Arte y salvación en las culturas precolombinas

Maya

A menudo nos cuesta entendernos a nosotros mismos.

Entender a nuestros pares.

Entender nuestro tiempo.

¿Cuál sería entonces el camino a seguir si buscáramos comprender en lo más profundo a otras culturas, otros paradigmas, otros mundos, otros tiempos, otros contextos dentro de la realidad? ¿cómo olvidar nuestro bagaje? ¿cómo verlos realmente, incapaces de desvestirnos de nuestra propia perspectiva? ¿cómo enfrentarlos sin juzgar desde nuestro propio universo simbólico, sin que pesen más nuestros saberes y valores que su propio ser hablándonos desde la obra que dejaron, para nosotros arquitectónica y artística, para ellos necesaria y sostenedora? ¿cómo definir los límites entre lo que compartimos como humanos y lo que nos define como productos de nuestra cultura? ¿hasta donde habría que penetrar para encontrar la fibra común? Quizás la mejor manera de conocerlos sea observando desde la mayor ingenuidad. Sin aplicar al análisis nuestro propio concepto de orden, armonía, nuestros valores éticos, nuestros criterios espaciales ¿Cuánto estaremos incapacitados de ver al sernos imposible la anulación de nuestro punto de vista, de nuestro paradigma?

Así como durante mucho tiempo no se quiso aceptar en la cultura maya la existencia de sacrificios humanos, cuando estaba claramente reflejado en los relieves, muy probablemente nos perdemos grandes porciones de realidad, aunque esté abierta y desplegada frente a nuestros ojos. En este sentido, quizás sea imposible hablar de desciframiento y solo podamos atrevernos a una parcial y subjetiva interpretación. Cuando nos enfrentamos al sacrificio no podemos dejar de sentir horror, asco, pánico, pero ¿qué es lo que ellos sentían? No deberíamos apresurarnos a creer que a ellos les era mas fácil matar, o que esos rituales no traslucen otra cosa que crueldad. Quizás deberíamos presentir el dolor, la desesperación, el terror y desamparo en que podían encontrarse ante la posibilidad de una oscuridad eterna. Nosotros ya hemos perdido en gran medida el terror a una naturaleza hostil. Ya no nos es tan impredecible y extraña. Pero ¿cómo sería creer que cuando la noche llega en toda su oscuridad, sea quizás para no terminar nunca, para no ver ya regresar al sol? No podemos comprenderlos realmente al no saber cuáles eran y cómo les afectaban los incomprensibles e incontrolables ciclos de la naturaleza de los que dependían enteramente sus vidas.

Aunque nos pueda parecer muy ajeno, es curioso encontrar ciertas similitudes con culturas más cercanas y perfectamente vigentes. Pareciera ser que el ser humano siempre necesitó sacrificarse para sentir que merecía la vida, el equilibrio. El auto sacrificio quizás no fuera para ellos otra cosa que un modo de expresar la piedad ¿Acaso no murió Cristo crucificado para pagar por nuestros pecados? ¿acaso de su sangre no se bebe en las misas? ¿acaso la comunión no involucra la ingestión de su cuerpo? Quizás no se trate más que de un cambio en lo simbólico. Pero ¿No nos es en el fondo muy familiar la muerte que se vuelve vida? La muerte y el sacrificio como dadores de la vida que a los españoles les pareció tan aterrador porque no supieron verlo en sus propios altares. Cristo en la cruz. Pacal en su lápida. Ambos en el eje del mundo. Ambos muriendo para renacer. El arte será para ellos una fuerte expresión de sus creencias más profundas acerca de la estructura fundamental y sostenedora de la realidad.

Y si analizamos la manera que cada cultura eligió para expresarse, si nos preguntamos ¿por qué hay expresiones abstractas y otras figurativas? ¿por qué exponen su cosmos de un modo monumental o intimista? ¿qué hay detrás del barroquismo o de la pureza formal? Si observamos las diferentes culturas, podemos encontrar ciertos rasgos interesantes de analizar en la representación de los dioses. Para materializar a una deidad siempre habrá una cierta distancia de la figuración. Podemos encontrar en una misma obra, por ejemplo, en los altares olmecas, el dios en un estilo abstracto y el sacerdote, figurativo. Al abstraer al dios, se lo coloca a una distancia del hombre, necesaria para recibir su protección. En la cultura maya, por ejemplo, se parte de la figuración, pero se realiza una idealización. Aquí cabría pensar que el hombre crea al dios a su imagen y semejanza, para luego perfeccionarlo distanciándose de él y haciéndolo más perfecto. La carga de barroquismo del arte maya sea quizás una expresión del deseo de fusionarse con su propio entorno natural, selvático, con un cosmos complejo, tanto en la tierra como en el cielo estrellado. No intentan crear un orden ideal sino fundirse con el orden que ven en su propia realidad. Quizás los dioses figurativos idealistas sean los portadores de lo que se desea, fusionado con lo que se es. El ideal nos evita el dolor de lo real ¿Qué será acaso más valiente? Somos desmesura y orden al mismo tiempo, horror y belleza, ¿cuán conscientes queremos ser? ¿no es más fácil refugiarse en una imagen bella, armónica, ordenada, que intentar enfrentar el caos en toda su magnitud?

¿Por qué surge el monumentalismo? Todos se enfrentan a una existencia dura de aceptar, a una naturaleza inmanejable, a un devenir incierto. Ante este mismo cosmos caben dos salidas: la conciencia y aceptación o la utopía. El monumentalismo encierra el deseo desesperado de la perennidad, la necesidad absoluta de creer en un ideal. En los volúmenes pesantes, no cabe lugar para la sombra, para el claroscuro, como si se quisiera evitar la conciencia del dolor, del miedo. Todo es luz. Todo es orden. El monumentalismo responde todas las preguntas, ofrece una verdad inmutable. Ante un mundo incierto y desconcertante, el monumentalismo embriaga refugiando en un orden ideal; el disfraz de la apariencia.

Quizás el intimismo no pretenda ser más de lo que es. Es plenamente consciente de ser un grano de arena dentro de una tormenta de viento, y donde el monumentalismo intenta agrupar los granos y creer que ha puesto orden sobre el universo, el intimismo los deja fluir. Quizás no necesita aparentar el arribo a ninguna verdad y puede entregarse a una certeza siempre cambiante, nunca absoluta. A una realidad cíclica y no estática. Una estela maya, en su barroquismo intimista, en su estilo figurativo y en sus formas idealizadas desnuda muchos conceptos. El rey se ha representado como tal, de un modo figurativo, y se lo ha idealizado como corresponde a un ser semidivino encargado del sostenimiento y de la armonía del cosmos. Aquel ser que es más que un simple hombre. El barroquismo deja traslucir la divinización que los mayas hicieron de su entorno natural. Un rey-dios tan meándrico como la propia selva, tan repleto de elementos como el cielo cargado de estrellas. Un rey maya tiene el poder absoluto y puede tenerlo estando tan bañado de la luz como por la oscuridad. No intenta ser una masa solo iluminada. No intenta aplicar un orden racional a la complejidad que lo rodea, sino que se fusiona con ella y ahí radica su verdadero poder, en ser el amo de una realidad compleja, con todas sus facetas. Se lo representa a través de un claroscuro donde no es más importante una parte que la otra, donde no se niega la otra cara, donde la oscuridad lo define tanto como la luz.

En Teotihuacán, por otra parte, vemos erigirse un paradigma cargado de pureza y abstracción: el monumentalismo como modo de expresión arquitectónica. Los volúmenes emergen imponentes, intentando eternizar una fuerza imitada de la naturaleza. La montaña del hombre en competencia con la montaña del cosmos, una lucha en busca de la perennidad. En Teotihuacán, los hombres se animan desafiantes a replicar la escala y la inmortalidad de los dioses.

Una cultura sudamericana que vendrá a sorprendernos, a emocionarnos y que ha conjugado el monumentalismo en su máxima potencia expresiva y avasalladora presencia con la más profunda integración y el más cuidado respeto por la naturaleza serán los Incas. Ellos han tomado prestado el monumentalismo del propio hábitat. Han hallado la perennidad allí donde la naturaleza ya la había ofrecido, en la piedra misma, en su entorno natural, en la propia montaña. Así como los mayas se han fusionado con un entorno natural siempre cambiante, caduco, complejo y cíclico, los Incas lo han hecho con su entorno andino y la propia montaña es la que se ha expresado. Ellos, respetuosos, han nombrado a la naturaleza, la han recortado de lo profano y la han vuelto sagrada, propia. No han querido dominarla sino expresar su ser a través de una armónica fusión.

 

A pesar de los distintos rumbos que cada cultura ha elegido tomar ante la existencia, no podemos dejar de ver que el arte ha sido ante todo una salvación. El arte como un mago que los ha curado de su dolor existencial, tanto a quienes no han soportado su naturaleza humana, mortal, y han querido permanecer a través del ideal utópico de la eternidad del monumentalismo, como a los que han dejado fluir a la naturaleza a través de la más humilde, consciente y caduca humanidad. Aquellos que han aceptado con espontaneidad lo efímero de su ser y su existencia, transitoria e intimista.

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