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mapa mundi

Mapa Mundi

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Esta mañana miraba en Google Maps y en Street View una lista de direcciones que me había mandado una amiga muy querida de la que estuve distanciada mucho tiempo. Acaba de emigrar otra vez. Ya es la cuarta. Empezar de nuevo. Con toda la carga emocional, psicológica, lingüística, cultural pero también terrenal, económica, y absurdamente práctica y burocrática que eso conlleva. Y acá vivimos ahora. Y acá está el instituto. Y acá el trabajo. Y acá la universidad. Y por mucho Google Maps y Street View, y por mucho que veía las calles y los edificios y calculaba distancias y parecía casi como que estaba ahí, y tomaba conciencia de la escala y me hacía una especie de idea, en realidad no hacía otra cosa que sentir una angustia sin nombre ¿De qué me sirve todo esto si no sé cuándo podré abrazarla? ¿De qué, si no sé todavía si alguna vez caminaremos juntas por esa, la acera que lleva a su puerta y por el paseo que da al canal y por el mercado del casco antiguo algún fin semana?

Y me vino irrefrenable a la cabeza la imagen de los mapas antiguos. Y me pareció una desesperante metáfora de cómo vamos tan perdidos siempre en busca del conocimiento y el control, que siempre nos quedará tan lejos y tan fuera de alcance. Y las misiones a la Luna y a Marte y la sonda que explorará el Sol y la Inteligencia Artificial. Y de repente todo me pareció tan obsceno. Tan banal y absurdo. Cuando no podemos abrazarnos. Cuando no sabemos comunicarnos. Por más WhatsApp, Messenger, telefonía fija, móvil, satelital, internet, y el correo electrónico y el postal, y todas las redes sociales que existen y ni siquiera conozco, y los traductores y los mapas y las cámaras en streaming y las fotos actualizadas con la digitalización de cada calle y cada esquina de cada ciudad ¿Y para qué? Si seguimos sin poder abrazarnos. Aunque nos tengamos delante. Sin comunicarnos. Sin entendernos. Sin saber. Sin decir. Sin atrevernos a sentir. Sin conocernos. Sin conocer a nadie.

Y todo en un segundo se puede derrumbar sin remedio. Por un malentendido. Por una suma de malentendidos. Por las malas interpretaciones y los silencios. Y lo que no digo y lo que no decís. Y lo que por qué se te habrá ocurrido decir y lo que no pude evitar. Y ¿para qué? Si podremos después bloquearnos y no llamarnos ni buscarnos ni hablarnos ni decirnos ni sentirnos ni abrazarnos nunca más.

¿Para qué vamos a mandar una sonda al Sol y colonizar Marte? Si no tenemos ni idea de quiénes somos y de lo que queremos. Si no llegamos a entender para qué hacemos lo que hacemos. Si no conseguimos dejar de temer lo que tememos y depender de lo que dependemos. Y no sabemos realmente por qué sentimos lo que sentimos y necesitamos lo que necesitamos.

Y acto seguido mis pensamientos migran hacia esa animación tan adictiva que va desde la escala subatómica hasta la infinitud del universo. Y todo lo más grande y lo más pequeño se parece tan abrumadoramente. Se asemeja de manera escalofriante. Y nuestro rango, nuestro campo de acción y conocimiento y control es tan absurdamente ínfimo. Y luchamos de manera desquiciada para expandirlo, pero es absolutamente ridículo en relación a todo lo que siempre irremediablemente nos quedará por conocer y descubrir y explorar y ver. Y es dolorosamente perturbador que sigamos haciéndonos problema porque hace calor, porque no encontramos lugar para aparcar, porque la cerveza no está tan fría, porque se acabó el gel de ducha.

belleza

Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.

molde

A medida

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

¿Es posible destruir los moldes? ¿Destrozarlos, eliminarlos, disolverlos, transformarlos en nada? Los moldes ¿A qué me refiero con los moldes? Creo que llevamos programada una manera de ocupar nuestra vida. Como si vivir no fuera otra cosa que “amoldarse”. Nos han enseñado lo que éramos. Nos han enseñado lo que era el amor y la familia y el trabajo. Nos han enseñado lo que eran los otros, lo que éramos nosotros en relación a los otros, y lo que creíamos de nosotros mismos. Nos han enseñado lo que era vivir en sociedad. Nos lo han enseñado todo, pero no de una manera volátil, superflua, ligera. Nos lo han enseñado con los límites del molde. Se superponen imágenes en mi cabeza, difíciles de ordenar y priorizar. Los piecitos de Loto, deformados dentro del minúsculo zapato chino. El bizcocho creciendo en time-lapse, solo hasta el límite de la silicona. Los restos del barrido del suelo del matadero triturados y embutidos dentro de la salchicha. El corsé. La faja. El cuello de las mujeres jirafa en Tailandia.

En algún momento de la vida, mejor antes que después (y mejor tarde que nunca) nos damos cuenta. Y nos preguntamos ¿qué hago yo metido en este molde? ¿cómo pude estar dentro de estos límites como si fuera algo normal? ¿como si esta fuera mi verdadera forma? ¿sin preguntarme nada? ¿cómo pude verdaderamente sobrevivir tanto tiempo?

Ojalá fuera tan fácil salir como darse cuenta. Darse cuenta y todo solucionado. El problema es que darse cuenta no es más que el primer paso (fundamental claro) pero es solo el primer pequeño paso de muchos, no sé todavía cuántos. Uno está ya tan hecho a esa forma y a ese tamaño, y a ese insuficiente aire y espacio y luz. Uno está ya tan “amoldado”, que aun siendo consciente que no eligió; no hay un camino corto ni una manera fácil de adquirir una forma auténtica.

Incluso hoy en día pareciera estar muy de moda esa estúpida farsa de ser uno mismo, oír nuestra propia voz, dejar de satisfacer a los demás, ir a por nuestros sueños, el “todo es posible” y toda esa absurda filosofía optimista de que la felicidad depende de nuestra actitud ante la vida y de que hay que estar seguro de sí. Es verdaderamente un insulto a las almas sensibles y a las mentes complejas ¿Cómo puede alguien con un mínimo de autoconsciencia, de capacidad de indagación y razonamiento tener la certeza de algo? ¿Cómo aceptar una verdad inmutable, lineal, sostenible y sometida (para colmo) a nuestro propio control? Con un ápice de lucidez y visión de cómo es el mundo en el que vivimos; sus leyes, sus normas, sus principios, sus mecanismos, sus móviles, sus prioridades ¿Realmente puede alguien en su sano juicio afirmar que es posible dejar de satisfacer al otro, ir a por los propios sueños y ser uno mismo? Pero si ser “uno mismo” nadie tiene la menor idea de lo que es. El autoestima ¿existe? Creo que sería más acertado llamarle heteroestima, poliestima, multiestima. Está impreso en el ADN: sin el clan no sobrevivimos. Y después de impreso, fijado cada día desde un principio por los patrones de conducta de nuestros padres, familia nuclear, familia extendida, tribu, sociedad, cultura ¿Qué ridícula idea es esa de ser uno mismo?

Y cuando al final ya estamos asfixiados y entumecidos de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas dentro del molde, ni siquiera tenemos claro cómo salir. Y aún con la suerte de darnos un buen golpe que rompa el frasco y salve la vida, y nos permita rodar fuera del contorno y salir aceptablemente ilesos de nuestro torpe reptar sobre los trocitos de cristal ¿Cómo estirarse? ¿Cómo irrigar cada pliegue? ¿Cómo moverse? ¿Por dónde empezar?

Amamos como nos han amado. Como hemos visto amar. Y como hemos replicado. Y nos vemos como nos han visto. Y creemos en eso que nos dijeron. Creemos en eso que vieron. Tan fielmente que hasta lo repetimos, aunque no se acerque lo más mínimo a la realidad. Actuamos como se debe, como se espera, como nos han dicho. De acuerdo con cómo nos han corregido, para evitar el castigo, el rechazo, el dolor, la indiferencia, la soledad. Ya sea por cuanto hemos sufrido en la propia piel y alma y estima, o por evitar eso que vimos tan de cerca les pasaba a los otros.

Y después que ya estamos perfectamente “amoldados”, construimos relaciones, ejercemos roles, nos ceñimos al guión. Y ese guión que representamos durante tanto tiempo ya nos sale sin pensar. La inercia es descomunal. Aunque sea incomodo, el surco es profundo. Y el movimiento y el rumbo y la manera, y la danza y la cadencia y el ritmo, salen con total naturalidad.

Por momentos no es que intente trabajar con ninguna metáfora. La verdad es que la mayor parte del tiempo me parece más real esa imagen mental que la que me devuelve el espejo. Que la que proceso en la retina cada vez que me cruzo con alguien y lo observo. Me parece infinitamente más real esa especie de tentáculo de pulpo en formol, o esa cabeza reducida por los jíbaros que lo que veo concretamente.

Creo que si pudiera reprogramar mi inconsciente en modo exprés. Urgente. Ya. Me encantaría pensar en una metáfora de mi nuevo molde como un refugio. Un lugar seguro. Mío. Cálido y luminoso. Pequeño. Un útero. Pero no el útero de mi madre. Sino el mío. Mi propio útero como mi refugio inagotable. Amarme. Amar mi condición de mujer. Alojarme. Cuidarme. Alimentarme. Crecer. Darme un lugar donde repararme, reconstruirme, reconocerme. Y nacer cuando ya esté preparada, cuando ya sea la hora, cuando llegue el momento. Y ya no volver a amoldarme nunca más.

primera persona

Altas capacidades en primera persona

By | Altas Capacidades, Primera Persona | No Comments

Les voy a ser sincero. Es difícil hablar de esto de las altas capacidades en primera persona.

Me da un poco de vergüenza, me hace sentir incómodo, no me gusta tocar el tema y muchas veces prefiero que nadie lo sepa.

¿Por qué debería avergonzarme? ¿o sentir miedo de lo que piensen los demás?

La mayoría de las personas no sabe muy bien lo que significa que tenga altas capacidades, y como hay tantas ideas equivocadas al respecto, enseguida me empiezan a preguntar cosas y a creer que soy un bicho raro.

Y yo soy simplemente un niño. Como todos los demás.

Todos tenemos algo diferente y especial. A veces nos gusta, a veces no nos gusta nada. Pero no queremos sentirnos bichos raros. Queremos ser quienes somos, y también ser como los demás.

Queremos ser queridos, respetados y valorados. Así, tal y como somos.

Sin vergüenza, sin miedo y sin esconder nada.

 

¿Qué son las Altas Capacidades?

 

Cuando hablamos de altas capacidades no nos gusta que crean que tenemos un cartel en la frente con un numerito al lado de las letras CI. Ni que piensen que tocamos el piano, el violín, somos genios de las matemáticas, tímidos, frikis, que leemos el diccionario en los ratos libres y lo sabemos todo sobre los dinosaurios. Cuando decimos altas capacidades hablamos de una manera diferente de pensar y sentir el mundo. Nuestro cerebro funciona de otra manera, y eso hace que nuestra forma de aprender, sentir y relacionarnos con los demás sea distinta de lo habitual ¿Y por qué se les llama altas capacidades? Porque sí es cierto que a veces para algunas cosas nuestra sensibilidad, nuestras reacciones, nuestra velocidad de razonamiento, intensidad, concentración, complejidad, empatía o nivel de conciencia es más alto de lo normal, es mayor. Pero esto no debería interpretarse como “mejor”. Como no es mejor ser alto que bajo, ni es mejor ser diestro que zurdo, ni rubio que pelirrojo, ni tener la voz grave o aguda, o la piel blanca o morena. El cerebro de las personas con altas capacidades es simplemente así. No se elige ni es algo de lo que avergonzarse o sentirse orgulloso.

 

Hipersensibilidad

 

Cuando era muy chiquito no soportaba ir a la feria de atracciones. Había tanta gente, tanto ruido, tantos olores, tanto movimiento, tantas luces, que simplemente no lo soportaba. Me sentía muy agobiado, estresado, saturado. Era horrible.

La primera vez que fuimos a un concierto en vivo no podía parar de moverme. La música era tan hermosa, el ritmo, la armonía entre los instrumentos. Toda esa energía me atravesaba y no podía dejar de mover las piernas y los brazos. Me era tan difícil quedarme sentado en la silla ¡Debería haberme levantado y haber bailado como loco!

También me pasó una tarde que fui al circo y una bailarina fue bajando lentamente desde el techo hasta un estanque de agua al ritmo de una música muy suave. Me invadió una tristeza infinita y no pude contener las lágrimas.

También sufro inmensamente cada vez que tengo que cortarme las uñas. Me duele peinarme y no soporto las etiquetas de la ropa, me vuelven loco. Esas que te rozan el cuello ¡las corto siempre con furia!

Si hay alguna comida que no me gusta en la mesa, pido que la pongan bien lejos. Porque si no se me hace insoportable. O se va el queso azul o las habas salteadas de la mesa…o me voy yo. Y no es que sea un tiquismiquis. Es que mi sensibilidad es mayor y lo que a ustedes les parece normal y tolerable a mi puede resultarme realmente agobiante e insoportable. Imagínense si les aumentaran el volumen y la intensidad a todo lo que olieran, vieran, oyeran, saborearan y tocaran ¿Cómo lo podrían tolerar?

A veces me distraigo con un simple ruidito que nadie más puede oír, y me cuesta mucho concentrarme si están hablando, escuchando música o si el vecino está regando las macetas o moviendo los muebles de lugar…

Mi cabeza nunca para. A veces me cuesta mucho dormirme. O necesito dormir demasiado. Mi cerebro es como una máquina imparable. Y muy habitualmente, si alguna cosa me gusta mucho, puedo llegar realmente a obsesionarme. Imaginen todas las ramas, ramitas y pequeños tallos de un árbol llenos de una cosa. Eso puede ser genial, porque podemos volvernos realmente expertos en algo; pero también abarca tanto nuestra atención que puede hacer que pierda sentido todo lo demás. Las cosas más básicas y necesarias como comer, tomar agua, ir a hacer pis, lavarme los dientes, vestirme para salir, estar en un lugar a una hora determinada…se vuelven algo nefasto…porque me desconectan de “eso” que realmente colma todas mis expectativas. Las rutinas del día me cuestan. No me parecen algo normal ni necesario. Me parecen aburridas, una pérdida de tiempo, la razón por la cual -y la mayoría de las veces sin ninguna recompensa- tengo que dejar de estar con mis sentidos al 100%, cosa que me hace muy feliz pero que no consigo muy fácilmente.

 

¿Cómo descubrí que tenía Altas Capacidades?

 

Cuando empecé primero de primaria los profes llamaron enseguida a mis papás. Creían que algo no iba bien. No podía estar mucho rato quieto. Movía mucho los brazos, me levantaba, hablaba todo el tiempo, hacía bromas a mis compañeros. En otros momentos, si me quedaba quieto es porque estaba aburridísimo o medio dormido encima de la mesa. Me distraía mucho y no me enteraba demasiado de lo que había que hacer. Mis papás estuvieron de acuerdo en que me hicieran unas pruebas para ver si tenía algún problema de atención. Las pruebas me parecieron muy divertidas. Me lo pasaba genial con Paco haciendo juegos y resolviendo acertijos. Al final descubrieron que lo que me pasaba era que mi cerebro funcionaba de una manera especial. Uno solo puede vivir en su propio cerebro. No sabe como piensan o sienten los demás. Y para uno, ser, sentir y pensar así es lo más normal del mundo. Pero es un poco desconcertante que a los demás les parezca que somos raros o que tenemos algún problema. Gracias a Paco descubrimos que mi manera de ser no tenía nada de malo. Digamos, por ponerle un nombre, que la razón por la que me portaba así era porque tenía altas capacidades. Mi cerebro funciona de una manera diferente y eso hace que algunas cosas que a otros les gustan a mí me aburran, y las que a otros les aburren, tal vez a mí me flipan. Pero eso nos pasa un poco a todos ¿no?

 

¿Por qué no me gusta que me llamen “superdotado”?

 

Es un poco incómodo. Cómo se responde a la pregunta ¿así que sos superdotado? Es que las palabras tienen una historia y un por qué, y a veces suenan de una manera que hace que sean muy fáciles de malinterpretar. No me gusta pensar que soy “súper”, como si fuera un superhéroe o algo así, algo superior a todo lo demás, o extraordinario. Tampoco me gusta lo de “dotado” porque, aunque en realidad no quiere decir otra cosa que tener unas ciertas condiciones o cualidades para algo, eso es verdad para todos nosotros. La gente enseguida cree que tengo algo que los demás no tienen y me hace mejor o superior. Prefiero pensar y prefiero que los demás piensen que soy diferente. Ni mejor ni peor. Cuando me miro a mí. Cuando miro a los demás. Cuando los demás me miran. Porque no estaría bien que el más alto de la clase se sintiera superior a los demás. O el más bajo. O el más rápido en las pruebas de educación física. O el más memorioso cuando hay que aprender una poesía o una fórmula matemática. O el más atento cuando el profe pregunta algo o un compañero no se siente bien. No somos mejores o peores. Somos diferentes y tenemos que sentirnos bien, así como somos, sin pensar ni sentir que somos más ni mejores, menos ni peores que nadie. Conocer nuestras capacidades y no tener vergüenza es importante, pero no para mirar a los demás por encima del hombro, sino para usarlas para el bien de todos, y formar un gran equipo; en el cole, en nuestra familia, en nuestro grupo de amigos y el día de mañana en nuestro trabajo y dentro de la sociedad. Yo creo que todos tenemos altas capacidades ¿saben? Lo que pasa es que las tenemos en cosas diferentes. Cada uno tiene que descubrir la suya.

 

Expectativa vs Realidad

 

Si tenés altas capacidades deberías tener todos sobresalientes.

No. No es verdad ¡Es un gran error!

Las personas con altas capacidades solamente pensamos de otra manera y eso hace que muchas veces la forma en que nos enseñan las cosas en el cole nos resulte rara o difícil. Hay cosas que las aprendo super rápido. Y hay otras que me llevan mucho tiempo. Porque yo lo hubiera razonado de otra manera muy distinta. Y ese esfuerzo extra de adaptarme a cómo me enseñan las cosas, a veces me lleva tiempo.

Cuando estaba en tercero de primaria nos enseñaron las tablas de multiplicar. Y a mí no me gusta aprender las cosas de memoria, y como no me gusta no se me da bien. Necesito entender por qué. Así que me llevó muchos meses entenderlas. Iba muy lento. Muchos compañeros a la semana siguiente de empezar ya se las sabían. Y yo me acuerdo de que a veces me iba fatal en los exámenes porque no los llegaba a terminar. Hasta donde llegaba, tenía todo bien, pero no conseguía terminar ni la mitad de los ejercicios. No me sabía las tablas. Las pensaba, cada vez.

Cuando estaba haciendo las pruebas con Paco para ver por qué me portaba así en clase me dio algunos problemas de lógica que tardé mucho en resolver. Y él apuntó en el informe: había varias formas de resolverlo, algunas más rápidas, más simples, más fáciles. Él inventó un método novedoso. Le llevó mucho más tiempo y esfuerzo, pero llegó al resultado correcto.

 

Si tenés altas capacidades entonces deberías poder decirme ahora mismo… ¿cuánto es 1.000.000/52?

No. Que tenga altas capacidades no significa que sea una calculadora con pies. Ni que pueda hacer cálculos matemáticos en segundos. Mi cabeza no es un ordenador. Simplemente toma caminos extraños. A veces atajos sencillos, y otras, caminos llenos de obstáculos para poder llegar a un resultado o una conclusión. Además, no todas las personas con altas capacidades tienen las mismas habilidades ni los mismos intereses. Quizás a algunos se les den muy bien las matemáticas, pero a otros no.

 

Si tenés altas capacidades entonces debes tocar bien el piano ¿o el violín? ¿Y a que sos un campeón del ajedrez?

No. Y mil veces no. No todos tenemos los mismos gustos e intereses. Y mientras algunos pueden tocar maravillosamente un instrumento musical o dominar algún juego de estrategia y lógica, hay quienes tienen talento para las artes, las palabras, los deportes o son muy creativos y originales para inventar cosas o para resolver problemas y acertijos. Que tenga altas capacidades no significa que tenga un alto rendimiento en todo.

 

Si tenés altas capacidades entonces no necesitás clases de apoyo, que el profe te ayude, o que te lo explique otra vez.

No. No es así. Si algo me parece muy fácil, me aburre, lo abandono. Si me parece demasiado difícil me genera una gran frustración, porque soy muy perfeccionista. Me gustan los retos. Descubrirlo a mi manera, a mi ritmo y a la profundidad que me apetezca. Y los contenidos que hay que aprender no siempre son así. A veces hay que aprender solo una cosa, y no darle muchas vueltas. A veces hay que aprender algunas cosas de memoria para poder seguir, sin liarse demasiado pensando en por qué o para qué. Otras veces no puedo ir a mi ritmo porque el examen es ¡mañana! y no me da tiempo de resolverlo todo. Otras solo veo un montón de datos en una página que hay que recordar y si no entiendo dónde, cómo, y para qué ¡me cuesta muchísimo!

 

Si tenés altas capacidades seguro sos friki, rarito, tímido, nervioso, pesado, solitario, engreído, listillo, cabezota, sabelotodo…

No. No es así. Y me hace mucho daño que me digan eso. Que lo piensen. Que lo vayan diciendo a mis espaldas. Soy tan raro como cualquiera. Soy tan diferente y tan igual a los demás como cualquier otra persona. Algunas cosas se me dan réquete bien, y otras fatal. En algunas cosas soy genial y en otras un desastre. Para ciertas actividades soy ágil y para otras super lento. Para unas hábil y para otras, torpe. Hay tareas que me resultan muy fáciles y otras difíciles. Y unas divertidas mientras otras un aburrimiento total ¿No somos todos así?

¿No tendríamos que tener todos derecho a ser quiénes somos sin vergüenza, sin miedo y sin pensar que nos van a señalar o apartar, o a poner una etiqueta que no queremos que nos pongan, simplemente por ser como somos?

 

En primera persona

 

Tengo altas capacidades.

Tengo ojos grandes y pelo negro.

Soy alto y flaco.

Me gusta llevar el pelo largo.

Hablo español.

No creo en Dios.

Tengo la piel blanca.

Soy extranjero.

Odio el reguetón.

Amo el Roblox.

Pero ¿qué importa todo eso?

Soy yo. Soy un niño.

Y eso es todo lo que quiero que vean y piensen cuando están conmigo.

 

¿A que no lo sabías?

 

“Su rendimiento y sus resultados son insatisfactorios. No asimila bien. Las notas donde apunta sus experimentos están confusas. A menudo se encuentra perdido porque no escucha. Insiste en hacer las cosas a su manera. Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. Me parece algo ridículo. Si no puede ni siquiera aprender las bases de la biología, no tiene posibilidades de desempeñar el trabajo de un especialista. Sería una pura pérdida de tiempo para él y para los que deban enseñarle.”

Eran las palabras de un profesor hablando de John Gurdon, Premio Nobel de Medicina.

El profesor de Albert Einstein escribió: “Este chico no llegará nunca a ningún sitio. Es lento. Reflexiona demasiado antes de contestar a una pregunta. No consigue aprender nada de memoria. No entiende las reglas y las órdenes. No le gusta el deporte. Siempre está aislado.”

Muchos años después Einstein respondería con una frase muy controvertida…

“La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado todo lo que aprendió en la escuela.”

El astrofísico Stephen Hawking confesó sobre sus años de formación: “sentía un gran aburrimiento y tenía la sensación de que no merecía la pena esforzarse.” Aprendió a leer recién con ocho años. No le gustaba que le explicaran como hacer las cosas. No entendía los métodos. Su mente funcionaba de una manera completamente diferente a las demás.

Los maestros de Charles Darwin dijeron: “es un chico que se encuentra por debajo de los estándares comunes de inteligencia. Es una desgracia para su familia.” Su propio padre lo consideraba vago y demasiado soñador: “Mi hijo no piensa en otra cosa que en la caza y en los perros.”

La madre de Thomas Edison dejó de llevarlo al colegio para educarle en casa. El profesor decía que era “un chico mentalmente enfermo, confuso, inestable y embrollón.”

Giuseppe Verdi no fue admitido en la Escuela Superior de Música de Milán porque decían que adoptaba una postura incorrecta de las manos sobre el piano.

Leonardo da Vinci empezaba investigaciones sobre tema diferentes y después se frustraba y las abandonaba. Nunca fue a la escuela y los que lo conocieron pensaban que era lento, desordenado e hiperactivo.

¿Se imaginan qué triste, cuánto nos hubiéramos perdido si todos ellos se hubieran quedado pensando que eran demasiado diferentes para hacer algo bueno por este mundo? Perezosos, inútiles, inadaptados, indisciplinados, distraídos, malos estudiantes, soñadores, confusos, inestables, rebeldes, solitarios…

Todas las personas tienen una dosis de talento, pero hace falta fuerza de voluntad, motivación y muchas ganas de trabajar para desarrollarlo. Autoconfianza, disciplina y un plan de acción. Hay que encontrar el equilibrio justo para que esa estructura de control, dirección y trabajo guíe y sirva de apoyo sin ser demasiado rígida o limitante. De otra manera puede llevar al fracaso, generar mucha frustración e impedir el óptimo desarrollo de las potencialidades. La educación emocional y el desarrollo de las habilidades sociales son fundamentales para fortalecer la personalidad y mejorar la autoestima, la autodisciplina y la automotivación.

 

Infancia Bernal

Infancia

By | Primera Persona | No Comments

Mi infancia habita en Bernal.
Mi infancia y toda una parte de mí que está inevitablemente aferrada a los olores, a los sabores, a los sonidos, a las texturas, a las ausencias, a los recuerdos de Labardén 180.
Mi infancia vive, respira, corre, llora y se aterroriza en la casa de mis abuelos.
Una casa donde ellos ya no están, una casa que ya no es nuestra, en un país donde ya no vivo, en un tiempo que ya no es ahora ni volverá a ser.
Si recobro el valor de transitar los recuerdos oigo mis pasos susurrar sobre el parqué encerado levitando casi sobre los patines de lana. Y me paralizo porque suena el cucú, y chirría el mecanismo y se esconde el pequeño pájaro con un portazo seco de madera.
Luisa canta en croata en la cocina. La mesada llena de ñoquis de papa y tuco burbujeando en islotes oscuros de aceite dulce a baño María.
La pieza de tío Juan. Juan que se fue. Juan que tuvo que alejarse varios miles de kilómetros de esta casa en la que uno no puede más que ser su infancia. La habitación intacta a la que podría regresar el ingeniero emigrado, padre y marido si quisiera alguna vez volver a ser niño. Su refugio de pasado y de cobijo y de juventud donde encontrar sus libros de matemáticas y de la Antártida y sus monedas y estampillas, como si entre los preciados objetos estuviera la metáfora y la profecía de quién estudia para explorar y ganarse el mundo más allá de las rejas verdes y del jazmín, del rosal y del limonero. Más allá de las bolsas de cal y del néctar de los nomeolvides.
La casa de Bernal donde imagino que duermo la siesta. El cuerpo lleno de sol en líneas punteadas a través de la persiana, y de reflejos hipnóticos de cortinas de crochet. Los oídos llenos de cigarras y del canto enjaulado de Caruso y del ladrido cansado de Ari del otro lado de la medianera. Y el olor del strudel que se enfría entre el repasador y la mesada, y la colonia Fulton de lavanda entre los ochos de tu pulóver verde donde imagino que me acurruco cuando el mundo se me queda demasiado grande.

altar

El altar

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Todo se trata al final de la trascendencia.
La energía vital que se llevan las cosas.
Debería servirme rastrear ejemplos anteriores para relativizar la importancia que tiene todo.
Hay ejemplos tan cercanos en el tiempo, y otros tan lejanos.
Todos coinciden en su manera de funcionar.
Hay una cámara en mi cabeza, con un altar.
Y lo que ocupa el altar se lleva toda la energía vital.
¿Qué elijo colocar ahí? ¿Lo elijo realmente o se coloca solo?
Tengo control sobre eso porque está claro que yo soy quien construyó la cámara, el altar y el proceso de selección y permanencia del imán.
Tal vez haya más de una cámara, pero todas tienen un funcionamiento similar. Son réplicas unas de otras.
Hay una principal, eso está claro.
El trabajo lo ocupa todo. Ese maldito ingreso que valida o desprecia cada actividad y cada decisión a lo largo del día.
Ese mismo trono ocuparon mis hijos en su día.
Y las entregas de la universidad, las integrales, los polinomios, los cultivos a lo ancho y largo de la República Argentina, las tablas de multiplicar.
Esta constatación debería ayudarme.
¿Qué importancia real e intrínseca puede tener la tabla del 8?
Lo que no tengo claro todavía es si debo clausurar o desmantelar las cámaras. O si pueden llegar a servir de algo.
Tal vez sería interesante hacer un juego mental en el que subo por unos días un imán asociado al placer al altar.
A ver qué pasa.
A ver si funciona.
¿O correría el riesgo de dejarme dominar por él?
Pero si al final yo soy la que inventa escenario, personajes, roles ¿qué mas da?
Este árbol enfrente de mí. Éste árbol vive.
Sin siquiera saberlo.
No tiene control alguno sobre su existencia.
Y no corre el riesgo de creer que lo tiene.
Así somos los seres humanos.
No tenemos ningún control.
Lo malo es que creemos tenerlo.
Es que podemos inventarnos la idea de control.
Pero nuestra vida es exactamente igual que la del árbol.
Hasta inventamos a Dios para que nos inventase. Porque no éramos capaces de aceptar que no había un porqué.
Tantísimas variables debieron conjugarse para que existiéramos.
Y otras tantas para que yo existiera.
Es tan tentador dejarse llevar por la idea de que no hay ningún motivo.
Ninguna explicación. Ninguna razón.
Son solo necesidades creadas.
Es mi decisión dejar que mi energía se vaya toda en un imán que yo he magnetizado posado sobre un altar en una cámara que no es más que una construcción mental.
Lo único que cuenta.
La única voz que escucharé cada segundo hasta mi muerte.
Sólo mi voz.
Y la que menos oigo.
Sólo mi ser.
Y el que más ignoro.
Sólo mi vida.
Y la que dejo siempre en el último lugar.
Quisiera poder ser realmente frágil.
Y no dura, dentro de un traje frágil, dentro de un caparazón.
Ya no sé cuántas capas son. Cuál es el núcleo.
Si el corazón dentro de cada envolvente es blando, duro, está marchito, deshidratado.
A veces creo que es bello, suave, puro.
Otras solo imagino una especie de fruta seca y completamente inerte.
Pero al final.
Éstas también.
No son más que construcciones mentales.

Se acabó

By | Crisis Existencial, Literatura, Primera Persona | No Comments

Me cuesta terminar algunas cosas.
El gel de ducha, por ejemplo. O la pasta de dientes.
Necesito empezar uno nuevo antes de que se acaben. Siempre.
Es como un horror vacui, una adicción a la continuidad, pánico al instante de constatar la afirmación: “se acabó”.
Me pasa con otras cosas. 
Las tostadas del desayuno. Nunca falta ese paquete destrozado que tiene una tostada y media y un montón de migas en la mesada de la cocina.
Pero, indefectiblemente, ya tiene que haber otro abierto y ordenadito -de momento- en la mesa y al lado del café.
Lo que más me cuesta terminar son los libros.
No es que me cueste llegar al final.
Es que me angustia la última página.
Ya le había bajado el ritmo a Lucia Berlin. (sí, sin acento)
Sentí el vacío cuando, aunque parecía que faltaba más, me di cuenta de que las últimas cinco hojas eran: una en blanco, una con la fecha de impresión, otra de agradecimiento y otras dos con una biografía breve.
Qué tristeza…
Llevaba hoy tres días sin avanzar con tal de no terminar su Manual para mujeres de la limpieza.
Porque ¿cómo se vence la incertidumbre? ¿cómo saber si podré igualar esa cuota de placer con el siguiente? ¿cómo asegurarme de conseguir replicar esa adictiva sensación de sintonía, compañía, conexión?
Ya preparé un doble antídoto. Entre La Náusea y Malentendido en Moscú yo creo que Sartre y Simone de Beauvoir obrarán saludablemente en favor de mi estado emocional.
Y de paso, por unos días, los vuelvo a colocar uno al lado del otro. El orden alfabético no les hizo ese favor entre los estantes de la biblioteca.

carta de amor

Quisiera escribirte una carta de amor

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Quisiera escribirte una carta de amor.

Tal vez el problema sea el concepto de amor que se esconde detrás de ese deseo. La necesidad de un amor idealizado, de un amor que lo llene todo y acabe con este vacío y este dolor, con este absurdo sinsentido.

Quisiera escribirte una carta de amor, pero todo lo que siento ahora es miedo, incertidumbre, culpa, desconfianza, dolor ¿Será que nuestro amor está en alguna parte debajo de todo esto?

Estoy tan cansada de intentar ser una persona normal. De esforzarme por funcionar. Tan agotada de sentirme culpable por no poder ser feliz con todo lo que tengo, que es tanto y tan valioso; pero pareciera que nunca me es suficiente. Siento el dolor contenido en mi cabeza. No quiero llorar. No quiero caerme. Veo como todo se empieza a volver absurdo y ajeno. No quiero que esa sensación me abarque pero empiezo a sentir como el vacío se va extendiendo como una oscura mancha viscosa que empieza a inundar cada acto, cada mirada, cada palabra, cada pensamiento. Siento un silencio pesado guardado en el pecho, que podría transformarse en un grito o en llanto, pero está congelado.

Quisiera escribirte una carta de amor y no sentir tanto miedo de perderte, miedo de mí misma, de mi latente capacidad de destruirlo todo. Quisiera un amor cómplice, liberador, un refugio de autenticidad, que sea hogar y sentido, confianza y certeza. Pero todo lo que siento es una incapacidad tan grande de amar. Terror de mí misma, de verme expuesta, de abrir mi corazón, de ser quien deba ser y sentir lo que deba sentir sin miedo de hacer daño o de acabar destrozada.

Estoy tan cansada de mis indagaciones y de repetirme continuamente que sin amarme primero no podré amar a nadie. Estoy tan perdida sabiendo que hasta que no descubra quién soy no dejaré de sentirme infinitamente sola y vacía. Hasta que no pueda compartir lo que soy y lo que siento sin vergüenza y sin miedo. Pero no sé hacer eso.

Quisiera escribirte una carta de amor y hacer que esos instantes de conexión, de sintonía, de alegría, de placer, me bastaran. Me alcanzaran para apagar mi cabeza. Me permitieran confiar en vos y en mí. Me ayudaran a tener algo de que aferrarme.

Quisiera escribirte una carta de amor y me destroza recordar que un día fuimos el uno para el otro el eje y los bordes del mundo, y creímos que seríamos capaces de todo mientras estuviéramos juntos. Y hoy tengo la sensación de que toda construcción podría ser un frágil decorado, podría destrozarse y dejar restos irreconocibles de nosotros volando a la deriva, alejándose sin remedio y sin rumbo. Cuando un día todo parecía una danza tan hermosa y perfecta, un movimiento armónico y perpetuo.

Quisiera escribirte una carta de amor y no sé qué es lo que te estoy escribiendo.

 

 

sagrada familia

Ya lo sabíamos

By | Arquitectura, Primera Persona | No Comments

Cuando llegamos todo parecía estar en su lugar. Todo parecía igual que siempre. Y hasta fue fácil llegar. Más fácil de lo que esperábamos. En los viajes a Barcelona siempre algo salía mal. Teníamos ya una colección de anécdotas de los viajes. Parecía que Barcelona siempre quedaba más lejos de lo que estaba en realidad. Daba igual si íbamos en tren, avión o coche. Todos los transportes nos terminaban demostrando que escondían alguna perversa manera de arruinarlo todo.

La primera vez que fuimos todavía no teníamos hijos. Habíamos llegado a España hacía unos meses. Menos de seis, seguramente, porque todavía usábamos el seguro de assist-card. Hasta ese momento, Barcelona era para nosotros una lista de obras de arquitectura en páginas de revistas; fotos con gran angular y cielo azul en papel satinado mate del Museo de Arte Contemporáneo de Richard Meier, un volumen blanco y perfecto aterrizado en la Plaza de los Ángeles de la ciudad vieja; plantas acotadas, detalles constructivos y texturas de mármol verde de los Alpes del Pabellón de Alemania de Mies van der Rohe para la Exposición Internacional de 1929; desplegables tamaño A3 del interior de la Casa Batló de Antoni Gaudí en el monográfico del centenario. Pero esas obras eran de verdad. Barcelona estaba ahí para confirmarlo. Se podía caminar por la rampa del museo, y acariciar el mármol del pabellón y oír el crujido de la madera cogido del pasamanos de la escalera de la casa. Pero ese viaje no fue perfecto. Aunque no salía en la guía de la imprescindible Barcelona para arquitectos, también visité la clínica privada del Pasaje del Mercader 14, y tuve que respirar en la sala de espera, y coger el pomo de la puerta del aseo, aunque no tenía ningún diseño especial ni había sido ideado por un gran arquitecto, ni salía en ninguna revista.

La segunda vez fuimos en el Clío. Fran tenía 4 meses y se estaba recuperando de una gastroenteritis. Ese fue el viaje más largo de todos. Porque, aunque él resistía el malestar y dormía plácidamente en su sillita a pesar del olor a vómito, nosotros habíamos empezado a sentir los inconfundibles síntomas del contagio que nos obligaron a pasar dos días en un hotel de Calatayud alimentándonos a potito Nestlé de pollo con judías. El Clío no cubría nuestra necesidad básica. No tenía inodoro.

La tercera fue en avión. Íbamos a pasar las Navidades de 2007. El 24 a la noche, cuando parecía que por primera vez estaba saliendo todo maravillosamente, Fran empezó a vomitar. Hasta que vomitó 12 veces y terminamos pernoctando en el Hospital de Sant Pau donde no solo me contagié el rotavirus que nos impidió coger el vuelo de vuelta -por los mismos motivos que nos anclaron al hotel de Calatayud- sino una varicela que me tuvo 40 días sin salir de casa 3 semanas después.

Esta vez ya íbamos sabiendo que algo no iba a ir bien. No esperábamos a que nos cogiera por sorpresa. Ya lo sabíamos, aunque hiciéramos de cuenta que no. Cuando llegamos todo parecía estar en su lugar. Gabi nos recibió tan arreglada y sonriente, casi con su brillo de siempre. Preparaba un brownie para merendar. Yo nunca había estado en ese piso. Tenía algo diferente y algo igual a los demás. Tenía los mismos muebles, pero también otros. Tenía las mismas fotos, pero algunas faltaban. Agustina. Hacía seis años que no la veía. Llevaba el pelo recogido en un rodete de tres trenzas y los ojos todavía maquillados para el festival de gimnasia rítmica. Delineador gris y purpurina azul. La mirada de su papá, y hasta el gesto al retirar la vista como diciendo: ya no te miro, pero no porque no quiera.

Agus nos mostró la casa. Su habitación ya de niña mayor. Sin tantos peluches, ni muñecas, ni colores como la última vez. El comedor. Ni una cosa fuera de su sitio. Las sillas de madera de tres colores patinados en tonos entre azul y verde pastel. El espejo de marco rústico blanco devolvía a la perfección la posición, forma y color de las lámparas y el aparador, velado por el reflejo tenue de la luz tamizada que entraba por la puerta ventana lateral. A la izquierda del pasillo había un cuarto de impecable puerta blanca con una chapa ovalada inscrita en cursiva negra. Ponía Chambre. Creo que en francés puede ser habitación, dormitorio, también oficina. Agustina nos dijo, casi en un susurro: aquí mejor no entrar. El salón sí que me recordaba a todos los anteriores salones que había conocido. Todos los sofás en los que habíamos reído y bebido, y añorado y planificado y divagado y regañado a los niños por hacer tanto ruido y obligarnos a elevar demasiado el tono de voz al hablar. Pero la ventana no era como las demás. Ésta tenía el privilegio de enmarcar los pináculos de la Sagrada Familia. Cuando los vi, intenté con frialdad eludir todo simbolismo, evité deslizarme entre las inevitables relaciones metafóricas que mi psiquis está tan adiestrada para construir. Pasamos tímidamente al dormitorio principal. Media cama ocupada por lavadas, planchadas y perfumadas sábanas, fundas, almohadas y edredones que nos envolverían durante la noche.

Faltó un plato cuando pusimos la mesa. Y un par de zapatos en la entrada cuando volvimos de la playa. Y una chaqueta en el perchero entre las capuchas y las bufandas de algodón y las mochilas. Faltó una cámara de fotos encima de la silla en el McDonalds. Faltó tu abrazo cuando nos fuimos. Ya lo sabíamos cuando llegamos. Por momentos hacíamos de cuenta que todo transcurría con naturalidad. Porque podrías haber estado en el trabajo cuando llegamos, o afeitándote mientras desayunábamos. Podrías haberte acostado pronto el sábado por la noche, o haber estado duchándote mientras hablábamos en la sobremesa. Haberte quedado rezagado fotografiando la puesta de sol durante el paseo por la playa. Pero en algún momento. En algún momento tendrías que haber aparecido. Ya sabíamos que algo no iba a ir bien en este viaje a Barcelona. Y es que no ibas a estar amigo mío.