Monthly Archives: agosto 2016

Mindfulness

Realidad Virtual y Mindfulness

By | Realidad Virtual | No Comments

¿Puede la Realidad Virtual ayudarnos a reducir el estrés? ¿De qué manera se relaciona la conciencia plena o Mindfulness con el bienestar y el equilibrio emocional? ¿Cómo puede un vídeo de 360 grados acercarnos a nuestro eje y devolver un poco de calma a nuestras vidas?

Aunque la búsqueda de la conciencia plena o Mindfulness –como se ha bautizado en occidente- tiene siglos de antigüedad en las culturas budistas, hoy en día se ha extendido a todos los rincones del planeta y está siendo utilizada con éxito para reducir el estrés y conseguir conectar con uno mismo; devolver un ritmo más pausado y natural a nuestro día a día y ofrecernos bienestar espiritual, aunque sea tan solo por unos minutos.

¿Qué es la conciencia plena? Un estado mental, emocional y espiritual en el que nos proponemos dejar pasar los pensamientos, apagar de alguna manera nuestra maquinaria racional y entrar en contacto con nuestro ser íntimo y con el momento presente, con nuestro cuerpo, nuestros sentimientos y nuestro entorno, sin juicios, sin análisis previo ni posterior, sin activar pensamientos asociados ni cadenas de causa y efecto; un estado en el que simplemente nos permitimos dejarnos llevar y nos animamos a ser.

La Realidad Virtual tiene mucho que ofrecer en este campo ya que muchas veces la búsqueda del momento y el lugar en el que apagar los pensamientos y encontrar unos minutos de paz y tranquilidad puede resultar complicado y las distracciones de carácter interno y externo suelen dificultar aún más la tarea. ¿Qué pasaría si para alcanzar la conciencia plena tuviéramos la ayuda de un espacio que propiciara la desconexión de la realidad? ¿Cuánto más fácil y efectivo sería si pudiéramos estar en un segundo -con solo ponernos las gafas VR– contemplando el atardecer en una playa desierta, disfrutando de una mañana en el prado rodeados de montañas o en medio de los sonidos del bosque viendo los rayos del sol aparecer entre el follaje?

Psicólogos e investigadores en todo el mundo han sacado conclusiones asombrosas acerca de la influencia positiva y el poder terapéutico de la naturaleza en beneficio de nuestro estado anímico, en la reducción del estrés y en el tratamiento de estados de depresión o ansiedad. La interacción con un entorno natural, ya sea real o virtual, repercute positivamente en nuestro estado mental y físico, nos relaja, mejora nuestro rendimiento y nos devuelve nuestra capacidad de atención; reduce la frecuencia cardíaca, disminuye en sangre el nivel de hormonas causantes del estrés y activa en el cerebro las áreas asociadas a la empatía y el altruismo a la vez que deja de irrigar las zonas donde se procesan el miedo, la ansiedad y la depresión.

Demostrados los beneficios de exponernos a entornos naturales, conectar con nosotros mismos, entrar en sintonía con los ritmos pausados de la naturaleza, solo nos quedaba sortear un obstáculo, desmantelar la última excusa. La Realidad Virtual nos permite acceder a estos beneficios en segundos sin importar dónde estemos, sin preparativos, ni traslados, ni planificación; eliminando la posibilidad de excusarnos por no tener el tiempo suficiente. Nunca vamos a poder reemplazar la experiencia real de estar respirando el aire del bosque o mojándonos los pies en la orilla mientras nos despeina la brisa del mar, pero regalarnos diariamente unos instantes de naturaleza virtual en medio de la rutina y permitirnos unos minutos de relajación, simple contemplación y conciencia plena de nosotros mismos puede marcar una enorme y valiosa diferencia.

El tercer cajón

By | Crisis Existencial | No Comments

Llevaba tanto tiempo sintiendo ese vacío. Tanto que ya no tenía noción de cuándo había sido la última etapa en que su vida habría podido llamarse a sí misma “una vida feliz”. Llevaba tanto tiempo entregado a las mismas rutinas sin sentido, a las mismas tareas y los mismos rituales, a la misma inercia, como un autómata, que el transcurso de los días discurría lentamente en una especie de cinta transportadora que avanzaba en medio de un túnel estrecho flanqueado por dos muros tan altos que ya no se animaba a dirigir una mirada hacia arriba, por miedo a no encontrar una delgada línea de luz. No podía imaginar, cegado por tanta oscuridad, aletargado por la pesadez de su existencia, que esa misma mañana se encontraría a sí mismo, de la manera más absurda que uno pueda imaginarse.

El día empezó con el sonido repetitivo de la alarma del móvil, al principio entre las últimas imágenes oníricas, como una llamada lejana. Luego se fue haciendo más vivo y terminó cobrando toda la intensidad y realismo necesarios para despertarlo y traerlo a la ineludible certeza de que empezaba otro día. Otro, igual a todos los demás. Sé estiro a ciegas y consiguió apagar el despertador. Luchó para convencerse de que había que abrir los ojos, y lo consiguió. Se levantó y se entregó al programa matinal en automático. Abrir persianas. Ir al aseo. Encontrarse frente al espejo. Ignorarse. Orinar. Apretar el botón. Beber agua. Dar siete pasos hasta la cocina. Pisar las migas de la pereza de la noche anterior. Encender la cafetera. Coger la taza azul. La cucharilla. Un terrón de azúcar moreno. Abrir la segunda puerta del armario superior. Sacar dos tostadas de la bolsa roja. Abrir la nevera. Queso crema sin sal. Zumo de manzana. Primer cajón de la derecha. Cuchillo de untar. No había un solo cuchillo de untar en el cajón. Abrió el lavavajillas. Abrió y se dio cuenta de que se había olvidado a darle el botón de inicio del lavado. Todos los cuchillos sucios. Restos de salsa, mantequilla, queso blanco, aceite, huevos revueltos. El olor ácido y tibio de los restos de comida impregnados a la vajilla le daba náuseas. Era incapaz de coger uno solo de esos cuchillos sucios y fregarlo a mano para poder untar sus dos tostadas del desayuno. Estaba sencillamente fuera de las posibilidades del programa de funcionamiento matinal tocar uno solo de esos asquerosos cubiertos. Se quedó paralizado treinta segundos. Se dio la vuelta. Volvió a la cajonera. Segundo cajón. Velas, repasadores, manuales de electrodomésticos. Tercer cajón. Una bolsa transparente llena de cubiertos de plástico. Los cubiertos infantiles de colores. ¿Cuánto hacía que no abría el tercer cajón? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que no veía esos cuchillos redondeados, azules, verdes, amarillos?

Algo se desarticuló en el programa. Toda la maquinaria se detuvo. Y empezaron a aparecer imágenes que ya no recordaba que existían. Imágenes que estaban encadenadas a esos cubiertos de colores. Sus manos, tan pequeñas. Su voz suave, aguda. Las palabras que le gustaba repetir entre risas. El olor de su cabeza por las mañanas, sudor, colonia y champú de almendras. ¿Cuánto hacía que no recordaba la infancia de su hijo? ¿Cuánto hacía que no pensaba que su hijo había sido pequeño, frágil, dulce e inocente? Llevaba tres años sin hablarle. Llevaba tres años sin perdonarle que se hubiera ido. Llevaba tres años sin permitirse pensar cuánto lo extrañaba. Por no atreverse a sentir dolor, tristeza, añoranza, llevaba tres años sin sentir nada.

Se sentó en el suelo de la cocina, cogió la bolsa de cubiertos y lloró. Lloró y se dejó llevar. Recordó cuánto echaba de menos a su hijo, cuánto lo amaba, cuánto había apagado para poder vivir sin sus manos, sin sus risas, sin sus palabras.

Dentro de la misma rutina, el absurdo cobraba sentido. Dentro de los ritos automáticos asomaban retazos de la vida. La pesadez de la existencia se volvía levedad. Se encontró a si mismo contemplando que la oscuridad en que había estado envuelto no era más que una cara de esa polifacética pieza de la vida. Estar vivo era tan simple e inevitable como el primer tenue rayo de luz solar que tiñe lentamente el velo del cielo nocturno, justo un instante antes de que llegue la mañana.

Periodismo Inmersivo

Periodismo Inmersivo

By | Realidad Virtual | No Comments

¿Qué formatos periodísticos consumimos diariamente? ¿Qué consiguen en nosotros? ¿Cómo nos afectan? Los medios informativos tradicionales como el periódico, la radio y la televisión, aunque continúan en pie, se han visto desplazados por los medios digitales, y el acceso inmediato y fácil a pequeñas pastillas de información a través de Internet se ha transformado en una constante y en el formato preferido por los usuarios. El problema no está en la tecnología, que en sí misma no tiene ninguna obligación moral para con nosotros, el problema está en que la información es tanta y tan accesible que se hace difícil sumergirse verdaderamente en algo, y nuestra capacidad para involucrarnos con la realidad se ha empobrecido enormemente. El Periodismo Inmersivo podría devolvernos esa capacidad.

Consultamos la portada de una decena de medios, revisamos la columna de lo más visto -la mayoría de las veces ni siquiera leemos más que los títulos- y ya nos damos por informados. Y se reparten los píxeles, apretadas por la resolución de la pantalla, las imágenes de un goleador, un corrupto, un presidente, un expresidente, un posible presidente, un accidente, un plato gourmet, un incendio, un muerto, un mapa, una prostituta, un pokémon. Y todo está igualado. Está muy bien la definición de pastilla de información, porque al final no es más que eso, una de cada color, todas con la misma forma, casi no nos saben a nada. Estamos tan saturados y la información está tan masticada y simplificada que todo nos da exactamente igual. Es difícil que algo consiga conmovernos realmente. Aprendimos a volvernos ciegos, sordos, mudos; nos hemos insensibilizado profundamente a fuerza de tanta información indiscriminada.

Cuando hace 6 años la periodista norteamericana Nonny de la Peña habló por primer vez de Periodismo Inmersivo, nadie le hizo caso y tuvo que confiar en su intuición y llevar a cabo algunos proyectos por sus propios medios para hacer entender a la gente de qué estaba hablando, cuál era el enorme potencial de llevar la Realidad Virtual al periodismo y vivir una noticia desde dentro, transformar un titular, un párrafo, una imagen, en una experiencia vivida en primera persona. Su primer proyecto fue “Hunger”, un vídeo 360 a partir de una reconstrucción 3D que nos traslada a un mundo virtual donde esperamos en la fila entre los indigentes para recibir una ración de comida. Una fila donde hay demasiada gente, una fila que avanza muy lentamente y en la que no sabemos si la comida se acabará antes de que nos llegue el turno. Más tarde llegó “Project Syria”, un vídeo 360 realizado con tecnología Unity que nos pone en la piel de una niña siria que pasea tranquilamente por la acera de su barrio hasta que explota una bomba. Los principales medios informativos ya están desarrollando sus propias aplicaciones y generando vídeos 360 de contenido periodístico inaugurando así una nueva manera de contar que tiene la brillante aptitud de hacernos recuperar la capacidad de involucrarnos con la realidad que se vive en el mundo. El País VR comenzó con un reportaje en 360 de la situación actual en Fukushima después del tsunami y la catástrofe nuclear de 2011. El New York Times inauguró su canal de Periodismo Inmersivo con el documental “The Displaced” narrando la historia de 3 niños desplazados por la guerra en sus países. The Guardian hizo lo mismo con su experiencia VR “6×9” mostrando la realidad de un prisionero en una celda de aislamiento.

Qué diferencia enorme existe en nuestra percepción de una realidad con la que tomamos distancia, que no consigue traspasar el umbral de nuestra anestesiada humanidad, y el hecho ineludible de vivirla en primera persona, estar ahí, transformar la noticia en experiencia, vivir el qué, sentir el cómo, presenciar el cuándo, respirar el dónde. Eso es el Periodismo Inmersivo. Ese es su potencial. Esa es su razón de ser. Penetrar nuestra conciencia, superar las barreras, despertar nuestra capacidad de empatizar, transformarnos, recordarnos que sí nos importaba lo que estaban viviendo otros seres humanos, lo que para ellos era su así, aquí y ahora.

 

The Displaced – New York Times

Labardén 180

By | Crisis Existencial | No Comments

Viajar a mi infancia es sumergirme en una sucesión de imágenes, sonidos, texturas, pero sobretodo de olores. Puedo hacer un recorrido ciego por Labardén 180, la casa de mis abuelos, y reconocer cada espacio, cada rincón, cada habitación, a través de su olor. Cera para el suelo, polvo de sofá, licores y aperitivos, libros viejos, fotos y cartas de Europa, colección de monedas, costurero de madera, molinillo de café, galletas de miel, jazmines y limonero, cemento y arena, cajón de los pañuelos, naftalina en el armario…

Yo no soy la protagonista de mi película de la infancia. Es ella, Luisa. La mamá de mamá.

Amasa el strudel estirando la masa hasta hacerla llegar hasta los bordes de la mesa redonda de la cocina. Se la oye dar pasos suaves con los patines de lana para no ensuciar el parquet. Intenta dormir la siesta mientras yo le abro los ojos con los dedos. Me cuenta el mismo cuento de la loba que empuja poco a poco al lobo por el precipicio. Dibuja con lápiz negro los bichos de mi libro de biología de la escuela. Me enseña a preparar galletitas de maizena cortadas con el molde metálico de estrellas y rombos. Me besa las mejillas con los labios húmedos y la cara fresquita de crema humectante. Cose camisetas para mis muñecas con retazos de tela de su canasto de tejer. Cabecea en el sofá mirando pasar la gente a través de la cortina del salón. Come a escondidas las galletas con chocolate que le prohíbe la diabetes. Se avergüenza ante los vecinos de haberse casado con mi abuelo. Le cuesta horrores decir palabras como “iglesia” o “jugar” sin que se le note el acento croata. Llora cada domingo cuando llama mi tío desde Brasil. Prepara cada Navidad el pan dulce sin frutas exclusivamente para mí. Guarda siempre en el primer cajón un camisón nuevo por si la tienen que ingresar algún día. Se muere de risa inflando y haciendo explotar los paquetes de fideos vacíos.

Ya no vivo en Bernal, sino 10.000 kilómetros más al noreste, del otro lado del Atlántico. Ella ya no está. La casa se vendió hace tiempo. Y aunque los años sigan pasando hay una parte de mi alma que vive en Labardén 180. Que duerme la siesta escuchando al canario cantar, que se estremece pensando en el espíritu de la vecina caminando por el pasillo de atrás, que corre en triciclo por el fondo con cara de velocidad, que le roba el néctar a las nomeolvides de la casa de Pichi.

Pero hay un recuerdo en el que me gusta refugiarme y es el que tengo más vivamente impregnado en mi memoria sensorial. Me encuentro acurrucada en el calor de su abrazo y la suavidad de su pulóver de lana verde, envuelta en un olor a fijador de pelo y esa mezcla única entre su piel y la colonia cítrica. Y cuando vuelvo a ese rincón de mi alma, el tiempo avanza más lentamente, el aire se vuelve dulce y cálido, y me invade la sensación de que el mundo es un lugar mágico y que nada puede ser más importante que estar vivo y tener un rincón en la memoria donde sentirse en casa.