Category Archives: Mujer

Santorini_Caldera

El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?

EleNao

Bolsonaro no. Él no

By | Mujer, Primera Persona | No Comments

No puedo creer que sean las mujeres las que salgan a decir No. Él no.
Esto no es una lucha feminista. Esto es un problema de todo Brasil.
Bolsonaro no es solo un machista, misógino, troglodita.
Bolsonaro es un fascista, racista, homófobo, ultraderechista.
No tiene que ser de color violeta la bandera, ni el cartel, ni la tipografía, ni la camiseta.
No tiene que tener una rosa, una mariposa, un círculo con una cruz.
Ni siquiera una bandera multicolor.
Esto es un problema de todos. Estamos hablando de sentido común.
De derechos humanos.
¿Qué está pasando en este mundo?
#EleNao

tres monos

Derecho, legalidad y legitimidad

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Para tener derecho a algo, ese algo debe ser legal.

Pero para que sea legal, primero tuvo que ser legítimo.

Y la herramienta más poderosa de manipulación que existe es la que ataca la base de esa construcción.

Porque privar de un derecho es un delito.

Ir contra la ley también.

Pero hacer que algo parezca ilegítimo es más fácil.

Y hace falta ser cruel, inhumano, perverso, hipócrita para poder hacer que parezca ilegítimo algo que no lo es. Hace falta ser un completo psicópata para convencer a una persona, a una familia, a una sociedad, a la humanidad entera, de que algo que es perfectamente legítimo y posible, no lo es.

Claro, si una persona llegase a creer que sus pensamientos, sus deseos, sus necesidades, sus sentimientos, sus palabras, sus ideas, sus sueños, sus anhelos, sus motivos, sus impulsos, son legítimos, entonces podría atreverse a luchar para hacerlos realidad. Y una vez que fueran reales podría incluso pelear por su perpetuo derecho a legitimarlos cada día.

Y eso. Eso no conviene.

Por eso se invierte tanto esfuerzo y tanto dinero y tanta energía y todos los medios disponibles para deslegitimar. Para convencernos como sea de que eso, eso que queremos, necesitamos, deseamos, pensamos, anhelamos. Eso que nos quema las entrañas y nos ocupa la cabeza. Eso que nos carga de energía y nos eriza la piel. Eso no es legítimo.

No vaya a ser que nos empoderemos y consigamos la confianza, la certeza, el valor y la determinación suficientes como para hacerlo realidad.

belleza

Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

AbortoLegalYa

#AbortoLegalYa

By | Mujer | No Comments

En Argentina se realizan 450.000 abortos al año.
Las complicaciones derivadas de los abortos clandestinos son la principal causa de muerte materna.
Estos datos existen y seguirán siendo ciertos por mucho que les pese a los que están en contra de la legalización.
No se trata de estar a favor o en contra del aborto.
Se trata de legalizar una práctica que ya existe para que sea accesible y segura.
Cada uno tiene derecho a pensar y a hacer lo que quiera.
Que el aborto sea legal no lo vuelve obligatorio.
Me cuesta entender cómo puede haber tanta hipocresía y falsa moral.
Si un aborto clandestino cuesta lo mismo que el ingreso mensual promedio de una mujer argentina.
Si un aborto clandestino cuesta 10 veces más de lo que ingresa al mes una mujer pobre.
¿Entonces?
¿Es una impresión mía?
¿O estar en contra del aborto legal es como estar indirectamente a favor de que sigan muriendo adolescentes de clase baja?
Porque las mujeres que quieran abortar no dejarán de hacerlo.
Y las que puedan pagarlo no correrán el riesgo.
Pero las que no puedan seguirán abortando igual, por más ilegal que sea, como hacen hoy, en condiciones que ponen en riesgo sus vidas.
Las que no puedan seguirán abortando igual y muriendo cada día.

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.

molde

A medida

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

¿Es posible destruir los moldes? ¿Destrozarlos, eliminarlos, disolverlos, transformarlos en nada? Los moldes ¿A qué me refiero con los moldes? Creo que llevamos programada una manera de ocupar nuestra vida. Como si vivir no fuera otra cosa que “amoldarse”. Nos han enseñado lo que éramos. Nos han enseñado lo que era el amor y la familia y el trabajo. Nos han enseñado lo que eran los otros, lo que éramos nosotros en relación a los otros, y lo que creíamos de nosotros mismos. Nos han enseñado lo que era vivir en sociedad. Nos lo han enseñado todo, pero no de una manera volátil, superflua, ligera. Nos lo han enseñado con los límites del molde. Se superponen imágenes en mi cabeza, difíciles de ordenar y priorizar. Los piecitos de Loto, deformados dentro del minúsculo zapato chino. El bizcocho creciendo en time-lapse, solo hasta el límite de la silicona. Los restos del barrido del suelo del matadero triturados y embutidos dentro de la salchicha. El corsé. La faja. El cuello de las mujeres jirafa en Tailandia.

En algún momento de la vida, mejor antes que después (y mejor tarde que nunca) nos damos cuenta. Y nos preguntamos ¿qué hago yo metido en este molde? ¿cómo pude estar dentro de estos límites como si fuera algo normal? ¿como si esta fuera mi verdadera forma? ¿sin preguntarme nada? ¿cómo pude verdaderamente sobrevivir tanto tiempo?

Ojalá fuera tan fácil salir como darse cuenta. Darse cuenta y todo solucionado. El problema es que darse cuenta no es más que el primer paso (fundamental claro) pero es solo el primer pequeño paso de muchos, no sé todavía cuántos. Uno está ya tan hecho a esa forma y a ese tamaño, y a ese insuficiente aire y espacio y luz. Uno está ya tan “amoldado”, que aun siendo consciente que no eligió; no hay un camino corto ni una manera fácil de adquirir una forma auténtica.

Incluso hoy en día pareciera estar muy de moda esa estúpida farsa de ser uno mismo, oír nuestra propia voz, dejar de satisfacer a los demás, ir a por nuestros sueños, el “todo es posible” y toda esa absurda filosofía optimista de que la felicidad depende de nuestra actitud ante la vida y de que hay que estar seguro de sí. Es verdaderamente un insulto a las almas sensibles y a las mentes complejas ¿Cómo puede alguien con un mínimo de autoconsciencia, de capacidad de indagación y razonamiento tener la certeza de algo? ¿Cómo aceptar una verdad inmutable, lineal, sostenible y sometida (para colmo) a nuestro propio control? Con un ápice de lucidez y visión de cómo es el mundo en el que vivimos; sus leyes, sus normas, sus principios, sus mecanismos, sus móviles, sus prioridades ¿Realmente puede alguien en su sano juicio afirmar que es posible dejar de satisfacer al otro, ir a por los propios sueños y ser uno mismo? Pero si ser “uno mismo” nadie tiene la menor idea de lo que es. El autoestima ¿existe? Creo que sería más acertado llamarle heteroestima, poliestima, multiestima. Está impreso en el ADN: sin el clan no sobrevivimos. Y después de impreso, fijado cada día desde un principio por los patrones de conducta de nuestros padres, familia nuclear, familia extendida, tribu, sociedad, cultura ¿Qué ridícula idea es esa de ser uno mismo?

Y cuando al final ya estamos asfixiados y entumecidos de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas dentro del molde, ni siquiera tenemos claro cómo salir. Y aún con la suerte de darnos un buen golpe que rompa el frasco y salve la vida, y nos permita rodar fuera del contorno y salir aceptablemente ilesos de nuestro torpe reptar sobre los trocitos de cristal ¿Cómo estirarse? ¿Cómo irrigar cada pliegue? ¿Cómo moverse? ¿Por dónde empezar?

Amamos como nos han amado. Como hemos visto amar. Y como hemos replicado. Y nos vemos como nos han visto. Y creemos en eso que nos dijeron. Creemos en eso que vieron. Tan fielmente que hasta lo repetimos, aunque no se acerque lo más mínimo a la realidad. Actuamos como se debe, como se espera, como nos han dicho. De acuerdo con cómo nos han corregido, para evitar el castigo, el rechazo, el dolor, la indiferencia, la soledad. Ya sea por cuanto hemos sufrido en la propia piel y alma y estima, o por evitar eso que vimos tan de cerca les pasaba a los otros.

Y después que ya estamos perfectamente “amoldados”, construimos relaciones, ejercemos roles, nos ceñimos al guión. Y ese guión que representamos durante tanto tiempo ya nos sale sin pensar. La inercia es descomunal. Aunque sea incomodo, el surco es profundo. Y el movimiento y el rumbo y la manera, y la danza y la cadencia y el ritmo, salen con total naturalidad.

Por momentos no es que intente trabajar con ninguna metáfora. La verdad es que la mayor parte del tiempo me parece más real esa imagen mental que la que me devuelve el espejo. Que la que proceso en la retina cada vez que me cruzo con alguien y lo observo. Me parece infinitamente más real esa especie de tentáculo de pulpo en formol, o esa cabeza reducida por los jíbaros que lo que veo concretamente.

Creo que si pudiera reprogramar mi inconsciente en modo exprés. Urgente. Ya. Me encantaría pensar en una metáfora de mi nuevo molde como un refugio. Un lugar seguro. Mío. Cálido y luminoso. Pequeño. Un útero. Pero no el útero de mi madre. Sino el mío. Mi propio útero como mi refugio inagotable. Amarme. Amar mi condición de mujer. Alojarme. Cuidarme. Alimentarme. Crecer. Darme un lugar donde repararme, reconstruirme, reconocerme. Y nacer cuando ya esté preparada, cuando ya sea la hora, cuando llegue el momento. Y ya no volver a amoldarme nunca más.

Mala elección

By | Mujer | No Comments

Mala elección el nombre manada.
No sentiría tanto miedo. Tanto desamparo, abandono, indefensión.
No me sentiría ultrajada, arrojada al vacío, manoseada, abusada, destrozada, aterrorizada.
No me quedaría paralizada, muda, ahogada, confusa, traumatizada, desgarrada en trozos imposibles de componer.
No ante cinco animales.
No ante cinco lobos.
Esa sensación. Todo ese terror en el cuerpo, lo generan esta justicia, este sistema, estas personas.
Todos los que callan.
Todos los que miran para otro lado.
Todos los que día a día perpetúan esta asquerosa maquinaria.
Esta puta sociedad.

La mirada de ellas

Día mundial del teatro

By | Arte, Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Hoy es el Día Mundial del Teatro y debo agradecer y, sin miedo a que me tomen por exagerada, decir que el teatro es el mejor invento de la humanidad.

El teatro nos expresa, nos conecta con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, libera el dolor de tanto silencio y tanta represión que llevamos en el día a día, intentando encajar en un sistema absolutamente deshumanizado. El teatro alimenta el alma, puede transformar casi cualquier cosa en arte, en belleza. El dolor más hondo, la soledad más desesperada, la verdad más cruda y la pasión más intensa. El teatro da vida, cuerpo y forma al alma humana y le permite expresarse en toda su complejidad. El teatro tiene la maravillosa capacidad de transmutar una emoción, un pensamiento, una palabra, en obra de arte. Y nos enseña a abandonar el ego y sentirnos parte de un todo en sintonía, algo más grande que nos excede y es lo que somos junto con nuestros compañeros de creación y ensayo y escenario. Y nos quita el miedo a que nos vean como somos, porque sobre el escenario podemos llorar y reír y gritar y estar locos y ser tontos y ser perversos y sufrir lo indecible y gozar desmesuradamente. Todo está permitido. Estamos protegidos por el fino velo de la ficción. Y también nos quita el miedo al juicio ajeno. Porque el público no es algo abstracto y monstruoso sino simplemente un conjunto de personas, como nosotros, intentando vivir. Y desde el escenario podemos hacerles pensar, sentir, ver, y expresar todo lo que callan y guardan en su interior, y no se atreven a sentir. Podemos conectar sin límites.

Si todos tuviéramos clases de teatro en la escuela. Si un taller de teatro semanal fuera tan obligatorio y curricular como la lengua y las matemáticas. Si se recetaran las clases de teatro con tanta soltura como los antidepresivos, creo que habría menos dolor, menos mal humor, menos represión, menos maldad, menos toxicidad, menos maltrato, menos hastío, menos sinsentido, menos tristeza, menos soledad, menos crueldad, menos vacío, menos sufrimiento en este mundo.

Celebro. Agradezco. Brindo por el teatro y por toda la gente maravillosa que me permitió conocer y de la que aprendo cada día. Y por todo el camino que nos queda por recorrer.

¡Tomen clases de teatro! ¡Vayan al teatro! ¡Lean obras de teatro! ¡Anímense a despertar! A dejarse llevar por el arte más maravilloso del mundo.

Sí. Soy absurdamente subjetiva. Así se ven las cosas con los ojos del corazón.

¡Amo el teatro! Porque el teatro hizo que volviera a amar la vida.

mujer en el umbral

8 de Marzo

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Ojalá no hiciera falta que sea 8 de marzo.
Ojalá no hiciera falta la huelga.
Ojalá no hiciera falta una crisis existencial, ni una depresión, ni una enfermedad, ni ninguna hazaña para que las mujeres oyéramos nuestra voz, nos sintiéramos fuertes y nos atreviéramos a ser quienes de verdad somos, y no quienes nos han hecho creer que debíamos ser.

“Esta es la historia de una mujer.
Una mujer en el umbral de una puerta.
Es la historia de su vida.
Su vida compuesta por una secuencia lineal de minutos en los que nunca tiene la certeza de la distancia que la separa del umbral. Cuando llega ya es demasiado tarde para haberse preparado. Cuando llega suelta los roles. Uno a uno los deja en el suelo, agotada de cargar con su peso. Suelta a la madre, a la esposa, a la hermana, a la hija, a la trabajadora, a la vecina, a la desconocida. Y se queda con lo que ella es en realidad. Inmóvil. Sin saber cómo dar un paso y atravesar el vano, y existir del otro lado. Del otro lado donde podrá ser lo que le queda de sí. Lo que de verdad es. Lo que es esa mujer una vez que ya no necesita satisfacer más a nadie. Esa mujer a la que oye gritar y le cierra la puerta. A la que ignora cuando llora. A la que lleva irremediablemente consigo a todas partes. A la que administra cada mañana su dosis diaria de anestesia.
Cuando aparece en el umbral de la puerta no tiene verdadera conciencia de cómo llegó ahí. Pero no cabe duda de que la otra es la responsable. La que está detrás de esa concatenación de supuestas casualidades que hicieron que ocurriera otra vez.
Lo que de verdad teme es un día no poder volver a levantar los roles del suelo y volverlos a cargar y darse la vuelta y meterse otra vez para adentro como siempre. Lo que está empezando a sentir es el miedo a que la otra se adueñe de su ser y le impida discernir. Y ya no sepa si se dio la vuelta o no. Y ya no pueda decidir si tiene que entrar o salir. Y haga el ademán ciego de cargar con el lastre otra vez y los roles ya no estén en el suelo.
Tiene miedo. Miedo porque sabe que la otra es una mujer fuerte. Es visceral, egocéntrica, obstinada, soberbia. Es una mujer sensible, inestable, orgullosa, desmesurada, intensa. Tiene miedo porque la conoce muy bien y sabe que es una mujer inteligente y decidida. Y si consigue que atraviese el umbral de la puerta es muy probable que ya no sea capaz de recuperar el control.”