 12 uvas sin atragantarnos en el intento y en perfecta sincronía con cada campanada desmontando los peores fantasmas si contamos mal, si nos faltaba una, si nos quedan dos en la mano y ya todo el mundo está emocionado y dándose abrazos y el año recién empezó y ya arrancamos metiendo la pata. Pero también es verdad que no estamos tan felices y contentos, tan relajados y descansados como quisiéramos, como se espera. Que no tenemos tantas ganas de ver a toda la familia, que no queremos enfrentarnos a las mismas preguntas y las mismas miradas, que no queremos tantos compromisos justo en estos días que esperábamos aparcar toda obligación, que no queríamos gastar tanto, que no debíamos comer tantísimo, que no nos daban muchas ganas de negociar, que teníamos miedo de no estar a la altura, que por momentos pensábamos ¡qué bueno cuando llegue al fin el día 8! Sabíamos que iba a haber alguna silla vacía, que iba a faltar algún plato, algún abrazo, alguna mirada; que otra vez había que hacer de cuenta que teníamos todo controlado, cuando no era así, que teníamos que estrenar con ilusión una lista de propósitos cuando ya teníamos demasiada experiencia previa como para creer que esta vez los íbamos a llegar a cumplir.

Así que, expuesto todo lo anterior, no queremos desearles una feliz navidad, ni unas felices vacaciones. Ni queremos tampoco darles una lista de consejos para sobrevivir a las fiestas con dignidad. Solamente queremos que, si se sienten identificados con algo de todo lo anterior, sepan que no están solos. Y, sobre todo, que recuerden que no hace falta hacerlo bien, que no hace falta ser felices, que no hace falta que todo salga a la perfección y tengamos cada día unas ganas desbordantes de divertirnos, celebrar y estar rodeados de gente. Lo que realmente queremos es desearnos y desearles que seamos capaces de aceptar y respetar lo que sintamos y lo que necesitemos en cada momento. Que seamos valientes como para ser sinceros con nosotros mismos tanto para disfrutar como para preservarnos, tanto para festejar como para buscar momentos de calma y tranquilidad. Y por sobre todas las cosas, que seamos capaces de agradecer. De ver todo lo que tenemos. Porque no hace falta hacer ningún enorme esfuerzo. No hace falta comprar nada. No hace falta vestirse tan elegantemente. No hace falta comer como si fuera la última cena. No hace falta ser tan complaciente y agradable y tener la casa impecable y estrenar mantel. Ya tenemos tanto. Tantísimo. Quizás sea una buena idea más que listas de regalos, más que listas de la compra, más que listas de invitados, más que propósitos irrealizables para el año próximo, sentarnos en calma a escribir una lista de al menos diez cosas que agradecemos tener. Y que cuando lleguemos a la número diez nos demos cuenta de que en realidad se quedaba corta y que podían ser veinte, o incluso más. Tantas cosas que ya tenemos, que no se compran, que no se regalan, que no se piden, que no se caducan.

Así que si queremos desearles algo puede que sea eso. Que sean capaces, que seamos capaces de hacer una larga lista de todo lo que ya tenemos y no deberíamos esperar a estas fechas para ver y sentir y agradecer.

 

The Clean Cut: Regalos inesperados

se acaba

Se acaba

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

El año se acaba.
El otoño se acaba.
El día se acaba.
El café y el tabaco y el arroz y los huevos y la leche y los plátanos y el pan y el azúcar se acaban.
El dinero y la gasolina y la tinta y el papel y el gel de ducha y la pasta de dientes se acaban.
El amor se acaba.
El tiempo se acaba.
El odio y la tristeza y el dolor y la alegría y el hambre y la sed y el deseo y el sueño y la energía y la calma se acaban.
El ruido y el silencio y la música y la compañía y la soledad y el insomnio y el cansancio se acaban.
Y todo se vacía y se agota y se caduca y se desecha y se estropea y se rompe y se descarta y se tira y se acaba.
Y la vida sigue.
Y el ciclo se reinicia.
Y vuelta a empezar.

alta capacidad y genero

Alta capacidad y género

By | Altas Capacidades, Mujer | No Comments

La conferencia de la Dra. en Psicopedagogía Rosabel Rodríguez inaugura las V Jornadas sobre Altas Capacidades: “La diversidad dentro de la alta capacidad”. Empezar el ciclo de ponencias con una exposición sobre género no es una decisión menor. Atendiendo a la diversidad, hablar de altas capacidades es observar detenidamente la complejidad que puede haber dentro de cada individuo. Tendientes como somos a intentar etiquetarlo y categorizarlo todo; concienciar, sensibilizar, detectar y diagnosticar un individuo es importante y necesario a la hora de atender a sus necesidades, pero no debe hacerse sin prestar atención a todo lo demás. Y muchas veces ese “todo lo demás” involucra otras variables que también necesitan ser atendidas y luchan para hacerse visibles. En medio de toda esta muñeca rusa de nombres y perfiles y entramados lo más importante de todo es recordar que lo que tenemos delante siempre es una persona; una persona compleja que no encajará nunca en un patrón, y que necesitamos evaluar y con la que tenemos que atenernos a unos protocolos, pero cuyas necesidades, la totalidad de ellas, están insertas en una realidad compleja y se refieren a múltiples ámbitos. En cuanto a la problemática de género, la visión sobre las altas capacidades debe ampliarse y afrontar el reto de romper mitos y abrirse paso aún con más fuerza.

La conferencia comienza con un simple ejercicio que Rosabel nos propone y es decirle a la persona que tenemos sentada a nuestro lado una mujer que haya ganado el Premio Nobel. En todo el auditorio no se ha oído pronunciar otro nombre que no fuera: Marie Curie. Solo nos acordamos de ella. Y está claro que se lo merece. Es la única mujer que ha ganado dos premios Nobel. Y cuya hija también obtuvo uno. De 935 premiados, solo 51 han sido mujeres. De 118 años de premios, 80 ha habido sin premiadas mujeres. Nadie en el auditorio conoce a Donna Strickland. Vemos su foto en pantalla, leemos su nombre, pero no sabemos quién es. Ella ganó el Premio Nobel de Física este año. Donna ya había ganado el Premio Nobel y sin embargo seguía sin haber una entrada en la Wikipedia sobre ella. Se ve que el perfil de esta brillante científica no era lo suficientemente notable como para estar en Wikipedia, donde las biografías femeninas no llegan ni siquiera a representar un 18% del total. Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación dudando de su capacidad intelectual.

Y esto si nos movemos solo en el territorio de los premios Nobel. Pero más de lo mismo encontraremos entre los arquitectos, artistas, compositores, científicos, cineastas. Nadie recuerda el abrumador talento musical de la hermana de Mozart, de apellido Mozart también, desde luego. Y tantas abuelas y madres nos han extasiado con sus dones culinarios. Pero, ¿cuántas fueron chefs internacionales? Y tantas mujeres han tejido, bordado, cosido; han vestido con amor y dedicación a toda su familia. Pero, ¿cuántas de ellas fueron reconocidas diseñadoras de moda? Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación dudando de su creatividad y talento.

Lo que nos tiene que dar esperanza y alivio es afirmar que el motivo, que la verdadera explicación es cultural. No es un problema intrínseco. Podemos cambiarlo. Debemos cambiarlo.

Cada día, día tras día, desde la infancia, las mujeres recibimos infinitos mensajes sobre lo que somos, lo que deberíamos ser, lo que se espera que seamos, lo que tenemos, lo que debemos, lo que estamos obligadas a pensar, sentir, decir, hacer, desear. Lo que estamos obligadas a ser. Y en algunos casos intentar ir contra eso no solo es difícil. A veces ni siquiera se nos ocurre, porque no lo vemos. Y otras veces es mejor que no se nos ocurra porque puede llegar a ser imposible, impensable, incluso estar prohibido.

Una noticia de hace apenas unos días atrás: Galicia prohíbe la obligación de llevar faldas a las niñas que usan uniforme para ir al colegio. Estamos en 2018. Y nos parece una locura ¿no es cierto? Y deberíamos pensar: No puede ser que haya que prohibir esto. Pero claro, hay que prohibirlo, porque de momento ¡es obligatorio!

Rosabel propone otro simple ejercicio: Si buscamos “gifted children” o “superdotados” en Google y filtramos imágenes ¿con qué nos encontramos? Pizarras, fórmulas matemáticas, niños con gafas vestidos con elegancia y formalidad, grandes lectores, violinistas, campeones de ajedrez, niños con lamparitas encendidas alrededor de su cabeza, pequeños bebés con los pelos y los bigotes de Einstein. Estereotipos. No encontramos otra cosa que absurdos estereotipos. Y muy pocas niñas.

Hay algunos datos que son abrumadores. Por ejemplo, entre los 6 y los 12 años, el número de alumnos diagnosticados con altas capacidades no muestra una brecha muy llamativa en relación al género. Un 52% de chicos y un 48% de chicas aproximadamente. Pero cuando llegamos a la adolescencia la diferencia crece significativamente. Entre los 12 y los 16 años las chicas solo representan un 30% del total. Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación refiriéndose a la pubertad o a las hormonas sexuales. La razón es muy dolorosa. Ya están apagadas. Ya están adiestradas. Se han vuelto invisibles. En todos esos años que lo niños escuchaban mensajes del tipo: dilo, no te calles, muévete, hazlo; ellas solo recibían: tranquila, cálmate, ya pasará, no lo hagas, no preguntes, no sobresalgas, no llames la atención, no lo digas, no pienses eso.

A partir de los 12 años ¿dónde están las chicas? ¿dónde están las mujeres de altas capacidades?

Están ahí. Ahí sentadas. Quietas. En su sitio. Calladas. Hacia dentro. Están ahí. En el mismo lugar que estuvieron siempre. Invisibles.

Sumado al enorme y aplastante sistema social y cultural que opera de manera extrínseca hay un factor intrínseco muy poderoso que puede ser muy determinante y es la autoconfianza, la autopercepción. La falta de confianza en uno mismo es mayor en las personas con altas capacidades, mayor aún en la pubertad, y mucho mayor, y acrecentada por el entorno y sus mensajes y expectativas, en las mujeres.

Cuando una chica triunfa, ya desde el entorno escolar, recibe más habitualmente el mensaje de que es porque se ha esforzado mucho. Los chicos parecen conseguirlo simplemente por su talento, por su capacidad. Tanto chicos como chicas tienden a valorar positivamente a las mujeres de su entorno, sus abuelas, tías, sus madres, las profesoras, por sus cualidades emocionales y afectivas, por su empatía, cercanía y disponibilidad. Pero cuando se pregunta por la inteligencia, la valoración se hace generalmente sobre los padres, abuelos, profesores. Esa misma idea proyectan las chicas sobre si mismas. Lo que se valorará en ellas son sus habilidades sociales, afectivas, emocionales e interpersonales por encima de todo. Este constructo opera con la misma fuerza que la frase “Querer es poder”. Pues “No querer es no poder”. Las mujeres no quieren ser brillantes, no quieren ser inteligentes, no quieren ser talentosas, no quieren ser exitosas. Nadie las admirará por eso. A menos, claro está, que cumplan primero con todo lo demás. Pero ese “todo lo demás” es un lastre muy grande. Y para poder ser buena, atenta, entregada, dulce, amorosa, estar disponible, cuidar de los demás y a la vez ser brillante en tu profesión y en tu carrera, creativa y talentosa en el área que te apasione; no queda otra opción que ser una Supermujer. Una especie de heroína de ciencia ficción que tiene la habilidad de multiplicarse, o que se mete en una cabina de teléfono y se transforma en un segundo en lo que haga falta y puede parar el mundo mientras da varias vueltas al planeta tierra para frenar el tiempo y salvar a toda la humanidad de la catástrofe (y salir viva).

Los factores extrínsecos no hace demasiada falta revisarlos. Aunque son los que se han encargado de, gota a gota y minuto a minuto, crear, alimentar y propiciar todas las creencias que han calado tan hondo que a veces es difícil reconocer que no eran internas. Están tan profundamente arraigadas que son verdad como si hubieran venido impresas en el ADN. La familia, la escuela, la sociedad han erigido los estereotipos y los han reproducido hasta el infinito y hasta el hartazgo. Y han calado. Y calan, cada día.

Y para que esto cambie hay que contrarrestar. Y sí que hay cambios. Que se gestan. Se llevan a cabo. Hay mas conciencia y más iniciativas. Pero la inercia es descomunal. Hay una enorme falta de modelos a los que seguir. Rosabel nos muestra algunos videos y diapositivas que nos recuerdan cómo y cuánto hemos normalizado los estereotipos. La campaña Redraw the Balance de la iniciativa Inspiring The Future nos muestra cómo ya en la escuela primaria cuando los niños y niñas imaginan médicos, bomberos, pilotos; siempre imaginan hombres. Al final de la experiencia entran tres mujeres al aula con su ropa de trabajo y los niños se asombran. Llegan a gritar: ¡Están disfrazadas!

Video: Redraw the Balance

Al no tener modelos que imitar y al estar rodeadas de estereotipos y mandatos limitantes las chicas, además de atreverse a tener altas capacidades y salir de ese asfixiante armario con plena confianza en sí mismas, tienen que ser valientes, fuertes. Tienen que abrirse camino, ser pioneras, porque no tienen modelos a seguir dentro de un mundo donde la justicia y la igualdad, por muy absurdo que suene, no abarcan a las mujeres.

Lo que también es muy frecuente y desconcertante es la cantidad de mensajes contradictorios que se producen. Porque se dicen cosas, pero luego se hacen otras. Y se piden cosas, pero luego no se llevan a cabo. Y se alientan y se fomentan cosas, pero no se traza el verdadero camino para que puedan hacerse realidad.

Las mujeres no solo se enfrentan a techos de cristal, también pisan suelos pegajosos. Esos suelos pegajosos donde están sus hijos, sus padres, sus parejas, y ese deber y esa necesidad de atenderles siempre, porque así nos han educado, y porque lo llevamos clavado en las entrañas. Y si conseguimos el apoyo y la ayuda suficientes para subir los peldaños uno a uno de nuestra vocación, de nuestra profesión, de nuestro trabajo, intentando desarrollar nuestro talento, ahí nos encontramos el techo de cristal: la sociedad no confía con tanta soltura los puestos de responsabilidad, los proyectos complejos, los cargos directivos a las mujeres ¿Por qué? Porque seguramente tendrán hijos, maridos, padres, familias enteras que atender y no podrán responder como se espera, no estarán a la altura, no lo darán todo. Pero mejor así. Mejor que no se les ocurra darlo todo por su profesión, porque lo que sería admirable y ovacionado en un hombre, seguramente se miraría con desconfianza o se juzgaría sin piedad en una mujer. Porque sí, se nos anima a brillar y realizarnos, pero nunca jamás bajo ningún concepto se nos permitirá dejar de ser buenas, guapas, tranquilas, sensibles, abnegadas y compasivas.

En 2012 la Comisión Europea lanzó una campaña dentro de su programa de mujeres en la investigación y la innovación, que pretendía animar a las adolescentes a estudiar ciencias. Science: it´s a girl thing! se llamó y a través de un video viral de 0:52 minutos de duración no hizo otra cosa que dejar en claro cómo el machismo está en el hueso y no importa el lema ni la intención; la ideología más sexista y vergonzosa chorreaba por los cuatro costados. Si esas niñas, esas jóvenes que debían atreverse a estudiar ciencias, tenían que sentirse identificadas con las mujeres del video, la batalla estaba perdida antes de empezar. Las supuestas científicas parecían salidas de una película de 007. Tacones, bellísimas piernas desnudas, cinturas de avispa, abundante maquillaje. Ellas, peinadas de peluquería y dirigiendo miradas, gestos y actitudes seductoras al único ser humano que parecía verdaderamente centrado en su trabajo: un hombre, desde luego. Las chicas tiran besos, se ríen, se distraen, se sorprenden. Son tan adorablemente superfluas y sexis. Porque la ciencia es cosa de chicas, pero claro, la “i” de la palabra Science, no se lo pierdan, es una barra de labios.

Video: Science: it´s a girl thing!

Por suerte, las estudiantes de psicología y neurociencia de la Universidad de Bristol expresaron su indignación y respondieron con otro video que ojalá hubiera sido tan viral como el primero porque parodia con altura y cinismo cada uno de los absurdos clichés de la campaña oficial.

Parodia graduadas Universidad de Bristol

Solo podremos hablar de igualdad el día que cada niña, cada adolescente, cada mujer pueda decidir libremente y sin barreras lo que quiere hacer de su vida, de su carrera, de su profesión. El día que cada niña se libre de la infinitud de mensajes que intentarán construir de manera efectiva y desde dentro la indefensión aprendida. El día que cada niña imagine su vida adulta con plenitud y con éxito, sin suelos pegajosos ni techos de cristal. Y para eso los primeros pilares en los que deben apoyarse es en modelos, personas de referencia que configuren ejemplos reales y no idealizados, ejemplos de que sí se puede. Trabajar la autoestima, la autoconfianza, rodearse de un entorno en el que dejar de ser invisibles, en el que salir de la crisálida, sabiendo que pueden, que tienen derecho y que han nacido para volar.

Gracias Rosabel Rodríguez por tu pasión, por tu calidez, por tu talento y por construir el camino, por abrir una maravillosa ventana donde solo parecía haber un sólido e infranqueable muro ¡Gracias!

autodidacta

Autodidacta

By | Altas Capacidades | No Comments

Si no puedes vencerlos ¡Únete a ellos! decía el emperador Constantino. La verdad es que no recordaba quién había dicho la frase pero uno puede permitirse no recordar hoy en día porque hay tanta información tan al alcance. Partiendo de esta simple afirmación se pueden concluir varias cosas ¿Qué sentido tiene seguir aprendiendo las cosas de la misma manera que antes de que existiera Internet? ¿De qué sirve recordar innumerables datos si podríamos usar nuestra energía, tiempo y capacidad para interpretarlos, relacionarlos, para procesar, explorar, crear? ¿Para qué se toman los mismos exámenes que se tomaban antes, cuando no había manera de acceder a los datos si no era recordándolos? ¿Cómo es posible que sigamos intentando memorizar los nombres de todos los ríos de Europa y las capitales del mundo y las declinaciones de los pronombres en latín? ¿Para qué?

No estoy de acuerdo con la frase de Constantino. Creo que hay otras opciones fuera del binomio: vencer o unirse. Creo que hay un modo de ser y estar que no es luchando o adaptándose, que no es definiéndose, que no es decidiendo vivir con o contra algo. Igual Constantino quería decir otra cosa, pero en este momento la frase me lleva a pensar en el sistema educativo, en el hecho de aprender y en el autodidactismo. En superar la fase de frustración e inadaptación, en dar un paso al costado en vez de ir hacia adelante o hacia atrás; en buscar un camino alternativo.

Si nos preguntamos cómo aprende cada persona, no sólo qué le motiva a buscar el conocimiento, sino profundamente; no por obligación o por miedo a las consecuencias, sino de qué manera una persona se siente llamada a conocer, a buscar soluciones, a enfrentar el reto. Si en vez de preguntarnos qué, cuánto y cómo nos preguntáramos por qué, para qué, hacia dónde, desde dónde, puede que esas preguntas, no ya las respuestas sino las preguntas mismas, fueran las que trazaran el camino.

El sistema educativo nos dice qué, cuándo, cuánto y cómo. Pero el por qué y el para qué no suelen ser muy convincentes ¿Por qué? Porque es tu obligación. Y es tu obligación porque yo lo digo ¿Para qué? Para ser alguien, para conseguir un buen trabajo y ganar dinero y forjar tu futuro y ser útil a la sociedad. No creo que ningún estudiante, o casi ninguno, pueda apropiarse con demasiada alegría de estas respuestas ¿Y si pudiéramos, si fuéramos capaces de encontrar nuestro propio por qué y para qué? ¿Y si tuviéramos la libertad de decidir el qué y el cómo?

Y acá aparecen algunos temas interesantes. Y entramos en el territorio de las altas capacidades y la frecuente sensación de estar fuera de lugar y perder interés y acumular frustración y aburrimiento y desaprovechar en consecuencia toda la energía y la curiosidad intentando encajar en patrones extraños e incompatibles. Si un niño que ama la música y tiene oído absoluto deja las clases de piano y solfeo. Si un niño que ama el color y el dibujo y diseñar logos y tipografías y máquinas y personajes suspende plástica año tras año. Si un niño con una gran destreza física y una energía desbordante abandona sistemáticamente toda actividad deportiva y se niega rotundamente a iniciar o probar ninguna más. Si un niño que escribe páginas y páginas de un código que es una combinación de html, fórmulas matemáticas, gramática inglesa y script de hackeo deja sus clases de Unity. Si un niño que se queda fascinado con los documentales y animaciones sobre virus, bacterias, plagas letales, vacunas y nuevas generaciones de antibióticos suspende los exámenes de ciencias ¿No deberíamos pensar que lo que está fallando es el método? ¿No sería muy ridículo, incómodo e inaceptable que nos hicieran vestir a todos con la misma ropa, del mismo color y la misma talla? ¿Por qué entonces intentamos hacer eso con la educación? ¿Y evaluamos en función de ese patrón marginando, castigando, etiquetando a quien la camiseta le va muy larga de mangas o es incapaz de subirse la cremallera?

Desde el momento en que se descubre, amplía y complejiza el conocimiento sobre el cerebro humano y se toma conciencia de la existencia de múltiples inteligencias no catalogables, estandarizables ni medibles en base a una batería de tests de enfoque mayoritariamente lógico-matemático y esa ampliación del abanico fundamenta la teoría de que existen también muchos tipos de aprendizaje y se descubre que hay personas que tienen una mayor predisposición, facilidad y fluidez en su percepción auditiva y viso espacial que a través de los métodos clásicos, lineales y tradicionales de lectura, escritura y memorización. Desde ese mismo momento deberíamos plantearnos un cambio.

Abundan los ejemplos de personas increíblemente capaces, brillantes y creativas que de haber definido su valía y trazado su camino según las normas de lo establecido, según la opinión de sus profesores y la estructura de un sistema en el que no conseguían encajar, no solo hubieran estado destinadas al fracaso y la mediocridad, sino que nos hubieran privado de su mirada, de su obra y de su genialidad: Albert Einstein, Leonardo Da Vinci, Mozart, Isaac Newton, Galileo Galilei, Stephen Hawking, Agatha Christie, Arquímedes, Ray Bradbury, José Saramago, Stanley Kubrick, Jimmy Hendrix, Basquiat. Todos autodidactas. Hay veces que para el talento o la originalidad de un individuo sencillamente no existe todavía un sistema capaz de categorizarlo, validarlo o comprenderlo. E impedirle pensar, aprender, ser y hacer “a su manera” es cometer un error imperdonable.

Así que prefiero las palabras de Gloria Fuertes a las del emperador…

“Me dijeron: – O te subes al carro o tendrás que empujarlo. – Ni me subí ni lo empujé. Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas.”

Para ampliar sobre Autodidactismo y Superdotación un artículo de MomToGifted con un interesante análisis sobre los elementos que diferencian una manera de aprender innovadora y holística del típico y estructurado aprendizaje reglado y secuencial.

https://momtogifted.wordpress.com/2016/05/29/the-rydkvist-group-y-el-autodidactismo-del-superdotado/

En este artículo publicado en el blog de La Rebelión del Talento se abordan técnicas, consejos y recursos alternativos a los métodos tradicionales y especialmente apropiados para aprendices visoespaciales.

https://aacclarebeliondeltalento.com/2017/05/27/odio-leer-odio-escribir/

mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

motivación

Motivarnos cada día

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El de hoy será un artículo en primera persona. Y espero desde la primera persona llegar a otras primeras personas, y buscar maneras y respuestas y caminos.

Y no se trata de exponer un tema investigado o compilado a partir de otros artículos sino de una situación presente, diaria, y en la que quizás haya más preguntas que respuestas, dudas que certezas, intuición que verdad; y la necesidad de sentir que voy bien, aunque por momentos parezca que el horizonte no muestra demasiada claridad.

Tengo tantos recuerdos de no adaptación al sistema educativo de mi hijo desde que empezó infantil que no sé bien por donde empezar. Ahora mismo acaba de empezar el Instituto y a pesar de que me llena de orgullo ver cómo hizo un gran cambio a la hora de empezar la mañana, preparar sus cosas, estar listo en la puerta habiendo desayunado, con los dientes lavados, el pelo medianamente acomodado, los cordones atados, la sudadera puesta y la mochila colgando de los hombros cinco minutos antes de la hora -cosa que me hubiera parecido un logro inconcebible año tras año y día tras día durante la primaria- y a pesar de ir con entusiasmo y haberse integrado con el grupo de su clase, a pesar de que lleva la agenda al día y toma apuntes y presta atención y hace la tarea antes de encender el ordenador…no es suficiente. El choque es muy grande. Me pregunto por qué si pasa de primaria a secundaria del mismo sistema educativo público y bilingüe, en la misma ciudad, al instituto que le reservaba la plaza, el que le daba continuidad entre ambos ciclos ¿No había una manera de prepararlo? ¿No había una manera de implementar una transición? ¿No era más importante prepararlo para este cambio que aprobar las pruebas de la Comunidad de Madrid? ¿No era primordial enseñarle técnicas de estudio antes que repasar los mismos contenidos otra vez como si sexto fuera un repaso de quinto y cuarto de primaria?

Y digo no es suficiente porque a pesar de saber los contenidos, y haberme explicado antes del examen los agujeros negros y las galaxias y la rotación de la tierra en inglés con un vocabulario asombroso y una pronunciación maravillosa, la primera semana de exámenes volvió con una cadena de suspensos. Y me pregunto si esa es la manera de adaptarlos. Dándoles el mensaje de bienvenida de que no lo están haciendo bien. Sinceramente no me preocupan las notas, ni los suspensos, lo que me preocupa es ese mensaje tan claro de que lo que está haciendo no se acerca ni remotamente a ser lo que se espera.

Y no puedo evitar recordar a su maestra de infantil que golpeaba la mesa y le decía: ¡tra-ba-ja! Y le regañaba por dibujar naves espaciales en vez de colorear el círculo grande de amarillo y el pequeño de rojo y gracias a la cual dejó de dibujar y recortar porque estaba harto de que le dijeran que lo hacía siempre mal.

Y no puedo evitar recordar a su maestro de primero de primaria que le daba con los nudillos en la cabeza y le preguntaba ¿tú eres tonto? por no haber llevado la tarea o haberse olvidado el libro. El mismo profesor que cogía a sus compañeros de la camiseta y les sacudía porque no le hacían caso. El que me pidió permiso para evaluarlo por el equipo de orientación porque mi hijo era muy distraído y desobediente y se dormía sobre el pupitre y no paraba de levantarse y hacer chistes y reírse en clase. Y creía que tenía hiperactividad, déficit de atención, o ambas. Pero no, resultó ser que mi hijo tenía altas capacidades. Pero para el profesor seguía siendo un incordio, un niño difícil, molesto e impertinente que sacudía mucho las manos y se distraía con el zumbido de una mosca, y hacía demasiadas preguntas.

Y no puedo evitar recordar sus casi suspensos en plástica cuando en casa llenó resmas enteras de papel diseñando comics y máquinas y cadenas de montaje y pistolas supersónicas y transformaciones antropomórficas y logos para marcas de coches y tuneos flipantes para el Clío. Pero claro, no era capaz de hacer lo que tenía que hacer, lo que la profe quería, no se ajustaba a la consigna, no hacía lo que se esperaba de él, que era que pasara por el tubo, que fuera estándar, que siguiera las reglas, que se estuviera quieto y que hiciera bolitas de papel morado hasta llenar toda una cartulina A4 en franjas uniformes de 10 centímetros de ancho.

Y no puedo evitar recordar que se pasó todo primero de primaria volviendo de clase y contándonos que en realidad el cole no era un cole normal y corriente, que era un cole de magia, y que a media mañana se había escondido en un cuartito donde guarda sus cosas el conserje para atacar con un amigo al basilisco, y que no había otra forma de subir a la primera planta que poniéndose unas botas de propulsión y activándolas cuando sonaba el timbre. Y se me estrujó el corazón un tiempo después cuando leí un artículo que explicaba que muchas veces esa construcción desbordante de un mundo de fantasía la generan para protegerse de una realidad que no pueden comprender, aceptar y sobrellevar, y de la que se sienten completamente ajenos.

Y ahora pienso ¿Cómo motivarle? Porque tiene una curiosidad infinita y una capacidad deslumbrante y un razonamiento tan complejo y unas ideas tan divertidas y sorprendentes ¿Cómo decirle que tendrá que adaptarse él? Que el mundo no se acomodará a su gusto, sino que será él el que tendrá que aceptar las reglas. Y que la mayoría de las veces no las entenderá, le parecerán absurdas y obsoletas, injustas, y que claro que podrá expresar su opinión, pero al final no le quedará más remedio que obedecer al profesor y responder las preguntas del examen como le pidan porque sino seguirá acumulando suspensos. Aunque se pase la tarde viendo documentales sobre el origen del universo o invente una nueva manera de hacer las divisiones con decimales tendrá que responder las mismas palabras que vienen en el recuadrito naranja de la página 35 sin olvidarse bajo ningún concepto de las que vienen en negrita, y tendrá que mostrar que sabe dividir de la manera que se le pide.

Y no puedo evitar recordar cómo fue dejando todas las actividades extraescolares porque, aunque la actividad en sí le entusiasmaba o se le daba bien e incluso de maravilla, no podía soportar la frustración y el aburrimiento y el hastío asociados al método, al enfoque, y demasiadas veces a la falta de interés y pasión del profesor o de su autoritarismo. Tirando a los niños al agua aunque estuvieran muertos de frío o de miedo y acomodando las distancias entre unos y otros con una vara metálica y sin meter ni un pie en la piscina. A los gritos como si se tratara de la copa del mundo y dejándolo en el banco por no estar lo suficientemente atento a la hora de defender la portería en los partidos de fútbol. Repitiendo durante meses las cinco notas de…debajo un botón, tón, tón; y aprendiendo piano con los mismos cuadernillos que fotocopiaba la profe hace 30 años.

Y sinceramente no extiendo todos estos recuerdos a modo de queja, porque suelo tomar la realidad e intentar mostrarle que el mundo no está hecho a medida y hay que aprender a encontrar la manera de adaptarse sin perder la propia identidad, de aportar y responder sin que eso signifique encajar o reprimirse, encontrar el lado positivo y hacer las cosas por el simple hecho de aprender, de conseguirlas, por la satisfacción de ver el trabajo terminado, por el saber que hay detrás, y no por miedo al castigo o por sacárselo de encima para poder encender el ordenador, sino por desarrollar la capacidad de empatizar y de conectar con el otro, porque el otro siempre es un universo inalcanzable e incomprensible y es nuestro reto y una fuente de aprendizaje y satisfacción y casi uno de los objetivos fundamentales de la vida; sintonizar, compartir, conseguir relacionarnos desde nuestras similitudes pero sobretodo desde nuestras diferencias.

Pero es difícil. Porque quiera o no el sistema está diseñado en vertical. No existe verdadera igualdad, aunque nos llenemos la boca hablando del respeto, la diversidad y la inclusión. Al final el sistema educativo, y más tarde se enfrentará al mundo laboral, tienen un bonito cartel encima…pero cuando atravesamos el umbral, aunque en clase de valores nos digan que equivocarse está bien y que no pasa nada, y que cada uno tiene derecho a ser como es y a pensar y opinar lo que crea oportuno, en la práctica eso no es verdad. Una profesora que puede decir a tu hijo (cuando pregunta los antónimos y tu hijo le responde materia y antimateria) que la antimateria no existe, que de dónde sacó eso…esa misma profesora que esperaba que respondiera: alto y bajo o gordo y flaco, es la que le puede poner el suspenso. Y no solo se lo puede poner, sino que se lo pondrá.

Me pregunto cómo se compatibiliza la curiosidad, la energía desbordante, la creatividad, las ansias de conocer, el pensamiento arborescente, la divergencia y capacidad de interrelacionar temas diversos, la pasión, la originalidad, la necesidad de descubrir métodos y ritmos propios con un sistema que nos quiere idénticos, que fabrica réplicas, que nos compara con un patrón estándar y nos juzga de acuerdo a nuestra semejanza o distancia del mismo, como en esas actividades tan entretenidas donde hay que encontrar las 5 diferencias entre dos ilustraciones ¿Y si no hay manera de comparar ambos dibujos? ¿Y si no se parecen en nada? ¿Y si un niño ni siquiera cabe en el recuadrito de 8 x 15, en los límites del recorte? ¿Fracasará? ¿Quién es el que fracasará? ¿Fracasará el niño? ¿Repetirá curso hasta que a fuerza de suspensos se convenza de que era mejor hacer caso y satisfacer al sistema y entrar en la maquinaria y volverse parte del engranaje? ¿Que era mejor eso que ser él mismo?

Y no bajo los brazos ni pierdo las esperanzas. Y sé que se trata de mirar la realidad desde nuestros propios ojos y no dejarnos opacar ni desmotivar. Y sé que al final todo se trata de hacer lo mejor que podamos con las cartas que nos tocan, con el entorno en el que nos movemos, con las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que tenemos que afrontar. Y saber que sí, que tenemos que responder, pero que también tenemos derecho a innovar y a disentir, que tenemos que adaptarnos, pero también tenemos derecho a ser diferentes, y que tenemos derecho a equivocarnos, pero también a aprender del error, y que tenemos obligaciones y acatamos normas, pero también tenemos libertad. Y la libertad conlleva una gran responsabilidad y es la de afrontar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras actitudes. Lo difícil es encontrar el equilibrio. Lo difícil es no perder el eje. Lo difícil es conseguir automotivarnos cada día, pintar todas las veces que sea necesario el muro desnudo que tenemos delante. Pintarlo de color.

 

Y siguiendo el hilo de estos pensamientos,  me parece oportuno recordar la presentación de Ken Robinson en TED

¿Las escuelas matan la creatividad?