Cómplices del viento

feng zheng

Con muchas cosas y cada tanto me pasa que creo saber lo que algo significa, hasta que un día me doy cuenta de que no. Cambia algo en mi interior, o en el mundo circundante. Releo un párrafo, encuentro un papel en un bolsillo, cruzo una mirada con alguien, cuelgo el teléfono, me tomo el último trago de agua y ya no soy la misma. Hay algo que de repente comprendí, como una pieza que encaja y hace sonar un “clic” en mi cabeza.

Puede ser tan trivial como descubrir que la palabra “desayunar” está compuesta por el prefijo “des” y luego el verbo “ayunar”. No recuerdo desde qué momento forma parte de mi vocabulario mental, escrito, oral, onírico, gráfico y principalmente visceral; pero no fue hasta hace unos días atrás que me di cuenta, que tomé conciencia de que des-ayunando se terminaba el ayuno.

Pero cuando más veces me pasó esto de sentir que caía una ficha y hacía clic y se acomodaba en su lugar, fue en mi viaje a China.

Después de desayunar arroz, almorzar arroz, merendar arroz y cenar arroz durante diez días, llega un momento en el que uno se sienta frente al cuenco y ve esos cilindritos blancos y humeantes pegoteados entre sí y uno dice: esto es arroz.

Después de tres días caóticos intentando llegar al parque natural de Jiuzhaigou, de 15 horas de autobús, taxi, caminata, otra vez autobús; con el estómago en la boca después de dejar inconscientemente mi vida en manos de conductores suicidas que adelantaban en las curvas de un camino de montaña por el carril contrario y cuya única precaución era dar un bocinazo; cuando al fin uno se sienta en la butaca del primer vuelo que pondrá fin a la pesadilla, el avión despega y uno dice: estoy vivo.

Y es ineludible narrar la experiencia de la visita a la muralla. Badaling es la parte que queda más cerca de Beijing, por lo tanto, la más visitada. Uno cree que la muralla es eso, un gran muro de piedra, ancho, alto y larguísimo, tan descomunal como para que pueda verse desde la luna. Lo primero que uno se entera leyendo la guía turística es que la muralla no se ve desde la luna, a duras penas y con bastante dificultad la encuentra uno en Google Maps. Después viene el darse cuenta de que ese tramo de muralla está en su mayoría reconstruido en la década del 30. Todo el recorrido va uno aferrado dificultosamente a unos pasamanos que obviamente no estaban ahí en los tiempos de la dinastía Ming. Al llegar arriba, después de haber trepado escaleras imposibles y rampas que lo dejan a uno sin aliento, el premio es encontrarse con medio millón de chinos que llegaron en teleférico, y que se toman fotos con uno y no con la muralla, ya que encontrarse con un occidental parece ser bastante más emocionante que con ese montón de piedras que pocos saben bien qué están haciendo ahí. El premio mayor es llegar al chiringuito donde pagando una desmesurada suma puede uno llevarse un bonito diploma personalizado que versa: “Yo estuve en la Muralla China”. Ahí arriba, entre la eterna neblina y rodeado de un vociferado murmullo ininteligible uno se dice: soy occidental.

Caminar por Beijing puede ser fascinante. Las bicicletas, los espacios verdes, la escala incomprensible de plazas y avenidas, el gris perpetuo de los edificios, el caos, el perfil de alguna pagoda escondida al final de un callejón, el olor a frituras, a té, los grupos de tres o cuatro chinos agachados en la esquina jugando algún antiguo juego de mesa en mitad de la acera. Y las cometas. De repente uno escucha un ruido de papel, como de pájaros, una especie de silbido, y uno mira hacia arriba y ahí ve mecerse flameante una bandada de caritas blancas con sonrisas grandes y azules y ojos multicolores, coronadas por un finísimo lazo celeste, mareado por el viento. Y uno ya no sabe qué decir. Y a uno se le puede llegar a ocurrir alguna frase poética que contrarreste todo lo anterior, como por ejemplo: las cometas son cómplices del viento.

La caligrafía china fue una de las cosas que más me fascinó. Antes, durante y después del viaje. Hay signos muy complejos, pero si uno empieza por los más simples termina descubriendo que hasta los más sobrecargados son combinaciones y superposiciones de signos primarios, y que cada signo es un pictograma, una abstracción gráfica y cada vez más simplificada de algo real. Para decir cometa los chinos dicen “fēng zhēng” que sería algo así como decir “viento-reto”. El caracter para escribir viento es una cruz bajo una especie de “u” invertida. El viento para ellos reviste peligro, es una corriente de aire incontrolable que puede hacer que el “qi” o “aliento de vida” pierda su rumbo. Y, justamente, cada vez que aparece esa cruz en un caracter simboliza algo temible. El signo “zhēng” no solo significa reto sino también competir, disputar, esforzarse por llegar a la cima. Y su pictograma sintetiza una mano cogiendo una especie de vara; una mano controlando, detentando poder. Así la cometa podría explicarse como aquella que reta al viento, la que lucha por llegar a la cima.

No sabría decir si volví de China. Sí sé que tomé un vuelo que hizo escala en Estambul y me llevó al día siguiente a Madrid. Pero tengo una extraña sensación que me viene a la cabeza desde ese viaje. Cada vez que veo una cometa tengo la sensación de que alguien está escribiendo “fēng zhēng”, trazo por trazo, y siento una “u” invertida encima de mi cabeza, y casi me escurro por una mano que me aprieta fuertemente y no deja que el viento gane la batalla.

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