mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

motivación

Motivarnos cada día

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El de hoy será un artículo en primera persona. Y espero desde la primera persona llegar a otras primeras personas, y buscar maneras y respuestas y caminos.

Y no se trata de exponer un tema investigado o compilado a partir de otros artículos sino de una situación presente, diaria, y en la que quizás haya más preguntas que respuestas, dudas que certezas, intuición que verdad; y la necesidad de sentir que voy bien, aunque por momentos parezca que el horizonte no muestra demasiada claridad.

Tengo tantos recuerdos de no adaptación al sistema educativo de mi hijo desde que empezó infantil que no sé bien por donde empezar. Ahora mismo acaba de empezar el Instituto y a pesar de que me llena de orgullo ver cómo hizo un gran cambio a la hora de empezar la mañana, preparar sus cosas, estar listo en la puerta habiendo desayunado, con los dientes lavados, el pelo medianamente acomodado, los cordones atados, la sudadera puesta y la mochila colgando de los hombros cinco minutos antes de la hora -cosa que me hubiera parecido un logro inconcebible año tras año y día tras día durante la primaria- y a pesar de ir con entusiasmo y haberse integrado con el grupo de su clase, a pesar de que lleva la agenda al día y toma apuntes y presta atención y hace la tarea antes de encender el ordenador…no es suficiente. El choque es muy grande. Me pregunto por qué si pasa de primaria a secundaria del mismo sistema educativo público y bilingüe, en la misma ciudad, al instituto que le reservaba la plaza, el que le daba continuidad entre ambos ciclos ¿No había una manera de prepararlo? ¿No había una manera de implementar una transición? ¿No era más importante prepararlo para este cambio que aprobar las pruebas de la Comunidad de Madrid? ¿No era primordial enseñarle técnicas de estudio antes que repasar los mismos contenidos otra vez como si sexto fuera un repaso de quinto y cuarto de primaria?

Y digo no es suficiente porque a pesar de saber los contenidos, y haberme explicado antes del examen los agujeros negros y las galaxias y la rotación de la tierra en inglés con un vocabulario asombroso y una pronunciación maravillosa, la primera semana de exámenes volvió con una cadena de suspensos. Y me pregunto si esa es la manera de adaptarlos. Dándoles el mensaje de bienvenida de que no lo están haciendo bien. Sinceramente no me preocupan las notas, ni los suspensos, lo que me preocupa es ese mensaje tan claro de que lo que está haciendo no se acerca ni remotamente a ser lo que se espera.

Y no puedo evitar recordar a su maestra de infantil que golpeaba la mesa y le decía: ¡tra-ba-ja! Y le regañaba por dibujar naves espaciales en vez de colorear el círculo grande de amarillo y el pequeño de rojo y gracias a la cual dejó de dibujar y recortar porque estaba harto de que le dijeran que lo hacía siempre mal.

Y no puedo evitar recordar a su maestro de primero de primaria que le daba con los nudillos en la cabeza y le preguntaba ¿tú eres tonto? por no haber llevado la tarea o haberse olvidado el libro. El mismo profesor que cogía a sus compañeros de la camiseta y les sacudía porque no le hacían caso. El que me pidió permiso para evaluarlo por el equipo de orientación porque mi hijo era muy distraído y desobediente y se dormía sobre el pupitre y no paraba de levantarse y hacer chistes y reírse en clase. Y creía que tenía hiperactividad, déficit de atención, o ambas. Pero no, resultó ser que mi hijo tenía altas capacidades. Pero para el profesor seguía siendo un incordio, un niño difícil, molesto e impertinente que sacudía mucho las manos y se distraía con el zumbido de una mosca, y hacía demasiadas preguntas.

Y no puedo evitar recordar sus casi suspensos en plástica cuando en casa llenó resmas enteras de papel diseñando comics y máquinas y cadenas de montaje y pistolas supersónicas y transformaciones antropomórficas y logos para marcas de coches y tuneos flipantes para el Clío. Pero claro, no era capaz de hacer lo que tenía que hacer, lo que la profe quería, no se ajustaba a la consigna, no hacía lo que se esperaba de él, que era que pasara por el tubo, que fuera estándar, que siguiera las reglas, que se estuviera quieto y que hiciera bolitas de papel morado hasta llenar toda una cartulina A4 en franjas uniformes de 10 centímetros de ancho.

Y no puedo evitar recordar que se pasó todo primero de primaria volviendo de clase y contándonos que en realidad el cole no era un cole normal y corriente, que era un cole de magia, y que a media mañana se había escondido en un cuartito donde guarda sus cosas el conserje para atacar con un amigo al basilisco, y que no había otra forma de subir a la primera planta que poniéndose unas botas de propulsión y activándolas cuando sonaba el timbre. Y se me estrujó el corazón un tiempo después cuando leí un artículo que explicaba que muchas veces esa construcción desbordante de un mundo de fantasía la generan para protegerse de una realidad que no pueden comprender, aceptar y sobrellevar, y de la que se sienten completamente ajenos.

Y ahora pienso ¿Cómo motivarle? Porque tiene una curiosidad infinita y una capacidad deslumbrante y un razonamiento tan complejo y unas ideas tan divertidas y sorprendentes ¿Cómo decirle que tendrá que adaptarse él? Que el mundo no se acomodará a su gusto, sino que será él el que tendrá que aceptar las reglas. Y que la mayoría de las veces no las entenderá, le parecerán absurdas y obsoletas, injustas, y que claro que podrá expresar su opinión, pero al final no le quedará más remedio que obedecer al profesor y responder las preguntas del examen como le pidan porque sino seguirá acumulando suspensos. Aunque se pase la tarde viendo documentales sobre el origen del universo o invente una nueva manera de hacer las divisiones con decimales tendrá que responder las mismas palabras que vienen en el recuadrito naranja de la página 35 sin olvidarse bajo ningún concepto de las que vienen en negrita, y tendrá que mostrar que sabe dividir de la manera que se le pide.

Y no puedo evitar recordar cómo fue dejando todas las actividades extraescolares porque, aunque la actividad en sí le entusiasmaba o se le daba bien e incluso de maravilla, no podía soportar la frustración y el aburrimiento y el hastío asociados al método, al enfoque, y demasiadas veces a la falta de interés y pasión del profesor o de su autoritarismo. Tirando a los niños al agua aunque estuvieran muertos de frío o de miedo y acomodando las distancias entre unos y otros con una vara metálica y sin meter ni un pie en la piscina. A los gritos como si se tratara de la copa del mundo y dejándolo en el banco por no estar lo suficientemente atento a la hora de defender la portería en los partidos de fútbol. Repitiendo durante meses las cinco notas de…debajo un botón, tón, tón; y aprendiendo piano con los mismos cuadernillos que fotocopiaba la profe hace 30 años.

Y sinceramente no extiendo todos estos recuerdos a modo de queja, porque suelo tomar la realidad e intentar mostrarle que el mundo no está hecho a medida y hay que aprender a encontrar la manera de adaptarse sin perder la propia identidad, de aportar y responder sin que eso signifique encajar o reprimirse, encontrar el lado positivo y hacer las cosas por el simple hecho de aprender, de conseguirlas, por la satisfacción de ver el trabajo terminado, por el saber que hay detrás, y no por miedo al castigo o por sacárselo de encima para poder encender el ordenador, sino por desarrollar la capacidad de empatizar y de conectar con el otro, porque el otro siempre es un universo inalcanzable e incomprensible y es nuestro reto y una fuente de aprendizaje y satisfacción y casi uno de los objetivos fundamentales de la vida; sintonizar, compartir, conseguir relacionarnos desde nuestras similitudes pero sobretodo desde nuestras diferencias.

Pero es difícil. Porque quiera o no el sistema está diseñado en vertical. No existe verdadera igualdad, aunque nos llenemos la boca hablando del respeto, la diversidad y la inclusión. Al final el sistema educativo, y más tarde se enfrentará al mundo laboral, tienen un bonito cartel encima…pero cuando atravesamos el umbral, aunque en clase de valores nos digan que equivocarse está bien y que no pasa nada, y que cada uno tiene derecho a ser como es y a pensar y opinar lo que crea oportuno, en la práctica eso no es verdad. Una profesora que puede decir a tu hijo (cuando pregunta los antónimos y tu hijo le responde materia y antimateria) que la antimateria no existe, que de dónde sacó eso…esa misma profesora que esperaba que respondiera: alto y bajo o gordo y flaco, es la que le puede poner el suspenso. Y no solo se lo puede poner, sino que se lo pondrá.

Me pregunto cómo se compatibiliza la curiosidad, la energía desbordante, la creatividad, las ansias de conocer, el pensamiento arborescente, la divergencia y capacidad de interrelacionar temas diversos, la pasión, la originalidad, la necesidad de descubrir métodos y ritmos propios con un sistema que nos quiere idénticos, que fabrica réplicas, que nos compara con un patrón estándar y nos juzga de acuerdo a nuestra semejanza o distancia del mismo, como en esas actividades tan entretenidas donde hay que encontrar las 5 diferencias entre dos ilustraciones ¿Y si no hay manera de comparar ambos dibujos? ¿Y si no se parecen en nada? ¿Y si un niño ni siquiera cabe en el recuadrito de 8 x 15, en los límites del recorte? ¿Fracasará? ¿Quién es el que fracasará? ¿Fracasará el niño? ¿Repetirá curso hasta que a fuerza de suspensos se convenza de que era mejor hacer caso y satisfacer al sistema y entrar en la maquinaria y volverse parte del engranaje? ¿Que era mejor eso que ser él mismo?

Y no bajo los brazos ni pierdo las esperanzas. Y sé que se trata de mirar la realidad desde nuestros propios ojos y no dejarnos opacar ni desmotivar. Y sé que al final todo se trata de hacer lo mejor que podamos con las cartas que nos tocan, con el entorno en el que nos movemos, con las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que tenemos que afrontar. Y saber que sí, que tenemos que responder, pero que también tenemos derecho a innovar y a disentir, que tenemos que adaptarnos, pero también tenemos derecho a ser diferentes, y que tenemos derecho a equivocarnos, pero también a aprender del error, y que tenemos obligaciones y acatamos normas, pero también tenemos libertad. Y la libertad conlleva una gran responsabilidad y es la de afrontar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras actitudes. Lo difícil es encontrar el equilibrio. Lo difícil es no perder el eje. Lo difícil es conseguir automotivarnos cada día, pintar todas las veces que sea necesario el muro desnudo que tenemos delante. Pintarlo de color.

 

Y siguiendo el hilo de estos pensamientos,  me parece oportuno recordar la presentación de Ken Robinson en TED

¿Las escuelas matan la creatividad?

 

mamá

Mamá

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Mamá.
La primera palabra que decimos.
Es difícil que yo no pueda escribir, y sin embargo me está pasando en este mismo momento.
Mamá. Solo me suena esa palabra en la cabeza.
Y no puedo pensar nada más. 
Solo siento, añoro, imagino. No llegan las palabras.
Solo me atraviesan recuerdos, sensaciones, emoción.
Mamá.
Cómo desearía esta mañana estar en Argentina, juntas en la cocina, poniendo la mesa y preparando el tuco para los mostacholes. Y que fueran muchos platos sobre el mantel. No quiero contar en mi cabeza el número de platos que quisiera que sean. Y poner la bandeja verde de plástico y la jarra de agua, y la canasta de mimbre con las galletas marineras y el platito metálico de postre con el queso provolone, y la cucharita de mango azul. Y abrir un vino tinto -aunque ya sabés que prefiero la cerveza- y decirle a papá que a ver cuándo se acaba la carrera y apaga la tele.
A veces creo que lo consigo, sí que lo intento, pero no sé realmente. Uno nunca sabe si lo está haciendo bien. Pero puedo decirte que espero que Fran y Sofía tengan este mismo estado mental y emocional si me tienen lejos y quieren desearme un feliz día y solo les vienen imágenes y recuerdos y emociones difíciles de ordenar y les cuesta ponerse en palabrasꓼ porque las palabras son lo que menos les representa, aunque constituyan el territorio en el que se mueven habitualmente con más fluidez. Espero que cualquier frase y cualquier saludo y cualquier idea se les quede insuficiente como me está pasando ahora mismo a mí. Y solo quieran estar en mi cocina, poniendo la mesa y esperando con ansias tenerme cerca y ayudarme con algo y compartir el domingo y sentarse a comer y hablar y reírse y desear una sobremesa eterna de estar, simplemente estar. Porque mamá es un lugar en el que uno desea estar. Mamá es un lugar más que una persona. Mamá es un lugar más que una palabra. Mamá es un lugar que nos define y al que siempre estamos profundamente llamados a volver para sentirnos otra vez seguros y amados y tranquilos y en casa.
Feliz día mamá. Mamá. Qué bien me hace atreverme a repetir ese sonido en mi cabeza, y no buscar palabras ni razones. Solo dejarla sonar. Y sentir y recordar y añorar y emocionarme.
Mamá.

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El mundo se queda pequeño

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial | No Comments

Se queda pequeño. La sensación de que el mundo se queda pequeño. De que las ideas, las ganas, el pensamiento, los proyectos, las emociones, las palabras, las imágenes en la cabeza, los sentimientos, de que todo lo que son y lo que llevan dentro y necesitan sacar son demasiado y no cabe en este mundo. Esa es una sensación recurrente en las personas con altas capacidades.

No son suficientes las horas en el día ni los segundos que hay en un minuto, para todo. No son suficientes los condicionantes, las características, los objetivos concretos para todo el aluvión de ideas asociadas y necesarias que desearían utilizar en una determinada tarea. No son suficientes las palabras, las letras, las reglas gramaticales para expresarlo todo. No son suficientes las personas alrededor, las relaciones, las miradas, los abrazos, las conversaciones para compartirlo todo, para dar todo, para amar todo lo que podrían amar. No son suficientes las calles, las puertas, las ventanas, los caminos, los medios, para ver lo que anhelan ver y llegar donde quisieran llegar.

Esa sensación permanente de ser demasiado y de que puede uno amoldarse un poco y recortarse un poco, y callarse un poco, y reprimirse un poco, y privarse un poco, y medirse un poco, y empequeñecerse un poco, y apagarse un poco, pero no tanto, pero no lo suficiente, y que lo que está al alcance controlar no será nunca todo lo necesario para al fin entrar, caber, encajar. Pero no por un poquito, no por unos milímetros, no por un margen posible de salvar, sino por mucho, demasiado.

Las personas con altas capacidades no viven en un mundo hecho a su medida. El mundo está hecho a imagen y semejanza y a escala y al alcance y acorde a la forma de una mayoría que muy poco tiene que ver con su modo de funcionar y pensar y sentir y actuar, y que cubre necesidades e interactúa simplemente de otra manera. Y así para todos los sistemas dentro del sistema. Y está bien, y es perfectamente entendible e inevitable que así sea. El sistema educativo, el aparato social, la maquinaria legal y el mercado laboral. Y todos los ámbitos y entornos en que estamos obligados y con los que debemos interactuar tienen una estructura y unas normas y una lógica y unos objetivos y una mecánica y un propósito y una forma y una manera y una filosofía que resultan ajenos, incomprensibles, insuficientes, extraños a una persona con altas capacidades.

La verdadera solución, si es lícito pensarlo de esa manera, está en dejar de intentar encajar y amoldarse, y aceptarlo como algo positivo y genuino, sencillamente porque no hay manera de hacerlo. Se dice que cuando un problema no tiene solución, entonces deja de ser un problema. Tal vez solo se trate de aceptar y asumir y actuar en consecuencia y dejar de poner esfuerzo en ser y parecer y hacer como si fuera algo a conseguir.

Las personas con altas capacidades no es que deban, o tengan derechoꓼ es que tienen la obligación de ser como son, de ser quienes son, de sentir como sienten y de poner su energía en fluir y crear a su manera. Porque este mundo podría llegar un día que nos quedara pequeño a todos. Porque si no hacemos otra cosa que encajar y amoldarnos no haremos más que apagarnos a tal punto en nuestra individualidad y en nuestro talento que terminaremos siendo réplicas operativas unos de los otros, piezas idénticas de un entramado infinito, inerte e inútil.

No hay necesidad de amoldarse y encajar. Porque amoldándose lo que hacemos no es encajar sino perder nuestra forma, negarnos, hacernos daño. Porque la libertad se encuentra cuando dejamos de ser lo que se espera de nosotros y nos atrevemos a ser lo que somos en realidad. No deberíamos hacer nunca menos de lo que podemos hacer. No deberíamos ser nunca menos de lo que podemos ser.

Quizás solo se trate de dejar de forzar. De luchar. De sufrir. Y darse cuenta de que no hace falta encajar. De que solo se trata de dejarse llevar y atreverse a ser.

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El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?

EleNao

Bolsonaro no. Él no

By | Mujer, Primera Persona | No Comments

No puedo creer que sean las mujeres las que salgan a decir No. Él no.
Esto no es una lucha feminista. Esto es un problema de todo Brasil.
Bolsonaro no es solo un machista, misógino, troglodita.
Bolsonaro es un fascista, racista, homófobo, ultraderechista.
No tiene que ser de color violeta la bandera, ni el cartel, ni la tipografía, ni la camiseta.
No tiene que tener una rosa, una mariposa, un círculo con una cruz.
Ni siquiera una bandera multicolor.
Esto es un problema de todos. Estamos hablando de sentido común.
De derechos humanos.
¿Qué está pasando en este mundo?
#EleNao

invidia

Envidia, tabú y altas capacidades

By | Altas Capacidades | No Comments

Es muy difícil atreverse a hablar de la envidia. Es difícil que la gente asuma que es envidiosa. E igual de difícil es afirmar que nos sentimos envidiados. Con la envidia, al contrario que con el amor, no queremos estar en ningún rol. No queremos ni sentirla ni despertarla. Pero existe. Está ahí. Y mucho más cerca de lo que quisiéramos.

El tabú que desenmascararemos hoy en torno a las altas capacidades es el de la envidia. Porque siguen existiendo muchos tabúes en torno a las altas capacidades y gran parte de la tarea que se realiza al diagnosticar, concientizar y visibilizar va encaminada hacia la auotaceptación y el desarrollo de la identidad en sus múltiples facetas, hacia la autoconfianza y el descubrimiento del talento para vencer el perfeccionismo y la incertidumbre y llevar una vida plena. Pero los tabúes muchas veces agregan piedras en un camino que ya es bastante difícil de transitar. Y cuando hablamos de tabúes nos referimos a todos esos momentos incómodos en que las altas capacidades se vuelven un problema y nos preguntamos si es mejor hablar o seguir adentro del armario ¿Pensarán que me creo superior? ¿Se alejarán de mí? ¿Creerán que soy una persona inaccesible y complicada? ¿Pensarán que tengo complejo de superioridad? ¿Hará que me juzguen o me miren o esperen demasiado de mí? ¿Esperarán que sea el mejor en todo y tenga siempre la respuesta? ¿El rechazo será aun mayor si soy lento, cometo errores, me entusiasmo demasiado con algo o parezco tímido? Nadie quiere tener un cartel luminoso en la frente. De ninguna clase. Todos queremos ser normales ¿Por qué? Porque queremos ser parte. Queremos sentirnos comprendidos y valorados. Y si nos sale un cartel luminoso en la frente que nos diferencia, el riesgo de exclusión o prejuicio, y consiguiente aislamiento, siempre es mayor.

Las personas con altas capacidades tienen que aprender a convivir con la envidia, la mirada crítica y las exigencias del entorno. Y no siempre se tienen las herramientas y habilidades para convivir con eso y no acabar muy afectado a nivel psicológico y emocional. Las personas con altas capacidades no tienen la culpa de ser como son. Ni de ser buenos alumnos, cuando es el caso. Ni de tener más facilidad para entender las cosas o entender a los demás. Ni de su intensidad y sensibilidad, que muchas veces les hace brillar en ciertos entornos, sin ningún esfuerzo. Los padres de niños y niñas con altas capacidades tampoco tienen la culpa de que sus hijos sean como son. Y ni se sienten superiores ni sienten que sus hijos sean superiores a nadie ¿O no es perfectamente entendible estar orgulloso de un hijo que gana las pruebas de atletismo, o los concursos de pintura o los certámenes literarios? Pero cuando se trata de inteligencia, parece que se hieren las susceptibilidades y muchas personas se ponen a la defensiva o se sienten disminuidas y muestran lo peor de sí mismas.

Es muy frecuente que, por su mayor empatía, sensibilidad, autocrítica y la complejidad de sus pensamientos, una persona con altas capacidades que recibe gestos o manifestaciones de envidia se sienta culpable, cuestione su manera de ser o de dirigirse a los demás, se sienta herida y rechazada y se aísle. Se pregunte si habrá dicho algo que no estuvo del todo bien, si habrá hecho alarde de su capacidad sin darse cuenta, si estará siendo injusto con alguien, si no será mejor abstenerse de participar, opinar o continuar en ese grupo con tal de no incomodar a nadie y volver a sentirse expuesto.

Hay quienes hablan de envidia buena o envidia sana, como una variante menos problemática y hasta constructiva de ese espantoso pesar por el bien ajeno. Esta envidia buena o positiva sería la que nos ayuda a ver qué es eso que deseamos del otro y no tenemos o creemos no merecer, pero una vez conscientes de eso nos activa para conseguirlo, nos pone en marcha, nos motiva y nos hace dar cuenta que el otro no tiene la culpa de nada y que nosotros podemos tomar las riendas de nuestra vida y conseguir las cosas que deseamos. Pero la mayoría de las veces la envidia se presenta con su cara más cruel y despierta emociones y acciones destructivas para el que la siente y para el que la genera.

Como ocurre con casi todas las demás situaciones problemáticas que derivan de las relaciones humanas y la mala gestión de emociones y habilidades sociales, es importante aceptar que no podemos tener casi ningún control sobre lo que hagan o sientan los otros, mas que el que queda dentro de los márgenes de la ley, el sentido común o las normas básicas de convivencia, pero lo mas conveniente es aprender a manejar las propias emociones y habilidades para contrarrestar y sobrellevar la situación.

Los padres y madres de niños con altas capacidades, los propios niños y niñas, y desde luego los adultos con altas capacidades no tienen por qué sentir vergüenza ni pudor, no tienen por qué esconderse ni mantener su condición en secreto, no tienen por qué aislarse o camuflarse, reprimir su personalidad, apagarse o transformarse en nada que no son. Una persona alta. Una persona morena. Una persona de piel blanca. Una persona de voz aguda. Una persona delgada. Una persona baja, o rubia, o de piel negra o voz grave o complexión robusta ¿tienen que esconderse? ¿tienen que avergonzarse? ¿tienen que amoldarse? ¿tienen que camuflarse? ¿a que nos parece un poco ridículo? Las altas capacidades son una condición. No son ni una enfermedad ni un don. Son una realidad con la que algunas personas nacen y tienen que vivir. Como cualquier otra. Y tal vez sea la sociedad y no las personas la que les lleva a sentirse siempre fuera de lugar. Quizás sea esa estandarización o la tendencia a la competitividad y la búsqueda de la rentabilidad y la efectividad y la excelencia por encima de todo. Porque al final si en casa, si en la comunidad, si en el barrio, si en el colegio, si en la universidad, si en el club, si en el trabajo, si en todo ámbito y en todo contexto existiera verdaderamente igualdad, respeto y aceptación ¿sentiríamos envidia?

El Síndrome del Impostor

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¿Qué es el Síndrome del Impostor y por qué está asociado a las altas capacidades? Aunque el oráculo de Delfos respondía: “Sócrates” a la pregunta ¿quién es el hombre más sabio de Grecia?, ese mismo hombre fue quien pronunció la famosa frase que hemos oído hasta el cansancio: “Sólo sé que no sé nada.” Pareciera que existe una relación directa entre la sabiduría y la inseguridad acerca de la propia capacidad o valía. Eso venimos a llamar Síndrome del Impostor, y es muy frecuente en las personas con altas capacidades.

Porque muy habitualmente las personas cuyo modo de pensar y estructurar el conocimiento es más profundo y complejo tienden a ser mucho más conscientes de todo lo que nunca llegarán a saber. La abrumadora e intrincada capacidad para asimilar, gestionar e interrelacionar información o cualquier tipo de estímulo en una persona con altas capacidades hace que la conciencia de lo que queda por ver, aprender o conocer sea también igualmente abrumadora.

Imaginemos por un momento una estantería. Una estantería para colocar libros. Ahora imaginemos que en el frente de la primera balda hay un pequeño cartel que pone: “Historia”. Y ahora coloquemos unos cuántos libros de historia universal, historia antigua e historia contemporánea en las baldas, hasta llenar casi en un 80% las estanterías ¿A que es una imagen fácil de imaginar? ¿A que da una cierta sensación de control y de claridad? Estamos ante una biblioteca especializada en Historia. Muy bien.

Ahora vamos a imaginarnos otra cosa. Partimos de la misma imagen inicial. Una estantería para colocar libros. Y el pequeño cartel que pone “Historia”, también. Pero ahora hagamos de cuenta que nos alejamos un poco y que empiezan a aparecer más estanterías. A ambos lados de la estantería inicial. Y que después de alejarnos un poco más vemos que hay varias plantas llenas de estanterías. Y si nos fijamos bien cada cierta cantidad de estanterías surgen pasillos en los que hay más y más estanterías que fugan al infinito. Y si volvemos a acercarnos para mirar las baldas vemos que hay carteles por todas partes. Ya no solo ponen “Historia” sino que son más específicos: Historia universal, Historia antigua, Historia contemporánea, sí. Pero también Historia de la literatura, Historia del arte, Historia de las mujeres, Historia de las religiones, Historia de la belleza, Historia de España, Historia comparada del arte y la literatura, Historia de la arquitectura, y dentro de cada uno, subcategorías y dentro de ellas otras más. Y temas cada vez más acotados y específicos pero que no dejan de ser libros de Historia, relacionados con la historia, complementarios, interdisciplinarios, afines, ilustrados, comentados, en otras lenguas, prohibidos, censurados, premiados, más vendidos, olvidados, primeras ediciones, descatalogados, inéditos…Y así podríamos seguir, y los siguientes pertenecerían a esas estanterías que fugan en perspectiva fuera de nuestro campo visual ¿A qué esta imagen ya no es tan fácil de imaginar? ¿A que no da precisamente una sensación de control o claridad sino más bien cierta angustia y ansiedad?

Si juzgamos objetivamente, podríamos afirmar que una persona que hubiera leído y tuviera un cierto manejo y habilidad en recordar, transmitir y relacionar los contenidos incluidos en esa primera estantería, la primera que imaginamos, la que estaba llena en un 80%, podría llamarse un experto o al menos un conocedor de la materia ¿No es así? Muy bien. Una persona con altas capacidades, en vez de centrarse en esa estantería que controla y conoce completamente, no puede dejar de imaginar todas esas estanterías que nunca llegará a leer, que jamás llegará a conocer; todos esos pasillos que fugan al infinito y todos esos carteles con las categorías y subcategorías que no llegará a saber ni siquiera que existen. Pasillos enteros. Alas completas de una biblioteca inconmensurable que no podrá abarcar. Y solo de Historia.

Así nace el Síndrome del Impostor. Y de ahí surge también la afirmación de Sócrates. Cuanto más compleja es la estructura del pensamiento, mayor es la sensación de ignorancia, y no solo de ignorancia sino de absoluta y concreta incapacidad para adquirir todo el conocimiento necesario, deseable, existente para definirse como experto o conocedor. Y no hay que minimizar el ingrediente de la insaciable sed de conocimiento de las personas con altas capacidades. Y tampoco olvidar su altísimo perfeccionismo y la consiguiente frustración.

Así tenemos todos los ingredientes necesarios para preparar el síndrome ¿Por qué se llama Síndrome del Impostor? Porque sea cual sea su formación, y sea cual sea el grado y la amplitud y la profundidad del conocimiento y la experiencia en relación a un tema, a un ámbito, a una profesión o actividad, la conciencia de las personas con altas capacidades de todo lo que les queda por saber -y les será humanamente imposible aprender- les hace sentir siempre farsantes, fraudes, ineptos, impostores.

No es extraño encontrar a una persona con altas capacidades haciendo cálculos sobre los libros que es capaz de leer en una semana y multiplicando por 52,1419 y después por los años que por estadística le quedan por vivir (sin entrar en detalle acerca de los datos que pueden llegar a entrar en el cálculo para estimar la esperanza de vida) para posteriormente sentir una enorme desesperanza al constatar la inmensa cantidad de libros que nunca jamás llegarán a leer. Lo mismo puede ocurrir al entrar a una biblioteca o ver los resultados que devuelve una búsqueda en internet. Una mezcla de placer, curiosidad y fascinación mezclados con vacío, frustración, ansiedad y tristeza. La conciencia irrefutable que construye la frase: “Sólo sé que no sé nada.”

¿Cómo se puede afrontar y minimizar esa sensación de inseguridad y fraude que llamamos Síndrome del Impostor? Es importante trabajar en la autoconfianza. Conocer y valorar los logros, las capacidades, las destrezas, el conocimiento y la experiencia que se tiene. No es posible para una persona con una gran autoconciencia y enorme capacidad crítica dejar de ver lo que le falta, dejar de enfrentarse a una realidad muchas veces abrumadora e inabarcable, pero es importante y sí es posible aprender a enfocar la mirada para potenciar esa capacidad y centrarla en esa porción de la realidad que constata y sostiene los aspectos positivos, confirma y recuerda los objetivos alcanzados. Porque eso, al igual que las estanterías vacías y las inalcanzables, también es verdad.