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El dragón dormido

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La imagen del dragón dormido como una metáfora de la invisibilidad de los niños con altas capacidades y la importancia del diagnóstico, nos llega de la mano de Linda Kreger Silverman y su libro Giftedness 101.  Ella es psicóloga clínica, escritora y fundadora del Centro de Desarrollo de la superdotación de Denver. Ha forjado el término de “aprendiz viso-espacial” y ha buscado herramientas para vencer la invisibilidad de los niños con altas capacidades, tan habitual no solo en las aulas sino también muchas veces en las propias familias.

Hay muchas imágenes que pueden venirnos a la cabeza. Metáforas de algo que parece una cosa que no es. Y que muchas veces es rechazado, negado, temido, subestimado o juzgado negativamente; cuando en realidad representa la esencia misma de una persona y de su identidad más auténtica, y no hay mejor decisión que dejarla libre, permitirle naturalmente fluir.

Podemos pensar en el patito feo. Y en el león cobarde del Mago de Oz. Y en el animal protector invocado con el conjuro Expecto Patronum de Harry Potter. Y en el mito de Superman: un hombre con habilidades extraordinarias camuflado en un personaje torpe y débil. Y también en un dragón dormido.

Y es así. Como tan bien describen las palabras de la autora Linda Kreger Silverman. Hay más de lo que se ve a simple vista. Y hay que saber buscar. Y vivimos enloquecidos y cegados por la rutina y las preocupaciones. Y a eso se suma que muchas veces ni siquiera tenemos ojos ni percepción ni sensibilidad para ver. Para ver realmente lo que tenemos delante en toda su magnitud.

Porque no ver al dragón, no nombrarle, no atreverse a despertarlo, no afirmar que en su interior aloja una fuente inagotable de energía, pasión, certeza y creatividad es imperdonable. Inadmisible. No solo por lo difícil que es para un niño, y para cualquier persona, tener que negar su esencia más verdadera, y por todo lo que ellos se perderán de sí mismos, sino por lo que su entorno cercano, su contexto, la sociedad entera se perderán todo el tiempo que ese patito feo no sepa que es un cisne, que ese león siga creyendo que no tiene suficiente fuerza y valentía. Todo el tiempo que el dragón siga dormido.

“Hay más. Para algunas personas hay más de lo que se ve a simple vista. Cuando uno sabe qué buscar, un don aparece de improviso, expresándose de manera inesperada: en un simple dibujo, en una excusa muy inteligente para no haber hecho la tarea, en un chiste muy audaz, en una pregunta fascinante, en un ingenioso giro en una frase, la absoluta concentración en una actividad, un simple esquema del interior de una calabaza en lugar del exterior, una pasión inquebrantable, un enorme sentido de la justicia, una analítica quietud en medio del caos. Todos ellos cualitativos indicadores de superdotación. Si uno nota que hay algo especial en un niño y le transmite un destello de reconocimiento, el dragón dormido en su interior puede despertarse y comenzar a avivar fuego dentro de su alma.”

Giftedness 101 · Linda Kreger Silverman, PhD

 

 

Ilustración original de Studio Ghibli · El viaje de Chihiro

sin embargo

Sin embargo

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No soy una mujer tonta. Sin embargo, me dejo engañar con mucha facilidad.

No soy una mujer ingenua. Sin embargo, tiendo a confiar ciegamente en los demás.

No soy una mujer superficial. Sin embargo, hay muchas personas que no me toman en serio.

No soy una mujer cobarde. Sin embargo, me dan pánico muchas cosas que el resto de la humanidad hace cada día con absoluta naturalidad.

No defiendo ni recomiendo a las parejas separarse sin buscar ayuda, sin luchar, sin intentarlo; porque la culpa, en realidad, nunca es del otro. Sin embargo, me divorcié.

No me parece saludable que mis hijos tengan dos casas, padres que no se aman, y terminen su infancia viendo como puede desmoronarse una familia. Sin embargo, es el tipo de realidad a la que los expongo cada día.

No soy homosexual. Sin embargo, he llegado a amar profundamente a una mujer.

No estoy a favor de ningún tipo de mentira, hipocresía, ni falta de lealtad. Sin embargo, he sido infiel; y me he enamorado también de un hombre casado.

No me parece bien que una mujer se quede en casa cuidando de sus hijos ; aparque sus sueños, su carrera y apague su vocación. Sin embargo, eso mismo es lo que yo hice durante muchos años.

No creo en ningún dios. Sin embargo, muchas veces activo el pensamiento mágico e intento creer firmemente que algo o alguien me sostendrá cuando caiga o no permitirá que eso ocurra.

No creo en los oráculos ni en la astrología ni en las ciencias ocultas. Sin embargo, me he tirado el tarot, me he leído las manos y he preguntado a mis libros cientos de veces, cuando estoy absolutamente sola, muda, ciega, sorda y perdida ¿qué tengo que hacer?

Abro una página cualquiera y leo al azar la primera frase que veo. La verdad es que muchas veces me he quedado absorta con las respuestas.

¿Tengo que escuchar a mi cabeza o dejarme llevar por el corazón? Y José Donoso, desde el decimotercer renglón de la página 93 de “El jardín de al lado” me responde:

– Hay que defenderse.

Quizás sea una cuestión de desligarme ya de esa necesidad de encajar en alguna definición, en algún epígrafe de todos los disponibles en la cuadrícula del mundo, y sin la menor coherencia ni ansiedad afirmar:

Yo soy solo yo. Y sin embargo…

cerebro bicicleta

Cerebro bicicleta

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Gracias a un artículo que nos compartió una mamá de la asociación hemos conocido la labor de Ian Byrd. Leyendo su página https://www.byrdseed.com/ hay muchas cosas que acabamos de descubrir y queremos compartir. Encontramos una persona que escribe, crea, expone y produce material y vídeos para ayudar a los educadores a mejorar sus recursos a la hora de motivar a sus alumnos con altas capacidades.

Lo primero que nos llamó la atención, y era el eje de la publicación inicial, fue el concepto que utiliza y denomina cerebro bicicleta. Buscando profundizar esta idea descubrimos su página y esta noción era parte de una entrada más completa que hablaba de cómo ciertas imágenes y metáforas pueden ayudarnos a entender más rápida y fácilmente a los alumnos con altas capacidades.

El término cerebro bicicleta estaba empleado para expresar el concepto de límite mínimo de velocidad. Uno puede montar en bici muy muy muy despacio, pero hay un límite de velocidad mínima y es el que, si superamos, nos hará perder el equilibrio y caer inevitablemente. Todo quien haya montado en bicicleta puede entender perfectamente de lo que estamos hablando. Si vamos demasiado despacio, perdemos estabilidad, y en cuanto aceleramos nos sentimos más seguros y recuperamos el control, el rumbo y el entusiasmo.

Lo mismo pasa cuando un alumno está en clase y se le fuerza a ir tan despacio que empieza a perder el control, el rumbo y el entusiasmo y cae, no literalmente al suelo, sino en la distracción y el aburrimiento. Los alumnos con altas capacidades tienen un límite mínimo de velocidad mayor, necesitan moverse más rápido para mantenerse alerta, para estar atentos y para involucrarse con lo que está pasando. De otra manera, desconectan. Y eso puede derivar en una mañana de aburrimiento y distracción, pero a la larga puede transformarse en una desmotivación crónica y falta de sentido e interés, para más tarde, y en el peor de los casos, derivar en aislamiento, ansiedad, rebeldía, depresión o fracaso escolar.

Entonces, antes de juzgar a un alumno con altas capacidades por su falta de atención, por su apatía o sus problemas de conducta, habría que pensar por qué pasa esto y cómo el aburrimiento es como una bicicleta que se mueve demasiado lento, hasta que pierde el equilibrio y se estrella.

El artículo original utilizaba más metáforas, y me parece muy importante compartirlas. Hablaba también de compañeros intelectuales. Se refería a la soledad y el aislamiento que puede llegar a sentir un niño de altas capacidades totalmente fascinado con un tema en relación a sus compañeros de clase. Ponía el ejemplo de un niño apasionado por los dinosaurios en medio de la clase de infantil. Y la diferencia abismal entre su entusiasmo, la profundidad de su sed de conocimiento y las preguntas que se formulaba en relación al nivel general y a los contenidos que estaban aprendiendo en clase. Ni sus compañeros ni los propios profesores tenían interés por seguir su ritmo o inquietud. Esto nos recordó a la noción de disincronía, tan frecuente también, no tanto a nivel interno, cuando la madurez intelectual y la emocional no concuerdan, sino a nivel externo, cuando la edad mental dista enormemente de la cronológica. Así ocurre, que es mucho más probable que un niño con altas capacidades se sienta infinitamente más comprendido y en sintonía y disfrute de la compañía de adultos con quienes compartir, que nutran y acompañen sus intereses, le escuchen y dialoguen, que con sus compañeros de clase que a nivel intelectual pueden hacerle sentir muy solo y fuera de lugar.

Otra imagen que Ian Byrd utilizó para explicar cómo (y no por qué) los niños con altas capacidades podían ser alumnos tan difíciles y tener bajo rendimiento era una simple captura de pantalla de la típica pregunta de test de CI. Cuatro cuadrantes. Tres de ellos con gráficos, parecidos entre sí, pero no iguales. Y el cuarto cuadrante, vacío. No había un orden lineal ni secuencial. Ni siquiera una pregunta. Ni ninguna indicación. Solo un cuadrante vacío y cuatro opciones debajo de cómo llenarlo.

Esa simple imagen consiguió que los niños se interesaran inmediatamente, comentaran sus ideas sobre la lógica a seguir para hacer su elección e intentaran explicar a los demás por qué elegir una opción y no otra. Lo consiguieron muy rápido, sin ayuda y sin reglas. Ese tipo de razonamiento abstracto que combina patrones, pensamiento lateral y deducciones lógicas e intuitivas son típicos de observar en las personas con altas capacidades. Y sí, es cierto, ese mismo alumno que se dio cuenta de esto al instante, también tiene problemas para aprobar los exámenes, llevar una agenda, hacer sus deberes o prestar atención en clase. Pueden ser brillantes, entusiastas y creativos, pero no precisamente en las destrezas y habilidades en las que les miden y evalúan y dentro de los patrones que les exige la escuela.

Seguimos curioseando en la web https://www.byrdseed.com/ y nos encontramos un extenso listado de artículos sobre necesidades sociales y emocionales de los niños con altas capacidades, y una colección de contenidos audiovisuales orientados a profesores y alumnos sobre temas tan diversos como idiomas, escritura, literatura, geometría, pintura en acuarela o etimología científica. Entre las lecciones favoritas encontramos: Cómo crear una criatura, Misión de supervivencia lunar, Rasgos de un personaje, Construcción de analogías creativas y Presentaciones con profundidad y complejidad, entre otras.

Un pequeño detalle es que todo el contenido y la web están en inglés. Esperamos eso no suponga un gran obstáculo. Al final con la expansión del bilingüismo, si no somos los padres serán nuestros hijos los que nos ayuden a aprovechar y compartir todo el material que hay a nuestro alcance.

¡No estamos solos! ¡Hay esperanzas!

 

La página web de Ian Byrd es https://www.byrdseed.com/ y el artículo original con sus tres metáforas para explicar cómo (y no por qué) los niños con altas capacidades no siempre son buenos alumnos https://www.byrdseed.com/three-images-to-explain-giftedness-to-parents/

Imagen editada. Ilustración original Cycology Clothing.

castillo De Naipes

Castillo de naipes

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

La magnitud de la capacidad de idealización es directamente proporcional al tamaño del dolor, a la profundidad del vacío, a la medida de la desesperación.

Esa facilidad abominable y ridícula para creer, para confiar, para soñar, para construir, para idealizar.

Esa sensación de alegría desbordante. La mística ilusión. La mágica fantasía que nos eleva, nos aligera, nos alza, nos inocula una sobredosis de falsa plenitud es tanto más nítida y rebosante cuanto mayor es la tristeza a contrarrestar.

Así como hace falta quemar mucho incienso para tapar el olor a tabaco, y poner mucho suavizante y perfume y desodorante para tapar el sudor ácido impregnado en las axilas de las camisas, y echar mucho ambientador para tapar el olor a mierda.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable mantener las habitaciones ventiladas, la ropa aseada y los baños limpios.

Y el corazón entero. Y el alma en paz. Y la cabeza medianamente en equilibrio.

Para evitar caer en nuestras propias trampas. Para evitar poner en marcha la máquina de idealizar. Para dejar de intentar erigir el castillo de naipes. Para no volver a creer que era cierto.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable estar atento, y ser cauto, y -en lo posible- realista. Porque posteriormente, la magnitud del dolor, de la tristeza, de la decepción, crecen exponencialmente en relación a la dimensión inicial.

Y así sucesivamente…

 

asi

Así

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Hay otras maneras de vivir. De hacer. De ser. De pensar. De trabajar. De relacionarse con los otros. De moverse. De existir.

Hay situaciones que nos resetean. Se puede hacer terapia y leer y escribir y pensar y analizar y hablar. Se puede uno imponer conductas nuevas, intentar empezar de afuera hacia adentro cuando parece que de adentro hacia afuera ya no da resultado. Y probar técnicas y cambiar hábitos y desmantelar la rutina y cuestionarlo todo.

Pero solo hay ciertos hitos que verdaderamente consiguen reiniciarnos. Y dejan muy claro lo que fue antes y lo que es ahora y lo que podría ser después. Y no es una construcción mental. Es algo más concreto, casi mecánico. Como esos golpes que les dábamos a los teléfonos públicos cuando parecía que no funcionaban, que no daban el vuelto, que nos tragaban las monedas. Y sí. Al final sí. El último golpe acomodaba alguna pieza y la cosa al fin marchaba.

Hay otras maneras de sentir. De andar. De dormir. De despertar. De mirar. De relacionarse con uno mismo. De quedarse quieto. De respirar. De fluir.

Cuando se lleva un traje por demasiado tiempo, pareciera que la tela se adhiere al cuerpo. Y aunque ni el talle ni la forma ni el color ni la textura ni el corte nos satisfagan en absoluto, nos dejamos definir y nos insensibilizamos. Y seguimos, con infinita dificultad, pero sin cambiar nada.

Qué esfuerzo tan absurdo nos obligamos a hacer para ser parte del mundo. Tiendas de ropa, de zapatos, de accesorios, joyerías, peluquerías, locales de estética, dietética, de uñas de gel, de tatuajes, y concesionarios de coches, y agencias de viajes, y perfumerías, y lencerías, y grandes, enormes, inconmensurables almacenes donde se replican y se reproducen y se erigen más tiendas con sus escaparates y anuncios y descuentos y carteles. Y ¿para qué? Para no ser lo que somos y no parecer lo que parecemos y no existir como deberíamos existir sino de otra manera, de otro ridículo modo que no tiene el menor sentido.

Ese traje que tal vez nos hicieron a medida en la infancia llega un momento que nos asfixia, nos encoge, nos destruye, nos mata, pero ¿cómo nos íbamos a atrever a tirarlo? ¿cómo íbamos a osar despreciarlo? Con el esfuerzo y el amor y el sacrificio y la ilusión y el empeño con que nos lo hicieron y pusieron y abotonaron. A medida.

A veces ayuda pensar que ese traje es mentira. No es más que un disfraz, una especie de muñeco hueco, un títere; puede llegar a ser una coraza, una armadura; puede volverse un ataúd.

Pero hay otras maneras. Lo que a veces ya no soportamos es seguir viviendo, y pensando, y haciendo, y relacionándonos así. Seguir así. Pero no hay un solo así. Hay tantos como el valor y el deseo de romper la inercia nos permitan. Y creo incluso esa angustia, esa tristeza, ese desgano y falta de deseo y de proyecto y de rumbo y de sentido se debe a que llegamos a creer que el así es inamovible, inalterable, indestructible, irrefutable. Y que si renovamos el así no será más que una trampa porque, aunque creamos que estamos cambiando, estaremos replicándolo hasta el infinito. Pero no. Hay otros así. Fuera del riel. Fuera del patrón. Fuera del guión. Fuera del traje. Fuera de la jaula. Hay otros así. Hay múltiples y están ahí, tan al alcance. Y son tan genuinos y posibles y palpitantes como eso que somos una vez que nos quitamos todos los así que venían escritos con la letra de otro y nos atrevemos por primera vez a escribirlo nosotros mismos.

Adolescencia y altas capacidades

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¿Por qué tenemos tanto miedo a la adolescencia? ¿Qué solemos asociar con esta etapa que nos genera rechazo o preocupación? Convivimos con un estereotipo de adolescente que hemos construido en nuestro imaginario y con el que no es fácil relacionarse. Esperamos enfrentarnos con una persona rebelde, esquiva, poco comunicativa, malhumorada, desordenada, que evita las responsabilidades y colecciona suspensos y calcetines debajo de la cama.

Tal vez tengamos un problema de enfoque y, en vez de creer que la adolescencia es una especie de enfermedad pasajera que tiene unos síntomas muy típicos, deberíamos preguntarnos qué lleva a una persona a comportarse de esa manera. Porque la adolescencia es un momento de la vida como cualquier otro y las etiquetas siempre nos juegan malas pasadas. Y en este sentido no deberíamos perder nunca de vista que lo que tenemos delante no es un adolescente sino un ser humano, sufriente y anhelante como cualquier otro.

No vamos a desestimar los cambios físicos, hormonales, emocionales y psicológicos que tienen lugar en un rango determinado de edades, pero quizás abordar el tema con más naturalidad y sin generalizaciones ni prejuicios sea parte de la solución, si es que hace falta alguna.

Creo que si recordamos nuestra propia adolescencia o intentamos ponernos en la piel de un adolescente en este mismo momento, lo que tendremos delante es una carga de responsabilidad que excede la que existía previamente. Mientras éramos niños teníamos permiso o excusa para no hacer o no afrontar determinadas cosas, apenas tomábamos decisiones de peso y había una manera siempre a mano de conseguir atención o indulgencia. Pero entrando en esta etapa hay unas expectativas nuevas desde nuestro entorno que se suman a las internas. Esa vida adulta que se anhela y parece vendrá cargada de libertades y exenta de prohibiciones, resulta que una vez se acerca en el horizonte empieza a mostrar una cara no tan amable y deseada que es la de la responsabilidad. Y hay una sensación de que ha habido algún malentendido porque no podía ser que eso que parecía a lo lejos tan atractivo ahora que se volvía más cercano y palpable viniera con este revés. Salir de la niñez y transformarse en adulto no solamente nos permitirá conducir, beber alcohol (y Red Bull), volver a la hora que sea y tomar nuestras propias decisiones. Salir de la niñez y transformarse en adulto no será solo ganar libertades, sino que nos enfrentará a otros deberes, obligaciones y límites que ya no los aplican los padres y la familia, pero sí la sociedad, el sistema y cada ámbito en el que tengamos que interactuar. Y en este sentido creo que existe una paradoja y una contradicción frustrante en la mente del adolescente y es la lucha interna por el deseo de quedarse con las ventajas de ambas etapas, pero librándose como sea de los inconvenientes. Y la constatación de que eso no es posible de realizar lleva a sentirse de alguna manera enojado y estafado por la vida.

La madurez, un sentido más amplio de la realidad, la complejidad en el pensamiento y la necesidad de encontrar un sentido y un camino en un territorio más palpable y concreto y no ya extraído de la fantasía o el juego, puede por momentos ser abrumador. El pequeño mundo en el que se mueve el niño se expande enormemente y exige hacer elecciones y tomar decisiones que pueden parecer demasiado determinantes como para cometer un error.

Si a este panorama, ya lo suficientemente complejo, le sumamos las altas capacidades, una mayor sensibilidad, complejidad y autoexigencia, pueden hacerlo más difícil todavía. Los adolescentes de altas capacidades tienen un mayor riesgo de fracaso escolar, de depresión, de sufrir acoso, de padecer estrés y ansiedad, y de construir una identidad falsa para protegerse y sobrevivir, con el elevado coste emocional y psicológico que eso supone.

Intentando huir de etiquetas y estereotipos, porque no hay dos personas iguales ni hay una forma estándar de construir una coraza protectora, se suele hablar de dos tipos de mecanismos de protección en los adolescentes con altas capacidades. Y más que ver a cuál se acercan o si usan una mezcla de ambas máscaras, lo importante es detectar las señales y preguntarse qué está pasando y cómo podemos ayudar. Porque sean cuales sean los disfraces o los signos, muy probablemente dentro nos encontremos con un adolescente asustado, incomprendido, triste, que no confía en nadie y no se acepta a sí mismo.

Esos mecanismos que se suelen observar frecuentemente pueden ser, a grandes rasgos, la rebeldía o la timidez. Los que solían ser niños alegres, simpáticos, sociables, activos, entusiastas y participativos, pueden volverse callados, esquivos, serios, apáticos, y abarcar conductas desde desafiantes o agresivas, hasta extremadamente pasivas y desinteresadas, solitarias e introvertidas.

El primer paso para afrontar esta nueva realidad y los miedos asociados, para padres y familias que temen no estar haciéndolo bien, que fluctúan entre endurecer los límites y dudar si están generando más distancia y rechazo, que se frustran por ver delante a esos hijos que aman y que saben lo que son capaces de ser, y verlos día tras día perder el eje y volverse oscuros y apáticos, es recordar que también fuimos adolescentes, quitarles el estigma y tratarlos, ante todo, como personas a las que amamos y respetamos; no olvidarnos jamás de que son nuestros hijos y que gran parte de lo que les pasa no tiene que ver con nosotros sino con su propio proceso de maduración que no podemos cambiar ni gestionar, pero sí acompañar. Que muchas veces es preferible escuchar más y aconsejar menos. Y, sobre todo, no debemos olvidar que cuanto más se enojan, cuanto más nos ignoran, cuanto más se aíslan y cuánto más rebeldes parecen, es cuando más nos necesitan.

perfeccionismo

Perfeccionismo y altas capacidades

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Hoy empieza todo. La primera semana laboral del año tras el festivo de cierre de las vacaciones de navidad, la vuelta al colegio, a la rutina, a las extraescolares, a las obligaciones. Empieza la dieta, la agenda, el calendario, la cuesta de enero, los débitos, las páginas en blanco de los cuadernos y los retos y los planes para conseguir los propósitos de este año. Pero sobre todo empiezan: las expectativas.

Así que vamos a aprovechar este día tan peculiar para hablar de la doble cara de las expectativas y de los riesgos asociados y del estrés adicional que tienen estos días, estas fechas, estos comienzos y toda esta colección de folios y calendarios y páginas en blanco delante para las personas con altas capacidades. Y si todo el mundo sabe lo que es esa especie de sudor frío o temblor interno, esa ansiedad que aparece como una mezcla de nudo en el estómago, opresión en el pecho y dificultad para centrarse; en las personas con altas capacidades esto puede ser infinitamente peor porque no nos olvidemos que hay un enemigo al acecho que en estas situaciones parece que se hace más poderoso y maligno que nunca y se llama: perfeccionismo.

Todos sabemos muy bien lo que es el perfeccionismo. Algunos lo padecemos más, otros menos, pero todos sabemos de qué estamos hablando. Ese afán porque todo esté bajo control, en marcha, en orden, funcionando y sobre ruedas. La necesidad de que las cosas salgan bien, de estar satisfecho con el proceso, pero más que nada con el resultado y de que -para qué mentir- nos lo reconozcan, nos feliciten y nos admiren.

Pero hay que tener mucho cuidado. Porque según las características de la personalidad, del entorno, de la familia y las habilidades de gestión emocional de cada individuo, el perfeccionismo puede ser positivo o negativo. Y no solo se trata de dosis ni de intensidad, sino de ser conscientes de la existencia de una serie de indicadores que nos pueden alertar del tipo de perfeccionismo que tenemos delante.

Hay un error en el que se suele caer muy a menudo y es el de creer que el perfeccionismo es algo inevitable, característico e ingobernable en las personas con altas capacidades. Y eso no es así. Y asumirlo como un rasgo casi de la personalidad, o incluso como algo positivo aunque tenga consecuencias nefastas, puede ser un error que no nos permita encauzarlo, conducirlo o aprovechar sus ventajas, porque sí que las tiene. Y este enfoque parte del reconocimiento de que no existe el perfeccionismo a secas, sino que hay un lado saludable y otro que no lo es. Porque claro que es cierto que, si el nivel de autoexigencia y las expectativas están dentro de un rango alcanzable y realista, aunque suponga esfuerzos e impulse a afrontar constantes desafíos, puede generar satisfacción y ser un gran aliado de la automotivación y de la creatividad. Pero, cuando la presión es demasiado grande y las metas se presentan como inalcanzables, el resultado es que la frustración, el aumento de la ansiedad y la pérdida de autoestima, ilusión, confianza y motivación están aseguradas.

Y en relación con el perfeccionismo asociado a las altas capacidades es interesante analizar que las presiones del entorno, que para otro individuo pueden incidir pero no de una manera tan profunda o determinante; en las personas con altas capacidades, su mayor complejidad de razonamiento, más alto nivel de empatía y mayor sensibilidad, las consecuencias pueden ser peores, llegar más profundamente y producir comportamientos y patrones de conducta poco saludables. En este sentido, el autoritarismo o exigencia de los padres, el entorno competitivo basado en premios y castigos, minado de evaluaciones y donde el error es inaceptable y nefasto del sistema educativo, y la presión social por alcanzar determinados estándares, pueden tener una influencia mucho más grande y negativa en personas con altas capacidades, y fomentar el desarrollo de un tipo de perfeccionismo más negativo.

Hablamos de perfeccionismo saludable o positivo cuando ayuda a ser perseverante, a organizarse, a planificar, pero no pone en duda la valía o la capacidad ante los obstáculos, sino que los problemas, las limitaciones y los errores se consiguen asumir con naturalidad y sirven para aprender y ser más realistas.

Hablamos de perfeccionismo tóxico o negativo cuando las expectativas distan enormemente de la realidad, los errores y obstáculos generan ansiedad y pérdida de interés, se siente miedo al error y cuesta mucho tomar decisiones o confiar en la propia capacidad para afrontar una responsabilidad del tipo que sea. Pero, uno de los indicadores más claros de que estamos ante un tipo de perfeccionismo peligroso es la búsqueda constante de aprobación o reconocimiento ajeno, y la observación de conductas de extrema exigencia y necesidad de control sobre los demás.

Pero, descubrir que tenemos delante, o incluso sufrimos en primera persona, ciertos indicadores de perfeccionismo insano, no debe alarmarnos ni producirnos desasosiego, porque no se trata de un rasgo inamovible de la personalidad, sino que existen estrategias para superarlo y poder utilizarlo como una herramienta para el desarrollo del potencial y no como un inhibidor o un freno.

Atreverse a ver los errores como oportunidades y fuentes de aprendizaje, ser capaz de ver y valorar el propio esfuerzo y capacidad, afrontar retos y animarse a realizar actividades y tareas nuevas y desconocidas, aprender a planificar tareas, ponerse objetivos y ajustar las expectativas a la realidad; son algunas de las ideas y estrategias que pueden reconducir un perfeccionismo limitante hacia otro que ayude a desarrollar el potencial y a tener una imagen saludable de uno mismo y de todo lo que realmente se puede conseguir.

Es importante, además, no perder de vista que debemos huir de las etiquetas y que el hecho de descubrir o asumir un rasgo de perfeccionismo negativo no es ninguna tragedia ni significa que no se tengan otros hábitos o formas de gestión emocional que sean saludables. Los tipos de perfeccionismo son simples indicadores que no determinan ni encasillan ni definen un perfil, sino que simplemente pueden o no estar presentes, alternarse o convivir en una misma persona. Somos seres complejos y multifacéticos, ante todo.

Así que este año, esperamos que la colección de folios y cuadernos y páginas y agendas y calendarios en blanco, nuevos y por estrenar, no nos generen una crisis de ansiedad ni un ataque de pánico (un poco de humor nunca está de más) sino que despierten ilusión y aviven nuestro espíritu entusiasta y creativo.

2019

2019

By | Primera Persona | No Comments

Empezó el año 2019. Y me cuesta escribir 2019. El 9 se me atraganta un poco. La verdad es que todos los años me pasa un poco igual. Me cuesta cambiar la unidad. Así, de un día para el otro. Empiezo a pensar en los calendarios. Se me despierta una infinita curiosidad por los calendarios. Advierto que antes de emigrar me venía más frecuentemente a la cabeza la palabra almanaque; no calendario. Busco la etimología. Me respondo una absurda pero convincente explicación. Almanaque tiene una raíz árabe: “almanáẖ”, que es calendario, y esta deriva del árabe clásico: “munāẖ”, que tiene que ver con las caravanas, porque los pueblos semíticos comparaban las estrellas con las posiciones de los camellos en ruta. No soy ninguna erudita. Esto viene en el diccionario online de la RAE. Y calendario viene del latín: “calendarium”; entonces no me parece para nada disparatado que en Argentina usáramos almanaques y acá calendarios, dado que el español que llegó a América era mucho más andaluz que el español que evolucionó acá y es mucho más latino. Y siguiendo con la curiosidad calendárica y mezclándola con mis propios recuerdos descubro el calendario egipcio y sus doce meses de treinta días, y sus meses divididos en tres periodos de diez días, y sus años divididos en tres estaciones de cuatro meses según las crecidas del Nilo y las actividades agrícolas: inundación, siembra y recolección. Y así el año egipcio tenía tres periodos de cuatro meses que se llamaban -traducidos al castellano- primer y segundo y tercer y cuarto mes de inundación, siembra y recolección. Y así se acababa el año solar y agrícola y sobraban cinco días que no sabían bien cómo adjuntar para completar el ciclo y que llamaron días epagómenos, que, ni más ni menos, fueron los días del nacimiento de los dioses. Osiris, Horus, Seth, Isis y Neftis renacían en esos últimos cinco días del año. Y me pareció muy fuerte que, de pronto, hicieran también resucitar a Jesucristo en la mitología cristiana el día 25 de diciembre ¿no?

Y me quedé con ganas de analizar más profundamente los demás calendarios del mundo antiguo, pero no llegué a precisar demasiado, y aunque el azteca me atrajo infinitamente, y una de las vertientes arqueológicas, además de analizar que los meses duraban veinte días y los años dieciocho meses y había ciclos -una especie de siglos- de cincuenta y dos años, interpreta que esa Piedra del Sol -más comúnmente conocida como calendario azteca- que mide 3.60 metros de diámetro, podría haber sido una plataforma de combate. Y deseé por un momento presenciar uno de esos combates. Combates contra el tiempo. Combates contra la muerte. Combates para que saliera el sol, para que hubiera lluvias, para que los machos pudieran cazar y las hembras parir. Para que la tierra fuera fértil y los alimentara a todos un día más, un mes más, un año más, un ciclo más. Porque la vida es un campo de batalla.

Pero me desvié del tema y empecé a recordar los calendarios y los relojes y los almanaques de mi infancia. Los testigos del tiempo y de los ciclos y de los días. Y recordé que mamá compraba todos los diciembres un almanaque de tela en la mercería. Un almanaque de tela con dos barras de madera. Un almanaque de tela de colgar. Y lo colgaba el día uno de enero en el mismo rincón del comedor. Siempre el mismo almanaque, pero siempre otro. El de ese año. Con sus lunes y sus jueves y sus domingos cada uno en su lugar. Los bordes verdes y unos festones curvilíneos rojos y dorados y un reloj cucú que separaba los dos primeros de los dos últimos números del año con su cresta dorada y florida. 19, cresta dorada y florida, 84. Ese cucú siempre me molestó un poco porque las horas estaban en números romanos y el cuatro eran cuatro palitos. Y yo odiaba que tuviera ese error. Porque el cuatro en números romanos no se escribe así. Y nunca entendí, año tras año, cómo podían volver a imprimirlo igual. Cómo, con toda la gente que seguramente intervenía en el proceso de diseño, logística y estampación, no había nadie que pusiera el grito en el cielo e impidiera continuar con semejante error. En fin. Creo que, a día de hoy, siguen imprimiendo los mismos cuatro palitos.

También había otro calendario en casa, en el primer estante de la biblioteca. Era un calendario perpetuo, de madera, que traía dos cubos con los números en dorado para los días y unas tablitas con los nombres de los meses. Así que doce veces al año uno cambiaba el mes, y cada día, parte del rito matinal, era girar los cubitos para que hoy fuera hoy y no ayer, ni mañana. Había algo místico y necesario en eso. Para mí, debo confesar, era un honor descubrir que nadie había cambiado todavía el número y poder hacerlo yo misma. Sentía una especie de superpoder al transformar, nombrar, hacer de algún modo, en mi ingenua mente de niña, que ese día existiera. Fijarlo. Nombrarlo. Iniciarlo.

Este año se me presenta inédito. No sé si por supervivencia, por necesidad -o por mis dormidas pero conscientes y latentes dotes adivinatorias- pero me da la impresión de que será un año que recordaré. Un año como un hito y un comienzo de un ciclo más largo que 12 meses. Aunque cada día es el principio del resto de la vida y subscribo plenamente a la idea de que el día 1 de enero no tiene nada de especial ni diferente al 13 de marzo o el 29 de abril, tengo la sensación de que está ocurriendo una renovación que excede los meses y los días y los soles y las lunas y los calendarios y los almanaques.

Pero el problema es que se me atraganta el número 9. No sé por qué. No me pasó ni en 2009 ni en 1999. También pienso que no es más que un 6 al revés. Y tampoco me pasó en 2006, ni en 2016. Pero después de 2018, que venga el 2019… me cuesta. Y empiezo a preguntarme si habrá alguien que haya escrito ya un artículo sobre las 10 mejores tipografías para escribir 2019 dignamente. Bellamente. Sin esa bolita espantosa y ridícula que viene en todas las Serif. Pero a la vez sin caer en esa especie de cursi cursiva, o con ese toque infantil de caligrafía hecha a mano que de tan informal se vuelve triste y fingida. Hasta empecé a inspeccionar en la Aerial Bold -que no es la Arial Bold- sino una tipografía hecha con fotos satelitales. Todas las A y las V y los 4 y los 9 encontrados buscando a lo tonto en Google Maps. Pero tampoco me convencieron demasiado. Solo me llevaron a pensar en el tiempo que tiene la gente y la envidia que me dan de que se permiten ponerse a hacer pan y zoom por el globo y las ciudades y los campos y las costas y las megalópolis y las carreteras del mundo buscando letras y números. Divertido. Pero no aliviaron mi desprecio e incomodidad con el número 9. Y después Pinterest. Y después un artículo muy chulo con 55 creativos y únicos y maravillosos y originales diseños de calendarios que tampoco eran para tanto, pero sí que me hicieron sorprender y hasta me impidieron cerrar el navegador porque quería volver a mirarlos detenidamente. Sobretodo uno que para nombrar los meses había inventado frases divertidas y en lugar de January, por ejemplo, ponía: ninJA buNnies rUn neARbY. Y no sé si se entiende, pero creo que sí, y January aparecía en color y el resto de la frase en negro. Y me dieron unas tremendas ganas de inventarme frases donde meter los nombres de los meses en castellano y empecé con entusiasmo por Enero y Febrero: estE No es El primeRO, aunque FuE Bueno cREéRselO. Pero me cansé.

Y de repente, agotada un poco ya de mi absurdo rechazo e incomprensible enemistad con el número 9, me puse a observarlo y tuve una especie de iluminación o epifanía, muy en concordancia con el día de hoy, pero sin ninguna connotación festiva ni católica, ni monárquica ni mágica ni eclesiástica sino como una simple, llana, atea, pagana y republicana revelación. El 8 me dejaba atrapada. No importaba dónde ni cómo lo enfrentara, no había manera de escapar a la espiral, al bucle, a la repetición. Al eterno retorno. A volver sobre mis pasos y repetir patrones y, casi sin darme cuenta, pasar una vez y otra vez por el mismo lugar, en una cinta de Moebius sin fin. Y me reconcilié con el 9. Porque me di cuenta de que, aunque pueda quedarme atrapada en el círculo, existe una salida, una vía. El 9 dibuja un camino alternativo. Que se abre, se desprende. En un momento dado, se bifurca. Así que me deseo -y les deseo, si quieren y pueden y se atreven- aunque nos haga falta dar todavía algunas vueltas en círculo antes de tomar coraje y salir despedidos fuera del bucle, que seamos capaces de transitar la vía alternativa. Deseo que juntemos valor, que rompamos toda inercia y nos atrevamos a explorar ese camino nuevo y por fin descubrir adónde nos lleva.

iceberg

Iceberg

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

La imagen del iceberg se usa como metáfora muy frecuentemente. Si me propongo un brain storming a mi misma en este mismo instante me van viniendo imágenes en flujo constante. Imágenes en relación con el iceberg. Con ese inmenso bloque de hielo que parece más pequeño de lo que es en realidad. Pero no porque tenga ninguna intención de mentir, ni la menor conciencia de si mismo, o misma. Sino simplemente por una cuestión de temperatura. A mas profundidad, más frío. A menos profundidad más perdida de volumen por el cambio del estado sólido al líquido. Es la primera vez que pienso en esto. Y la verdad es que no tengo ganas de constatar si es así. Pero tiene su lógica. Y esto tampoco es un artículo científico como para que sea verdaderamente importante ser precisos a la hora de explicar un fenómeno. Porque en este contexto los fenómenos son, por lo general, muchísimo más subjetivos de lo que pueden parecer. Igual que el iceberg. Por encima: la objetividad; y toda la inmensa masa de hielo debajo -la sumergida- la subjetividad.
Vuelvo al brain storming, y no puedo dejar de hacer un paréntesis, pero sin paréntesis, y aclarar que cuando pienso y cada vez que escribo iceberg no suena “iθe’beRg” sino “ais’beRg”. Las cosas que me vienen a la cabeza cuando pienso en esa gran masa de hielo flotante que sobresale (en parte) de la superficie del mar son: el Titanic, sí, en primer lugar, pero no cualquier Titanic sino el de la película de Leonardo DiCaprio. Triste, pero es así. Así de manipulables somos. O, mejor dicho, así de manipulable soy. Acto seguido, recuerdo uno que venía en un libro de ciencias que había en casa, y en el que entre las láminas que más me impactaron estaban: la bomba de Hiroshima, una bala fotografiada a altísima velocidad atravesando una manzana, una montaña oscura con un poblado minúsculo a sus pies, y el iceberg. Después pienso en el que se usa para representar la parte visible del machismo y todas sus vertientes y ramificaciones y viscosas manifestaciones derramadas por todas partes y en todo ámbito, mucho más destructivas todavía que las que salen a la superficie, justamente porque son más difíciles de ver, y por lo tanto de erradicar; y entonces pasa muy a menudo que solo nos damos cuenta de que existían cuando, como pasó con el Titanic, ya es mucho más que demasiado tarde. Después veo ese bastante derretido en el que se quedó aislado el oso debido al derretimiento de los casquetes polares por el calentamiento global. Y después esas ilustraciones, ahora que está tan de moda el pensamiento positivo y la automotivación y el camino de la realización personal, que tienen el éxito en la puntita y todo el enorme trabajo, esfuerzo y tesón que hubo debajo para que después venga la gente y nos diga -o más frecuentemente vaya diciendo por ahí- que lo nuestro fue pura suerte.
Pero entre una y la otra, y al principio y al final, e intermitente y omnipresente a lo largo de la serie de imágenes de bloques de hielo en mi pantalla mental, me viene la idea del iceberg como una metáfora del comportamiento y de las relaciones. Solo vemos la punta del otro. El otro solo ve nuestra punta. Y con suerte. Y en la mayoría de los casos la gente es que ni ve su propia masa submarina. Ni quiere verla. Y después se sorprenden cuando constatan y presencian la catástrofe; el hundimiento estrepitoso de todo lo que se les acerca. Y yo misma. Tengo siempre esa sensación de que lo que asoma de mi puede llegar a ser atractivo y amable, pero hay un radio de seguridad que es mejor no atravesar. Y que mas que consecuencias nefastas e indeseables, las posibilidades de colisión y fisura son, por estadística, muy altas. Pero esto no esconde ni resignación ni pesimismo ni dolor ni ansias preservativas de aislamiento. Es solo una constatación. Sin ninguna inconmensurable masa oculta debajo.
Y no sé cómo ni para qué, pero me viene a la mente la frase de Mario Benedetti: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”. Y pienso que hay una especie de iceberg para cada emoción. Y cuando lloramos, cuando reímos, cuando nos llenamos de ira o cuando nos apagamos, nunca es por eso que está pasando. Nunca es solo por eso. Es por eso, pero principalmente por todo lo demás. Y entonces nos pasa que nos cuesta entender las reacciones de los otros. Porque nadie está en cero. Y hay situaciones, palabras, miradas, reacciones, silencios, olores, sonidos, gestos, actitudes, que nos accionan una compleja red de mecanismos internos que ni nosotros mismos somos conscientes de que existen. Y claro. Si nosotros no entendemos ¿cómo iba a entender alguien más, por mucho que se interese y se esmere, por qué lloramos cuando lloramos, reímos cuando nos reímos, por qué gritamos cuando gritamos y por qué nos apagamos cuando nos apagamos? ¿cómo iba a tener alguien derecho a juzgar nuestra reacción? ¿cómo íbamos a tener derecho nosotros a valorar, adjetivar, criticar o intentar modificar una reacción ajena? Es que nuestro egocentrismo y nuestra necesidad de control y nuestra inseguridad a veces es tan enorme, tanto más enorme de lo que parece a simple vista -más o menos en la misma proporción que las partes del iceberg- que hacemos lo que humanamente podemos.
Y esta especie de conclusión, más que desasosiego me produce un gran alivio. Porque ¿para qué nos íbamos a hacer tantísimo problema si al final el malentendido está asegurado? ¿Para qué nos íbamos a responsabilizar tanto y analizar desde múltiples puntos de vista, si al final lo más probable es que lo que estamos imaginando, lo que estamos viendo, lo que tenemos delante, lo que podemos medir y controlar, no sea más que el ápice? Y no un ápice cualquiera; un minúsculo ápice, que además podríamos rodear o sobrevolar o explorar debajo de la superficie y cambiaría de forma y tamaño y perspectiva y color y según le de el sol o el viento o vengan las corrientes o la época del año o las horas de luz o la temperatura del agua o del aire o las rutas de navegación o la fauna circundante o la composición química del agua…sería completamente diferente.
Y si busco alguna imagen que represente el alivio más que el desasosiego. Y que intente redefinir y resignificar las múltiples teorías y usos metafóricos del iceberg -recuerden: “ais’beRg”- pienso en ese volumen que emerge y todo el otro que no. Ese pequeño montículo blanco, y toda su contundente raíz de hielo hundida en una tierra transparente y líquida y fría y en movimiento, no es más que eso. Tan presente y real y necesario y sin ninguna connotación más que su propia e innegable existencia. Y sí. Podríamos hacerle unas maravillosas fotos aéreas tomadas desde un dron, o a lomos de un dragón. Y acercarnos a él y observarlo desde un submarino amarillo, o desde el Nautilus. Y hacer una excursión equipados muy profesionalmente y abrigados hasta las cejas y extraer muestras y analizarlas posteriormente y tomar notas y montar una base temporal o permanente, efímera o monumental o desechable o surrealista o absolutamente inútil y ridícula. Y tirarnos en trineo. Y esquiar por la ladera que esté al sol. Improvisar un chiringuito y servir cerveza Antárctica y regalar polos de limón. Y diseñar canoas y muelles y embarcaciones y transatlánticos que se adapten a las circunstancias y cambien de forma y de tamaño según sea necesario y se acoplen y se mimeticen y puedan acercarse y fusionarse y después zarpar y recuperar su forma libremente y reducir los riesgos y evitar las grietas y erradicar las colisiones y disminuir exponencialmente el número anual de catástrofes y hundimientos causados por las imprevisibles y destructivas consecuencias de la aproximación inconsciente o premeditada a ninguna masa de hielo flotante que sobresalga de la superficie marina. Y resignificarlo todo, y reescribir todas las frases y redefinir y reordenar y modificar el orden y la forma y el contenido de las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos, cuando oímos nombrar, cuando leemos, cuando vemos, cuando nos ponen delante la foto de un iceberg. Recuerden: “ais’beRg”

navidad

Agradecer

By | Altas Capacidades, Primera Persona | No Comments

Hoy es 21 de diciembre. Hoy empiezan muchas cosas. Empieza el invierno. Empiezan las vacaciones de Navidad. Empieza la cuenta regresiva para que se acabe el año y estrenemos el calendario de 2019, con todos sus días por planificar y celebrar, por atravesar y significar.

Empiezan las vacaciones, tan deseadas como temidas, tan idealizadas como frustrantes, tan esperadas como estresantes. Quince días por delante donde pareciera estamos obligados a ser felices, generosos y a amar a toda la humanidad, cuando en realidad sabemos que tendremos que enfrentarnos a tantas situaciones que parecen idealizadas y congeladas en una postal maravillosa de la familia en torno al hogar, las botas de lana colgadas en la chimenea, el árbol atiborrado de regalos y la nieve cayendo idílicamente al otro lado del cristal mientras suenan risas y música y huele a carne asada. Parecen perfectas pero no lo son.

Como en otras ocasiones hemos hablado de la alta sensibilidad, de la angustia existencial, de profecías autocumplidas, de miedos, pensamientos arborescentes, motivación, de la envidia, del miedo, de la sensación de no encajar, de la idealización y las expectativas siempre tan lejos de la realidad, de las paradojas, de la vergüenza, de la sensación de que el mundo y la realidad se quedan pequeños; hoy de repente pareciera que todos estos temas cobran un enorme sentido y se nos ponen delante de cara a unas semanas venideras donde deberemos afrontar situaciones que pondrán a prueba toda nuestra resiliencia, tolerancia, autoconciencia, autoestima, salud emocional y empatía.

Porque claro que es verdad que merecemos estas vacaciones, que estábamos esperando poder desactivar la alarma del despertador aunque sea por unos días, que soñamos con reencontrarnos con amigos y familiares que no vemos hace tiempo, que queremos repetir el ritual de sentarnos a la mesa, esperar a las 12, abrir los regalos, emocionarnos con la ilusión inocente de los niños debatiéndose un año más entre creer y no creer, conseguir comernos las 12 uvas sin atragantarnos en el intento y en perfecta sincronía con cada campanada desmontando los peores fantasmas si contamos mal, si nos faltaba una, si nos quedan dos en la mano y ya todo el mundo está emocionado y dándose abrazos y el año recién empezó y ya arrancamos metiendo la pata. Pero también es verdad que no estamos tan felices y contentos, tan relajados y descansados como quisiéramos, como se espera. Que no tenemos tantas ganas de ver a toda la familia, que no queremos enfrentarnos a las mismas preguntas y las mismas miradas, que no queremos tantos compromisos justo en estos días que esperábamos aparcar toda obligación, que no queríamos gastar tanto, que no debíamos comer tantísimo, que no nos daban muchas ganas de negociar, que teníamos miedo de no estar a la altura, que por momentos pensábamos ¡qué bueno cuando llegue al fin el día 8! Sabíamos que iba a haber alguna silla vacía, que iba a faltar algún plato, algún abrazo, alguna mirada; que otra vez había que hacer de cuenta que teníamos todo controlado, cuando no era así, que teníamos que estrenar con ilusión una lista de propósitos cuando ya teníamos demasiada experiencia previa como para creer que esta vez los íbamos a llegar a cumplir.

Así que, expuesto todo lo anterior, no queremos desearles una feliz navidad, ni unas felices vacaciones. Ni queremos tampoco darles una lista de consejos para sobrevivir a las fiestas con dignidad. Solamente queremos que, si se sienten identificados con algo de todo lo anterior, sepan que no están solos. Y, sobre todo, que recuerden que no hace falta hacerlo bien, que no hace falta ser felices, que no hace falta que todo salga a la perfección y tengamos cada día unas ganas desbordantes de divertirnos, celebrar y estar rodeados de gente. Lo que realmente queremos es desearnos y desearles que seamos capaces de aceptar y respetar lo que sintamos y lo que necesitemos en cada momento. Que seamos valientes como para ser sinceros con nosotros mismos tanto para disfrutar como para preservarnos, tanto para festejar como para buscar momentos de calma y tranquilidad. Y por sobre todas las cosas, que seamos capaces de agradecer. De ver todo lo que tenemos. Porque no hace falta hacer ningún enorme esfuerzo. No hace falta comprar nada. No hace falta vestirse tan elegantemente. No hace falta comer como si fuera la última cena. No hace falta ser tan complaciente y agradable y tener la casa impecable y estrenar mantel. Ya tenemos tanto. Tantísimo. Quizás sea una buena idea más que listas de regalos, más que listas de la compra, más que listas de invitados, más que propósitos irrealizables para el año próximo, sentarnos en calma a escribir una lista de al menos diez cosas que agradecemos tener. Y que cuando lleguemos a la número diez nos demos cuenta de que en realidad se quedaba corta y que podían ser veinte, o incluso más. Tantas cosas que ya tenemos, que no se compran, que no se regalan, que no se piden, que no se caducan.

Así que si queremos desearles algo puede que sea eso. Que sean capaces, que seamos capaces de hacer una larga lista de todo lo que ya tenemos y no deberíamos esperar a estas fechas para ver y sentir y agradecer.

 

The Clean Cut: Regalos inesperados