Category Archives: Primera Persona

mierda

Mierda

By | Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Hoy, 19 de Noviembre, es el Día Mundial del Inodoro. No es broma. Fue designado en 2013 en Asamblea General por las Naciones Unidas. Porque, aunque nos haga gracia, en este mismo mundo hay varios miles de millones de personas que no tienen acceso a servicios básicos de saneamiento; y tener un inodoro, más toda la instalación cloacal doméstica y urbana asociadas, haría una enorme diferencia. El inodoro que nos da tanto asco limpiar, que según lo escrupulosos que seamos puede oler a pino o lavanda o ser refregado con escobilla y lejía varias veces al día; hay varios miles de millones de personas en el mundo a las que les salvaría la vida. Así es.

Me parece una ocasión excepcional para abordar escatológicamente una reflexión sobre la mierda. Pienso en La Historia de la Mierda del psicoanalista francés Dominique Laporte, un ensayo irónico-político que, además de revisar cronológicamente la relación de los humanos civilizados con la mierda sostiene que toda la estructura sociopolítica de nuestra civilización es un intento por domesticar la necesidad humana de defecar. Y recuerdo la definición de kitsch de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser…”Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!) o hemos sido creados de un modo inaceptable. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. El kitsch como la negación absoluta de la mierda en sentido literal y figurado; el kitsch como la eliminación de todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” Y pienso en el orinal de Duchamp redefiniendo una concepción del arte basada en la intención, en la decisión, en la mirada y no ya en el objeto; y en la mierda enlatada de artista de Piero Manzoni, y en las heces de la hija de Picasso usadas para dar color y textura a las manzanas sobre un jarrón de una de sus naturalezas muertas. Y en la negativa del Guggenheim de Nueva York a la Casa Blanca ante su pedido de préstamo de la obra Landscape with Snow de Van Gogh para colgar en sus estancias privadas y el ofrecimiento en reemplazo y a largo plazo de la obra America del artista Maurizio Cattelan: un inodoro de oro macizo usado por unas 100.000 personas a su paso por la exposición. Un elegante y maravilloso gesto del museo a la familia Trump. Y pienso también en el café más caro del mundo excretado por un coatí y en los bombones personalizados fabricados a partir de un molde tomado expresamente con la forma del ano del cliente. Como quedará en el anonimato tanto mi amigo como su exmujer, también creo puedo permitirme recordar una anécdota digna de narrativa de ficción, guión algo forzado de serie de televisión o memorable sesión de diván; la solicitud por escrito (por parte de ella) – y encabezando el inventario de liquidación de bienes posterior al divorcio – de la escobilla de diseño del váter. Interpreto es un intento indiscutible de mostrar superioridad, una demostración de poder; el hecho de querer quedarse con la mierda de ambos ¿no? O quizá un deseo de borrar toda huella y responsabilidad por su parte. Pendulo entre entenderlo como un gesto de superioridad o integrarlo en la categoría del kitsch de Kundera.

Y pienso en el agua. Esto es Agua, de David Foster Wallace. Y en la parábola con la que empiezan sus palabras narrando cómo el hecho de estar rodeados de agua hace que dos peces jóvenes no sepan lo que es el agua. No sean conscientes de su existencia, no conozcan el nombre: Agua ¿Qué es el agua?
Tal vez en este momento, el capítulo actual, el presente de la Historia de la Mierda sería una especie de post-kitsch en el que nos pasa un poco como con el agua para los peces jóvenes. Después de negarla, esconderla, excretarla en secreto y fugazmente en un artefacto de losa blanca brillante; eliminando todo rastro, refregando y derrochando litros de agua y lejía, colocando ritualmente pastillas de pino y lavanda. Después de intentar erradicarla de nuestras vidas sin éxito, creo que ahora puede que la hayamos normalizado de tal manera que estemos nadando en mierda, rodeados de mierda. Ya ni siquiera nos huele mal. No nos damos cuenta. Nos miramos los unos a los otros y nos preguntamos, como los peces de la parábola… ¿Mierda? ¿Qué es la mierda?

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

motivación

Motivarnos cada día

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El de hoy será un artículo en primera persona. Y espero desde la primera persona llegar a otras primeras personas, y buscar maneras y respuestas y caminos.

Y no se trata de exponer un tema investigado o compilado a partir de otros artículos sino de una situación presente, diaria, y en la que quizás haya más preguntas que respuestas, dudas que certezas, intuición que verdad; y la necesidad de sentir que voy bien, aunque por momentos parezca que el horizonte no muestra demasiada claridad.

Tengo tantos recuerdos de no adaptación al sistema educativo de mi hijo desde que empezó infantil que no sé bien por donde empezar. Ahora mismo acaba de empezar el Instituto y a pesar de que me llena de orgullo ver cómo hizo un gran cambio a la hora de empezar la mañana, preparar sus cosas, estar listo en la puerta habiendo desayunado, con los dientes lavados, el pelo medianamente acomodado, los cordones atados, la sudadera puesta y la mochila colgando de los hombros cinco minutos antes de la hora -cosa que me hubiera parecido un logro inconcebible año tras año y día tras día durante la primaria- y a pesar de ir con entusiasmo y haberse integrado con el grupo de su clase, a pesar de que lleva la agenda al día y toma apuntes y presta atención y hace la tarea antes de encender el ordenador…no es suficiente. El choque es muy grande. Me pregunto por qué si pasa de primaria a secundaria del mismo sistema educativo público y bilingüe, en la misma ciudad, al instituto que le reservaba la plaza, el que le daba continuidad entre ambos ciclos ¿No había una manera de prepararlo? ¿No había una manera de implementar una transición? ¿No era más importante prepararlo para este cambio que aprobar las pruebas de la Comunidad de Madrid? ¿No era primordial enseñarle técnicas de estudio antes que repasar los mismos contenidos otra vez como si sexto fuera un repaso de quinto y cuarto de primaria?

Y digo no es suficiente porque a pesar de saber los contenidos, y haberme explicado antes del examen los agujeros negros y las galaxias y la rotación de la tierra en inglés con un vocabulario asombroso y una pronunciación maravillosa, la primera semana de exámenes volvió con una cadena de suspensos. Y me pregunto si esa es la manera de adaptarlos. Dándoles el mensaje de bienvenida de que no lo están haciendo bien. Sinceramente no me preocupan las notas, ni los suspensos, lo que me preocupa es ese mensaje tan claro de que lo que está haciendo no se acerca ni remotamente a ser lo que se espera.

Y no puedo evitar recordar a su maestra de infantil que golpeaba la mesa y le decía: ¡tra-ba-ja! Y le regañaba por dibujar naves espaciales en vez de colorear el círculo grande de amarillo y el pequeño de rojo y gracias a la cual dejó de dibujar y recortar porque estaba harto de que le dijeran que lo hacía siempre mal.

Y no puedo evitar recordar a su maestro de primero de primaria que le daba con los nudillos en la cabeza y le preguntaba ¿tú eres tonto? por no haber llevado la tarea o haberse olvidado el libro. El mismo profesor que cogía a sus compañeros de la camiseta y les sacudía porque no le hacían caso. El que me pidió permiso para evaluarlo por el equipo de orientación porque mi hijo era muy distraído y desobediente y se dormía sobre el pupitre y no paraba de levantarse y hacer chistes y reírse en clase. Y creía que tenía hiperactividad, déficit de atención, o ambas. Pero no, resultó ser que mi hijo tenía altas capacidades. Pero para el profesor seguía siendo un incordio, un niño difícil, molesto e impertinente que sacudía mucho las manos y se distraía con el zumbido de una mosca, y hacía demasiadas preguntas.

Y no puedo evitar recordar sus casi suspensos en plástica cuando en casa llenó resmas enteras de papel diseñando comics y máquinas y cadenas de montaje y pistolas supersónicas y transformaciones antropomórficas y logos para marcas de coches y tuneos flipantes para el Clío. Pero claro, no era capaz de hacer lo que tenía que hacer, lo que la profe quería, no se ajustaba a la consigna, no hacía lo que se esperaba de él, que era que pasara por el tubo, que fuera estándar, que siguiera las reglas, que se estuviera quieto y que hiciera bolitas de papel morado hasta llenar toda una cartulina A4 en franjas uniformes de 10 centímetros de ancho.

Y no puedo evitar recordar que se pasó todo primero de primaria volviendo de clase y contándonos que en realidad el cole no era un cole normal y corriente, que era un cole de magia, y que a media mañana se había escondido en un cuartito donde guarda sus cosas el conserje para atacar con un amigo al basilisco, y que no había otra forma de subir a la primera planta que poniéndose unas botas de propulsión y activándolas cuando sonaba el timbre. Y se me estrujó el corazón un tiempo después cuando leí un artículo que explicaba que muchas veces esa construcción desbordante de un mundo de fantasía la generan para protegerse de una realidad que no pueden comprender, aceptar y sobrellevar, y de la que se sienten completamente ajenos.

Y ahora pienso ¿Cómo motivarle? Porque tiene una curiosidad infinita y una capacidad deslumbrante y un razonamiento tan complejo y unas ideas tan divertidas y sorprendentes ¿Cómo decirle que tendrá que adaptarse él? Que el mundo no se acomodará a su gusto, sino que será él el que tendrá que aceptar las reglas. Y que la mayoría de las veces no las entenderá, le parecerán absurdas y obsoletas, injustas, y que claro que podrá expresar su opinión, pero al final no le quedará más remedio que obedecer al profesor y responder las preguntas del examen como le pidan porque sino seguirá acumulando suspensos. Aunque se pase la tarde viendo documentales sobre el origen del universo o invente una nueva manera de hacer las divisiones con decimales tendrá que responder las mismas palabras que vienen en el recuadrito naranja de la página 35 sin olvidarse bajo ningún concepto de las que vienen en negrita, y tendrá que mostrar que sabe dividir de la manera que se le pide.

Y no puedo evitar recordar cómo fue dejando todas las actividades extraescolares porque, aunque la actividad en sí le entusiasmaba o se le daba bien e incluso de maravilla, no podía soportar la frustración y el aburrimiento y el hastío asociados al método, al enfoque, y demasiadas veces a la falta de interés y pasión del profesor o de su autoritarismo. Tirando a los niños al agua aunque estuvieran muertos de frío o de miedo y acomodando las distancias entre unos y otros con una vara metálica y sin meter ni un pie en la piscina. A los gritos como si se tratara de la copa del mundo y dejándolo en el banco por no estar lo suficientemente atento a la hora de defender la portería en los partidos de fútbol. Repitiendo durante meses las cinco notas de…debajo un botón, tón, tón; y aprendiendo piano con los mismos cuadernillos que fotocopiaba la profe hace 30 años.

Y sinceramente no extiendo todos estos recuerdos a modo de queja, porque suelo tomar la realidad e intentar mostrarle que el mundo no está hecho a medida y hay que aprender a encontrar la manera de adaptarse sin perder la propia identidad, de aportar y responder sin que eso signifique encajar o reprimirse, encontrar el lado positivo y hacer las cosas por el simple hecho de aprender, de conseguirlas, por la satisfacción de ver el trabajo terminado, por el saber que hay detrás, y no por miedo al castigo o por sacárselo de encima para poder encender el ordenador, sino por desarrollar la capacidad de empatizar y de conectar con el otro, porque el otro siempre es un universo inalcanzable e incomprensible y es nuestro reto y una fuente de aprendizaje y satisfacción y casi uno de los objetivos fundamentales de la vida; sintonizar, compartir, conseguir relacionarnos desde nuestras similitudes pero sobretodo desde nuestras diferencias.

Pero es difícil. Porque quiera o no el sistema está diseñado en vertical. No existe verdadera igualdad, aunque nos llenemos la boca hablando del respeto, la diversidad y la inclusión. Al final el sistema educativo, y más tarde se enfrentará al mundo laboral, tienen un bonito cartel encima…pero cuando atravesamos el umbral, aunque en clase de valores nos digan que equivocarse está bien y que no pasa nada, y que cada uno tiene derecho a ser como es y a pensar y opinar lo que crea oportuno, en la práctica eso no es verdad. Una profesora que puede decir a tu hijo (cuando pregunta los antónimos y tu hijo le responde materia y antimateria) que la antimateria no existe, que de dónde sacó eso…esa misma profesora que esperaba que respondiera: alto y bajo o gordo y flaco, es la que le puede poner el suspenso. Y no solo se lo puede poner, sino que se lo pondrá.

Me pregunto cómo se compatibiliza la curiosidad, la energía desbordante, la creatividad, las ansias de conocer, el pensamiento arborescente, la divergencia y capacidad de interrelacionar temas diversos, la pasión, la originalidad, la necesidad de descubrir métodos y ritmos propios con un sistema que nos quiere idénticos, que fabrica réplicas, que nos compara con un patrón estándar y nos juzga de acuerdo a nuestra semejanza o distancia del mismo, como en esas actividades tan entretenidas donde hay que encontrar las 5 diferencias entre dos ilustraciones ¿Y si no hay manera de comparar ambos dibujos? ¿Y si no se parecen en nada? ¿Y si un niño ni siquiera cabe en el recuadrito de 8 x 15, en los límites del recorte? ¿Fracasará? ¿Quién es el que fracasará? ¿Fracasará el niño? ¿Repetirá curso hasta que a fuerza de suspensos se convenza de que era mejor hacer caso y satisfacer al sistema y entrar en la maquinaria y volverse parte del engranaje? ¿Que era mejor eso que ser él mismo?

Y no bajo los brazos ni pierdo las esperanzas. Y sé que se trata de mirar la realidad desde nuestros propios ojos y no dejarnos opacar ni desmotivar. Y sé que al final todo se trata de hacer lo mejor que podamos con las cartas que nos tocan, con el entorno en el que nos movemos, con las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que tenemos que afrontar. Y saber que sí, que tenemos que responder, pero que también tenemos derecho a innovar y a disentir, que tenemos que adaptarnos, pero también tenemos derecho a ser diferentes, y que tenemos derecho a equivocarnos, pero también a aprender del error, y que tenemos obligaciones y acatamos normas, pero también tenemos libertad. Y la libertad conlleva una gran responsabilidad y es la de afrontar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras actitudes. Lo difícil es encontrar el equilibrio. Lo difícil es no perder el eje. Lo difícil es conseguir automotivarnos cada día, pintar todas las veces que sea necesario el muro desnudo que tenemos delante. Pintarlo de color.

 

Y siguiendo el hilo de estos pensamientos,  me parece oportuno recordar la presentación de Ken Robinson en TED

¿Las escuelas matan la creatividad?

 

mamá

Mamá

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Mamá.
La primera palabra que decimos.
Es difícil que yo no pueda escribir, y sin embargo me está pasando en este mismo momento.
Mamá. Solo me suena esa palabra en la cabeza.
Y no puedo pensar nada más. 
Solo siento, añoro, imagino. No llegan las palabras.
Solo me atraviesan recuerdos, sensaciones, emoción.
Mamá.
Cómo desearía esta mañana estar en Argentina, juntas en la cocina, poniendo la mesa y preparando el tuco para los mostacholes. Y que fueran muchos platos sobre el mantel. No quiero contar en mi cabeza el número de platos que quisiera que sean. Y poner la bandeja verde de plástico y la jarra de agua, y la canasta de mimbre con las galletas marineras y el platito metálico de postre con el queso provolone, y la cucharita de mango azul. Y abrir un vino tinto -aunque ya sabés que prefiero la cerveza- y decirle a papá que a ver cuándo se acaba la carrera y apaga la tele.
A veces creo que lo consigo, sí que lo intento, pero no sé realmente. Uno nunca sabe si lo está haciendo bien. Pero puedo decirte que espero que Fran y Sofía tengan este mismo estado mental y emocional si me tienen lejos y quieren desearme un feliz día y solo les vienen imágenes y recuerdos y emociones difíciles de ordenar y les cuesta ponerse en palabrasꓼ porque las palabras son lo que menos les representa, aunque constituyan el territorio en el que se mueven habitualmente con más fluidez. Espero que cualquier frase y cualquier saludo y cualquier idea se les quede insuficiente como me está pasando ahora mismo a mí. Y solo quieran estar en mi cocina, poniendo la mesa y esperando con ansias tenerme cerca y ayudarme con algo y compartir el domingo y sentarse a comer y hablar y reírse y desear una sobremesa eterna de estar, simplemente estar. Porque mamá es un lugar en el que uno desea estar. Mamá es un lugar más que una persona. Mamá es un lugar más que una palabra. Mamá es un lugar que nos define y al que siempre estamos profundamente llamados a volver para sentirnos otra vez seguros y amados y tranquilos y en casa.
Feliz día mamá. Mamá. Qué bien me hace atreverme a repetir ese sonido en mi cabeza, y no buscar palabras ni razones. Solo dejarla sonar. Y sentir y recordar y añorar y emocionarme.
Mamá.

Santorini_Caldera

El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?

EleNao

Bolsonaro no. Él no

By | Mujer, Primera Persona | No Comments

No puedo creer que sean las mujeres las que salgan a decir No. Él no.
Esto no es una lucha feminista. Esto es un problema de todo Brasil.
Bolsonaro no es solo un machista, misógino, troglodita.
Bolsonaro es un fascista, racista, homófobo, ultraderechista.
No tiene que ser de color violeta la bandera, ni el cartel, ni la tipografía, ni la camiseta.
No tiene que tener una rosa, una mariposa, un círculo con una cruz.
Ni siquiera una bandera multicolor.
Esto es un problema de todos. Estamos hablando de sentido común.
De derechos humanos.
¿Qué está pasando en este mundo?
#EleNao

mapa mundi

Mapa Mundi

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Esta mañana miraba en Google Maps y en Street View una lista de direcciones que me había mandado una amiga muy querida de la que estuve distanciada mucho tiempo. Acaba de emigrar otra vez. Ya es la cuarta. Empezar de nuevo. Con toda la carga emocional, psicológica, lingüística, cultural pero también terrenal, económica, y absurdamente práctica y burocrática que eso conlleva. Y acá vivimos ahora. Y acá está el instituto. Y acá el trabajo. Y acá la universidad. Y por mucho Google Maps y Street View, y por mucho que veía las calles y los edificios y calculaba distancias y parecía casi como que estaba ahí, y tomaba conciencia de la escala y me hacía una especie de idea, en realidad no hacía otra cosa que sentir una angustia sin nombre ¿De qué me sirve todo esto si no sé cuándo podré abrazarla? ¿De qué, si no sé todavía si alguna vez caminaremos juntas por esa, la acera que lleva a su puerta y por el paseo que da al canal y por el mercado del casco antiguo algún fin semana?

Y me vino irrefrenable a la cabeza la imagen de los mapas antiguos. Y me pareció una desesperante metáfora de cómo vamos tan perdidos siempre en busca del conocimiento y el control, que siempre nos quedará tan lejos y tan fuera de alcance. Y las misiones a la Luna y a Marte y la sonda que explorará el Sol y la Inteligencia Artificial. Y de repente todo me pareció tan obsceno. Tan banal y absurdo. Cuando no podemos abrazarnos. Cuando no sabemos comunicarnos. Por más WhatsApp, Messenger, telefonía fija, móvil, satelital, internet, y el correo electrónico y el postal, y todas las redes sociales que existen y ni siquiera conozco, y los traductores y los mapas y las cámaras en streaming y las fotos actualizadas con la digitalización de cada calle y cada esquina de cada ciudad ¿Y para qué? Si seguimos sin poder abrazarnos. Aunque nos tengamos delante. Sin comunicarnos. Sin entendernos. Sin saber. Sin decir. Sin atrevernos a sentir. Sin conocernos. Sin conocer a nadie.

Y todo en un segundo se puede derrumbar sin remedio. Por un malentendido. Por una suma de malentendidos. Por las malas interpretaciones y los silencios. Y lo que no digo y lo que no decís. Y lo que por qué se te habrá ocurrido decir y lo que no pude evitar. Y ¿para qué? Si podremos después bloquearnos y no llamarnos ni buscarnos ni hablarnos ni decirnos ni sentirnos ni abrazarnos nunca más.

¿Para qué vamos a mandar una sonda al Sol y colonizar Marte? Si no tenemos ni idea de quiénes somos y de lo que queremos. Si no llegamos a entender para qué hacemos lo que hacemos. Si no conseguimos dejar de temer lo que tememos y depender de lo que dependemos. Y no sabemos realmente por qué sentimos lo que sentimos y necesitamos lo que necesitamos.

Y acto seguido mis pensamientos migran hacia esa animación tan adictiva que va desde la escala subatómica hasta la infinitud del universo. Y todo lo más grande y lo más pequeño se parece tan abrumadoramente. Se asemeja de manera escalofriante. Y nuestro rango, nuestro campo de acción y conocimiento y control es tan absurdamente ínfimo. Y luchamos de manera desquiciada para expandirlo, pero es absolutamente ridículo en relación a todo lo que siempre irremediablemente nos quedará por conocer y descubrir y explorar y ver. Y es dolorosamente perturbador que sigamos haciéndonos problema porque hace calor, porque no encontramos lugar para aparcar, porque la cerveza no está tan fría, porque se acabó el gel de ducha.

belleza

Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.