Monthly Archives: septiembre 2018

Santorini_Caldera

El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?

EleNao

Bolsonaro no. Él no

By | Mujer, Primera Persona | No Comments

No puedo creer que sean las mujeres las que salgan a decir No. Él no.
Esto no es una lucha feminista. Esto es un problema de todo Brasil.
Bolsonaro no es solo un machista, misógino, troglodita.
Bolsonaro es un fascista, racista, homófobo, ultraderechista.
No tiene que ser de color violeta la bandera, ni el cartel, ni la tipografía, ni la camiseta.
No tiene que tener una rosa, una mariposa, un círculo con una cruz.
Ni siquiera una bandera multicolor.
Esto es un problema de todos. Estamos hablando de sentido común.
De derechos humanos.
¿Qué está pasando en este mundo?
#EleNao

invidia

Envidia, tabú y altas capacidades

By | Altas Capacidades | No Comments

Es muy difícil atreverse a hablar de la envidia. Es difícil que la gente asuma que es envidiosa. E igual de difícil es afirmar que nos sentimos envidiados. Con la envidia, al contrario que con el amor, no queremos estar en ningún rol. No queremos ni sentirla ni despertarla. Pero existe. Está ahí. Y mucho más cerca de lo que quisiéramos.

El tabú que desenmascararemos hoy en torno a las altas capacidades es el de la envidia. Porque siguen existiendo muchos tabúes en torno a las altas capacidades y gran parte de la tarea que se realiza al diagnosticar, concientizar y visibilizar va encaminada hacia la auotaceptación y el desarrollo de la identidad en sus múltiples facetas, hacia la autoconfianza y el descubrimiento del talento para vencer el perfeccionismo y la incertidumbre y llevar una vida plena. Pero los tabúes muchas veces agregan piedras en un camino que ya es bastante difícil de transitar. Y cuando hablamos de tabúes nos referimos a todos esos momentos incómodos en que las altas capacidades se vuelven un problema y nos preguntamos si es mejor hablar o seguir adentro del armario ¿Pensarán que me creo superior? ¿Se alejarán de mí? ¿Creerán que soy una persona inaccesible y complicada? ¿Pensarán que tengo complejo de superioridad? ¿Hará que me juzguen o me miren o esperen demasiado de mí? ¿Esperarán que sea el mejor en todo y tenga siempre la respuesta? ¿El rechazo será aun mayor si soy lento, cometo errores, me entusiasmo demasiado con algo o parezco tímido? Nadie quiere tener un cartel luminoso en la frente. De ninguna clase. Todos queremos ser normales ¿Por qué? Porque queremos ser parte. Queremos sentirnos comprendidos y valorados. Y si nos sale un cartel luminoso en la frente que nos diferencia, el riesgo de exclusión o prejuicio, y consiguiente aislamiento, siempre es mayor.

Las personas con altas capacidades tienen que aprender a convivir con la envidia, la mirada crítica y las exigencias del entorno. Y no siempre se tienen las herramientas y habilidades para convivir con eso y no acabar muy afectado a nivel psicológico y emocional. Las personas con altas capacidades no tienen la culpa de ser como son. Ni de ser buenos alumnos, cuando es el caso. Ni de tener más facilidad para entender las cosas o entender a los demás. Ni de su intensidad y sensibilidad, que muchas veces les hace brillar en ciertos entornos, sin ningún esfuerzo. Los padres de niños y niñas con altas capacidades tampoco tienen la culpa de que sus hijos sean como son. Y ni se sienten superiores ni sienten que sus hijos sean superiores a nadie ¿O no es perfectamente entendible estar orgulloso de un hijo que gana las pruebas de atletismo, o los concursos de pintura o los certámenes literarios? Pero cuando se trata de inteligencia, parece que se hieren las susceptibilidades y muchas personas se ponen a la defensiva o se sienten disminuidas y muestran lo peor de sí mismas.

Es muy frecuente que, por su mayor empatía, sensibilidad, autocrítica y la complejidad de sus pensamientos, una persona con altas capacidades que recibe gestos o manifestaciones de envidia se sienta culpable, cuestione su manera de ser o de dirigirse a los demás, se sienta herida y rechazada y se aísle. Se pregunte si habrá dicho algo que no estuvo del todo bien, si habrá hecho alarde de su capacidad sin darse cuenta, si estará siendo injusto con alguien, si no será mejor abstenerse de participar, opinar o continuar en ese grupo con tal de no incomodar a nadie y volver a sentirse expuesto.

Hay quienes hablan de envidia buena o envidia sana, como una variante menos problemática y hasta constructiva de ese espantoso pesar por el bien ajeno. Esta envidia buena o positiva sería la que nos ayuda a ver qué es eso que deseamos del otro y no tenemos o creemos no merecer, pero una vez conscientes de eso nos activa para conseguirlo, nos pone en marcha, nos motiva y nos hace dar cuenta que el otro no tiene la culpa de nada y que nosotros podemos tomar las riendas de nuestra vida y conseguir las cosas que deseamos. Pero la mayoría de las veces la envidia se presenta con su cara más cruel y despierta emociones y acciones destructivas para el que la siente y para el que la genera.

Como ocurre con casi todas las demás situaciones problemáticas que derivan de las relaciones humanas y la mala gestión de emociones y habilidades sociales, es importante aceptar que no podemos tener casi ningún control sobre lo que hagan o sientan los otros, mas que el que queda dentro de los márgenes de la ley, el sentido común o las normas básicas de convivencia, pero lo mas conveniente es aprender a manejar las propias emociones y habilidades para contrarrestar y sobrellevar la situación.

Los padres y madres de niños con altas capacidades, los propios niños y niñas, y desde luego los adultos con altas capacidades no tienen por qué sentir vergüenza ni pudor, no tienen por qué esconderse ni mantener su condición en secreto, no tienen por qué aislarse o camuflarse, reprimir su personalidad, apagarse o transformarse en nada que no son. Una persona alta. Una persona morena. Una persona de piel blanca. Una persona de voz aguda. Una persona delgada. Una persona baja, o rubia, o de piel negra o voz grave o complexión robusta ¿tienen que esconderse? ¿tienen que avergonzarse? ¿tienen que amoldarse? ¿tienen que camuflarse? ¿a que nos parece un poco ridículo? Las altas capacidades son una condición. No son ni una enfermedad ni un don. Son una realidad con la que algunas personas nacen y tienen que vivir. Como cualquier otra. Y tal vez sea la sociedad y no las personas la que les lleva a sentirse siempre fuera de lugar. Quizás sea esa estandarización o la tendencia a la competitividad y la búsqueda de la rentabilidad y la efectividad y la excelencia por encima de todo. Porque al final si en casa, si en la comunidad, si en el barrio, si en el colegio, si en la universidad, si en el club, si en el trabajo, si en todo ámbito y en todo contexto existiera verdaderamente igualdad, respeto y aceptación ¿sentiríamos envidia?

El Síndrome del Impostor

By | Altas Capacidades | No Comments

¿Qué es el Síndrome del Impostor y por qué está asociado a las altas capacidades? Aunque el oráculo de Delfos respondía: “Sócrates” a la pregunta ¿quién es el hombre más sabio de Grecia?, ese mismo hombre fue quien pronunció la famosa frase que hemos oído hasta el cansancio: “Sólo sé que no sé nada.” Pareciera que existe una relación directa entre la sabiduría y la inseguridad acerca de la propia capacidad o valía. Eso venimos a llamar Síndrome del Impostor, y es muy frecuente en las personas con altas capacidades.

Porque muy habitualmente las personas cuyo modo de pensar y estructurar el conocimiento es más profundo y complejo tienden a ser mucho más conscientes de todo lo que nunca llegarán a saber. La abrumadora e intrincada capacidad para asimilar, gestionar e interrelacionar información o cualquier tipo de estímulo en una persona con altas capacidades hace que la conciencia de lo que queda por ver, aprender o conocer sea también igualmente abrumadora.

Imaginemos por un momento una estantería. Una estantería para colocar libros. Ahora imaginemos que en el frente de la primera balda hay un pequeño cartel que pone: “Historia”. Y ahora coloquemos unos cuántos libros de historia universal, historia antigua e historia contemporánea en las baldas, hasta llenar casi en un 80% las estanterías ¿A que es una imagen fácil de imaginar? ¿A que da una cierta sensación de control y de claridad? Estamos ante una biblioteca especializada en Historia. Muy bien.

Ahora vamos a imaginarnos otra cosa. Partimos de la misma imagen inicial. Una estantería para colocar libros. Y el pequeño cartel que pone “Historia”, también. Pero ahora hagamos de cuenta que nos alejamos un poco y que empiezan a aparecer más estanterías. A ambos lados de la estantería inicial. Y que después de alejarnos un poco más vemos que hay varias plantas llenas de estanterías. Y si nos fijamos bien cada cierta cantidad de estanterías surgen pasillos en los que hay más y más estanterías que fugan al infinito. Y si volvemos a acercarnos para mirar las baldas vemos que hay carteles por todas partes. Ya no solo ponen “Historia” sino que son más específicos: Historia universal, Historia antigua, Historia contemporánea, sí. Pero también Historia de la literatura, Historia del arte, Historia de las mujeres, Historia de las religiones, Historia de la belleza, Historia de España, Historia comparada del arte y la literatura, Historia de la arquitectura, y dentro de cada uno, subcategorías y dentro de ellas otras más. Y temas cada vez más acotados y específicos pero que no dejan de ser libros de Historia, relacionados con la historia, complementarios, interdisciplinarios, afines, ilustrados, comentados, en otras lenguas, prohibidos, censurados, premiados, más vendidos, olvidados, primeras ediciones, descatalogados, inéditos…Y así podríamos seguir, y los siguientes pertenecerían a esas estanterías que fugan en perspectiva fuera de nuestro campo visual ¿A qué esta imagen ya no es tan fácil de imaginar? ¿A que no da precisamente una sensación de control o claridad sino más bien cierta angustia y ansiedad?

Si juzgamos objetivamente, podríamos afirmar que una persona que hubiera leído y tuviera un cierto manejo y habilidad en recordar, transmitir y relacionar los contenidos incluidos en esa primera estantería, la primera que imaginamos, la que estaba llena en un 80%, podría llamarse un experto o al menos un conocedor de la materia ¿No es así? Muy bien. Una persona con altas capacidades, en vez de centrarse en esa estantería que controla y conoce completamente, no puede dejar de imaginar todas esas estanterías que nunca llegará a leer, que jamás llegará a conocer; todos esos pasillos que fugan al infinito y todos esos carteles con las categorías y subcategorías que no llegará a saber ni siquiera que existen. Pasillos enteros. Alas completas de una biblioteca inconmensurable que no podrá abarcar. Y solo de Historia.

Así nace el Síndrome del Impostor. Y de ahí surge también la afirmación de Sócrates. Cuanto más compleja es la estructura del pensamiento, mayor es la sensación de ignorancia, y no solo de ignorancia sino de absoluta y concreta incapacidad para adquirir todo el conocimiento necesario, deseable, existente para definirse como experto o conocedor. Y no hay que minimizar el ingrediente de la insaciable sed de conocimiento de las personas con altas capacidades. Y tampoco olvidar su altísimo perfeccionismo y la consiguiente frustración.

Así tenemos todos los ingredientes necesarios para preparar el síndrome ¿Por qué se llama Síndrome del Impostor? Porque sea cual sea su formación, y sea cual sea el grado y la amplitud y la profundidad del conocimiento y la experiencia en relación a un tema, a un ámbito, a una profesión o actividad, la conciencia de las personas con altas capacidades de todo lo que les queda por saber -y les será humanamente imposible aprender- les hace sentir siempre farsantes, fraudes, ineptos, impostores.

No es extraño encontrar a una persona con altas capacidades haciendo cálculos sobre los libros que es capaz de leer en una semana y multiplicando por 52,1419 y después por los años que por estadística le quedan por vivir (sin entrar en detalle acerca de los datos que pueden llegar a entrar en el cálculo para estimar la esperanza de vida) para posteriormente sentir una enorme desesperanza al constatar la inmensa cantidad de libros que nunca jamás llegarán a leer. Lo mismo puede ocurrir al entrar a una biblioteca o ver los resultados que devuelve una búsqueda en internet. Una mezcla de placer, curiosidad y fascinación mezclados con vacío, frustración, ansiedad y tristeza. La conciencia irrefutable que construye la frase: “Sólo sé que no sé nada.”

¿Cómo se puede afrontar y minimizar esa sensación de inseguridad y fraude que llamamos Síndrome del Impostor? Es importante trabajar en la autoconfianza. Conocer y valorar los logros, las capacidades, las destrezas, el conocimiento y la experiencia que se tiene. No es posible para una persona con una gran autoconciencia y enorme capacidad crítica dejar de ver lo que le falta, dejar de enfrentarse a una realidad muchas veces abrumadora e inabarcable, pero es importante y sí es posible aprender a enfocar la mirada para potenciar esa capacidad y centrarla en esa porción de la realidad que constata y sostiene los aspectos positivos, confirma y recuerda los objetivos alcanzados. Porque eso, al igual que las estanterías vacías y las inalcanzables, también es verdad.

limones-nieve-matarile teatro

Los limones, la nieve y todo lo demás

By | Arte | No Comments

Ellas se conocieron en un tren. Un tren hacia ninguna parte. Viajar es un perpetuo no ir a ninguna parte más que hacia dentro. Huir no es otra cosa que huir de nosotros. Moverse no es otra cosa que intentar imaginar que somos otros, como si cambiando el contexto cambiara el texto; como si cambiando el envase, cambiara el contenido.

Ellas se conocieron en un tren. Y se atrevieron a recorrer juntas Europa. Aunque es absolutamente imposible ir con alguien a ninguna parte. Las relaciones humanas están destinadas al malentendido. Solo hacemos de cuenta que nos escuchamos y nos entendemos y nos hacemos compañía. Pero no es verdad. Es un acuerdo tácito y siempre efímero en el que convenimos llamar entendimiento, sintonía, comprensión, complicidad, al más absoluto sinsentido, al perpetuo malentendido y la soledad.

Ellas se conocieron en un tren. Y se aman y se abrazan y se odian y se abandonan. Y a eso llaman estar juntas. Y reflexionan, con lo necesario, inevitable, doloroso e incómodo que es reflexionar. Y dicen. Y no importa lo que dicen. Y callan, y es tanto más importante lo que callan.

No hace falta ser un zorro, haber sido cazado entre otros 12.000 zorros, transformarse en un cadáver mínimamente compuesto y digno. No hace falta ser un zorro para estar muerto y disecado.

No hace falta esperar a la tormenta para buscar refugio, para cubrirnos, para abrigarnos, para alzar los brazos y abrir la boca y recibir y gozar y agradecer.

No hace falta que me ayudes cuando el suelo está lleno de obstáculos. No hace falta que me salves cuando avance reptando y solo sienta vértigo y pierda el equilibrio. No hace falta que me abraces cuando pierdo el eje, el sentido, el deseo, el rumbo. No hace falta que me toques cuando tiemblo y me ausento y no siento más que soledad. No hace falta que te acerques cuando el silencio es ensordecedor y me grita y me aturde y mi cabeza está a punto de estallar. No hace falta que te quedes cuando solo hay oscuridad y no puedo ver más que tenues y caóticos puntos de luz derramados, inconexos, ficticios. No hace falta. Pero no te das una idea de cuánto lo necesito.

Y los limones, y la nieve, y todo lo demás.