invidia

Envidia, tabú y altas capacidades

By | Altas Capacidades | No Comments

Es muy difícil atreverse a hablar de la envidia. Es difícil que la gente asuma que es envidiosa. E igual de difícil es afirmar que nos sentimos envidiados. Con la envidia, al contrario que con el amor, no queremos estar en ningún rol. No queremos ni sentirla ni despertarla. Pero existe. Está ahí. Y mucho más cerca de lo que quisiéramos.

El tabú que desenmascararemos hoy en torno a las altas capacidades es el de la envidia. Porque siguen existiendo muchos tabúes en torno a las altas capacidades y gran parte de la tarea que se realiza al diagnosticar, concientizar y visibilizar va encaminada hacia la auotaceptación y el desarrollo de la identidad en sus múltiples facetas, hacia la autoconfianza y el descubrimiento del talento para vencer el perfeccionismo y la incertidumbre y llevar una vida plena. Pero los tabúes muchas veces agregan piedras en un camino que ya es bastante difícil de transitar. Y cuando hablamos de tabúes nos referimos a todos esos momentos incómodos en que las altas capacidades se vuelven un problema y nos preguntamos si es mejor hablar o seguir adentro del armario ¿Pensarán que me creo superior? ¿Se alejarán de mí? ¿Creerán que soy una persona inaccesible y complicada? ¿Pensarán que tengo complejo de superioridad? ¿Hará que me juzguen o me miren o esperen demasiado de mí? ¿Esperarán que sea el mejor en todo y tenga siempre la respuesta? ¿El rechazo será aun mayor si soy lento, cometo errores, me entusiasmo demasiado con algo o parezco tímido? Nadie quiere tener un cartel luminoso en la frente. De ninguna clase. Todos queremos ser normales ¿Por qué? Porque queremos ser parte. Queremos sentirnos comprendidos y valorados. Y si nos sale un cartel luminoso en la frente que nos diferencia, el riesgo de exclusión o prejuicio, y consiguiente aislamiento, siempre es mayor.

Las personas con altas capacidades tienen que aprender a convivir con la envidia, la mirada crítica y las exigencias del entorno. Y no siempre se tienen las herramientas y habilidades para convivir con eso y no acabar muy afectado a nivel psicológico y emocional. Las personas con altas capacidades no tienen la culpa de ser como son. Ni de ser buenos alumnos, cuando es el caso. Ni de tener más facilidad para entender las cosas o entender a los demás. Ni de su intensidad y sensibilidad, que muchas veces les hace brillar en ciertos entornos, sin ningún esfuerzo. Los padres de niños y niñas con altas capacidades tampoco tienen la culpa de que sus hijos sean como son. Y ni se sienten superiores ni sienten que sus hijos sean superiores a nadie ¿O no es perfectamente entendible estar orgulloso de un hijo que gana las pruebas de atletismo, o los concursos de pintura o los certámenes literarios? Pero cuando se trata de inteligencia, parece que se hieren las susceptibilidades y muchas personas se ponen a la defensiva o se sienten disminuidas y muestran lo peor de sí mismas.

Es muy frecuente que, por su mayor empatía, sensibilidad, autocrítica y la complejidad de sus pensamientos, una persona con altas capacidades que recibe gestos o manifestaciones de envidia se sienta culpable, cuestione su manera de ser o de dirigirse a los demás, se sienta herida y rechazada y se aísle. Se pregunte si habrá dicho algo que no estuvo del todo bien, si habrá hecho alarde de su capacidad sin darse cuenta, si estará siendo injusto con alguien, si no será mejor abstenerse de participar, opinar o continuar en ese grupo con tal de no incomodar a nadie y volver a sentirse expuesto.

Hay quienes hablan de envidia buena o envidia sana, como una variante menos problemática y hasta constructiva de ese espantoso pesar por el bien ajeno. Esta envidia buena o positiva sería la que nos ayuda a ver qué es eso que deseamos del otro y no tenemos o creemos no merecer, pero una vez conscientes de eso nos activa para conseguirlo, nos pone en marcha, nos motiva y nos hace dar cuenta que el otro no tiene la culpa de nada y que nosotros podemos tomar las riendas de nuestra vida y conseguir las cosas que deseamos. Pero la mayoría de las veces la envidia se presenta con su cara más cruel y despierta emociones y acciones destructivas para el que la siente y para el que la genera.

Como ocurre con casi todas las demás situaciones problemáticas que derivan de las relaciones humanas y la mala gestión de emociones y habilidades sociales, es importante aceptar que no podemos tener casi ningún control sobre lo que hagan o sientan los otros, mas que el que queda dentro de los márgenes de la ley, el sentido común o las normas básicas de convivencia, pero lo mas conveniente es aprender a manejar las propias emociones y habilidades para contrarrestar y sobrellevar la situación.

Los padres y madres de niños con altas capacidades, los propios niños y niñas, y desde luego los adultos con altas capacidades no tienen por qué sentir vergüenza ni pudor, no tienen por qué esconderse ni mantener su condición en secreto, no tienen por qué aislarse o camuflarse, reprimir su personalidad, apagarse o transformarse en nada que no son. Una persona alta. Una persona morena. Una persona de piel blanca. Una persona de voz aguda. Una persona delgada. Una persona baja, o rubia, o de piel negra o voz grave o complexión robusta ¿tienen que esconderse? ¿tienen que avergonzarse? ¿tienen que amoldarse? ¿tienen que camuflarse? ¿a que nos parece un poco ridículo? Las altas capacidades son una condición. No son ni una enfermedad ni un don. Son una realidad con la que algunas personas nacen y tienen que vivir. Como cualquier otra. Y tal vez sea la sociedad y no las personas la que les lleva a sentirse siempre fuera de lugar. Quizás sea esa estandarización o la tendencia a la competitividad y la búsqueda de la rentabilidad y la efectividad y la excelencia por encima de todo. Porque al final si en casa, si en la comunidad, si en el barrio, si en el colegio, si en la universidad, si en el club, si en el trabajo, si en todo ámbito y en todo contexto existiera verdaderamente igualdad, respeto y aceptación ¿sentiríamos envidia?

El Síndrome del Impostor

By | Altas Capacidades | No Comments

¿Qué es el Síndrome del Impostor y por qué está asociado a las altas capacidades? Aunque el oráculo de Delfos respondía: “Sócrates” a la pregunta ¿quién es el hombre más sabio de Grecia?, ese mismo hombre fue quien pronunció la famosa frase que hemos oído hasta el cansancio: “Sólo sé que no sé nada.” Pareciera que existe una relación directa entre la sabiduría y la inseguridad acerca de la propia capacidad o valía. Eso venimos a llamar Síndrome del Impostor, y es muy frecuente en las personas con altas capacidades.

Porque muy habitualmente las personas cuyo modo de pensar y estructurar el conocimiento es más profundo y complejo tienden a ser mucho más conscientes de todo lo que nunca llegarán a saber. La abrumadora e intrincada capacidad para asimilar, gestionar e interrelacionar información o cualquier tipo de estímulo en una persona con altas capacidades hace que la conciencia de lo que queda por ver, aprender o conocer sea también igualmente abrumadora.

Imaginemos por un momento una estantería. Una estantería para colocar libros. Ahora imaginemos que en el frente de la primera balda hay un pequeño cartel que pone: “Historia”. Y ahora coloquemos unos cuántos libros de historia universal, historia antigua e historia contemporánea en las baldas, hasta llenar casi en un 80% las estanterías ¿A que es una imagen fácil de imaginar? ¿A que da una cierta sensación de control y de claridad? Estamos ante una biblioteca especializada en Historia. Muy bien.

Ahora vamos a imaginarnos otra cosa. Partimos de la misma imagen inicial. Una estantería para colocar libros. Y el pequeño cartel que pone “Historia”, también. Pero ahora hagamos de cuenta que nos alejamos un poco y que empiezan a aparecer más estanterías. A ambos lados de la estantería inicial. Y que después de alejarnos un poco más vemos que hay varias plantas llenas de estanterías. Y si nos fijamos bien cada cierta cantidad de estanterías surgen pasillos en los que hay más y más estanterías que fugan al infinito. Y si volvemos a acercarnos para mirar las baldas vemos que hay carteles por todas partes. Ya no solo ponen “Historia” sino que son más específicos: Historia universal, Historia antigua, Historia contemporánea, sí. Pero también Historia de la literatura, Historia del arte, Historia de las mujeres, Historia de las religiones, Historia de la belleza, Historia de España, Historia comparada del arte y la literatura, Historia de la arquitectura, y dentro de cada uno, subcategorías y dentro de ellas otras más. Y temas cada vez más acotados y específicos pero que no dejan de ser libros de Historia, relacionados con la historia, complementarios, interdisciplinarios, afines, ilustrados, comentados, en otras lenguas, prohibidos, censurados, premiados, más vendidos, olvidados, primeras ediciones, descatalogados, inéditos…Y así podríamos seguir, y los siguientes pertenecerían a esas estanterías que fugan en perspectiva fuera de nuestro campo visual ¿A qué esta imagen ya no es tan fácil de imaginar? ¿A que no da precisamente una sensación de control o claridad sino más bien cierta angustia y ansiedad?

Si juzgamos objetivamente, podríamos afirmar que una persona que hubiera leído y tuviera un cierto manejo y habilidad en recordar, transmitir y relacionar los contenidos incluidos en esa primera estantería, la primera que imaginamos, la que estaba llena en un 80%, podría llamarse un experto o al menos un conocedor de la materia ¿No es así? Muy bien. Una persona con altas capacidades, en vez de centrarse en esa estantería que controla y conoce completamente, no puede dejar de imaginar todas esas estanterías que nunca llegará a leer, que jamás llegará a conocer; todos esos pasillos que fugan al infinito y todos esos carteles con las categorías y subcategorías que no llegará a saber ni siquiera que existen. Pasillos enteros. Alas completas de una biblioteca inconmensurable que no podrá abarcar. Y solo de Historia.

Así nace el Síndrome del Impostor. Y de ahí surge también la afirmación de Sócrates. Cuanto más compleja es la estructura del pensamiento, mayor es la sensación de ignorancia, y no solo de ignorancia sino de absoluta y concreta incapacidad para adquirir todo el conocimiento necesario, deseable, existente para definirse como experto o conocedor. Y no hay que minimizar el ingrediente de la insaciable sed de conocimiento de las personas con altas capacidades. Y tampoco olvidar su altísimo perfeccionismo y la consiguiente frustración.

Así tenemos todos los ingredientes necesarios para preparar el síndrome ¿Por qué se llama Síndrome del Impostor? Porque sea cual sea su formación, y sea cual sea el grado y la amplitud y la profundidad del conocimiento y la experiencia en relación a un tema, a un ámbito, a una profesión o actividad, la conciencia de las personas con altas capacidades de todo lo que les queda por saber -y les será humanamente imposible aprender- les hace sentir siempre farsantes, fraudes, ineptos, impostores.

No es extraño encontrar a una persona con altas capacidades haciendo cálculos sobre los libros que es capaz de leer en una semana y multiplicando por 52,1419 y después por los años que por estadística le quedan por vivir (sin entrar en detalle acerca de los datos que pueden llegar a entrar en el cálculo para estimar la esperanza de vida) para posteriormente sentir una enorme desesperanza al constatar la inmensa cantidad de libros que nunca jamás llegarán a leer. Lo mismo puede ocurrir al entrar a una biblioteca o ver los resultados que devuelve una búsqueda en internet. Una mezcla de placer, curiosidad y fascinación mezclados con vacío, frustración, ansiedad y tristeza. La conciencia irrefutable que construye la frase: “Sólo sé que no sé nada.”

¿Cómo se puede afrontar y minimizar esa sensación de inseguridad y fraude que llamamos Síndrome del Impostor? Es importante trabajar en la autoconfianza. Conocer y valorar los logros, las capacidades, las destrezas, el conocimiento y la experiencia que se tiene. No es posible para una persona con una gran autoconciencia y enorme capacidad crítica dejar de ver lo que le falta, dejar de enfrentarse a una realidad muchas veces abrumadora e inabarcable, pero es importante y sí es posible aprender a enfocar la mirada para potenciar esa capacidad y centrarla en esa porción de la realidad que constata y sostiene los aspectos positivos, confirma y recuerda los objetivos alcanzados. Porque eso, al igual que las estanterías vacías y las inalcanzables, también es verdad.

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Los limones, la nieve y todo lo demás

By | Arte | No Comments

Ellas se conocieron en un tren. Un tren hacia ninguna parte. Viajar es un perpetuo no ir a ninguna parte más que hacia dentro. Huir no es otra cosa que huir de nosotros. Moverse no es otra cosa que intentar imaginar que somos otros, como si cambiando el contexto cambiara el texto; como si cambiando el envase, cambiara el contenido.

Ellas se conocieron en un tren. Y se atrevieron a recorrer juntas Europa. Aunque es absolutamente imposible ir con alguien a ninguna parte. Las relaciones humanas están destinadas al malentendido. Solo hacemos de cuenta que nos escuchamos y nos entendemos y nos hacemos compañía. Pero no es verdad. Es un acuerdo tácito y siempre efímero en el que convenimos llamar entendimiento, sintonía, comprensión, complicidad, al más absoluto sinsentido, al perpetuo malentendido y la soledad.

Ellas se conocieron en un tren. Y se aman y se abrazan y se odian y se abandonan. Y a eso llaman estar juntas. Y reflexionan, con lo necesario, inevitable, doloroso e incómodo que es reflexionar. Y dicen. Y no importa lo que dicen. Y callan, y es tanto más importante lo que callan.

No hace falta ser un zorro, haber sido cazado entre otros 12.000 zorros, transformarse en un cadáver mínimamente compuesto y digno. No hace falta ser un zorro para estar muerto y disecado.

No hace falta esperar a la tormenta para buscar refugio, para cubrirnos, para abrigarnos, para alzar los brazos y abrir la boca y recibir y gozar y agradecer.

No hace falta que me ayudes cuando el suelo está lleno de obstáculos. No hace falta que me salves cuando avance reptando y solo sienta vértigo y pierda el equilibrio. No hace falta que me abraces cuando pierdo el eje, el sentido, el deseo, el rumbo. No hace falta que me toques cuando tiemblo y me ausento y no siento más que soledad. No hace falta que te acerques cuando el silencio es ensordecedor y me grita y me aturde y mi cabeza está a punto de estallar. No hace falta que te quedes cuando solo hay oscuridad y no puedo ver más que tenues y caóticos puntos de luz derramados, inconexos, ficticios. No hace falta. Pero no te das una idea de cuánto lo necesito.

Y los limones, y la nieve, y todo lo demás.

tres monos

Derecho, legalidad y legitimidad

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Para tener derecho a algo, ese algo debe ser legal.

Pero para que sea legal, primero tuvo que ser legítimo.

Y la herramienta más poderosa de manipulación que existe es la que ataca la base de esa construcción.

Porque privar de un derecho es un delito.

Ir contra la ley también.

Pero hacer que algo parezca ilegítimo es más fácil.

Y hace falta ser cruel, inhumano, perverso, hipócrita para poder hacer que parezca ilegítimo algo que no lo es. Hace falta ser un completo psicópata para convencer a una persona, a una familia, a una sociedad, a la humanidad entera, de que algo que es perfectamente legítimo y posible, no lo es.

Claro, si una persona llegase a creer que sus pensamientos, sus deseos, sus necesidades, sus sentimientos, sus palabras, sus ideas, sus sueños, sus anhelos, sus motivos, sus impulsos, son legítimos, entonces podría atreverse a luchar para hacerlos realidad. Y una vez que fueran reales podría incluso pelear por su perpetuo derecho a legitimarlos cada día.

Y eso. Eso no conviene.

Por eso se invierte tanto esfuerzo y tanto dinero y tanta energía y todos los medios disponibles para deslegitimar. Para convencernos como sea de que eso, eso que queremos, necesitamos, deseamos, pensamos, anhelamos. Eso que nos quema las entrañas y nos ocupa la cabeza. Eso que nos carga de energía y nos eriza la piel. Eso no es legítimo.

No vaya a ser que nos empoderemos y consigamos la confianza, la certeza, el valor y la determinación suficientes como para hacerlo realidad.

Bukowski

Nadie sino tú

By | Literatura | No Comments

16-08-1920
Bukowski. Realismo sucio. Pulp Fiction. Exhibicionismo Literario.
En este mundo decir la verdad es sucio. Indecente. Inapropiado.
En este mundo ir sin filtro y sin máscara es peligroso. Está prohibido. Es asqueroso.
En este mundo la autenticidad es un delito.
En este mundo el alma humana al desnudo es una provocación inaceptable y vergonzosa.
Pero no es obscena la esclavitud, ni el maltrato, ni la violencia, ni la corrupción, ni la guerra, ni el trabajo infantil, ni la trata de personas, ni la corrupción, ni la impunidad, ni el hambre, ni la precariedad, ni la desigualdad, ni la opresión, ni la represión, ni la censura, ni la dictadura, ni la hipocresía, ni la explotación, ni la degradación, ni la violación de los derechos humanos, ni el expolio, ni la negligencia, ni el genocidio.
No. Eso no. Eso está muy bien.
Pero la poesía de Bukowski…
La poesía de Bukowski es realismo sucio.

Nadie sino tú

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
Te verás una y otra vez
en situaciones casi imposibles.
Intentarán una y otra vez,
por medio de subterfugios, engaños o
por la fuerza
que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente
por dentro.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
Y será muy fácil desfallecer,
tan fácil,
Pero no desfallezcas, no, no.
Limítate a mirarlos.
Escucharlos.
¿Quieres ser así?
¿Un ser sin cara, sin mente,
sin corazón?
¿Quieres experimentar
la muerte antes de la muerte?

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
Y mereces salvarte.
No es una guerra fácil de ganar,
pero si algo merece la pena ganar,
es esto.

Piénsalo.
Piensa en salvarte a ti mismo.
Tu espíritu.
Tus entrañas.
Tu parte mágica y ebria.
Tu belleza.
Sálvala.
No te unas a los muertos de espíritu.

Mantente en pie
con humor y gracia.
Y al final,
si es necesario,
apuesta tu propia vida mientras luchas.
A la mierda las probabilidades,
a la mierda el precio.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
¡Hazlo! ¡Hazlo!
Entonces sabrás exactamente de
qué hablo.

mapa mundi

Mapa Mundi

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Esta mañana miraba en Google Maps y en Street View una lista de direcciones que me había mandado una amiga muy querida de la que estuve distanciada mucho tiempo. Acaba de emigrar otra vez. Ya es la cuarta. Empezar de nuevo. Con toda la carga emocional, psicológica, lingüística, cultural pero también terrenal, económica, y absurdamente práctica y burocrática que eso conlleva. Y acá vivimos ahora. Y acá está el instituto. Y acá el trabajo. Y acá la universidad. Y por mucho Google Maps y Street View, y por mucho que veía las calles y los edificios y calculaba distancias y parecía casi como que estaba ahí, y tomaba conciencia de la escala y me hacía una especie de idea, en realidad no hacía otra cosa que sentir una angustia sin nombre ¿De qué me sirve todo esto si no sé cuándo podré abrazarla? ¿De qué, si no sé todavía si alguna vez caminaremos juntas por esa, la acera que lleva a su puerta y por el paseo que da al canal y por el mercado del casco antiguo algún fin semana?

Y me vino irrefrenable a la cabeza la imagen de los mapas antiguos. Y me pareció una desesperante metáfora de cómo vamos tan perdidos siempre en busca del conocimiento y el control, que siempre nos quedará tan lejos y tan fuera de alcance. Y las misiones a la Luna y a Marte y la sonda que explorará el Sol y la Inteligencia Artificial. Y de repente todo me pareció tan obsceno. Tan banal y absurdo. Cuando no podemos abrazarnos. Cuando no sabemos comunicarnos. Por más WhatsApp, Messenger, telefonía fija, móvil, satelital, internet, y el correo electrónico y el postal, y todas las redes sociales que existen y ni siquiera conozco, y los traductores y los mapas y las cámaras en streaming y las fotos actualizadas con la digitalización de cada calle y cada esquina de cada ciudad ¿Y para qué? Si seguimos sin poder abrazarnos. Aunque nos tengamos delante. Sin comunicarnos. Sin entendernos. Sin saber. Sin decir. Sin atrevernos a sentir. Sin conocernos. Sin conocer a nadie.

Y todo en un segundo se puede derrumbar sin remedio. Por un malentendido. Por una suma de malentendidos. Por las malas interpretaciones y los silencios. Y lo que no digo y lo que no decís. Y lo que por qué se te habrá ocurrido decir y lo que no pude evitar. Y ¿para qué? Si podremos después bloquearnos y no llamarnos ni buscarnos ni hablarnos ni decirnos ni sentirnos ni abrazarnos nunca más.

¿Para qué vamos a mandar una sonda al Sol y colonizar Marte? Si no tenemos ni idea de quiénes somos y de lo que queremos. Si no llegamos a entender para qué hacemos lo que hacemos. Si no conseguimos dejar de temer lo que tememos y depender de lo que dependemos. Y no sabemos realmente por qué sentimos lo que sentimos y necesitamos lo que necesitamos.

Y acto seguido mis pensamientos migran hacia esa animación tan adictiva que va desde la escala subatómica hasta la infinitud del universo. Y todo lo más grande y lo más pequeño se parece tan abrumadoramente. Se asemeja de manera escalofriante. Y nuestro rango, nuestro campo de acción y conocimiento y control es tan absurdamente ínfimo. Y luchamos de manera desquiciada para expandirlo, pero es absolutamente ridículo en relación a todo lo que siempre irremediablemente nos quedará por conocer y descubrir y explorar y ver. Y es dolorosamente perturbador que sigamos haciéndonos problema porque hace calor, porque no encontramos lugar para aparcar, porque la cerveza no está tan fría, porque se acabó el gel de ducha.

belleza

Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

Jostein Gaarder

Jostein Gaarder

By | Literatura | No Comments

Jostein Gaarder nació el 8 de agosto de 1952. Si suena en sus cabezas el nombre de este escritor noruego será seguramente por su novela El mundo de Sofía, una obra de ficción que recorre la historia de la filosofía.

Gracias al placer inmenso que me produce leerles a mis hijos antes de dormir, aunque ya con sus 8 y 12 años puedan leer ellos por sus propios medios perfectamente, empezamos El mundo de Sofía hace unos meses atrás. Y aunque la historia les atrapó y nos quedábamos la mayoría de las veces dedicando más tiempo a hablar sobre las preguntas que nacían en sus curiosas y arborescentes cabecitas a partir de la narrativa de Gaarder que a la lectura propiamente dicha, llegó un momento en el que se agobiaron con lo mucho que faltaba para terminar. Y, aunque no claudiqué tan fácilmente, llegó también el triste día en que tuvimos que devolverlo a la biblioteca sin haberlo acabado y esperar irremediablemente unos días para poder pedirlo en préstamo otra vez. Paciente y entusiasmada me acerqué al pasillo de literatura juvenil y encontré en la letra G, no solo más ejemplares de El mundo de Sofía, sino otros muchos libros de Gaarder, bellamente encuadernados con sus tapas duras y sus lomos amarillos y azules de editorial Siruela ¡y muchas menos páginas! Y así fuimos descubriendo, gracias a esas múltiples coincidencias y a mi deseo de seguir con la literatura filosófica -o la filosofía literaria- en nuestras lecturas nocturnas…La biblioteca mágica de Bibbi Bokken, El castillo de las ranas, Los enanos amarillos, Los niños de Sukhavati y El misterio del solitario. Y qué maravilla, porque quedan muchos más títulos por descubrir.

En todas sus novelas construye mundos paralelos, múltiples realidades dentro de la realidad; desvela, a través de los recursos de la ficción, la existencia de ámbitos superpuestos y presenta una compleja red de dimensiones sincrónicas complementarias y en sintonía. La estructura, el contenido, el texto, el subtexto y la propia forma de contar y enlazar los hechos están planteados desde un punto de vista filosófico. Cada parte, desde lo general hasta lo particular, desde la idea hasta los pequeños detalles, emana y se estructura desde y hacia el pensamiento filosófico. No solo enseña filosofía, sino que enseña a filosofar. Enseña a preguntarse y a ampliar la manera de enfrentar la realidad. Abre con sigilo y maestría la posibilidad de ver a través, de imaginar una ventana donde creíamos que había un muro, de inventar una pregunta donde parecía haber solo respuestas, de dudar y replantear, de imaginar y buscar siempre más allá, de expandir la realidad, la certeza, la verdad hacia nuevos límites, siempre flexibles, siempre abiertos, siempre permeables, invitando a explorar, y a gozar con el proceso más que con la meta.

Celebro la obra de Gaarder. Celebro las casualidades y causalidades y todas las sincronicidades que me llevaron al pasillo de la letra G y consiguieron que sus palabras llegaran traducidas a mis manos, y llenaran de imágenes y de preguntas las noches de lectura y las curiosas cabezas de mis hijos. Celebro esos días prestados en que el libro me espera encima del escritorio al lado de sus camas, deseoso de volverse voz, siempre dispuesto a abrirse paso y trazar caminos y a enseñarles a amar la sabiduría a la hora de conciliar el sueño.

AbortoLegalYa

#AbortoLegalYa

By | Mujer | No Comments

En Argentina se realizan 450.000 abortos al año.
Las complicaciones derivadas de los abortos clandestinos son la principal causa de muerte materna.
Estos datos existen y seguirán siendo ciertos por mucho que les pese a los que están en contra de la legalización.
No se trata de estar a favor o en contra del aborto.
Se trata de legalizar una práctica que ya existe para que sea accesible y segura.
Cada uno tiene derecho a pensar y a hacer lo que quiera.
Que el aborto sea legal no lo vuelve obligatorio.
Me cuesta entender cómo puede haber tanta hipocresía y falsa moral.
Si un aborto clandestino cuesta lo mismo que el ingreso mensual promedio de una mujer argentina.
Si un aborto clandestino cuesta 10 veces más de lo que ingresa al mes una mujer pobre.
¿Entonces?
¿Es una impresión mía?
¿O estar en contra del aborto legal es como estar indirectamente a favor de que sigan muriendo adolescentes de clase baja?
Porque las mujeres que quieran abortar no dejarán de hacerlo.
Y las que puedan pagarlo no correrán el riesgo.
Pero las que no puedan seguirán abortando igual, por más ilegal que sea, como hacen hoy, en condiciones que ponen en riesgo sus vidas.
Las que no puedan seguirán abortando igual y muriendo cada día.

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.