Un día como hoy. Un 19 de abril, pero en 2019 -hace 7 años ya- empecé una especie de psicoterapia por correspondencia con mi psicoanalista.

Yo había emigrado a España en 2002 y, desde entonces, cada vez que me sobrevenía una crisis profunda en la que no sabía ya cómo seguir adelante y no veía luz por ninguna parte que me ayudara, al menos, a intentar buscar una puerta, una ventana o una escalera por donde salir de mi propia cárcel, acudía a él.

Muchas veces lo he llamado ‘el hombre que tiene el mapa del laberinto’ y tantas otras ‘el hombre cuyo maravilloso don es iluminar el camino; sabia y pacientemente.’

Nuestra correspondencia empezó con un primer correo electrónico cuyo asunto ponía: ‘la lista de las ideas apocalípticas que no fueron para tanto’. Su contenido lo compartiré aquí a modo de prólogo, preámbulo o introducción. Como el comienzo de una novela por entregas.

Imagino que cambiaré nombres por iniciales y que omitiré algunas cosas por no ofender ni exponer a nadie.

Al final, todo lo que vendrá a continuación será una especie de autoficción porque ¿qué otra cosa es nuestra propia realidad que una ficción lo suficientemente verdadera, creíble y bien arraigada en lo más profundo de la psiquis como para tener el poder de gobernar nuestras vidas?

fecha: 19 abr 2019, 15:26

asunto: la lista de las ideas apocalípticas que no fueron para tanto

A.

Buenos días.

Fue hace varios días que me pediste la lista de esas situaciones en las que estaba muerta de miedo y que, al final, no fueron para tanto.

En las que pensé que no iba a poder. Y pude.

En las que me imaginaba lo peor. Una suma imposible de todo lo más catastrófico que podía pasar. Todo en paralelo. Y que, al final, no fueron así.

Pero no sé por qué no funciona.

La lista no me ayuda.

El mecanismo es infalible. Porque siempre existe la posibilidad de que esta vez sea así. Esta vez sea verdad que no podía, que no lo conseguiría y que se confirmarían todos mis peores pronósticos.

Creo, ahora que lo escribo, que sí, cada vez también era posible que pasara eso que yo temía. No eran miedos infundados o absurdos. Eran posibles. Y creo que siempre son posibles y no sé cómo hace la gente para apagarlos y funcionar. Como si no lo fueran.

Estoy muy ansiosa en estos días.

Me cuesta dormir. Me duermo. Me despierto muchas veces a la madrugada con dolor en el pecho. Me cuesta respirar. Pienso que no hice lo suficiente. Que no hago lo suficiente. Y que no sé si conseguiré hacer lo suficiente. Y que tampoco importa demasiado porque no depende enteramente de mí. Y que podría haber hecho más, u otras cosas y estar mejor, igual o peor de lo que estoy. Que escapa a mi control. Y eso me alivia y me desespera en igual medida.

A veces pienso que no soy capaz.

Otras veces que soy buena, pero no lo suficiente.

A veces pienso en la idea esa del libro ¿Quién se ha llevado mi queso? Me imagino enfrente de una heladera que no me atrevo a abrir. Pienso. Si abro y agarro el primer queso que aparezca, quizás no sea suficiente, no me guste, se me acabe, no me nutra, esté podrido. Ya no queden otros para elegir. Si espero demasiado tiempo quizás los demás ratones, viendo que no reacciono, me vengan a ofrecer un queso para que no me muera de hambre, y me sienta una pelotuda por no haber ido yo a por mi propio queso y después me dedique a quejarme y a flagelarme porque sigo sin tomar mis propias decisiones y dejándome dirigir por los demás. Pero la verdad es que creo que no me atrevo ni siquiera a abrir la heladera. Porque de lo que tengo pánico es de que todo el queso disponible esté fuera de mi alcance. De que no haya queso en la heladera sino otras cosas que yo no pueda comer, no pueda digerir, no me sirvan. Lo peor de todo es que existe también la posibilidad de que abra la heladera y me de cuenta de que está completamente vacía.

Yo lo que tenía que hacer era una lista.

Una lista de todas las veces que no tuve razón en mis pronósticos apocalípticos.

A ver, seguramente me olvide de algunos. Tal vez me olvide de muchos. Incluso de algunos importantes. Pero lo intentaré. Sin flagelarme con que cumplan ningún orden de importancia ni cronología porque sino ya no sería ni siquiera capaz de empezar.

Cuando pensé que iba a desaprobar diseño 3 en la universidad y perdería un año entero.

Cuando tenía miedo de que el embarazo no fuera bien, de que se murieran antes de nacer o de que estuvieran enfermos.

Cuando recién llegamos a Madrid y al cuarto día nos echaron del hotel y no sabíamos donde dormiríamos a la noche siguiente.

Cuando nos fuimos del primer piso compartido y no sabíamos si íbamos a conseguir un lugar decente donde vivir.

Cuando nacieron los chicos y temía cada noche que se murieran, que yo no pudiera cuidarlos, que no supiera cómo hacerlo o que simplemente dejaran de respirar.

Cuando creí que no llegaba con la entrega de Dragados. Estaba sola, E. en Alemania, yo deprimida, llorando todo el día, con cistitis. Lloraba, salía al balcón a fumar, iba a hacer pis, trabajaba 15 minutos, me ponía a llorar otra vez, y así en serie. Dormía mal, y más me preocupaba porque iba acumulando cansancio a todo lo anterior.

Cuando pensaba que jamás podría decirle a E. que me quería separar.

Cuando pensaba que jamás iba a poder vivir sin él en casa.

Cuando pensaba que jamás iba a sobrevivir al divorcio sin deprimirme o perder la cabeza.

Cuando creía que mis hijos no iban a volver a sonreír después de la noticia.

Cuando pensé que me iban a quitar la guarda y custodia, que iban a hacerme una exploración psicológica y que se darían cuenta de que no estaba en mis cabales ni capacitada para cuidar de mis hijos.

Cuando temí que E. me hiciera daño, fuera violento, me matara, se llevara a los chicos, desapareciera del mapa o se suicidara después de la demanda, después del primer pleito, después del segundo pleito, e incluso hoy en día si pasa 24 horas sin responderme un mensaje.

Cuando temí que papá se muriera.

Cuando temí estar embarazada porque se nos había roto un preservativo. Recién acabábamos de llegar a Madrid.

Cuando pensé que mi cliente ya no me llamaría nunca más.

Cuando pensé que N. no me hablaría nunca más.

Cuando no podíamos pagar la hipoteca y pedimos la carencia y al final esos dos años se pasaron tan rápido que llegó el día en que teníamos que pagarla otra vez y no teníamos suficiente trabajo pero no sé cómo, al mes siguiente, la empezamos a pagar.

Cuando creí que me quedaría en blanco, que me olvidaría el texto, que me pondría a llorar, que haría el ridículo y el papelón de mi vida la primera vez que me subí a un escenario.

Cuando pensé que U. seguramente después de acostarse conmigo la primera vez ya no querría volver a saber nada de mí, y la segunda vez, y la tercera, y así, sucesivamente, hasta que lo dejé.

Cuando pensé que L. jamás podría admirarme por nada y que cuando parecía que, al fin, había conocido a una persona sensible, inteligente, culta, que lee, escribe, baila, actúa, me escucha y me entiende existencial y profundamente, con quien podía ir al teatro, a una muestra de arte y crear y pensar y amar. Le encontré todos los defectos posibles e imperdonables, dañinos y destructivos (y tan similares a los de E.) y huí.

Ahora, el panorama es el siguiente:

Gano una cantidad de dinero muy insuficiente.

Me queda dinero de ahorros, pero solo para 4 meses.

Llega el verano, se parará todo. En julio y agosto muchas empresas cierran y contratan o se reactivan recién a mitad de septiembre.

Mis hijos estarán en casa todo el día de vacaciones.

Me imagino no ingresando dinero.

El dinero de los ahorros acabándose.

¿Y qué?

¿Cómo voy a comer?

No digo ya pagar la hipoteca, internet, el teléfono, la gasolina o la electricidad.

¿Cómo voy a comer?

Empiezo a tener miedo de que se me rompa la computadora, que es mi herramienta de trabajo.

Que se rompa la heladera.

Que se rompa el coche.

Porque en ese caso, en lugar de dinero para 4 meses tendría que gastarlo en los arreglos.

Tengo miedo de enfermarme.

De que se enferme alguno de los chicos.

De que pase cualquier otra cosa que me desequilibre totalmente.

Que se muera papá.

Lo que es peor, que se muera mamá. A veces creo que mamá es inmortal. Nunca temo su muerte.

A veces creo que las cosas que no temo son las que más temo y que no me atrevo ni siquiera a pensar que podrían suceder.

Pienso que toda esa realidad y esos miedos y la situación será así de aquí hasta que me muera.

Y que mis hijos pueden enfermarse. O morirse.

Y que yo puedo enfermarme también.

Y aun así.

Tendré que seguir ganando dinero.

Cada mes.

Hasta que me muera.

Y, sencillamente, hay momentos en que lo tengo todo delante.

Y no puedo ni respirar.

Y pienso ¿cómo sobrevive la gente?

Porque todos tenemos todo eso delante.

Mas lejos o más cerca.

Mas o menos posible.

El hambre, el desamparo, la muerte.

Y todas esas frases pelotudas de que… ‘lo que es para vos te encontrará’.

De que ‘lo que el destino te tiene preparado llegará tarde o temprano’.

Andá a decírselo a los desahuciados, a los indigentes, a los enfermos terminales, a los huérfanos, a las personas que huyen de las bombas, de la guerra, del hambre, del horror. A las madres que perdieron a sus hijos, a las personas que se mueren solas.

Pensamiento positivo, sí.

La ley del espejo, sí.

Los libros de autoayuda, el mindfulness, el saber agradecer y el ho’oponopono.

En fin.

Ya sé que la lista confirma que siempre que temí lo peor, al final las cosas no fueron tan mal como esperaba.

Pero también sé, que esta, como siempre, podría ser la primera vez que pueda decir:

‘Tenía razón’.

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