Monthly Archives: junio 2018

¿Cómo huele la vida?

By | Crisis Existencial | No Comments

¿Cómo huele la humanidad? ¿y la vida?
¿Cómo el placer? ¿y el dolor?
Un olor es una consecuencia. Una huella.
Olemos porque estamos vivos. Sudamos porque estamos en marcha.
El sexo huele a sexo.
Y el pis a pis.
Y la mierda a mierda.
Y los pies a pies.
Y los perros a perro.
Y los caballos a caballo.
Ni siquiera el olor de un cuerpo muerto debería abrumarnos.
Si olemos a muerto es porque estamos muertos.
Es tan bello el olor de un jazmín, el de un limón, el de un durazno.
Tan bello el de un café, un cigarrillo, el del cuello de mis hijos.
Tan bello como el olor del sudor entre las sábanas.
Tan bello como el olor a mierda de los campos y a sangre de los partos.
Tan bello el de la lluvia sobre la tierra, el del pino azotado por el viento, el del césped recién cortado.
Tan bello como el olor a cueva de mamíferos en la habitación de mis hijos cada mañana que los despierto, despeinados, transpirados, llenos de lagañas y con un aliento caliente y ácido.
Todo es bello.
Tan bello como humanamente podamos asumir.
Restos, rastros y huellas. Signos de que vivimos, buscamos, intentamos, estamos en marcha, respiramos, sufrimos, gozamos.
Vida, y nada más.
Ese afán por el orden y la limpieza. Por tapar toda huella. Ese artificial olor a pino y lavanda de los limpiadores. Ese olor a asepsia de la lejía y el amoníaco.
Todo para tapar. Tapar como sea. Como el blanco de los cruceros, tan lúcidamente expuesto por David Foster Wallace en “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. El blanco inmaculado de los cruceros intentando esconder el irrefrenable azote de las olas y el agua salada que devora, oxida y amenaza la perfección impoluta de la imponente carcasa.
Tapar como sea la ineludible y cercana certeza de la muerte.

pigmalión y galatea

Efecto Pigmalión y Altas Capacidades

By | Altas Capacidades, Arte | No Comments

El mito de Pigmalión narra la historia de un escultor que, tras múltiples fracasos en materia amorosa, decide renunciar a la búsqueda de una mujer real a la que entregar su amor y se propone esculpir en mármol cuerpos femeninos que se acercaran al ideal que no había conseguido encontrar. Al acabar su última creación, a quien llamará Galatea, se siente profundamente atraído y se enamora de ella. Afrodita, conmovida por la tristeza y soledad de Pigmalión y por la sincera intensidad de su naciente y platónico amor, se compadece y decide poner fin al sufrimiento del escultor dando vida a Galatea.

Como en otras tantas ocasiones, la psicología se ha valido de los personajes mitológicos y sus historias para explicar y comprender algunos patrones de conducta y trampas emocionales que a menudo condicionan nuestras vidas. En relación con el mito de Pigmalión se puede hablar del llamado efecto Pigmalión y sus puntos de contacto con la profecía autocumplida.

Llamamos efecto Pigmalión al resultado que tiene sobre el comportamiento y la imagen de sí mismo que pueden tener las expectativas, las exigencias y las afirmaciones que se hagan sobre una persona, principalmente por parte de sus padres y maestros durante la infancia. Al final, a fuerza de escuchar lo que los demás ven, lo que los demás interpretan y esperan de nosotros, y guiados por la necesidad primordial de aceptación y amor, terminamos amoldándonos, encajando, cumpliendo con esos designios, aunque no sean verdad. Preferimos ser lo que los demás esperan de nosotros mismos que pagar el precio de la soledad y la incomprensión. Pero, para cuando se tiene madurez, conciencia y autoestima suficientes, puede ser ya demasiado tarde.

En relación a las altas capacidades se da muchas veces el llamado efecto Pigmalión negativo, que no es otra cosa que la mímesis que sufren los niños y niñas de altas capacidades al ver su identidad, su valía y sus necesidades totalmente desatendidas, subestimadas e ignoradas. Terminan cumpliendo con la imagen, el rol y patrón de comportamiento que se espera de ellos, aunque esto los aleje dolorosamente de su naturaleza y de su ser, coarte su personalidad y reduzca enormemente el desarrollo de sus capacidades y talentos.

Lo más saludable sería, claro está, que la atención y tolerancia ante lo inusual y diferente, en el ámbito que sea, fuera una prioridad impostergable. Pero la realidad es que la inmensa mayoría de niños y niñas con altas capacidades siguen sin diagnosticar, y de la minoría que conoce su condición, un alto porcentaje sigue sufriendo las consecuencias de una sociedad y un sistema educativo que no están formados ni preparados para atender a sus demandas. El riesgo del efecto Pigmalión negativo aumenta con la adolescencia y puede acarrear desmotivación, frustración y una sensación de aislamiento e inadaptación que muchas veces deriva en ansiedad, depresión y en el fracaso escolar.

Es un derecho de todo niño manifestar su individualidad, su propia personalidad, inteligencia, creatividad, motivación e intereses sin tener que esconderse, amoldarse y mucho menos avergonzarse por eso.

La obra Las metamorfosis de Ovidio nos relata así el mito:

Pigmalión, en sueños, se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda bajo los rayos del Sol y se deja malear, tomando distintas formas, haciéndose más dócil. Al verlo, se llenó de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba a sí mismo. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas latían al explorarlas con sus dedos.

Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, que conmovida le dijo “mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has creado. Aquí tienes a la mujer que has soñado. Ámala y defiéndela del mal”.

Y así Galatea se volvió humana.

Ojalá la simbología del mito de Pigmalión solo encontrara sentido en la expresión de la propia personalidad, no idealizada ni guiada por el deseo de perfección, ni de un amor platónico dirigido hacia una fuente de felicidad externa a nosotros, anhelada y representada por el amor romántico como antídoto contra la soledad. Ojalá la simbología del mito nos llevara a la búsqueda de nosotros mismos. Y de transformarnos en ese ser que se forja y consolida a través del trabajo diario, un ser a quien amar y defender del mal.

Ojalá el único efecto Pigmalión que se aplicara al desarrollo infantil fuera el positivo, aquel que se produce cada vez que un padre, una madre, un maestro motivan y potencian la autoafirmación a través de la tolerancia, el respeto, la aceptación, la sinceridad, la confianza y el apoyo incondicional, únicos pilares sobre los que se consigue el desarrollo integro de la personalidad y el autoestima y se consigue encauzar y dar forma a la creatividad, la capacidad y el talento.

 

Imagen © Elisabeth Caren

Detrás no hay nada

By | Crisis Existencial | No Comments

Detrás no hay nada. Me acuerdo de Jim Carrey en el Truman Show llegando a los límites del decorado. El horizonte donde se acababa la realidad ficticia y se abría una puerta a la nada. Y pienso en Jorge Padín en la obra de teatro Nada subido a las ramas de un ciruelo y diciendo a sus amigos: “Nada importa; hace tiempo que lo sé. Por eso no merece la pena hacer nada.”

Durante los meses lectivos, laborables, útiles, rentables, subdivididos perfectamente en días, horas, minutos y segundos donde hay algo que hacer, impostergable e importantísimo (mucho más algo que hacer de lo humanamente posible gestionar) no levantamos la mirada hacia las ramas del ciruelo. No vemos el desperfecto. La esquina del empapelado de nubes en el horizonte que se viene abajo.

Y de momento hay un resto de inercia. No acabaron las clases. Ni el plazo para la presentación de la declaración de la renta. Ni los festivales y actos y graduaciones y facturación y pagos y matrículas y entregas y demás cierres y últimas funciones antes de que se baje con violencia y estruendo la persiana.

Según la teoría dialéctica de las dos vertientes de Marta Zátonyi la historia de la humanidad podría dividirse en dos grandes grupos de periodos alternados en los que el hombre tenía o no tenía fé en un proyecto social, en una idea, en un paradigma que funcionaba para construir eficazmente el velo sobre la nada. La Grecia clásica, el Imperio Romano, el Renacimiento, el funcionalismo racionalista moderno, son ejemplos de la primera vertiente, la de la certeza. El helenismo, la Edad Media, el manierismo, el expresionismo, el surrealismo y la posmodernidad, entre otros, son reflejos de la segunda vertiente, de la que se instaura en momentos de crisis, donde una estructura aparentemente perfecta terminó por derrumbarse y dar muestras de caducidad; de no haber sido más que una frágil fachada.

¿Es más verdadero dudar que tener certeza? ¿Es más real la nada que lo que construimos encima intentando taparla? ¿Es más acertado asumir el sinsentido absoluto y el vacío que seguir cada día eligiendo el color, la forma, el tamaño y la posición en que colocar cada efímero granito de arena en un lugar y dejarnos la vida en eso? ¿O nombrar la nada es igualmente absurdo? ¿Y hacerse estas preguntas no es más que otro intento igual de vano de llenar algo creyendo que llenarlo de esto es mejor? ¿La duda existencial es otro paliativo igual que las vacaciones, las comuniones, las fiestas, las planillas y las entregas y el calendario del contribuyente y el mundial de fútbol?

Horror vacui. Kenophobia. Terror al vacío. No hace falta llenar todo resquicio. No solo hay horror a la nada en el rococó y en el arte islámico. En Escher, Pollock y Haring. Horror al vacío hay siempre. En el blanco sobre blanco de Malevich también, y en la pirámide del sol de Teotihuacán, y en una columna dórica ¿Cómo no sentir el horror? La diferencia está en qué nos pone en marcha. Tal vez en la distancia a la que se siente el borde del abismo. Y no se trata de valor, coraje, de vertientes ni métodos ni teorías estéticas. Antes o después llegamos al muro y subimos la escalera y abrimos la puerta azul. Y detrás. Detrás no hay nada.