El mundo se queda pequeño

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Se queda pequeño. La sensación de que el mundo se queda pequeño. De que las ideas, las ganas, el pensamiento, los proyectos, las emociones, las palabras, las imágenes en la cabeza, los sentimientos, de que todo lo que son y lo que llevan dentro y necesitan sacar son demasiado y no cabe en este mundo. Esa es una sensación recurrente en las personas con altas capacidades.

No son suficientes las horas en el día ni los segundos que hay en un minuto, para todo. No son suficientes los condicionantes, las características, los objetivos concretos para todo el aluvión de ideas asociadas y necesarias que desearían utilizar en una determinada tarea. No son suficientes las palabras, las letras, las reglas gramaticales para expresarlo todo. No son suficientes las personas alrededor, las relaciones, las miradas, los abrazos, las conversaciones para compartirlo todo, para dar todo, para amar todo lo que podrían amar. No son suficientes las calles, las puertas, las ventanas, los caminos, los medios, para ver lo que anhelan ver y llegar donde quisieran llegar.

Esa sensación permanente de ser demasiado y de que puede uno amoldarse un poco y recortarse un poco, y callarse un poco, y reprimirse un poco, y privarse un poco, y medirse un poco, y empequeñecerse un poco, y apagarse un poco, pero no tanto, pero no lo suficiente, y que lo que está al alcance controlar no será nunca todo lo necesario para al fin entrar, caber, encajar. Pero no por un poquito, no por unos milímetros, no por un margen posible de salvar, sino por mucho, demasiado.

Las personas con altas capacidades no viven en un mundo hecho a su medida. El mundo está hecho a imagen y semejanza y a escala y al alcance y acorde a la forma de una mayoría que muy poco tiene que ver con su modo de funcionar y pensar y sentir y actuar, y que cubre necesidades e interactúa simplemente de otra manera. Y así para todos los sistemas dentro del sistema. Y está bien, y es perfectamente entendible e inevitable que así sea. El sistema educativo, el aparato social, la maquinaria legal y el mercado laboral. Y todos los ámbitos y entornos en que estamos obligados y con los que debemos interactuar tienen una estructura y unas normas y una lógica y unos objetivos y una mecánica y un propósito y una forma y una manera y una filosofía que resultan ajenos, incomprensibles, insuficientes, extraños a una persona con altas capacidades.

La verdadera solución, si es lícito pensarlo de esa manera, está en dejar de intentar encajar y amoldarse, y aceptarlo como algo positivo y genuino, sencillamente porque no hay manera de hacerlo. Se dice que cuando un problema no tiene solución, entonces deja de ser un problema. Tal vez solo se trate de aceptar y asumir y actuar en consecuencia y dejar de poner esfuerzo en ser y parecer y hacer como si fuera algo a conseguir.

Las personas con altas capacidades no es que deban, o tengan derechoꓼ es que tienen la obligación de ser como son, de ser quienes son, de sentir como sienten y de poner su energía en fluir y crear a su manera. Porque este mundo podría llegar un día que nos quedara pequeño a todos. Porque si no hacemos otra cosa que encajar y amoldarnos no haremos más que apagarnos a tal punto en nuestra individualidad y en nuestro talento que terminaremos siendo réplicas operativas unos de los otros, piezas idénticas de un entramado infinito, inerte e inútil.

No hay necesidad de amoldarse y encajar. Porque amoldándose lo que hacemos no es encajar sino perder nuestra forma, negarnos, hacernos daño. Porque la libertad se encuentra cuando dejamos de ser lo que se espera de nosotros y nos atrevemos a ser lo que somos en realidad. No deberíamos hacer nunca menos de lo que podemos hacer. No deberíamos ser nunca menos de lo que podemos ser.

Quizás solo se trate de dejar de forzar. De luchar. De sufrir. Y darse cuenta de que no hace falta encajar. De que solo se trata de dejarse llevar y atreverse a ser.

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