Category Archives: Primera Persona

Sara Facio

Llueve

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Llueve. Siempre que llueve es en Buenos Aires. Me despiertan las gotas golpeando sin ritmo la baranda metálica del balcón del lavadero. Y me levanto nostálgica. Y porteña, aún con todo un océano de por medio. Y abro la ventana para respirar esa humedad que me es tan necesaria y que me transporta.

No soporto el ventilador del CPU, ni que arranque la heladeraꓼ la tos del vecino, los dedos en las teclas. Me detengo. Solo quisiera escuchar la lluvia. Y nada más.

La lluvia en Buenos Aires tiene el olor de la tierra y los jazmines y las rosas. Del café, de las tostadas. Tiene la radio encendida y un trapo debajo de la puerta. Tiene el pelo mojado y los vidrios empañados y lo impregna absolutamente todo.

La lluvia en Buenos Aires es una foto en blanco y negro. La gente corre. Cuerpos impermeables sin cabeza. Paraguas negros. Las botamangas mojadas en los charcos. Las piernas mojadas por los colectivos y los taxis que pasan y salpican toda esa agua que no cabe en los desagües. Es el ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado. Es quedarte apretado entre los desconocidos al amparo de una cornisa hasta que pare, hasta que cambie el semáforo, hasta que se haga tarde. Porque no hay paraguas que resista. Y ya se te calaron el abrigo y las botas.

La lluvia en Buenos Aires es una foto de Sara Facio en un libro de tapas duras.

Sara Facio es la culpable de esa imagen que tenemos impresa en la retina. Esa fotografía en sepia que perfila nuestra primera asociación a tantos nombres. Nuestro retrato mental de Pizarnik, Cortázar, María Elena Walsh, Borges, Mercedes Sosa, Neruda, Sábato, García Márquez, Astor Piazzolla.

Ella misma sintetiza su obra fotográfica con estas palabras:
“Lo que yo hago en fotografía es para lograr que el día que yo me muera no digan que se murió una vaca, sino que se murió una persona que vio eso. Y lo que yo vi está en mis fotos. Como si dijera: ésta es mi ciudad, mi gente, la que admiro, la que me gusta. Ese es mi canon.” Sara Facio (Argentina) · 18 de abril de 1932.

Ojalá cada uno de nosotros pueda llegar a hacer lo que tiene que hacer. Pueda tener suficiente valor y certeza para conseguirlo. Ojalá cuando cada uno de nosotros se muera exista al menos una persona que pueda decir: esto es lo que esta persona sintió, lo que pensó, lo que escribió, lo que vio, lo que hizo, lo que dio.

Ojalá podamos inspirar a alguien. Ojalá podamos haber sido lo que teníamos que ser, a pesar de todo.

eutanasia

Eutanasia

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El 8 de abril de 1911, Emil Cioran afrontaba el inconveniente de haber nacido.

Ante la duda de escribir lo que estoy pensando esta mañana, Cioran me dice:
“Escriba sólo si lo que va a decir, nunca se lo confiaría a nadie.”

Así que junto valor y dejo de pensar en quién me leerá y en lo que pensará a continuación. Dejo de medir las palabras; las ideas que pueda haber detrás de las palabras, y de las que no soy consciente, y que probablemente me avergüencen, sin siquiera entenderlas.

Me quedé sobrevolando en círculo la vida y la historia; las noticias asociadas a Ángel Hernández y María José Carrasco. Tengo una enorme reticencia a ver los videos de las noticias. Soy capaz de leer la transcripción de una conferencia o de una charla antes de verla en vídeo. No es que tenga nada contra los medios audiovisuales; simplemente no puedo prestarles la debida atención. De las canciones siempre escucho más la letra. Con los subtítulos también me detengo, las palabras me pesan más que las imágenes. Disfruto del cine en versión original; leo y oigo, y eso es para mí una experiencia sublime. He llegado a descargarme subtítulos de películas para releerlos. Con el bloc de notas. Recordaba algún dialogo. Alguna frase. Y necesitaba leerla otra vez. Eso lo construye todo. No sé si es por evitarme la sobreestimulación de lo visual, del movimiento, de la afectividad que todo lo otro puede generarme. Me pregunto si las palabras no me han preservado de vivir desde el resto de mí. Desde la emoción y desde el cuerpo.

Pero con la historia de Ángel Hernández y María José Carrasco sí le di al play. Es verdaderamente desgarradora la situación en la que estaba esta pareja. Ella, deteriorándose sin remedio. Él, asistiéndola y acompañándola, pero sabiendo que no podía salvarla, sanarla, devolverle todo lo que había perdido y seguía perdiendo lentamente cada día. Sin ayuda. Sin apoyo. Sin medios. Sin fuerzas. Sin esperanzas. Sin fin.

Siento, desde ese rincón visceral y palpitante, oscuro, vivo y sangrante de mi subconsciente, que ayudar a alguien a morir es el mayor acto de amor que existe. Creo que es un acto de amor incondicional como ningún otro. Presos como vivimos de nuestras propias pulsiones, deseos, necesidades, pensamientos, dudas, dolores, ansias, padecimientos, pasiones, preguntas, saberes, vacíos. Ciegos de tanta inevitable y absurda individualidad, subjetividad y autorreferencia. Ayudar a alguien a morir. Ayudar a alguien a quien amamos a morir. Entender cuál es su necesidad, su deseo, su dolor y su angustia, y no intentar convencerlo, repararlo, disuadirlo, manipularlo, moldearlo. Eso creo que es el amor. Llamamos amor a una especie de fijación absurda por el otro, de despersonalización y sacrificio de la propia identidad por el ficticio y supuesto bien del otro, de ese uno que somos con el otro. Llamamos amor a vestir al otro con un traje a la medida de nuestras propias necesidades y deseos, un traje que parece estar mágicamente diseñado para vestir, y perversamente cortado para satisfacernos. Perdemos nuestro propio eje con tal de seguir sosteniendo que ese otro es en realidad el elegido. Nos transformamos en cualquier cosa cuando no somos ya capaces de convencerlo, con tal de seguir siendo esa ameba común con derecho y razón para existir.

Respetar al otro aun cuando nos parezca que está equivocado. Dejarlo ir hacia donde deba ir aun cuando creamos que le esperan tormentas y obstáculos y abismos. Prestarle atención y darle alas cuando pensamos que habla en una lengua ininteligible y su mirada y su camino se dirigen a territorios desconocidos y lejanos. Darle libertad aun cuando signifique perderlo. Decirle que sí si lo necesita aun cuando nuestra voz esté llena de terror y negación.

Ayudar a alguien que amamos a morir es una muestra irrefutable de que el amor incondicional sí existe, aunque no se parezca en nada a lo que nos dieron, a lo que sabemos ofrecer, a lo que pide a gritos nuestro niño dependiente interior, a lo que necesita el sistema que repliquemos para sostenerle.

Hay que romper tantas barreras, tantos prejuicios, tantas leyes, tantos mandamientos, tanta hipocresía, tanto automatismo. Hay que romper el propio núcleo de nuestra estructura psíquica; todas las redes, todos los patrones, todas las cadenas. No creo que haya otra cosa que pueda romper con todo eso. No creo que pueda hacerse algo tan humano y tan heroico sino es gracias al amor.

“Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera. Sin la idea del suicidio, si no fuera por la posibilidad del suicidio, ya me habría matado.” Emil Cioran

cerebro plano

Planicie

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Leí hace algunas semanas un artículo sobre los terraplanistas. Personas que creen que la tierra es plana. El artículo tenía un cierto ingrediente de tinte alarmista. Ese que suelen tener las miradas objetivas sobre las ideas ridículas.

Por lo visto, era muy preocupante que dentro del propio equipo que habían puesto a investigar el asunto habían ocurrido situaciones imprevistas e inesperadas como el súbito convencimiento de algunos de ellos -individuos formados y biempensantes- de que la tierra era, en efecto, plana. Y esto ocurría entre otras muchas desviaciones ideológicas de las que pronto se habían vuelto simpatizantes y que provenían de las más variadas teorías conspirativas.

El punto alarmante era la fuerza y capacidad de penetración que tenían ciertos discursos y contenidos audiovisuales cuyo consumo podía llegar uno a concatenar siguiendo las recomendaciones de YouTube. Uno empezaba mirando un documental sobre los atentados del 11-S y terminaba adhiriendo a las teorías terraplanistas, una vez puesto en duda absolutamente todo.

No sé realmente de qué nos asombramos.

Hace unos días hojeaba (no sin cierto cinismo) en la tienda de periódicos el último ejemplar de la revista Año Cero y me preguntaba cómo podía estar en pie toda la cadena de personas y recursos que hacen falta para que esa publicación se redacte, se maquete, se imprima, se distribuya ¡y se venda! Había una entrevista a la líder mundial del movimiento vampírico, hallazgos arqueológicos y extraterrestres que los gobiernos nos ocultan y un relato con experiencias paranormales y estremecedoras ocurridas en el interior y las inmediaciones de un monasterio en Girona.

Pero no hace falta analizar las teorías conspirativas ni las revistas del más allá.

¿Por qué no nos alarma y nos preocupa del mismo modo pasar frente a las escalinatas de una iglesia? ¿o por la puerta de una casa de apuestas? ¿o por las calles vacías cuando se juega un superclásico? ¿o entre la fila interminable de gente para comprar la lotería de Doña Manolita? ¿o ante la curva ascendente de color verde del gráfico de estimación de voto para las generales?

¿No sigue gran parte de la humanidad en todo el mundo y a todas horas creyendo en cosas que no tienen ningún asidero, inventando algo en que creer y a lo que aferrarse sin dudar? ¿hay algún rango psicosocial para medir qué tipo de ceguera es menos peligrosa que otra?

Llamamos creyente al que cree, al que profesa una determinada fe religiosa. Y aunque es un adjetivo se puede volver sujeto en el momento menos pensado ¿Y todos los demás? ¿No son creyentes también? ¿No necesitan justamente creer y ya no dudar, aunque sea adhiriendo a las teorías más ridículas?

Da igual si las explicaciones son esotéricas, metafísicas, políticas o pseudocientíficas. En un punto todo puede llegar a confluir. Todo puede dar exactamente igual. Es tan parcial y antropocéntrica y absurda nuestra porción de conocimiento y conciencia de la realidad que no hay verdaderamente como sostenerla. El tamaño de nuestro ego y la magnitud de nuestro vacío siguen llevándonos siempre a buscar desesperadamente algo en que creer, de que aferrarnos, alguna certera, firme e inamovible explicación.

Dejémoslos en paz. Normalizamos tantas cosas que son realmente mucho más alarmantes. Aceptamos con naturalidad tantas obscenidades a diario. No creo que los terraplanistas sean tan peligrosos. Son pocos.

Que crean lo que quieran.

mujer-loba

No está en Internet

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

No está en Internet.

Probé muchas maneras de buscar. Pero no lo encuentro.
Incluso probé traduciendo al croata, pero no pude con las búsquedas posteriores para entender qué había dentro de cada enlace.

Estoy intentando recordar el cuento de la loba y el lobo que me contaba mi abuela Luisa todas las noches que me quedaba a dormir en su casa.

Siento que hay algún tipo de huella profunda, un mensaje importante en ese cuento, y necesito recordarlo para entender. Tengo la sensación de que hay una llave que abrirá algo fundamental dentro de mi y que mientras no recuerdo el cuento, me está velado. Quizás esté tan cerca y sea tan fácil dar con la respuesta. No sé si ya le pregunté a mi hermana o a mi mamá si recuerdan el cuento. Yo solo lo busco en Internet. Y me estrujo el cerebro intentando oír a mi abuela Luisa susurrándolo cada noche. Pienso que está en mí, en algún lugar. Tengo la necesidad de encontrarlo en mi memoria. Como tantas otras cosas imprescindibles y necesarias que sé que hay en mí, que están, y no doy con la manera de llegar a ellas.

El cuento era sobre una loba. Recuerdo perfectamente las imágenes que yo construía en mi cabeza cada vez. Tenía el cuento ilustrado en mi pantalla mental. Oía los sonidos del bosque. Todo era muy oscuro. El bosque era negro. La loba era negra. El lobo era negro. Los árboles eran negros. El cielo era negro. El suelo era negro. Y solo se oía a los lobos huir. Huir de un grupo de humanos. De hombres que habían comido en una casa, que habían robado, que habían bebido. Pero no me queda claro si los lobos también habían robado, habían comido, habían bebido en esa casa. O era el lobo el que había robado y comido y bebido en esa casa y entonces huían y la loba tenía que librarse de él. Tenía que huir de los hombres, pero tenía que huir del lobo también. Lo que sí recuerdo perfectamente es que la loba elegía un lugar del bosque en el que dormirían. Elegía muy sutil e inteligentemente un claro cerca de un precipicio. Y aprovechando la oscuridad y el cansancio y la borrachera del lobo lo ayudaba a recostarse del lado del barranco. Y ya acostados lo iba moviendo con la excusa de que hacía calor, de que estaba incómoda, de que él olía a vino, de que estaba roncando. Y después de varios pequeños empujones conseguía que el lobo se cayera por el precipicio ¿Quién iba a sospechar de ella, en un bosque tan oscuro, con un lobo tan borracho?

Desde estos retazos de palabras y voces e imágenes que me trae la historia de la loba y el lobo me pregunto si ese cuento croata existe o mi abuela se lo inventó. Pienso en esa sensación de seguridad que me daba la repetición. Yo no quería que abuela me contara otro cuento diferente. Ese ya me lo sabía y solo quería que me lo contara otra vez. Y otra vez. Ese cuento que debo de haber oído cientos de veces y ahora no consigo recordar.

Interpretando con mi psiquis de hoy pienso en esta fábula como una narración cargada de abuso y violencia y maltrato. Y en la inteligencia y la calma y la sutileza con que debe obrar la víctima que huyendo del peligro solo puede encontrar la solución en medio de la oscuridad, de la soledad, en el abismo.

Podía ser feliz y sentirme segura con muy poco. Podía merendar cada tarde un tazón de café con leche con galletitas criollitas. Podía jugar con una sola muñeca fofoleta de color marrón. Podía mecerme en la misma hamaca de madera y hierro. Moler fideos para sopa en el molinillo de café. Y leer el mismo libro de la expedición a la Antártida. Y escuchar el mismo cuento. El mismo cuento cada noche. El mismo cuento que ahora no consigo recordar.

Ahora nos cansamos de todo. Nada nos satisface. Nunca es suficiente. No alcanzan las cosas. No alcanzan las actividades. No alcanza el dinero. No alcanzan las relaciones. No alcanzan las personas. No alcanza el placer. No alcanza el tiempo. No alcanza la batería. No alcanza la señal. No alcanza la vida. Todo se queda corto.

No creo que hayamos perdido la capacidad de ser felices con un solo libro, y un solo tazón, y una sola muñeca, y un solo columpio, y una sola abuela, y un solo cuento.

Tal vez eso sea lo que estoy intentando recordar y no puedo. Esa capacidad. Está en mí. Y no la encuentro.

No está en Internet.

destino

Destino

By | Primera Persona | No Comments

Hace 14 meses que me llegó el primer envío.

Me parece una casualidad un poco exasperante haber vuelto a mirar las dos cajitas y el albarán de DHL y ver que tiene fecha 18 de enero de 2018. Dieciocho. Uno. Dieciocho. Y hoy es dieciocho otra vez. Y hoy se me ocurrió volverlas a mirar.

No voy a dar nombre y apellido porque no sé si podría meterme en un problema y a estas alturas imagino que el verdadero destinatario pensará que es irrelevante recibir sus envíos.

Lo que es realmente muy extraño es encontrar tu dirección y tu número de teléfono móvil a nombre de otra persona. Y más allá de las explicaciones conspirativas, sobrenaturales o paranoides, que son siempre las que se me ocurren en primer lugar, termino pensando que se trata de un error informático, logístico, humano o matemático. Y nada más.

Antes de abrir la primera caja busqué el nombre y apellido en Internet. Pero desistí de continuar con la investigación cuando descubrí que, bajo ese nombre y ese apellido (cuyas iniciales son: N. Ch.) existían tres cuentas de Twitter, seis perfiles de LinkedIn y cinco de Facebook, más alguna cuenta suelta de Flickr, un canal de YouTube, y hasta un perfil actoral en Imdb.

Lo que hice a continuación. O sea, exactamente después de desistir en mi investigación, fue -no sin cierto reparo, como si estuviera violando su intimidad, sus deseos, sus compras, sus necesidades, su privacidad, su secreto, pero no sin una curiosidad y un morbo importantes y más tarde absolutamente defraudada por la banalidad del objeto en cuestión- abrir la caja.

La primera caja. Porque fueron dos.

Prisma de cartón blanco y morado de unos 15 x 6 cm. Primer y subsiguientes textos legibles en el orden en que captaron mi atención: Max. 50 kg. Travel made easy. Digital luggage scale. LED backlight display. CE. RoHS. Made in China. Una fotito de un avión comercial arriba a la izquierda. Un esquemita de una maleta colgando de un gancho colgando de una cuerda colgando de un cacharrito algo fálico de color rojo metalizado, pero definitivamente nada erótico con un display electrónico negro y un interruptor táctil y una lucecita roja diminuta.

Era una báscula digital de equipaje electrónica portátil. Nunca la saqué de la caja.

El segundo envío llegó unos meses después. Y ya pudiendo saltarme los pasos de paranoia e investigación pasé directamente a la tarea posterior que era la de abrir la primera caja anónima, genérica y monocroma para encontrar ese contenido único, esencial y fascinante que en este caso se trataba de un portarrollos de papel higiénico de diseño minimalista de acero inoxidable pulido con una bandeja superior ¡para apoyar el móvil! Y no solamente increíble por su múltiple funcionalidad sino también por su fácil instalación ya que traía un parche 3M súper adherente rectangular de la exacta medida de la chapa de acero que evita el uso de taladros y brocas y tornillos y tarugos y destornilladores y aspiradoras para su colocación que podría darse por finalizada en el término de 3 minutos.

No sé si otras personas hubieran contactado con la empresa de transportes. Devuelto los envíos. O los hubieran puesto a la venta. O tirado a la basura. O asumido como propios y utilizado con total y absoluta naturalidad después de consultar el diccionario y darse cuenta de que por un motivo u otro esos objetos habían llegado a su destinatario/a. Entendiendo destinatario/a como un adjetivo que acompañando a una persona o cosa la especifican como a la que se destina o dirige algo. Y siguiendo con el hilo semántico se podría decir que el destino que destinó que yo fuera la destinataria puede haber sido una fuerza desconocida, un encadenamiento de sucesos considerado como necesario y fatal, una circunstancia favorable o adversa, una consignación, señalamiento o aplicación de algo para determinado fin; tal vez una meta, un punto de llegada. Porque que yo estuviera destinada a ser la destinataria de esos envíos significa que ese cierto lugar y esa cierta persona -que vendrían a ser mi domicilio en primer término y yo misma en segundo término- eran las que estaban determinadas para constituir la meta a la que se dirigían los consiguientes envíos.

Y esto escapa a mi control y no es una opinión mía sino solo y únicamente lo que me dicta el diccionario.

Pero no. Yo no hice nada de lo anterior. Yo solo apoyé las dos cajas. La más grande, la del portarrollos, abajo. Y la más pequeña, la de la báscula portátil, arriba. Y encima de ambas el albarán doblado por la mitad. En la segunda balda blanca de Ikea que tengo encima de la pantalla del ordenador en la oficina. Para 14 meses después volverlas a mirar y sentarme a escribir toda esta innecesaria y absurda concatenación de palabras.

Y quedarme posteriormente un poco con las ganas de buscar algún hilo conductor que enlace los dos objetos. Algún significado oculto. Algún mensaje cifrado que se me escapa. Que todavía no estoy lo suficientemente receptiva como para comprender.

Porque si en un taller literario o en un brainstorming creativo o en un ejercicio de improvisación teatral les pusieran delante un portarrollos de diseño y una báscula digital portátil ¿qué harían?

sin embargo

Sin embargo

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No soy una mujer tonta. Sin embargo, me dejo engañar con mucha facilidad.

No soy una mujer ingenua. Sin embargo, tiendo a confiar ciegamente en los demás.

No soy una mujer superficial. Sin embargo, hay muchas personas que no me toman en serio.

No soy una mujer cobarde. Sin embargo, me dan pánico muchas cosas que el resto de la humanidad hace cada día con absoluta naturalidad.

No defiendo ni recomiendo a las parejas separarse sin buscar ayuda, sin luchar, sin intentarlo; porque la culpa, en realidad, nunca es del otro. Sin embargo, me divorcié.

No me parece saludable que mis hijos tengan dos casas, padres que no se aman, y terminen su infancia viendo como puede desmoronarse una familia. Sin embargo, es el tipo de realidad a la que los expongo cada día.

No soy homosexual. Sin embargo, he llegado a amar profundamente a una mujer.

No estoy a favor de ningún tipo de mentira, hipocresía, ni falta de lealtad. Sin embargo, he sido infiel; y me he enamorado también de un hombre casado.

No me parece bien que una mujer se quede en casa cuidando de sus hijos ; aparque sus sueños, su carrera y apague su vocación. Sin embargo, eso mismo es lo que yo hice durante muchos años.

No creo en ningún dios. Sin embargo, muchas veces activo el pensamiento mágico e intento creer firmemente que algo o alguien me sostendrá cuando caiga o no permitirá que eso ocurra.

No creo en los oráculos ni en la astrología ni en las ciencias ocultas. Sin embargo, me he tirado el tarot, me he leído las manos y he preguntado a mis libros cientos de veces, cuando estoy absolutamente sola, muda, ciega, sorda y perdida ¿qué tengo que hacer?

Abro una página cualquiera y leo al azar la primera frase que veo. La verdad es que muchas veces me he quedado absorta con las respuestas.

¿Tengo que escuchar a mi cabeza o dejarme llevar por el corazón? Y José Donoso, desde el decimotercer renglón de la página 93 de “El jardín de al lado” me responde:

– Hay que defenderse.

Quizás sea una cuestión de desligarme ya de esa necesidad de encajar en alguna definición, en algún epígrafe de todos los disponibles en la cuadrícula del mundo, y sin la menor coherencia ni ansiedad afirmar:

Yo soy solo yo. Y sin embargo…

2019

2019

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Empezó el año 2019. Y me cuesta escribir 2019. El 9 se me atraganta un poco. La verdad es que todos los años me pasa un poco igual. Me cuesta cambiar la unidad. Así, de un día para el otro. Empiezo a pensar en los calendarios. Se me despierta una infinita curiosidad por los calendarios. Advierto que antes de emigrar me venía más frecuentemente a la cabeza la palabra almanaque; no calendario. Busco la etimología. Me respondo una absurda pero convincente explicación. Almanaque tiene una raíz árabe: “almanáẖ”, que es calendario, y esta deriva del árabe clásico: “munāẖ”, que tiene que ver con las caravanas, porque los pueblos semíticos comparaban las estrellas con las posiciones de los camellos en ruta. No soy ninguna erudita. Esto viene en el diccionario online de la RAE. Y calendario viene del latín: “calendarium”; entonces no me parece para nada disparatado que en Argentina usáramos almanaques y acá calendarios, dado que el español que llegó a América era mucho más andaluz que el español que evolucionó acá y es mucho más latino. Y siguiendo con la curiosidad calendárica y mezclándola con mis propios recuerdos descubro el calendario egipcio y sus doce meses de treinta días, y sus meses divididos en tres periodos de diez días, y sus años divididos en tres estaciones de cuatro meses según las crecidas del Nilo y las actividades agrícolas: inundación, siembra y recolección. Y así el año egipcio tenía tres periodos de cuatro meses que se llamaban -traducidos al castellano- primer y segundo y tercer y cuarto mes de inundación, siembra y recolección. Y así se acababa el año solar y agrícola y sobraban cinco días que no sabían bien cómo adjuntar para completar el ciclo y que llamaron días epagómenos, que, ni más ni menos, fueron los días del nacimiento de los dioses. Osiris, Horus, Seth, Isis y Neftis renacían en esos últimos cinco días del año. Y me pareció muy fuerte que, de pronto, hicieran también resucitar a Jesucristo en la mitología cristiana el día 25 de diciembre ¿no?

Y me quedé con ganas de analizar más profundamente los demás calendarios del mundo antiguo, pero no llegué a precisar demasiado, y aunque el azteca me atrajo infinitamente, y una de las vertientes arqueológicas, además de analizar que los meses duraban veinte días y los años dieciocho meses y había ciclos -una especie de siglos- de cincuenta y dos años, interpreta que esa Piedra del Sol -más comúnmente conocida como calendario azteca- que mide 3.60 metros de diámetro, podría haber sido una plataforma de combate. Y deseé por un momento presenciar uno de esos combates. Combates contra el tiempo. Combates contra la muerte. Combates para que saliera el sol, para que hubiera lluvias, para que los machos pudieran cazar y las hembras parir. Para que la tierra fuera fértil y los alimentara a todos un día más, un mes más, un año más, un ciclo más. Porque la vida es un campo de batalla.

Pero me desvié del tema y empecé a recordar los calendarios y los relojes y los almanaques de mi infancia. Los testigos del tiempo y de los ciclos y de los días. Y recordé que mamá compraba todos los diciembres un almanaque de tela en la mercería. Un almanaque de tela con dos barras de madera. Un almanaque de tela de colgar. Y lo colgaba el día uno de enero en el mismo rincón del comedor. Siempre el mismo almanaque, pero siempre otro. El de ese año. Con sus lunes y sus jueves y sus domingos cada uno en su lugar. Los bordes verdes y unos festones curvilíneos rojos y dorados y un reloj cucú que separaba los dos primeros de los dos últimos números del año con su cresta dorada y florida. 19, cresta dorada y florida, 84. Ese cucú siempre me molestó un poco porque las horas estaban en números romanos y el cuatro eran cuatro palitos. Y yo odiaba que tuviera ese error. Porque el cuatro en números romanos no se escribe así. Y nunca entendí, año tras año, cómo podían volver a imprimirlo igual. Cómo, con toda la gente que seguramente intervenía en el proceso de diseño, logística y estampación, no había nadie que pusiera el grito en el cielo e impidiera continuar con semejante error. En fin. Creo que, a día de hoy, siguen imprimiendo los mismos cuatro palitos.

También había otro calendario en casa, en el primer estante de la biblioteca. Era un calendario perpetuo, de madera, que traía dos cubos con los números en dorado para los días y unas tablitas con los nombres de los meses. Así que doce veces al año uno cambiaba el mes, y cada día, parte del rito matinal, era girar los cubitos para que hoy fuera hoy y no ayer, ni mañana. Había algo místico y necesario en eso. Para mí, debo confesar, era un honor descubrir que nadie había cambiado todavía el número y poder hacerlo yo misma. Sentía una especie de superpoder al transformar, nombrar, hacer de algún modo, en mi ingenua mente de niña, que ese día existiera. Fijarlo. Nombrarlo. Iniciarlo.

Este año se me presenta inédito. No sé si por supervivencia, por necesidad -o por mis dormidas pero conscientes y latentes dotes adivinatorias- pero me da la impresión de que será un año que recordaré. Un año como un hito y un comienzo de un ciclo más largo que 12 meses. Aunque cada día es el principio del resto de la vida y subscribo plenamente a la idea de que el día 1 de enero no tiene nada de especial ni diferente al 13 de marzo o el 29 de abril, tengo la sensación de que está ocurriendo una renovación que excede los meses y los días y los soles y las lunas y los calendarios y los almanaques.

Pero el problema es que se me atraganta el número 9. No sé por qué. No me pasó ni en 2009 ni en 1999. También pienso que no es más que un 6 al revés. Y tampoco me pasó en 2006, ni en 2016. Pero después de 2018, que venga el 2019… me cuesta. Y empiezo a preguntarme si habrá alguien que haya escrito ya un artículo sobre las 10 mejores tipografías para escribir 2019 dignamente. Bellamente. Sin esa bolita espantosa y ridícula que viene en todas las Serif. Pero a la vez sin caer en esa especie de cursi cursiva, o con ese toque infantil de caligrafía hecha a mano que de tan informal se vuelve triste y fingida. Hasta empecé a inspeccionar en la Aerial Bold -que no es la Arial Bold- sino una tipografía hecha con fotos satelitales. Todas las A y las V y los 4 y los 9 encontrados buscando a lo tonto en Google Maps. Pero tampoco me convencieron demasiado. Solo me llevaron a pensar en el tiempo que tiene la gente y la envidia que me dan de que se permiten ponerse a hacer pan y zoom por el globo y las ciudades y los campos y las costas y las megalópolis y las carreteras del mundo buscando letras y números. Divertido. Pero no aliviaron mi desprecio e incomodidad con el número 9. Y después Pinterest. Y después un artículo muy chulo con 55 creativos y únicos y maravillosos y originales diseños de calendarios que tampoco eran para tanto, pero sí que me hicieron sorprender y hasta me impidieron cerrar el navegador porque quería volver a mirarlos detenidamente. Sobretodo uno que para nombrar los meses había inventado frases divertidas y en lugar de January, por ejemplo, ponía: ninJA buNnies rUn neARbY. Y no sé si se entiende, pero creo que sí, y January aparecía en color y el resto de la frase en negro. Y me dieron unas tremendas ganas de inventarme frases donde meter los nombres de los meses en castellano y empecé con entusiasmo por Enero y Febrero: estE No es El primeRO, aunque FuE Bueno cREéRselO. Pero me cansé.

Y de repente, agotada un poco ya de mi absurdo rechazo e incomprensible enemistad con el número 9, me puse a observarlo y tuve una especie de iluminación o epifanía, muy en concordancia con el día de hoy, pero sin ninguna connotación festiva ni católica, ni monárquica ni mágica ni eclesiástica sino como una simple, llana, atea, pagana y republicana revelación. El 8 me dejaba atrapada. No importaba dónde ni cómo lo enfrentara, no había manera de escapar a la espiral, al bucle, a la repetición. Al eterno retorno. A volver sobre mis pasos y repetir patrones y, casi sin darme cuenta, pasar una vez y otra vez por el mismo lugar, en una cinta de Moebius sin fin. Y me reconcilié con el 9. Porque me di cuenta de que, aunque pueda quedarme atrapada en el círculo, existe una salida, una vía. El 9 dibuja un camino alternativo. Que se abre, se desprende. En un momento dado, se bifurca. Así que me deseo -y les deseo, si quieren y pueden y se atreven- aunque nos haga falta dar todavía algunas vueltas en círculo antes de tomar coraje y salir despedidos fuera del bucle, que seamos capaces de transitar la vía alternativa. Deseo que juntemos valor, que rompamos toda inercia y nos atrevamos a explorar ese camino nuevo y por fin descubrir adónde nos lleva.

iceberg

Iceberg

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

La imagen del iceberg se usa como metáfora muy frecuentemente. Si me propongo un brain storming a mi misma en este mismo instante me van viniendo imágenes en flujo constante. Imágenes en relación con el iceberg. Con ese inmenso bloque de hielo que parece más pequeño de lo que es en realidad. Pero no porque tenga ninguna intención de mentir, ni la menor conciencia de si mismo, o misma. Sino simplemente por una cuestión de temperatura. A mas profundidad, más frío. A menos profundidad más perdida de volumen por el cambio del estado sólido al líquido. Es la primera vez que pienso en esto. Y la verdad es que no tengo ganas de constatar si es así. Pero tiene su lógica. Y esto tampoco es un artículo científico como para que sea verdaderamente importante ser precisos a la hora de explicar un fenómeno. Porque en este contexto los fenómenos son, por lo general, muchísimo más subjetivos de lo que pueden parecer. Igual que el iceberg. Por encima: la objetividad; y toda la inmensa masa de hielo debajo -la sumergida- la subjetividad.
Vuelvo al brain storming, y no puedo dejar de hacer un paréntesis, pero sin paréntesis, y aclarar que cuando pienso y cada vez que escribo iceberg no suena “iθe’beRg” sino “ais’beRg”. Las cosas que me vienen a la cabeza cuando pienso en esa gran masa de hielo flotante que sobresale (en parte) de la superficie del mar son: el Titanic, sí, en primer lugar, pero no cualquier Titanic sino el de la película de Leonardo DiCaprio. Triste, pero es así. Así de manipulables somos. O, mejor dicho, así de manipulable soy. Acto seguido, recuerdo uno que venía en un libro de ciencias que había en casa, y en el que entre las láminas que más me impactaron estaban: la bomba de Hiroshima, una bala fotografiada a altísima velocidad atravesando una manzana, una montaña oscura con un poblado minúsculo a sus pies, y el iceberg. Después pienso en el que se usa para representar la parte visible del machismo y todas sus vertientes y ramificaciones y viscosas manifestaciones derramadas por todas partes y en todo ámbito, mucho más destructivas todavía que las que salen a la superficie, justamente porque son más difíciles de ver, y por lo tanto de erradicar; y entonces pasa muy a menudo que solo nos damos cuenta de que existían cuando, como pasó con el Titanic, ya es mucho más que demasiado tarde. Después veo ese bastante derretido en el que se quedó aislado el oso debido al derretimiento de los casquetes polares por el calentamiento global. Y después esas ilustraciones, ahora que está tan de moda el pensamiento positivo y la automotivación y el camino de la realización personal, que tienen el éxito en la puntita y todo el enorme trabajo, esfuerzo y tesón que hubo debajo para que después venga la gente y nos diga -o más frecuentemente vaya diciendo por ahí- que lo nuestro fue pura suerte.
Pero entre una y la otra, y al principio y al final, e intermitente y omnipresente a lo largo de la serie de imágenes de bloques de hielo en mi pantalla mental, me viene la idea del iceberg como una metáfora del comportamiento y de las relaciones. Solo vemos la punta del otro. El otro solo ve nuestra punta. Y con suerte. Y en la mayoría de los casos la gente es que ni ve su propia masa submarina. Ni quiere verla. Y después se sorprenden cuando constatan y presencian la catástrofe; el hundimiento estrepitoso de todo lo que se les acerca. Y yo misma. Tengo siempre esa sensación de que lo que asoma de mi puede llegar a ser atractivo y amable, pero hay un radio de seguridad que es mejor no atravesar. Y que mas que consecuencias nefastas e indeseables, las posibilidades de colisión y fisura son, por estadística, muy altas. Pero esto no esconde ni resignación ni pesimismo ni dolor ni ansias preservativas de aislamiento. Es solo una constatación. Sin ninguna inconmensurable masa oculta debajo.
Y no sé cómo ni para qué, pero me viene a la mente la frase de Mario Benedetti: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”. Y pienso que hay una especie de iceberg para cada emoción. Y cuando lloramos, cuando reímos, cuando nos llenamos de ira o cuando nos apagamos, nunca es por eso que está pasando. Nunca es solo por eso. Es por eso, pero principalmente por todo lo demás. Y entonces nos pasa que nos cuesta entender las reacciones de los otros. Porque nadie está en cero. Y hay situaciones, palabras, miradas, reacciones, silencios, olores, sonidos, gestos, actitudes, que nos accionan una compleja red de mecanismos internos que ni nosotros mismos somos conscientes de que existen. Y claro. Si nosotros no entendemos ¿cómo iba a entender alguien más, por mucho que se interese y se esmere, por qué lloramos cuando lloramos, reímos cuando nos reímos, por qué gritamos cuando gritamos y por qué nos apagamos cuando nos apagamos? ¿cómo iba a tener alguien derecho a juzgar nuestra reacción? ¿cómo íbamos a tener derecho nosotros a valorar, adjetivar, criticar o intentar modificar una reacción ajena? Es que nuestro egocentrismo y nuestra necesidad de control y nuestra inseguridad a veces es tan enorme, tanto más enorme de lo que parece a simple vista -más o menos en la misma proporción que las partes del iceberg- que hacemos lo que humanamente podemos.
Y esta especie de conclusión, más que desasosiego me produce un gran alivio. Porque ¿para qué nos íbamos a hacer tantísimo problema si al final el malentendido está asegurado? ¿Para qué nos íbamos a responsabilizar tanto y analizar desde múltiples puntos de vista, si al final lo más probable es que lo que estamos imaginando, lo que estamos viendo, lo que tenemos delante, lo que podemos medir y controlar, no sea más que el ápice? Y no un ápice cualquiera; un minúsculo ápice, que además podríamos rodear o sobrevolar o explorar debajo de la superficie y cambiaría de forma y tamaño y perspectiva y color y según le de el sol o el viento o vengan las corrientes o la época del año o las horas de luz o la temperatura del agua o del aire o las rutas de navegación o la fauna circundante o la composición química del agua…sería completamente diferente.
Y si busco alguna imagen que represente el alivio más que el desasosiego. Y que intente redefinir y resignificar las múltiples teorías y usos metafóricos del iceberg -recuerden: “ais’beRg”- pienso en ese volumen que emerge y todo el otro que no. Ese pequeño montículo blanco, y toda su contundente raíz de hielo hundida en una tierra transparente y líquida y fría y en movimiento, no es más que eso. Tan presente y real y necesario y sin ninguna connotación más que su propia e innegable existencia. Y sí. Podríamos hacerle unas maravillosas fotos aéreas tomadas desde un dron, o a lomos de un dragón. Y acercarnos a él y observarlo desde un submarino amarillo, o desde el Nautilus. Y hacer una excursión equipados muy profesionalmente y abrigados hasta las cejas y extraer muestras y analizarlas posteriormente y tomar notas y montar una base temporal o permanente, efímera o monumental o desechable o surrealista o absolutamente inútil y ridícula. Y tirarnos en trineo. Y esquiar por la ladera que esté al sol. Improvisar un chiringuito y servir cerveza Antárctica y regalar polos de limón. Y diseñar canoas y muelles y embarcaciones y transatlánticos que se adapten a las circunstancias y cambien de forma y de tamaño según sea necesario y se acoplen y se mimeticen y puedan acercarse y fusionarse y después zarpar y recuperar su forma libremente y reducir los riesgos y evitar las grietas y erradicar las colisiones y disminuir exponencialmente el número anual de catástrofes y hundimientos causados por las imprevisibles y destructivas consecuencias de la aproximación inconsciente o premeditada a ninguna masa de hielo flotante que sobresalga de la superficie marina. Y resignificarlo todo, y reescribir todas las frases y redefinir y reordenar y modificar el orden y la forma y el contenido de las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos, cuando oímos nombrar, cuando leemos, cuando vemos, cuando nos ponen delante la foto de un iceberg. Recuerden: “ais’beRg”

navidad

Agradecer

By | Altas Capacidades, Primera Persona | No Comments

Hoy es 21 de diciembre. Hoy empiezan muchas cosas. Empieza el invierno. Empiezan las vacaciones de Navidad. Empieza la cuenta regresiva para que se acabe el año y estrenemos el calendario de 2019, con todos sus días por planificar y celebrar, por atravesar y significar.

Empiezan las vacaciones, tan deseadas como temidas, tan idealizadas como frustrantes, tan esperadas como estresantes. Quince días por delante donde pareciera estamos obligados a ser felices, generosos y a amar a toda la humanidad, cuando en realidad sabemos que tendremos que enfrentarnos a tantas situaciones que parecen idealizadas y congeladas en una postal maravillosa de la familia en torno al hogar, las botas de lana colgadas en la chimenea, el árbol atiborrado de regalos y la nieve cayendo idílicamente al otro lado del cristal mientras suenan risas y música y huele a carne asada. Parecen perfectas pero no lo son.

Como en otras ocasiones hemos hablado de la alta sensibilidad, de la angustia existencial, de profecías autocumplidas, de miedos, pensamientos arborescentes, motivación, de la envidia, del miedo, de la sensación de no encajar, de la idealización y las expectativas siempre tan lejos de la realidad, de las paradojas, de la vergüenza, de la sensación de que el mundo y la realidad se quedan pequeños; hoy de repente pareciera que todos estos temas cobran un enorme sentido y se nos ponen delante de cara a unas semanas venideras donde deberemos afrontar situaciones que pondrán a prueba toda nuestra resiliencia, tolerancia, autoconciencia, autoestima, salud emocional y empatía.

Porque claro que es verdad que merecemos estas vacaciones, que estábamos esperando poder desactivar la alarma del despertador aunque sea por unos días, que soñamos con reencontrarnos con amigos y familiares que no vemos hace tiempo, que queremos repetir el ritual de sentarnos a la mesa, esperar a las 12, abrir los regalos, emocionarnos con la ilusión inocente de los niños debatiéndose un año más entre creer y no creer, conseguir comernos las 12 uvas sin atragantarnos en el intento y en perfecta sincronía con cada campanada desmontando los peores fantasmas si contamos mal, si nos faltaba una, si nos quedan dos en la mano y ya todo el mundo está emocionado y dándose abrazos y el año recién empezó y ya arrancamos metiendo la pata. Pero también es verdad que no estamos tan felices y contentos, tan relajados y descansados como quisiéramos, como se espera. Que no tenemos tantas ganas de ver a toda la familia, que no queremos enfrentarnos a las mismas preguntas y las mismas miradas, que no queremos tantos compromisos justo en estos días que esperábamos aparcar toda obligación, que no queríamos gastar tanto, que no debíamos comer tantísimo, que no nos daban muchas ganas de negociar, que teníamos miedo de no estar a la altura, que por momentos pensábamos ¡qué bueno cuando llegue al fin el día 8! Sabíamos que iba a haber alguna silla vacía, que iba a faltar algún plato, algún abrazo, alguna mirada; que otra vez había que hacer de cuenta que teníamos todo controlado, cuando no era así, que teníamos que estrenar con ilusión una lista de propósitos cuando ya teníamos demasiada experiencia previa como para creer que esta vez los íbamos a llegar a cumplir.

Así que, expuesto todo lo anterior, no queremos desearles una feliz navidad, ni unas felices vacaciones. Ni queremos tampoco darles una lista de consejos para sobrevivir a las fiestas con dignidad. Solamente queremos que, si se sienten identificados con algo de todo lo anterior, sepan que no están solos. Y, sobre todo, que recuerden que no hace falta hacerlo bien, que no hace falta ser felices, que no hace falta que todo salga a la perfección y tengamos cada día unas ganas desbordantes de divertirnos, celebrar y estar rodeados de gente. Lo que realmente queremos es desearnos y desearles que seamos capaces de aceptar y respetar lo que sintamos y lo que necesitemos en cada momento. Que seamos valientes como para ser sinceros con nosotros mismos tanto para disfrutar como para preservarnos, tanto para festejar como para buscar momentos de calma y tranquilidad. Y por sobre todas las cosas, que seamos capaces de agradecer. De ver todo lo que tenemos. Porque no hace falta hacer ningún enorme esfuerzo. No hace falta comprar nada. No hace falta vestirse tan elegantemente. No hace falta comer como si fuera la última cena. No hace falta ser tan complaciente y agradable y tener la casa impecable y estrenar mantel. Ya tenemos tanto. Tantísimo. Quizás sea una buena idea más que listas de regalos, más que listas de la compra, más que listas de invitados, más que propósitos irrealizables para el año próximo, sentarnos en calma a escribir una lista de al menos diez cosas que agradecemos tener. Y que cuando lleguemos a la número diez nos demos cuenta de que en realidad se quedaba corta y que podían ser veinte, o incluso más. Tantas cosas que ya tenemos, que no se compran, que no se regalan, que no se piden, que no se caducan.

Así que si queremos desearles algo puede que sea eso. Que sean capaces, que seamos capaces de hacer una larga lista de todo lo que ya tenemos y no deberíamos esperar a estas fechas para ver y sentir y agradecer.

 

The Clean Cut: Regalos inesperados

mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?