Quisiera empezar este texto recogiendo una constatación y es que pareciera que no puedo pensar con claridad dentro de casa y sentada frente al portátil y, sin embargo, la lucidez, la claridad, las fluidez en las ideas, incluso la calma en torno a esas ideas, circunstancias y situaciones que tengo que afrontar me sobrevienen y me inundan cuando salgo, cuando estoy subida en la bicicleta, pedaleando mientras respiro, rodeada de naturaleza. Así que, ahora mismo, mientras estoy en el río; en mi parada, descansando un poco y recobrando fuerzas antes de que me alcance la noche y de volver a casa procederé a intentar ordenar en este mensaje de audio enviado a mi misma toda esa carga emocional y mental que me produjo haber escuchado el sábado pasado a Alana Portero y a Édouard Louis en el Festival de las Ideas en Madrid.

Ponían en palabras. Habían escrito. Y seguían escribiendo y contando lo que pensaban y lo que sentían. Cómo vivían en este mundo. Cómo habitaban sus cuerpos. Ponían en palabras cosas que a mí me representan y me significan y que, aún siendo tan verbal como soy, y sintiéndolas y pensándolas y habiéndolas vivido y viéndome cada día atravesada por ellas, aún teniendo todo eso también en torbellinos difusos de palabras dentro de mí no puedo apenas y casi de ninguna manera expresar, sacar fuera.

Lo primero que necesito hacer es agradecer a Alana Portero por esa posibilidad de reconocerme que me dio el hecho de escucharla. Y necesito agradecer también a Édouard Louis porque, también, escucharlo hablar me hizo buscar todos y cada uno de sus libros y su experiencia de vida me hizo sentir muy identificada. Aunque nunca lleguen a leer estas palabras el simple hecho de saber que existen, que están en el mundo y que sienten y piensan y viven de la manera que lo hacen me hace sentir agradecida, aliviada, segura, validada; cuando generalmente me resulta muy difícil sentirme así. Si estas palabras, en vez de ser un texto sin nombre y sin destinatario fueran el borrador de un correo para escribir a Alana le diría que lo primero y lo más profundo, urgente y necesario que quiero hacer es agradecerle porque escucharla me hizo dar cuenta de que no estaba endurecida ni desconectada de mis emociones. No lo estaba en absoluto. Sino que me había acostumbrado a mantenerme, de alguna manera, emocionalmente inerte, entumecida, porque me resulta tan tremendamente difícil encontrarme en un lugar y en una compañía en la que pueda dejarme fluir sin miedo; en la que pueda permitirme sentir y empatizar y ser compasiva y conectar conmigo y con los demás sin sentirme, siempre, cada vez, inevitable y profundamente en riesgo. 

Al escucharla hablar el sábado pasado en el Festival de las Ideas en Madrid volví a conectar con mi parte emocional, empática, vulnerable, viva, deseosa de comprender y de dar. Escuchar a Édouard también me hizo sentir profundamente viva y conectada con mi oscuridad y con mi fragilidad; con mi miedo, con mi inocencia, con mi necesidad de no sentirme constantemente en riesgo, hipervigilante y a la defensiva y, a su vez, con el derecho a la inevitabilidad de esa sensación. Consciente de la vulnerabilidad y de la inconmensurable capacidad de amar y de confiar y de sentir que hay dentro de mí, debajo de las múltiples capas que conforman y estructuran la coraza. Escuchar a Alana y a Édouard me hizo sentir profundamente comprendida y acompañada en mi experiencia vital individual y social, personal y colectiva, familiar, sexual, íntima, femenina, humana.

Escuchar la historia de las violencias recibidas y de sus maneras de afrontar y de sobrevivir. Asomarme a la posibilidad real y palpable de reinventarme, de reescribirme, de redefinir mis partes y mi todo, mi cuerpo, mi alma, mi mente y mi capacidad de sentir me hizo recordar lo que era estar en paz. Aliviada. Escuchar a Édouard decir que no, que no confiaba en la justicia. Que no, que no había querido replicar más violencia a través de una denuncia penal. Que no, que no quería reprimir su odio ni apagarlo porque era total y absolutamente genuino sentir ese odio hacia todas las personas que habían destrozado su vida, que habían violado su ser, que habían violentado su posibilidad de decidir y de construir una identidad suya y genuina. 

Agradezco el haberles escuchado afirmar que la identidad es algo que se nos impone. Que no. Que no tuvimos ninguna libertad de preguntarnos quiénes somos, quiénes queremos o necesitamos ser; por qué somos quiénes somos ni si queremos ser eso que al final llegamos a creer que somos, contra nuestra propia voluntad y, sin ninguna duda, contra nuestro beneficio. Tantas veces he sentido el peso de esa inercia, de esa fuerza inevitable que me llevó a elegir caminos, a tomar decisiones vitales, a ejecutar una manera de ser madre, de ser mujer. Llevo mucho tiempo preguntándome y me sigo preguntando hoy, todavía, ¿por qué? Me doy cuenta de que son decisiones que no tomé y de que son preguntas que no respondí por mi misma. Que no fui consciente de que debía decidir y responder. Que respondieron por mí.

También me conmovieron las palabras de Alana acerca del deseo, del amor, y de ese ‘ser tierna muy a su pesar’. Yo he sentido toda la vida que soy tierna muy a mi pesar. Que no elijo serlo. Que hay gente que ha llegado a verme como a alguien casi angelical. Y yo me pregunto si pude elegir ser así o si también fue una conducta adaptativa porque en el entorno en el que crecí ya no quedaba hueco para otro rol, no había lugar para otro guión que no fuera el de aceptar ‘tiernamente’ y tratar de sobrevivir mostrando fragilidad. Era prácticamente imposible desde mi lugar, desde mis circunstancias, desde el papel que me tocaba en la familia, poder imponerme. Era la más pequeña. El resto de personas eran bastante más mayores y ejercían distintos tipos de violencia. Yo, sinceramente, no sé si elegí el rol o simplemente me atornillaron ese cartel en la frente o fue una piel mimética que me protegió como se protege el camaleón fundiéndose con el entorno para no ser visto por su depredador. Por supervivencia, intenté ser buena porque definitivamente no iba a poder jamás ser más violenta que los verdugos y veía que los roles que habían elegido las víctimas tampoco eran muy funcionales. Yo quería un rol bienvenido. Un rol deseable. Porque en ningún momento se me cruzaba por la cabeza la posibilidad de salir de ese sistema.

Me genera mucha impotencia comprender como después fui replicando ese guión porque era el que se me daba bien, el que creía que podía funcionar. Claramente, era el que me había servido para sobrevivir. Lo más triste es que ese rol se te da bien y sigue siendo útil y funcional si te rodeás de esos mismos personajes y si vivís dentro de esos mismos sistemas. Así que, al final, me vi ocupando, una y otra vez, un lugar en el que no iba a poder definir mi identidad ni muchísimo menos escuchar mi propia verdad. Un lugar en el que me iba a seguir narrando, perfilando y definiendo limitada por las posibilidades.

Aprendí a bailar de esa manera porque no se me ocurría bailar sola ni se me ocurría tampoco irme a otra pista de baile. Aprendí a bailar muy bien de esa forma pero no porque eso fuera lo que yo quería para mi vida pero me vi repitiendo esa misma película con distintos trajes, en distintos escenarios y con distintos actores. Pero siempre repitiendo la misma función. Creyendo que, de alguna manera, huía hacia adelante, hacia una situación mejor.

Es difícil, cuando se vive en un entorno en el que la violencia es lo más normalizado (y lo único) que hay y buscás algo, una especie de salvación, pero terminás cayendo en otra relación violenta porque igual no te parece violenta, porque necesitás amor y porque parece que no es una violencia tan visible porque tal vez no hay vejaciones, porque no hay insultos, porque no hay gritos o porque no hay una violencia física tan constante y tan extrema. Porque no hay objetos rotos, porque no hay esa humillación tan cruda y tan visible y tan imposible de ignorar y de disfrazar. Pero tal vez después de mucho tiempo descubrís que había muchos otros tipos de violencia más sutiles y que incluso eran bastante peligrosos porque cuando la violencia es más silenciosa se tarda mucho más en reconocerla. Porque cuando no es una violencia que te resulte familiar entonces cualquier cosa que no sea lo que viviste y respiraste antes te va a parecer infinitamente mejor. Si no hay golpes y si no hay gritos y si no hay insultos pues ya eso es bastante ¿no? 

Confieso también que intenté salir de ahí, de esos círculos, del bucle infinito de la repetición, pero no lo conseguí hasta que no me salvó la nunca suficientemente agradecida menopausia. Hasta que no me bajó drásticamente el nivel de estrógenos en sangre yo seguí necesitando que un macho alfa me deseara para poder sentir que era una persona, que era una mujer, que tenía un cuerpo, que estaba viva y que merecía existir. Un ser vivo, un cuerpo, una mujer ¿definida de qué manera? ¿quién era? Un títere vacío que necesitaba con desesperación seguir moviéndose al ritmo de esa música violenta que creía que era la que marcaba el compás de mis latidos y de mi respiración. Me veía irrefrenablemente, impulsiva y visceralmente atraída y hasta obsesionada por esas figuras masculinas cargadas de arrogancia y superioridad, esas de ‘yo lo sé todo, yo estoy por encima, yo te voy a proteger’ pero, claro, para que yo te proteja vos tenés que hacer lo que yo digo porque yo me sé muy bien las reglas de este mundo y vos. Vos no. Vos sos muy tierna, sos muy vulnerable ¡y sos tan ingenua! ¿como ibas a poder acertar tomando tus propias decisiones? Pero, tranquila ‘cariño’ que yo sé muy bien qué, cuándo, dóndé y cómo se hacen las cosas.

Es terrible y me da igual que crean que exagero pero juro que hubiera deseado y preferido una castración química si eso hubiera servido para que pudiera dejar de sentirme atraída sexual, emocional, física y psicológicamente por ese tipo de personaje siniestro porque, sinceramente, hasta hace relativamente muy poco no he conseguido pensar completamente por mí misma y sentirme una persona independientemente de que un macho alfa deseara o no meterse entre mis piernas. Lamentablemente, desde los 15 hasta casi los 50 años necesité ser un objeto de deseo, un objeto sexual, un juguete, una muñeca de quien quisiera utilizarme para marcar su superioridad y a quien a su vez pudiera adular, adorar, admirar y obedecer. A quien entregar el control de mi vida.

Creo que cuando una nace, crece y se cría en un contexto en el que no hay muchas más opciones que la violencia es que una no las ve y es en ese punto en el que me siento profundamente conmovida, removida, afectada, conmocionada por lo que constituye la experiencia vital de cualquier grupo marginal. Porque yo soy una persona en los márgenes. Aunque durante gran parte de mi vida no he podido, no he querido verlo o no he podido asumirlo. Soy una mujer, tengo más de 50 años, estoy divorciada, soy inmigrante, soy latinoamericana, tengo altas capacidades intelectuales, soy una persona altamente sensible, soy una madre que cría a sus hijos sola y no tengo una familia ni cerca ni lejos. No tengo ninguna relación con mi única hermana; mis padres fallecieron. Soy una persona en el margen, en el borde de muchos contextos, que lucha por no quedarse totalmente expulsada pero que ha normalizado vivir resistiendo contra una fuerza centrífuga que parece llevarla siempre hacia afuera de todo ámbito y lejos del reposo de la posibilidad de un núcleo, de un refugio. Cuando veo a un grupo de personas cuya identidad las coloca ahí, indefectiblemente, y veo a esas personas chocarse contra las violencias que esperan siempre en los márgenes y que embisten antes de que puedan siquiera encontrar una posición que no las arrastre, me siento profundamente conmovida y conectada porque tanto ellas como yo tenemos derecho a ser quienes somos. Siempre lo tuvimos. Tenemos derecho, sin pedir permiso ni perdón, sin explicar y sin justificarnos, sin tener que seguir bailando ese baile perverso que pareciera que por inercia necesitamos ejecutar porque sino no somos nada, no tenemos cuerpo, no tenemos vida, no tenemos identidad. Tuvimos y tenemos derecho a ser.

Todas esas personas no es que sean valientes. A mí me ofende profundamente cuando me dicen ¡qué valiente que emigraste! ¡qué valiente que te divorciaste! ¿qué valiente? ¡qué valiente, no! Era una cuestión de vida o muerte. Y me da igual si lo creen o no, o piensan que estoy exagerando. Me da igual. Yo soy una persona sensible y puedo hablar de la violencia que recibí y si otra gente cree que eso que viví no es lo suficientemente duro como para haberme traumatizado o condicionado de por vida, para haberme inhabilitado para confiar, para sentir, para estar en mi cuerpo, para desear, para amar; pues ellos habrán vivido su vida, y yo he vivido la mía y, sinceramente, recién ahora empiezo a ser consciente de hasta que punto me he quedado detenida, en suspenso, en muchas de las áreas de mi vida porque ya no sé verdaderamente cómo moverme si no es bailando el baile perverso de la violencia que conocí y muchas veces no consigo moverme sin que eso signifique volver a ponerme en el mismo lugar en el que, de alguna manera, sé funcionar pero me pongo en riesgo.

Mi necesidad en este punto es agradecer. Agradecer esas palabras. Agradecer esa lucidez. Agradecer esa sensibilidad. Agradecer esa sinceridad. Agradecer esa fuerza. Agradecer esa energía. Agradecer la posibilidad de oír esas palabras de Alana: ‘La violencia no, no se acaba. No te voy a mentir, no te voy a decir que se acabe. Pero tampoco se acaba el amor.’

Y así como Édouard agradecía que lo hubiesen llamado marica y que le hubiesen hecho la vida tan dura y tan imposible de soportar como para impulsarlo a salir de ahí y se apenaba por su hermano; por su hermano a quien quizás, si hubieran llamado marica alguna vez le hubiesen salvado la vida. Le hubiesen salvado, tal vez, de identificarse con la ultraderecha o de morir de enfermedades derivadas de su alcoholismo. Ojalá su padre o su hermano se hubieran sentido alguna vez tan ajenos a todo eso como para no haber podido aferrarse al estereotipo con tanta facilidad.

Hay mucha gente que cree que ha tenido éxito en la vida simplemente porque ha podido meterse en el molde más premiado de todos, porque ha podido encajar su culo en el altarcito de allá arriba, de encima de todo de la pirámide. Se han amoldado lo suficiente hasta poder caber perfectamente ahí. Entonces sienten que brillan. Sienten que les dieron todas las estrellas y todas las conmemoraciones y que se ganaron todo el ‘bonus’ cuando en realidad en ningún momento se pararon a pensar si ellos querían estar ahí, si tenían esa forma, si eso es lo que necesitaban en la vida ni si esas estrellitas valían una mierda.

Porque ¿qué es el éxito? ¿el éxito es estar en la cima de la pirámide más alta de una ciudad perversa y violenta que construyeron otros para explotarte? Si vos estás allá arriba entonces ¿sos mejor que los demás? Sabés que hay otra gente que está muy jodida pero estás contento porque lo has hecho muy bien, lo has hecho de putísima madre y te colgaron las medallitas y te sentís por encima de todo y de todos. 

Vuelvo a decir, una vez más: gracias. Gracias porque el sábado volví a casa reiniciada, reseteada, profundamente conmovida por las experiencias y por la integridad de estas personas que se atreven a nombrar con total sinceridad cómo se ve el mundo desde esa perspectiva. Desde los márgenes. Y se atreven a hablar de sus cuerpos, de su identidad y a iluminar el camino a todas las personas que estamos en este limbo en el que ya sabemos que no queremos esa identidad que violentamente nos han impuesto pero seguimos todavía sin saber verdaderamente quiénes somos.

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