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Detrás de la belleza

By | Arquitectura, Arte, Crisis Existencial, Madrid | No Comments

Desde aquí todo se ve a una cierta distancia. Parece una maravillosa postal. Bella Madrid de cielo despejado contra el pronóstico ininterrumpido de lluvia para toda la semana. Los edificios se perfilan entre embutidos blancos y grises de nubes en el horizonte y bandadas de puntos negros en vuelo fractal. Hay una certera quietud en la que casi pareciera que todo funciona. El mundo gira, la ciudad vive y lleva el curso que debe llevar. Las personas, desde aquí, son pequeños seres en movimiento. A esta distancia de terraza de décima planta, Madrid se transforma en decorado y diminutos humanos transitan y es fácil llegar a creer que saben dónde van y para qué. La distancia se experimenta como un perímetro de seguridad. La perspectiva no permite perfilar ni gesto ni circunstancia, ni dolor, ni desazón, apenas nada de la íntima existencia de esas vidas que deambulan.
Los artistas callejeros también se llegan a vislumbrar desde acá arriba. Ellos, aún vistos a pie de calle, incorporan un segundo perímetro de seguridad. Se esconden dentro de sus máscaras, disfraces de peluche, levitan camuflados en extravagantes artilugios, callan detrás de las voces de sus instrumentos.
Subiendo hacia Callao por Preciados se percibe entre el murmullo la ligereza de violines y cellos. Los músicos consiguen que los paseantes se paren y se emocionen y se sientan incluso nobles por sacar unas monedas y dejarlas ahí. Se les puede leer en la mirada: Hoy contribuí al sostenimiento de la escasa y sucia pincelada de belleza que le resta a este mundo. Los músicos reparten la recaudación entre una pequeña y fluctuante multitud, dependiendo de la ausencia o presencia y simultaneidad de más violines o más cellos o la voz de la soprano. Ellos no esconden el rostro, pero pueden disfrutar del silencio y de una cierta inexpresividad en la mirada mientras dejan hablar a los sonidos de sus instrumentos. Protegen las manos con guantes sin dedos y la cabeza con gorros de lana y los ojos con sus partituras. El ritmo de los paseantes se sintoniza y se establece una solemne y emotiva quietud en los cuerpos. Se detienen porque nadie les va a querer cobrar. Se sienten libres. No quieren pagar un globo que terminaría en la basura. No quieren responder una encuesta. No quieren asociarse a ninguna ONG. No quieren apadrinar a un niño desamparado a miles de kilómetros de distancia. No. Aunque es igual de necesario. Como no están obligados a hacerlo, sienten la libertad de contribuir a la subsistencia del músico callejero construyendo un imaginario convincente y redentor en sus espíritus hartos de verse obligados, anestesiados de tanta indiferencia. Se pasan más tiempo mirando. Se emocionan. Algunos cantan en el silencio de los labios que se mueven. Graban con el móvil. Rebuscan en los bolsillos de las chaquetas, de los monederos, en los de delante, en los de detrás. Recolectan un puñado de círculos de bronce y los depositan en el negro vacío donde reposará enfundado el cello cuando termine la tarde. Mientras dejan las monedas fijan una mirada sensible, cómplice, en alguno de los músicos, y se retiran, se vuelven a aislar, recuperan el ritmo y el compás del ajetreo. Cometen alguna torpeza en el andar, evidenciando esa desconexión momentánea del programa de circulación en automático, retomada con exabrupto, como quien sale del trance y vuelve a la realidad. Destellos, lienzos rasgados, colores vivos, colores sucios. Restos inigualables de belleza derramada en la calle Preciados.
También parece haber belleza. A simple vista. En las pompas gigantes y sus formas ondulantes y el rosa y el azul tornasolados brillando a la luz del mediodía. No es más que detergente, harina de maíz, agua, lubricante íntimo, palos de escoba, cuerda de algodón sucia, chorreante. La mujer con las zapatillas rotas y el tacho oxidado. La mujer intentando que no se ensucie la mezcla y deje de fabricar risas y saltos y fotos y monedas. Cuidando el tacho hasta que consiga juntar lo suficiente para irse a casa, recoger todo, dejar la huella del charco resbaloso de agua enjabonada y hasta mañana.
También parece haber belleza. A simple vista. En el desarrollo y el remate de las fachadas. Pero en el basamento. En el suelo. Restos de orina. Basura. Colillas. Cuerpos durmiendo la resaca entre cartones. Excrementos. Manchas sin color y sin nombre.
Detrás del velo. Detrás de la belleza. Detrás de la perenne felicidad de las caras de fieltro. Detrás del brillo tornasol. Detrás de la interpretación exquisita de Vivaldi y Mozart y Brahms. Detrás. Tristeza. Soledad. Supervivencia. Necesidad. Resignación. Vacío. Después de interpretar y fluir y reír y emocionar y entretener y saludar y agradecer y recaudar. Se pierden. Y anhelan. Y arrastran los pies y los trajes. Y las fundas y la vida. Y siguen sin saber qué hacer mañana para poner en marcha la existencia, la ciudad. Como si fuera realmente funcional, operativa, maravillosa. Otro día más.

Tres cosas

Tres cosas

By | Crisis Existencial, Madrid, Mujer, Primera Persona | No Comments

3 sabores

El strudel de manzana de Luisa

El té de ruda

La sevenUp batida

3 ideas

Dios no existe. Ninguno de todos ellos. Dios es una invención del hombre para soportar el absurdo de la existencia y la desgarradora certeza de que todos vamos a morir. Las personas que amamos también mueren. Y pueden morir antes que nosotros.

El amor es una construcción. El amor es una necesidad desesperada. Amar para sentir que tiene algún sentido estar en este mundo. Elegir dos o tres cosas que parezcan encajar y construir encima lo que haga falta para dejar de sentirnos tan insoportablemente solos.

El ser humano es una isla. No es que sea egoísta. O malintencionado. Manipulador o interesado. Es su naturaleza. Solo podemos ver a través de nosotros mismos. Y sentir. Y desear. Y vivir. Y sufrir. Estamos solos. Y es desde esa soledad desde la que pretendemos que algo tiene algún sentido. Y es desde esa soledad y las necesidades asociadas que interactuamos con los demás y pretendemos disfrutar de algo, trabajar de algo, hacer algo, decir algo, y creer que tiene algún objetivo, alguna importancia, algún sentido. Pero no lo tiene.

3 sonidos

El canto de las cigarras

Los tacones de Virginia en el pasillo del fondo

La flauta del afilador

3 acciones

Con estas manos abracé a Sofía. Recién acababa de nacer. Con estas manos la puse en el pecho y no pude dejar de mirarla mamar. Todavía no había abierto los ojos.

Con estas manos escribí una carta que me costaría 5 años de silencio. Con la misma mano que la escribí la eché en el buzón. Si las cartas tuvieran títulos como los libros, esa se llamaría sincericidio.

Con estas manos firmé mi nacionalidad italiana, la que me permitió quedarme en España. Aunque después no supiera bien si quedarme había sido una suerte o no.

3 imágenes

El cuerpo pequeño y morado de Fran después de la cesárea. No esperaba verlo todavía. No me había dado cuenta de que iba a ser madre todavía. Hasta que lo vi.

Abuelo sentado en el antepecho de la ventana esperando a que nos levantáramos para saber si abuela había dormido en casa esa noche porque no estaba en su cama.

El coche destrozado del que papá había salido de milagro después de volcar tres veces en la carretera y terminar dentro del agua.

3 olores

El jazmín en flor de Labardén

La cera GloCot para suelo de madera

La costanera de Quilmes del Río de la Plata

3 lugares

El increíble y sobrecogedor espacio debajo de la cúpula de Santa Sofía en Estambul

El césped sobre la tierra sobre la tumba de mi abuela

Los escalones de la salida del Metro Sevilla en la calle Alcalá, donde respiré por primera vez el aire de Madrid

3 cosas que amo

A mis hijos

Leer, porque es una de las cosas que me hace sentir menos sola en el mundo. Fundamentalmente porque creo que los libros son más sinceros que las personas. Incluso las palabras de los escritores estoy convencida de que son mucho más sinceras que los escritores mismos; que sus vidas, sus actos y sus relaciones.

Creer, aunque sea por un instante, que existe algún tipo de sintonía con otro ser humano. Aunque sea fugaz, aunque esa certeza no dure más de un minuto.

3 cosas que temo

Que mis hijos mueran

No llegar a ser yo misma

No encontrar otra certeza que no sea la del sinsentido absoluto y la irremediable soledad

Autorretrato

By | Crisis Existencial, Madrid, Mujer, Primera Persona | No Comments

Limpio con el índice los bordes del teclado, cambio la tipografía, hago un silencio mental.

Nerviosos intentos de ejercitar los dedos y empezar a escribir de una vez.

Aquí estoy, luchando con tantas palabras que se agolpan y no quieren fluir, precalentando.

¿Quién soy? Intentaré responder quien soy aquí y ahora, en este mismo instante. Seguramente ayer me hubiera definido de otra manera, hubiera olvidado mencionar alguna cosa que no me gusta de mí, o exacerbado algún defecto; queriendo mostrar una cosa, hubiera desnudado otra.

Soy Carolina. Hace 31 años que nací en Buenos Aires, una madrugada de tormenta. Mi sangre tiene una mezcla de genes italianos, eslovenos y croatas. Hace 5 años que llegué a Madrid, y hace poco más de uno que vivo en Aranjuez. Hace 9 meses que soy madre. Hace 2 días descubrí que no voy a vivir para siempre. Suele pasarme que descubro cosas que ya sabía, pero que de pronto comprendo en toda su enormidad. Y me aterro, me sorprendo, me emociono.

Cuando escribo, habla una parte de mí que generalmente vive escondida, agazapada, y que no comprende el idioma que habla el resto de la gente, ni comparte sus códigos y rituales cotidianos.

Cuando leo me pierdo de que va la historia y paso por alto cosas importantísimas. Me quedo en los detalles, en recovecos psicológicos de algún personaje con el que no puedo evitar identificarme.

Fantaseo con qué hubiera sido de mí si me hubiera quedado en Buenos Aires. Cuál sería mi rutina diaria, qué cosas no hubiera conocido de mi misma y cuales si y ahora soy incapaz de ver.

Temo en algún momento de mi vida encontrarme en un lugar y en una situación donde me pregunte ¿cómo pude llegar acá? ¿cómo pude traerme ciegamente hasta este mundo dentro del mundo? ¿cómo pude llegar a ser tan distinta de mí? Y después pienso que no es tarde para darme cuenta de quién soy y tomar las riendas, y empezar a vivir más como esa Carolina atemorizada me pide incasablemente que sea. Y fluir.