Hace unos días atrás parecía que había conseguido conectar con una fuente de motivación que se presentaba como inagotable. Los pensamientos fluían caudalosos en consonancia con un estado emocional que incluía en igual proporción cierta calma, algo de entusiasmo y un sabor final que me hacía saborearme entre alegre y segura de mi misma.
Hoy ya la fuente se secó. Mi calma se volvió ansiosa. El entusiasmo se extinguió. La alegre seguridad no dejó ni rastro al retirarse.
Aunque pueda parecer que no tiene demasiada relación intentar iluminar este estado con una explicación psicológica, neurológica, energética o sociopolítica, mi mente, muy proclive a las racionalizaciones, hace desfilar en continuado imágenes del mundo bombardeado, de la imposibilidad de acertar, conseguir parecer o disfrazarse a tiempo de lo que sea que pueda ser conveniente pensar, decidir o hacer en este momento de mi vida y de la historia de este mundo. Y las intercala con renglones de la lista de tareas a punto de terminar, a punto de empezar, urgentes, importantes, personales, de trabajo, impostergables, prioritarias, indelegables, que hay que comunicar como acabadas, que hay que consultar antes de acabar, que hay que compartir antes de iniciar.
Mi trabajo, contado de la primera manera que me viene ahora a la cabeza y detiene la procesión de pensamientos que nutren mi malestar, consiste en ayudar, acompañar, visibilizar, validar la manera de ser, hacer, pensar y sentir de personas neurodivergentes de edades comprendidas entre los márgenes de lo que denominamos infancia, adolescencia y juventud, para que puedan dejar de sentir que hay algo defectuoso e inadmisible en ellos y construyan una autoestima saludable y lo suficientemente auténtica y bien arraigada en su interior y en su cuerpo y espíritu como para que puedan ser quienes son sin pedir permiso ni perdón ni claudicar ni desistir en el intento.
Y parte de la sensación de desazón, sinsentido y desmotivación que siento hoy tiene que ver con que, por momentos, eso me parece una gran contradicción y paradoja y una especie de hipocresía y falsa creencia casi fanática, optimista e ingenua cuando yo misma no consigo dejar de sentirme defectuosa e inadmisible y mi propia autoestima es algo que no está ni saludablemente arraigada en mí, ni da señales de existir la inmensa mayoría de las veces.
Y sí, hay días en que pido permiso para casi todo. Y hay muchos días en los que pido perdón por existir. Y claudico. Y desisto.
Y muchas de esas pequeñas (y no tan pequeñas) personas neuroatípicas con las que trabajo y hablo y juego y reflexiono a diario también siguen, muchos días, pidiendo permiso y perdón y sienten desazón y están desmotivadas y dudan de si mismas y de todo a su alrededor y nadan en la incertidumbre y se sienten solas y tristes y tienen miedo y no encuentran sentido y, a veces, también pierden las ganas de desear, de buscar, de gritar, de llorar, de hablar, de pedir, de luchar y de existir.
Tal vez disfrutar de un genuino bienestar psicológico y emocional no se trate de sentir que encontramos la fuente inagotable de la motivación y un ancla con la que quedarnos clavadas en un estado emocional casi alegre, calmo y seguro de sí.
Tal vez la salud mental sea esto mismo. Ser consciente. Sentir todo esto. Poder nombrarlo. Poder verlo en mí y en los demás. Ser sincera conmigo misma. Ser sincera con todas esas personas también. Ser compasiva y empática para conmigo y para ellas. Darme permiso. Perdonarme. Darme lugar y darme voz. Incluso cuando (y sobretodo cuando) no encuentro sentido a nada.
En realidad, lo que quería escribir cuando me puse a encadenar letras y palabras en lo que en principio era un rectángulo blanco en la pantalla del portátil era un artículo sobre las funciones ejecutivas.
Tiene gracia, porque sabía que quería hablar de los supuestos o aparentes problemas en las funciones ejecutivas de los individuos con alta capacidad intelectual y su relación, en mi opinión no suficientemente profundizada, con la motivación intrínseca.
Las personas con altas capacidades necesitan ese tipo de motivación para iniciar una tarea. No la extrínseca. No funcionan así.
Es lamentable que el resto de personas sí, porque nadie que quisiera transformarse en un sujeto íntegro, librepensante y libresintiente y parte de la especie humana debería activarse a base de premios y castigos. Pero las personas profundamente inteligentes y sensibles, directamente, es que no pueden funcionar a base de motivación extrínseca. No pueden mover un dedo ni encender una neurona con el objetivo de aprobar el examen, pasar de curso, tener la mejor calificación, ganar un trofeo, obtener el primer premio, evitar un castigo, una multa, una sanción, recibir una paga extra, tener un like, tener más seguidores, recibir una recompensa, un regalo, una felicitación, una medalla, conseguir un aumento de sueldo, un ascenso, una comisión, un incentivo, evitar el despido ni aparecer en el tablón como ‘empleado del mes’. Tal vez pueda funcionarles muy brevemente, en el corto plazo, pero no de manera sostenible.
Las personas profundamente inteligentes y sensibles necesitan encender la motivación interna para vivir. Necesitan encontrar un sentido profundo que active y exprese todo su ser (o gran parte de él, al menos) para poder hacer algo. Para poder hacer incluso (y sobretodo) las cosas más nimias.
Muchas veces nos topamos con serias y enormes dificultades en las funciones ejecutivas en los niños y el problema puede no deberse a ningún trastorno, déficit ni incapacidad sino, simplemente, a que la tarea no les interesa en lo más mínimo. La única manera de evaluar las funciones ejecutivas de una persona con alta capacidad es exponiéndola a una tarea que se le presente como un reto, que le parezca atractiva y que consiga encender todas las partes de su ser. Sino estaremos midiendo cuánto corre un leopardo mientras está dormido. O lo lejos que puede llegar una gaviota para ir a por comida para sus crías mientras la tenemos encerrada en una jaula.
Las tareas más simples pueden ser las más difíciles. Si no llegan a tener suficiente nivel de reto o carga de sentido como para activar la motivación intrínseca las funciones ejecutivas, sencillamente, no se activarán. Por muy sencilla que sea la tarea en cuestión (colgar el abrigo, ponerse en la fila o atarse los cordones ¿les suena?). Por mucha explicación, mucho premio, incentivo, chantaje, amenaza, orden, norma, ley o castigo que intentemos aplicar. No lo harán.
Muchas veces, de una batería de pruebas de inteligencia, se obtienen resultados muy heterogéneos. Muchas personas de altas capacidades dan valores muy superiores, por encima del percentil 99% para su edad cronológica en ciertos ámbitos y, a la vez, resultados muy bajos en la memoria de trabajo y la velocidad de procesamiento. Si nos quedamos con los números, el coeficiente intelectual total podría bajar drásticamente. Si nos preguntamos por qué pasa esto tal vez sí nos encontremos con una doble excepcionalidad o con algún transtorno. Pero no siempre. Muchas veces podría deberse a pensamientos ramificados, dudas, a que se trata de perfiles altamente reflexivos y arborescentes que tienen que decidir entre muchísimas más opciones y condicionantes que el resto de personas antes de dar una respuesta con la que sentirse satisfechos. O, quizás, pueda deberse a que han puesto su razonamiento o su atención en otra cosa durante esa parte de la prueba. Un pensamiento intrusivo, un color, un olor, un sonido, un recuerdo, una mirada del evaluador, un estímulo interno o externo que ha iniciado un proceso difícil de parar y que les hace parecer dispersos, lentos, distraídos, incapaces, bloqueados, perezosos. Si pudiéramos dar a Ctrl + Alt + Del e iniciáramos el Administrador de Tareas de ese cerebro en ese momento veríamos que está funcionando al 100% pero no en esa pestaña que estábamos evaluando sino en otra (u otras) que inevitablemente priorizaron, tal vez racionalmente, pero muchas veces también por un impulso irrefrenable que se activó en su alma o en su corazón.
Mi mente, muy proclive a las racionalizaciones. Ya lo decía yo en el segundo párrafo.
Mi mente, también, compleja y arborescente en primera persona, y muy necesitada de alcanzar un cierto umbral de significado para poder ponerse a ejecutar y a funcionar ¡al fin! después de poder sincerarse y ponerse por escrito y expresar todo esto que entretejía a modo de nudos mentales que le impedían fluir, ha conseguido, gracias a haber iniciado primero esta tarea de escribir (que siempre la motiva y la nutre) terminar ‘a posteriori’ de enviar 4 correos, acabar 2 planillas excel, agendar 3 citas, actualizar la contabilidad y empezar a rellenar el formulario online de inscripción en el anágrafe del registro de residentes en el extranjero del consulado general de Italia en Madrid.
A mi bella cabecita, todas esas tareas -antes de permitirse escribir sincera y visceralmente- le hubieran sido (sin cargar primero esa gasolina emocional, física e intelectual llamada palabra escrita) absoluta e irremediablemente inabordables.
Consejo a modo de conclusión: antes de definirte como inútil, de flagelarte por tu pereza o inacción, de culpabilizarte por tu incapacidad para hacer algo ¡tan simple!, de humillarte por no poder arrancar el día y dar la mañana por perdida. Antes de sentir que tu vida entera ha sido desperdiciada (solo por llevar 3 horas sin poder concentrarte)…
Para. Respira. Escucha a tu instinto. Dedica al menos media hora a hacer algo que realmente desees sincera, profunda y apasionadamente hacer.
Todo tu ser te lo agradecerá (y el resto del mundo también).
Te pondrás en marcha.
Pero, por favor ¡no olvides! mientras te dure el combustible y la activación ¡de empezar con el borrador de la declaración de la renta!