Category Archives: Crisis Existencial

tres monos

Derecho, legalidad y legitimidad

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Para tener derecho a algo, ese algo debe ser legal.

Pero para que sea legal, primero tuvo que ser legítimo.

Y la herramienta más poderosa de manipulación que existe es la que ataca la base de esa construcción.

Porque privar de un derecho es un delito.

Ir contra la ley también.

Pero hacer que algo parezca ilegítimo es más fácil.

Y hace falta ser cruel, inhumano, perverso, hipócrita para poder hacer que parezca ilegítimo algo que no lo es. Hace falta ser un completo psicópata para convencer a una persona, a una familia, a una sociedad, a la humanidad entera, de que algo que es perfectamente legítimo y posible, no lo es.

Claro, si una persona llegase a creer que sus pensamientos, sus deseos, sus necesidades, sus sentimientos, sus palabras, sus ideas, sus sueños, sus anhelos, sus motivos, sus impulsos, son legítimos, entonces podría atreverse a luchar para hacerlos realidad. Y una vez que fueran reales podría incluso pelear por su perpetuo derecho a legitimarlos cada día.

Y eso. Eso no conviene.

Por eso se invierte tanto esfuerzo y tanto dinero y tanta energía y todos los medios disponibles para deslegitimar. Para convencernos como sea de que eso, eso que queremos, necesitamos, deseamos, pensamos, anhelamos. Eso que nos quema las entrañas y nos ocupa la cabeza. Eso que nos carga de energía y nos eriza la piel. Eso no es legítimo.

No vaya a ser que nos empoderemos y consigamos la confianza, la certeza, el valor y la determinación suficientes como para hacerlo realidad.

mapa mundi

Mapa Mundi

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Esta mañana miraba en Google Maps y en Street View una lista de direcciones que me había mandado una amiga muy querida de la que estuve distanciada mucho tiempo. Acaba de emigrar otra vez. Ya es la cuarta. Empezar de nuevo. Con toda la carga emocional, psicológica, lingüística, cultural pero también terrenal, económica, y absurdamente práctica y burocrática que eso conlleva. Y acá vivimos ahora. Y acá está el instituto. Y acá el trabajo. Y acá la universidad. Y por mucho Google Maps y Street View, y por mucho que veía las calles y los edificios y calculaba distancias y parecía casi como que estaba ahí, y tomaba conciencia de la escala y me hacía una especie de idea, en realidad no hacía otra cosa que sentir una angustia sin nombre ¿De qué me sirve todo esto si no sé cuándo podré abrazarla? ¿De qué, si no sé todavía si alguna vez caminaremos juntas por esa, la acera que lleva a su puerta y por el paseo que da al canal y por el mercado del casco antiguo algún fin semana?

Y me vino irrefrenable a la cabeza la imagen de los mapas antiguos. Y me pareció una desesperante metáfora de cómo vamos tan perdidos siempre en busca del conocimiento y el control, que siempre nos quedará tan lejos y tan fuera de alcance. Y las misiones a la Luna y a Marte y la sonda que explorará el Sol y la Inteligencia Artificial. Y de repente todo me pareció tan obsceno. Tan banal y absurdo. Cuando no podemos abrazarnos. Cuando no sabemos comunicarnos. Por más WhatsApp, Messenger, telefonía fija, móvil, satelital, internet, y el correo electrónico y el postal, y todas las redes sociales que existen y ni siquiera conozco, y los traductores y los mapas y las cámaras en streaming y las fotos actualizadas con la digitalización de cada calle y cada esquina de cada ciudad ¿Y para qué? Si seguimos sin poder abrazarnos. Aunque nos tengamos delante. Sin comunicarnos. Sin entendernos. Sin saber. Sin decir. Sin atrevernos a sentir. Sin conocernos. Sin conocer a nadie.

Y todo en un segundo se puede derrumbar sin remedio. Por un malentendido. Por una suma de malentendidos. Por las malas interpretaciones y los silencios. Y lo que no digo y lo que no decís. Y lo que por qué se te habrá ocurrido decir y lo que no pude evitar. Y ¿para qué? Si podremos después bloquearnos y no llamarnos ni buscarnos ni hablarnos ni decirnos ni sentirnos ni abrazarnos nunca más.

¿Para qué vamos a mandar una sonda al Sol y colonizar Marte? Si no tenemos ni idea de quiénes somos y de lo que queremos. Si no llegamos a entender para qué hacemos lo que hacemos. Si no conseguimos dejar de temer lo que tememos y depender de lo que dependemos. Y no sabemos realmente por qué sentimos lo que sentimos y necesitamos lo que necesitamos.

Y acto seguido mis pensamientos migran hacia esa animación tan adictiva que va desde la escala subatómica hasta la infinitud del universo. Y todo lo más grande y lo más pequeño se parece tan abrumadoramente. Se asemeja de manera escalofriante. Y nuestro rango, nuestro campo de acción y conocimiento y control es tan absurdamente ínfimo. Y luchamos de manera desquiciada para expandirlo, pero es absolutamente ridículo en relación a todo lo que siempre irremediablemente nos quedará por conocer y descubrir y explorar y ver. Y es dolorosamente perturbador que sigamos haciéndonos problema porque hace calor, porque no encontramos lugar para aparcar, porque la cerveza no está tan fría, porque se acabó el gel de ducha.

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.

molde

A medida

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

¿Es posible destruir los moldes? ¿Destrozarlos, eliminarlos, disolverlos, transformarlos en nada? Los moldes ¿A qué me refiero con los moldes? Creo que llevamos programada una manera de ocupar nuestra vida. Como si vivir no fuera otra cosa que “amoldarse”. Nos han enseñado lo que éramos. Nos han enseñado lo que era el amor y la familia y el trabajo. Nos han enseñado lo que eran los otros, lo que éramos nosotros en relación a los otros, y lo que creíamos de nosotros mismos. Nos han enseñado lo que era vivir en sociedad. Nos lo han enseñado todo, pero no de una manera volátil, superflua, ligera. Nos lo han enseñado con los límites del molde. Se superponen imágenes en mi cabeza, difíciles de ordenar y priorizar. Los piecitos de Loto, deformados dentro del minúsculo zapato chino. El bizcocho creciendo en time-lapse, solo hasta el límite de la silicona. Los restos del barrido del suelo del matadero triturados y embutidos dentro de la salchicha. El corsé. La faja. El cuello de las mujeres jirafa en Tailandia.

En algún momento de la vida, mejor antes que después (y mejor tarde que nunca) nos damos cuenta. Y nos preguntamos ¿qué hago yo metido en este molde? ¿cómo pude estar dentro de estos límites como si fuera algo normal? ¿como si esta fuera mi verdadera forma? ¿sin preguntarme nada? ¿cómo pude verdaderamente sobrevivir tanto tiempo?

Ojalá fuera tan fácil salir como darse cuenta. Darse cuenta y todo solucionado. El problema es que darse cuenta no es más que el primer paso (fundamental claro) pero es solo el primer pequeño paso de muchos, no sé todavía cuántos. Uno está ya tan hecho a esa forma y a ese tamaño, y a ese insuficiente aire y espacio y luz. Uno está ya tan “amoldado”, que aun siendo consciente que no eligió; no hay un camino corto ni una manera fácil de adquirir una forma auténtica.

Incluso hoy en día pareciera estar muy de moda esa estúpida farsa de ser uno mismo, oír nuestra propia voz, dejar de satisfacer a los demás, ir a por nuestros sueños, el “todo es posible” y toda esa absurda filosofía optimista de que la felicidad depende de nuestra actitud ante la vida y de que hay que estar seguro de sí. Es verdaderamente un insulto a las almas sensibles y a las mentes complejas ¿Cómo puede alguien con un mínimo de autoconsciencia, de capacidad de indagación y razonamiento tener la certeza de algo? ¿Cómo aceptar una verdad inmutable, lineal, sostenible y sometida (para colmo) a nuestro propio control? Con un ápice de lucidez y visión de cómo es el mundo en el que vivimos; sus leyes, sus normas, sus principios, sus mecanismos, sus móviles, sus prioridades ¿Realmente puede alguien en su sano juicio afirmar que es posible dejar de satisfacer al otro, ir a por los propios sueños y ser uno mismo? Pero si ser “uno mismo” nadie tiene la menor idea de lo que es. El autoestima ¿existe? Creo que sería más acertado llamarle heteroestima, poliestima, multiestima. Está impreso en el ADN: sin el clan no sobrevivimos. Y después de impreso, fijado cada día desde un principio por los patrones de conducta de nuestros padres, familia nuclear, familia extendida, tribu, sociedad, cultura ¿Qué ridícula idea es esa de ser uno mismo?

Y cuando al final ya estamos asfixiados y entumecidos de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas dentro del molde, ni siquiera tenemos claro cómo salir. Y aún con la suerte de darnos un buen golpe que rompa el frasco y salve la vida, y nos permita rodar fuera del contorno y salir aceptablemente ilesos de nuestro torpe reptar sobre los trocitos de cristal ¿Cómo estirarse? ¿Cómo irrigar cada pliegue? ¿Cómo moverse? ¿Por dónde empezar?

Amamos como nos han amado. Como hemos visto amar. Y como hemos replicado. Y nos vemos como nos han visto. Y creemos en eso que nos dijeron. Creemos en eso que vieron. Tan fielmente que hasta lo repetimos, aunque no se acerque lo más mínimo a la realidad. Actuamos como se debe, como se espera, como nos han dicho. De acuerdo con cómo nos han corregido, para evitar el castigo, el rechazo, el dolor, la indiferencia, la soledad. Ya sea por cuanto hemos sufrido en la propia piel y alma y estima, o por evitar eso que vimos tan de cerca les pasaba a los otros.

Y después que ya estamos perfectamente “amoldados”, construimos relaciones, ejercemos roles, nos ceñimos al guión. Y ese guión que representamos durante tanto tiempo ya nos sale sin pensar. La inercia es descomunal. Aunque sea incomodo, el surco es profundo. Y el movimiento y el rumbo y la manera, y la danza y la cadencia y el ritmo, salen con total naturalidad.

Por momentos no es que intente trabajar con ninguna metáfora. La verdad es que la mayor parte del tiempo me parece más real esa imagen mental que la que me devuelve el espejo. Que la que proceso en la retina cada vez que me cruzo con alguien y lo observo. Me parece infinitamente más real esa especie de tentáculo de pulpo en formol, o esa cabeza reducida por los jíbaros que lo que veo concretamente.

Creo que si pudiera reprogramar mi inconsciente en modo exprés. Urgente. Ya. Me encantaría pensar en una metáfora de mi nuevo molde como un refugio. Un lugar seguro. Mío. Cálido y luminoso. Pequeño. Un útero. Pero no el útero de mi madre. Sino el mío. Mi propio útero como mi refugio inagotable. Amarme. Amar mi condición de mujer. Alojarme. Cuidarme. Alimentarme. Crecer. Darme un lugar donde repararme, reconstruirme, reconocerme. Y nacer cuando ya esté preparada, cuando ya sea la hora, cuando llegue el momento. Y ya no volver a amoldarme nunca más.

Desistir

By | Crisis Existencial | No Comments

Tres veces seguidas. Una detrás de otra. Y yo, por más que me esfuerce mucho, no puedo dejar de interpretarlo siempre todo. Y sí. Es exagerado. Y a veces desquiciante. Pero, de momento, no lo puedo evitar.

Me faltaba un calcetín. Y ya toda la ropa tendida. Y ese que no aparecía por ninguna parte. Y busqué minuciosamente adentro de la lavadora. Y adentro de las botamangas de los pantalones ya tendidos, que a veces fagocitan el calcetín, según cuánta vagancia y cuánta prisa hayamos tenido al sacarnos la ropa y puede pasar que haya terminado todo junto. Y en las inmediaciones de la lavadora. Y en el camino que va del tender a la lavadora y de la lavadora al tender. Nada. Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. Abollado en el suelo, a un metro del tendedero, al lado de la ventana. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y faltaba un imán en la nevera. Y se volaba el dibujito de Sofi porque un solo imán no resistía. Entra viento. Circulación cruzada. Estaba en la oficina y había escuchado caerse el imancito. Pero no estaba por ninguna parte. Ni en el suelo al lado de la nevera. Ni cerca del escobillón y la palita. Ni en ese agujero negro que es el espacio debajo de la puerta del congelador donde uno puede llegar a encontrar monedas, restos de vidrio de un botellín que se estrelló hace dos meses, cáscara de huevo, esquinitas de chocolate negro. Nada. Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. En la puerta de la cocina. Ahí, agazapado. Casi camuflado. Como es chiquito y negrito. No da mucho de sí. Casi lo pateo, pero lo vi a tiempo. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y el cargador del móvil. El móvil se me estaba quedando sin batería. Y donde está el cargador ¿Dónde lo enchufé la última vez? Lo busqué en el tomacorriente de la cocina, y en el ladrón a los pies de la cama. En el salón, en el baño ¿Será que lo metí en la mochila? ¿Dónde lo llevé? Nada. Acercándome vertiginosamente al borde de la desesperación, al final…Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. Me vine a sentar en el escritorio y pisé el cable cuando moví la silla. Ahí. A mis pies, como una culebra roja y plana de cabeza blanca y lengua USB-C. La fuente de energía de mi moribundo móvil. El cargador. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y muy fiel a mi capacidad para irme por las ramas e interrelacionarlo todo empecé a aplicar esa misma dinámica a todo lo demás y a sacar conclusiones y a ponerlo todo en duda, pero a la vez comprobar si podía ser efectivamente una increíblemente útil constatación acerca de la realidad y cómo las cosas pueden llegar a aparecer cuando uno desiste. Las cosas pueden llegar a estar ahí, aunque parezca que no. Aunque no estén en el lugar y en el momento en que las estamos buscando. No de la manera y de la forma que esperamos. Pero están. Eso seguro. Están.

Así que me propuse a partir de hoy y aunque me cueste…

Desistir.

¿Cómo huele la vida?

By | Crisis Existencial | No Comments

¿Cómo huele la humanidad? ¿y la vida?
¿Cómo el placer? ¿y el dolor?
Un olor es una consecuencia. Una huella.
Olemos porque estamos vivos. Sudamos porque estamos en marcha.
El sexo huele a sexo.
Y el pis a pis.
Y la mierda a mierda.
Y los pies a pies.
Y los perros a perro.
Y los caballos a caballo.
Ni siquiera el olor de un cuerpo muerto debería abrumarnos.
Si olemos a muerto es porque estamos muertos.
Es tan bello el olor de un jazmín, el de un limón, el de un durazno.
Tan bello el de un café, un cigarrillo, el del cuello de mis hijos.
Tan bello como el olor del sudor entre las sábanas.
Tan bello como el olor a mierda de los campos y a sangre de los partos.
Tan bello el de la lluvia sobre la tierra, el del pino azotado por el viento, el del césped recién cortado.
Tan bello como el olor a cueva de mamíferos en la habitación de mis hijos cada mañana que los despierto, despeinados, transpirados, llenos de lagañas y con un aliento caliente y ácido.
Todo es bello.
Tan bello como humanamente podamos asumir.
Restos, rastros y huellas. Signos de que vivimos, buscamos, intentamos, estamos en marcha, respiramos, sufrimos, gozamos.
Vida, y nada más.
Ese afán por el orden y la limpieza. Por tapar toda huella. Ese artificial olor a pino y lavanda de los limpiadores. Ese olor a asepsia de la lejía y el amoníaco.
Todo para tapar. Tapar como sea. Como el blanco de los cruceros, tan lúcidamente expuesto por David Foster Wallace en “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. El blanco inmaculado de los cruceros intentando esconder el irrefrenable azote de las olas y el agua salada que devora, oxida y amenaza la perfección impoluta de la imponente carcasa.
Tapar como sea la ineludible y cercana certeza de la muerte.

Detrás no hay nada

By | Crisis Existencial | No Comments

Detrás no hay nada. Me acuerdo de Jim Carrey en el Truman Show llegando a los límites del decorado. El horizonte donde se acababa la realidad ficticia y se abría una puerta a la nada. Y pienso en Jorge Padín en la obra de teatro Nada subido a las ramas de un ciruelo y diciendo a sus amigos: “Nada importa; hace tiempo que lo sé. Por eso no merece la pena hacer nada.”

Durante los meses lectivos, laborables, útiles, rentables, subdivididos perfectamente en días, horas, minutos y segundos donde hay algo que hacer, impostergable e importantísimo (mucho más algo que hacer de lo humanamente posible gestionar) no levantamos la mirada hacia las ramas del ciruelo. No vemos el desperfecto. La esquina del empapelado de nubes en el horizonte que se viene abajo.

Y de momento hay un resto de inercia. No acabaron las clases. Ni el plazo para la presentación de la declaración de la renta. Ni los festivales y actos y graduaciones y facturación y pagos y matrículas y entregas y demás cierres y últimas funciones antes de que se baje con violencia y estruendo la persiana.

Según la teoría dialéctica de las dos vertientes de Marta Zátonyi la historia de la humanidad podría dividirse en dos grandes grupos de periodos alternados en los que el hombre tenía o no tenía fé en un proyecto social, en una idea, en un paradigma que funcionaba para construir eficazmente el velo sobre la nada. La Grecia clásica, el Imperio Romano, el Renacimiento, el funcionalismo racionalista moderno, son ejemplos de la primera vertiente, la de la certeza. El helenismo, la Edad Media, el manierismo, el expresionismo, el surrealismo y la posmodernidad, entre otros, son reflejos de la segunda vertiente, de la que se instaura en momentos de crisis, donde una estructura aparentemente perfecta terminó por derrumbarse y dar muestras de caducidad; de no haber sido más que una frágil fachada.

¿Es más verdadero dudar que tener certeza? ¿Es más real la nada que lo que construimos encima intentando taparla? ¿Es más acertado asumir el sinsentido absoluto y el vacío que seguir cada día eligiendo el color, la forma, el tamaño y la posición en que colocar cada efímero granito de arena en un lugar y dejarnos la vida en eso? ¿O nombrar la nada es igualmente absurdo? ¿Y hacerse estas preguntas no es más que otro intento igual de vano de llenar algo creyendo que llenarlo de esto es mejor? ¿La duda existencial es otro paliativo igual que las vacaciones, las comuniones, las fiestas, las planillas y las entregas y el calendario del contribuyente y el mundial de fútbol?

Horror vacui. Kenophobia. Terror al vacío. No hace falta llenar todo resquicio. No solo hay horror a la nada en el rococó y en el arte islámico. En Escher, Pollock y Haring. Horror al vacío hay siempre. En el blanco sobre blanco de Malevich también, y en la pirámide del sol de Teotihuacán, y en una columna dórica ¿Cómo no sentir el horror? La diferencia está en qué nos pone en marcha. Tal vez en la distancia a la que se siente el borde del abismo. Y no se trata de valor, coraje, de vertientes ni métodos ni teorías estéticas. Antes o después llegamos al muro y subimos la escalera y abrimos la puerta azul. Y detrás. Detrás no hay nada.

Detrás de la belleza

By | Arquitectura, Arte, Crisis Existencial, Madrid | No Comments

Desde aquí todo se ve a una cierta distancia. Parece una maravillosa postal. Bella Madrid de cielo despejado contra el pronóstico ininterrumpido de lluvia para toda la semana. Los edificios se perfilan entre embutidos blancos y grises de nubes en el horizonte y bandadas de puntos negros en vuelo fractal. Hay una certera quietud en la que casi pareciera que todo funciona. El mundo gira, la ciudad vive y lleva el curso que debe llevar. Las personas, desde aquí, son pequeños seres en movimiento. A esta distancia de terraza de décima planta, Madrid se transforma en decorado y diminutos humanos transitan y es fácil llegar a creer que saben dónde van y para qué. La distancia se experimenta como un perímetro de seguridad. La perspectiva no permite perfilar ni gesto ni circunstancia, ni dolor, ni desazón, apenas nada de la íntima existencia de esas vidas que deambulan.
Los artistas callejeros también se llegan a vislumbrar desde acá arriba. Ellos, aún vistos a pie de calle, incorporan un segundo perímetro de seguridad. Se esconden dentro de sus máscaras, disfraces de peluche, levitan camuflados en extravagantes artilugios, callan detrás de las voces de sus instrumentos.
Subiendo hacia Callao por Preciados se percibe entre el murmullo la ligereza de violines y cellos. Los músicos consiguen que los paseantes se paren y se emocionen y se sientan incluso nobles por sacar unas monedas y dejarlas ahí. Se les puede leer en la mirada: Hoy contribuí al sostenimiento de la escasa y sucia pincelada de belleza que le resta a este mundo. Los músicos reparten la recaudación entre una pequeña y fluctuante multitud, dependiendo de la ausencia o presencia y simultaneidad de más violines o más cellos o la voz de la soprano. Ellos no esconden el rostro, pero pueden disfrutar del silencio y de una cierta inexpresividad en la mirada mientras dejan hablar a los sonidos de sus instrumentos. Protegen las manos con guantes sin dedos y la cabeza con gorros de lana y los ojos con sus partituras. El ritmo de los paseantes se sintoniza y se establece una solemne y emotiva quietud en los cuerpos. Se detienen porque nadie les va a querer cobrar. Se sienten libres. No quieren pagar un globo que terminaría en la basura. No quieren responder una encuesta. No quieren asociarse a ninguna ONG. No quieren apadrinar a un niño desamparado a miles de kilómetros de distancia. No. Aunque es igual de necesario. Como no están obligados a hacerlo, sienten la libertad de contribuir a la subsistencia del músico callejero construyendo un imaginario convincente y redentor en sus espíritus hartos de verse obligados, anestesiados de tanta indiferencia. Se pasan más tiempo mirando. Se emocionan. Algunos cantan en el silencio de los labios que se mueven. Graban con el móvil. Rebuscan en los bolsillos de las chaquetas, de los monederos, en los de delante, en los de detrás. Recolectan un puñado de círculos de bronce y los depositan en el negro vacío donde reposará enfundado el cello cuando termine la tarde. Mientras dejan las monedas fijan una mirada sensible, cómplice, en alguno de los músicos, y se retiran, se vuelven a aislar, recuperan el ritmo y el compás del ajetreo. Cometen alguna torpeza en el andar, evidenciando esa desconexión momentánea del programa de circulación en automático, retomada con exabrupto, como quien sale del trance y vuelve a la realidad. Destellos, lienzos rasgados, colores vivos, colores sucios. Restos inigualables de belleza derramada en la calle Preciados.
También parece haber belleza. A simple vista. En las pompas gigantes y sus formas ondulantes y el rosa y el azul tornasolados brillando a la luz del mediodía. No es más que detergente, harina de maíz, agua, lubricante íntimo, palos de escoba, cuerda de algodón sucia, chorreante. La mujer con las zapatillas rotas y el tacho oxidado. La mujer intentando que no se ensucie la mezcla y deje de fabricar risas y saltos y fotos y monedas. Cuidando el tacho hasta que consiga juntar lo suficiente para irse a casa, recoger todo, dejar la huella del charco resbaloso de agua enjabonada y hasta mañana.
También parece haber belleza. A simple vista. En el desarrollo y el remate de las fachadas. Pero en el basamento. En el suelo. Restos de orina. Basura. Colillas. Cuerpos durmiendo la resaca entre cartones. Excrementos. Manchas sin color y sin nombre.
Detrás del velo. Detrás de la belleza. Detrás de la perenne felicidad de las caras de fieltro. Detrás del brillo tornasol. Detrás de la interpretación exquisita de Vivaldi y Mozart y Brahms. Detrás. Tristeza. Soledad. Supervivencia. Necesidad. Resignación. Vacío. Después de interpretar y fluir y reír y emocionar y entretener y saludar y agradecer y recaudar. Se pierden. Y anhelan. Y arrastran los pies y los trajes. Y las fundas y la vida. Y siguen sin saber qué hacer mañana para poner en marcha la existencia, la ciudad. Como si fuera realmente funcional, operativa, maravillosa. Otro día más.

objetoDeAmor

Objeto de amor

By | Arte, Crisis Existencial, Literatura | No Comments

Siempre hay un detonante. Creo que hubo ciertas imágenes, artículos, películas, frases, novelas, conversaciones, cuentos que se fueron acumulando en un receptáculo en mi cabeza y de repente ya no hubo más espacio. Ayer un amigo me mandó por WhatsApp la foto de un maniquí y escribió: “Y de repente, la mujer perfecta. Me la llevo para casa.” Y no me hizo falta más: El objeto de amor.

Primero me llamaron la atención los japoneses, conocidos por su aversión al contacto físico, por beber y trabajar y suicidarse demasiado. Eso hace que a sus vidas podamos asociar sin tanto pavor la elección de una muñeca de silicona para transformar en la mujer de sus vidas. Su objeto de deseo, de amor, de compañía. No son solo lo primero que pensamos: compañeras sexuales. Son también una mujer a quién abrazar durante la noche, a quien besar cuando llegan del trabajo, a quien meter en la bañera y peinar y vestir, a quien regalar flores y vestidos y abrigos y tacones, a quien llevar de paseo, con quien fotografiarse en la hierba en una soleada tarde de picnic en el campo. Y no todos son hombres raros. Depresivos o pervertidos o desquiciados con un pie en el psiquiátrico o alcohólicos o drogadictos o viudos o almas perdidas al borde del suicidio. Algunos son empresarios, perfectamente funcionales, casados y con hijos. Pero aman a esa mujer por encima de todo lo demás. Es ella la que les hace felices y fieles y sinceros y la que les pone el corazón a mil cuando meten la llave en la cerradura de la puerta de sus casas.

Y no puedo evitar preguntarme ¿por qué? Y no me conformo con la respuesta fácil: están enfermos, están locos. Empiezo a redactar afirmaciones en mi cabeza.

No me va a traicionar. No me va a mentir. No me va a abandonar. No me va a juzgar. No me va a engañar. No me va a culpar. No me va a decir no. No me va a dejar solo. No me va a rechazar. No me va a manipular. No me va a herir. No me va a agredir. No me va a menospreciar. No me va a criticar. No se va a ir. No se va a morir.

¿Quién no necesita todo esto? ¿Y quién puede afirmar todo esto teniendo enfrente a una persona de carne y hueso?
Cuando somos niños se nos permite tener un objeto transicional. Con toda naturalidad. Nadie pensaría que estamos enfermos porque necesitamos llevar ese sucio y andrajoso oso de peluche a todas partes. Ese oso que nos hacía compañía cuando el adulto que anhelábamos ya no aguantaba un minuto más nuestro desvelo, nuestro llanto, nuestro mal humor, nuestra tristeza, nuestras inagotables ganas de hablar, jugar, cantar, reír, saltar. Cuando nos sentíamos solos y desatendidos e incapaces de lidiar con nuestra propia y angustiante y recurrente insatisfacción, nadie pensó que era una pésima idea inventar el objeto transicional. Ya cuando seas adulto aprenderás a lidiar con esa mierda. Ahora dejame en paz.

Después vino la historia de Nagoro. Esa aldea en las islas Shikoku, también en Japón, donde una mujer se dedica desde hace más de 10 años a fabricar muñecos de tela en escala real de la gente que se fue del pueblo. O se murieron o migraron. Ya no están. Y ella los retrata. En Nagoro viven 29 humanos y 350 muñecos. El primero fue un espantapájaros que cosió para que cuidara del huerto. Con él intentó replicar a su papá. Y esa presencia, a la vez ficticia y tangible, llenó un pequeño espacio de ese vacío de silencio y soledad que inundaba la isla, el pueblo, su casa y su propia vida. Y así empezaron a aparecer muñecos. Mujeres, hombres, niños, ancianos, trabajadores, paseantes. Y de pronto las aulas de la escuela se llenaron de niños otra vez. Y el paseo a orillas del río. Y los huertos. Y el prado. Y las calles. Y las tiendas. Y las casas. Y la cocina. Y el sofá. Y la mesa. Y sí. Me parece tétrico. Y macabro. Y algo enfermo. Y algo perverso. Pero también tiene un destello de soledad y desamparo y nostalgia y de la más cruda y profunda humanidad que me llega al alma.

Y pienso en el cuento de Joyce Carol Oates, El señor de las muñecas, una historia de terror en la que un niño desarrolla un perturbador apego a las muñecas después de la muerte de su prima, cuya privación le llevará a convertirse en un psicópata.

Y la película Lars and the Real Girl, en la que el protagonista consigue superar su patológica soledad y aislamiento social gracias a que su familia acepta su delirante y surrealista relación con una muñeca sexual.

Y cito a Carson McCullers, y su maravillosa descripción del amor en La balada del café triste: “En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar ese amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que desvaría, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una pecadora perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor. “

Y pienso en la necesidad más básica del ser humano. Y cómo esa necesidad nos impulsa y nos encadena, nos motiva y nos paraliza, nos levanta y nos hunde de manera intermitente. La necesidad de amor. La necesidad de que nos miren, nos escuchen, nos valoren, nos respeten, nos acaricien. La necesidad de construir un vínculo afectivo. La necesidad de que exista una persona en quien confiar, con quien conectar, abrir nuestro corazón, dar, construir, sabiendo -y sin dudar- que será recíproco. Confiando en que será cierto, profundo e incondicional. Suena bien ¿Qué pasa cuando no se tiene? ¿Cuando no confiamos en que sea algo alcanzable, posible y verdadero?

Buscamos un sustituto, objeto transicional, paliativo, reemplazo, distracción, anestesia. Sexo, dinero, trabajo, éxito, reconocimiento social, cada vez más virtual y al alcance. Me gusta, me divierte, me encanta, me interesa, asistiré, te sigo, comparto, me fascina eso tan genial y tan parcial y filtrado y retocado y editado y replicado. Ese escaparate tan fantástico que parece tu vida en pantalla.

Como nos cuesta asumir, aceptar, sentir que nos falta A, y en cambio buscamos y anhelamos y nos dejamos la vida supliéndolo con B, C, D, X, Y, Z. Y mujeres de silicona y muñecos de trapo y peluches y chupete y cigarrillo y raya y coche y zapatos y perfume y anillo y viajes y premios y horas extras y sábado y fútbol y facebook y comida y alcohol y televisión y dinero y placer y netflix.

Y todo lo que necesitábamos era amor. Alguien en quien confiar. Alguien a quien abrir nuestro corazón, sabiendo que no lo haría pedazos.

La mirada de ellas

Día mundial del teatro

By | Arte, Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Hoy es el Día Mundial del Teatro y debo agradecer y, sin miedo a que me tomen por exagerada, decir que el teatro es el mejor invento de la humanidad.

El teatro nos expresa, nos conecta con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, libera el dolor de tanto silencio y tanta represión que llevamos en el día a día, intentando encajar en un sistema absolutamente deshumanizado. El teatro alimenta el alma, puede transformar casi cualquier cosa en arte, en belleza. El dolor más hondo, la soledad más desesperada, la verdad más cruda y la pasión más intensa. El teatro da vida, cuerpo y forma al alma humana y le permite expresarse en toda su complejidad. El teatro tiene la maravillosa capacidad de transmutar una emoción, un pensamiento, una palabra, en obra de arte. Y nos enseña a abandonar el ego y sentirnos parte de un todo en sintonía, algo más grande que nos excede y es lo que somos junto con nuestros compañeros de creación y ensayo y escenario. Y nos quita el miedo a que nos vean como somos, porque sobre el escenario podemos llorar y reír y gritar y estar locos y ser tontos y ser perversos y sufrir lo indecible y gozar desmesuradamente. Todo está permitido. Estamos protegidos por el fino velo de la ficción. Y también nos quita el miedo al juicio ajeno. Porque el público no es algo abstracto y monstruoso sino simplemente un conjunto de personas, como nosotros, intentando vivir. Y desde el escenario podemos hacerles pensar, sentir, ver, y expresar todo lo que callan y guardan en su interior, y no se atreven a sentir. Podemos conectar sin límites.

Si todos tuviéramos clases de teatro en la escuela. Si un taller de teatro semanal fuera tan obligatorio y curricular como la lengua y las matemáticas. Si se recetaran las clases de teatro con tanta soltura como los antidepresivos, creo que habría menos dolor, menos mal humor, menos represión, menos maldad, menos toxicidad, menos maltrato, menos hastío, menos sinsentido, menos tristeza, menos soledad, menos crueldad, menos vacío, menos sufrimiento en este mundo.

Celebro. Agradezco. Brindo por el teatro y por toda la gente maravillosa que me permitió conocer y de la que aprendo cada día. Y por todo el camino que nos queda por recorrer.

¡Tomen clases de teatro! ¡Vayan al teatro! ¡Lean obras de teatro! ¡Anímense a despertar! A dejarse llevar por el arte más maravilloso del mundo.

Sí. Soy absurdamente subjetiva. Así se ven las cosas con los ojos del corazón.

¡Amo el teatro! Porque el teatro hizo que volviera a amar la vida.