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AbortoLegalYa

#AbortoLegalYa

By | Mujer | No Comments

En Argentina se realizan 450.000 abortos al año.
Las complicaciones derivadas de los abortos clandestinos son la principal causa de muerte materna.
Estos datos existen y seguirán siendo ciertos por mucho que les pese a los que están en contra de la legalización.
No se trata de estar a favor o en contra del aborto.
Se trata de legalizar una práctica que ya existe para que sea accesible y segura.
Cada uno tiene derecho a pensar y a hacer lo que quiera.
Que el aborto sea legal no lo vuelve obligatorio.
Me cuesta entender cómo puede haber tanta hipocresía y falsa moral.
Si un aborto clandestino cuesta lo mismo que el ingreso mensual promedio de una mujer argentina.
Si un aborto clandestino cuesta 10 veces más de lo que ingresa al mes una mujer pobre.
¿Entonces?
¿Es una impresión mía?
¿O estar en contra del aborto legal es como estar indirectamente a favor de que sigan muriendo adolescentes de clase baja?
Porque las mujeres que quieran abortar no dejarán de hacerlo.
Y las que puedan pagarlo no correrán el riesgo.
Pero las que no puedan seguirán abortando igual, por más ilegal que sea, como hacen hoy, en condiciones que ponen en riesgo sus vidas.
Las que no puedan seguirán abortando igual y muriendo cada día.

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.

molde

A medida

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

¿Es posible destruir los moldes? ¿Destrozarlos, eliminarlos, disolverlos, transformarlos en nada? Los moldes ¿A qué me refiero con los moldes? Creo que llevamos programada una manera de ocupar nuestra vida. Como si vivir no fuera otra cosa que “amoldarse”. Nos han enseñado lo que éramos. Nos han enseñado lo que era el amor y la familia y el trabajo. Nos han enseñado lo que eran los otros, lo que éramos nosotros en relación a los otros, y lo que creíamos de nosotros mismos. Nos han enseñado lo que era vivir en sociedad. Nos lo han enseñado todo, pero no de una manera volátil, superflua, ligera. Nos lo han enseñado con los límites del molde. Se superponen imágenes en mi cabeza, difíciles de ordenar y priorizar. Los piecitos de Loto, deformados dentro del minúsculo zapato chino. El bizcocho creciendo en time-lapse, solo hasta el límite de la silicona. Los restos del barrido del suelo del matadero triturados y embutidos dentro de la salchicha. El corsé. La faja. El cuello de las mujeres jirafa en Tailandia.

En algún momento de la vida, mejor antes que después (y mejor tarde que nunca) nos damos cuenta. Y nos preguntamos ¿qué hago yo metido en este molde? ¿cómo pude estar dentro de estos límites como si fuera algo normal? ¿como si esta fuera mi verdadera forma? ¿sin preguntarme nada? ¿cómo pude verdaderamente sobrevivir tanto tiempo?

Ojalá fuera tan fácil salir como darse cuenta. Darse cuenta y todo solucionado. El problema es que darse cuenta no es más que el primer paso (fundamental claro) pero es solo el primer pequeño paso de muchos, no sé todavía cuántos. Uno está ya tan hecho a esa forma y a ese tamaño, y a ese insuficiente aire y espacio y luz. Uno está ya tan “amoldado”, que aun siendo consciente que no eligió; no hay un camino corto ni una manera fácil de adquirir una forma auténtica.

Incluso hoy en día pareciera estar muy de moda esa estúpida farsa de ser uno mismo, oír nuestra propia voz, dejar de satisfacer a los demás, ir a por nuestros sueños, el “todo es posible” y toda esa absurda filosofía optimista de que la felicidad depende de nuestra actitud ante la vida y de que hay que estar seguro de sí. Es verdaderamente un insulto a las almas sensibles y a las mentes complejas ¿Cómo puede alguien con un mínimo de autoconsciencia, de capacidad de indagación y razonamiento tener la certeza de algo? ¿Cómo aceptar una verdad inmutable, lineal, sostenible y sometida (para colmo) a nuestro propio control? Con un ápice de lucidez y visión de cómo es el mundo en el que vivimos; sus leyes, sus normas, sus principios, sus mecanismos, sus móviles, sus prioridades ¿Realmente puede alguien en su sano juicio afirmar que es posible dejar de satisfacer al otro, ir a por los propios sueños y ser uno mismo? Pero si ser “uno mismo” nadie tiene la menor idea de lo que es. El autoestima ¿existe? Creo que sería más acertado llamarle heteroestima, poliestima, multiestima. Está impreso en el ADN: sin el clan no sobrevivimos. Y después de impreso, fijado cada día desde un principio por los patrones de conducta de nuestros padres, familia nuclear, familia extendida, tribu, sociedad, cultura ¿Qué ridícula idea es esa de ser uno mismo?

Y cuando al final ya estamos asfixiados y entumecidos de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas dentro del molde, ni siquiera tenemos claro cómo salir. Y aún con la suerte de darnos un buen golpe que rompa el frasco y salve la vida, y nos permita rodar fuera del contorno y salir aceptablemente ilesos de nuestro torpe reptar sobre los trocitos de cristal ¿Cómo estirarse? ¿Cómo irrigar cada pliegue? ¿Cómo moverse? ¿Por dónde empezar?

Amamos como nos han amado. Como hemos visto amar. Y como hemos replicado. Y nos vemos como nos han visto. Y creemos en eso que nos dijeron. Creemos en eso que vieron. Tan fielmente que hasta lo repetimos, aunque no se acerque lo más mínimo a la realidad. Actuamos como se debe, como se espera, como nos han dicho. De acuerdo con cómo nos han corregido, para evitar el castigo, el rechazo, el dolor, la indiferencia, la soledad. Ya sea por cuanto hemos sufrido en la propia piel y alma y estima, o por evitar eso que vimos tan de cerca les pasaba a los otros.

Y después que ya estamos perfectamente “amoldados”, construimos relaciones, ejercemos roles, nos ceñimos al guión. Y ese guión que representamos durante tanto tiempo ya nos sale sin pensar. La inercia es descomunal. Aunque sea incomodo, el surco es profundo. Y el movimiento y el rumbo y la manera, y la danza y la cadencia y el ritmo, salen con total naturalidad.

Por momentos no es que intente trabajar con ninguna metáfora. La verdad es que la mayor parte del tiempo me parece más real esa imagen mental que la que me devuelve el espejo. Que la que proceso en la retina cada vez que me cruzo con alguien y lo observo. Me parece infinitamente más real esa especie de tentáculo de pulpo en formol, o esa cabeza reducida por los jíbaros que lo que veo concretamente.

Creo que si pudiera reprogramar mi inconsciente en modo exprés. Urgente. Ya. Me encantaría pensar en una metáfora de mi nuevo molde como un refugio. Un lugar seguro. Mío. Cálido y luminoso. Pequeño. Un útero. Pero no el útero de mi madre. Sino el mío. Mi propio útero como mi refugio inagotable. Amarme. Amar mi condición de mujer. Alojarme. Cuidarme. Alimentarme. Crecer. Darme un lugar donde repararme, reconstruirme, reconocerme. Y nacer cuando ya esté preparada, cuando ya sea la hora, cuando llegue el momento. Y ya no volver a amoldarme nunca más.

Mala elección

By | Mujer | No Comments

Mala elección el nombre manada.
No sentiría tanto miedo. Tanto desamparo, abandono, indefensión.
No me sentiría ultrajada, arrojada al vacío, manoseada, abusada, destrozada, aterrorizada.
No me quedaría paralizada, muda, ahogada, confusa, traumatizada, desgarrada en trozos imposibles de componer.
No ante cinco animales.
No ante cinco lobos.
Esa sensación. Todo ese terror en el cuerpo, lo generan esta justicia, este sistema, estas personas.
Todos los que callan.
Todos los que miran para otro lado.
Todos los que día a día perpetúan esta asquerosa maquinaria.
Esta puta sociedad.

La mirada de ellas

Día mundial del teatro

By | Arte, Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Hoy es el Día Mundial del Teatro y debo agradecer y, sin miedo a que me tomen por exagerada, decir que el teatro es el mejor invento de la humanidad.

El teatro nos expresa, nos conecta con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, libera el dolor de tanto silencio y tanta represión que llevamos en el día a día, intentando encajar en un sistema absolutamente deshumanizado. El teatro alimenta el alma, puede transformar casi cualquier cosa en arte, en belleza. El dolor más hondo, la soledad más desesperada, la verdad más cruda y la pasión más intensa. El teatro da vida, cuerpo y forma al alma humana y le permite expresarse en toda su complejidad. El teatro tiene la maravillosa capacidad de transmutar una emoción, un pensamiento, una palabra, en obra de arte. Y nos enseña a abandonar el ego y sentirnos parte de un todo en sintonía, algo más grande que nos excede y es lo que somos junto con nuestros compañeros de creación y ensayo y escenario. Y nos quita el miedo a que nos vean como somos, porque sobre el escenario podemos llorar y reír y gritar y estar locos y ser tontos y ser perversos y sufrir lo indecible y gozar desmesuradamente. Todo está permitido. Estamos protegidos por el fino velo de la ficción. Y también nos quita el miedo al juicio ajeno. Porque el público no es algo abstracto y monstruoso sino simplemente un conjunto de personas, como nosotros, intentando vivir. Y desde el escenario podemos hacerles pensar, sentir, ver, y expresar todo lo que callan y guardan en su interior, y no se atreven a sentir. Podemos conectar sin límites.

Si todos tuviéramos clases de teatro en la escuela. Si un taller de teatro semanal fuera tan obligatorio y curricular como la lengua y las matemáticas. Si se recetaran las clases de teatro con tanta soltura como los antidepresivos, creo que habría menos dolor, menos mal humor, menos represión, menos maldad, menos toxicidad, menos maltrato, menos hastío, menos sinsentido, menos tristeza, menos soledad, menos crueldad, menos vacío, menos sufrimiento en este mundo.

Celebro. Agradezco. Brindo por el teatro y por toda la gente maravillosa que me permitió conocer y de la que aprendo cada día. Y por todo el camino que nos queda por recorrer.

¡Tomen clases de teatro! ¡Vayan al teatro! ¡Lean obras de teatro! ¡Anímense a despertar! A dejarse llevar por el arte más maravilloso del mundo.

Sí. Soy absurdamente subjetiva. Así se ven las cosas con los ojos del corazón.

¡Amo el teatro! Porque el teatro hizo que volviera a amar la vida.

mujer en el umbral

8 de Marzo

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Ojalá no hiciera falta que sea 8 de marzo.
Ojalá no hiciera falta la huelga.
Ojalá no hiciera falta una crisis existencial, ni una depresión, ni una enfermedad, ni ninguna hazaña para que las mujeres oyéramos nuestra voz, nos sintiéramos fuertes y nos atreviéramos a ser quienes de verdad somos, y no quienes nos han hecho creer que debíamos ser.

“Esta es la historia de una mujer.
Una mujer en el umbral de una puerta.
Es la historia de su vida.
Su vida compuesta por una secuencia lineal de minutos en los que nunca tiene la certeza de la distancia que la separa del umbral. Cuando llega ya es demasiado tarde para haberse preparado. Cuando llega suelta los roles. Uno a uno los deja en el suelo, agotada de cargar con su peso. Suelta a la madre, a la esposa, a la hermana, a la hija, a la trabajadora, a la vecina, a la desconocida. Y se queda con lo que ella es en realidad. Inmóvil. Sin saber cómo dar un paso y atravesar el vano, y existir del otro lado. Del otro lado donde podrá ser lo que le queda de sí. Lo que de verdad es. Lo que es esa mujer una vez que ya no necesita satisfacer más a nadie. Esa mujer a la que oye gritar y le cierra la puerta. A la que ignora cuando llora. A la que lleva irremediablemente consigo a todas partes. A la que administra cada mañana su dosis diaria de anestesia.
Cuando aparece en el umbral de la puerta no tiene verdadera conciencia de cómo llegó ahí. Pero no cabe duda de que la otra es la responsable. La que está detrás de esa concatenación de supuestas casualidades que hicieron que ocurriera otra vez.
Lo que de verdad teme es un día no poder volver a levantar los roles del suelo y volverlos a cargar y darse la vuelta y meterse otra vez para adentro como siempre. Lo que está empezando a sentir es el miedo a que la otra se adueñe de su ser y le impida discernir. Y ya no sepa si se dio la vuelta o no. Y ya no pueda decidir si tiene que entrar o salir. Y haga el ademán ciego de cargar con el lastre otra vez y los roles ya no estén en el suelo.
Tiene miedo. Miedo porque sabe que la otra es una mujer fuerte. Es visceral, egocéntrica, obstinada, soberbia. Es una mujer sensible, inestable, orgullosa, desmesurada, intensa. Tiene miedo porque la conoce muy bien y sabe que es una mujer inteligente y decidida. Y si consigue que atraviese el umbral de la puerta es muy probable que ya no sea capaz de recuperar el control.”

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Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

By | Arte, Mujer | No Comments

25 de noviembre
Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer
Sé que no es correcto usar mayúsculas si no es ante un nombre propio o comenzando la oración, pero me tomo el atrevimiento y me auto eximo de pedir permiso a la RAE.
Si lo permiten en el caso de ciertas celebraciones religiosas o civiles, creo que en este día Eliminación, Violencia y Mujer merecen ser tratadas con toda la seriedad posible, sobre todo pensando en aquellas personas perezosas queintentarán mirar para otro lado o se plantearán la posibilidad de leer entre líneas. Espero que no puedan eludir enfrentarse a esas tres palabras.
Eliminar la violencia contra la mujer no es algo fácil, casi como todo lo necesario. Casi como todo lo que muchas veces intentamos negar, ocultar o barrer debajo de la alfombra. Casi como todo lo que minimizamos. Casi como todo lo que hacemos por inercia, aunque esté mal. Casi como todo lo que quisiéramos ignorar creyendo en soluciones mágicas. Porque cambiar requiere primero tomar conciencia, y tomar conciencia muchas veces duele, y somos animales de costumbres y tenemos una enorme capacidad para hacer siempre lo mismo, aunque ese hacer siempre lo mismo sea destructivo.
Para eliminar la violencia contra la mujer, primero hay que verla. Pero la violencia contra la mujer no siempre es visible y explícita. Para que exista una mujer violada, golpeada o asesinada, primero tuvo que existir una mujer agredida verbal y psicológicamente, una mujer amenazada, insultada, desvalorizada, humillada, manipulada, ignorada, despreciada, chantajeada, culpabilizada. Una mujer controlada, anulada, una mujer invisible, sutilmente disminuida. Y toda una sociedad, y todo un entorno, y toda una familia tan acostumbrada, tan ciega y tan adoctrinada en todas las vertientes del machismo, habituada a aquellas pequeñas ramificaciones que parecen inofensivas, disfrazadas con humor, sostenidas con naturalidad por los medios de comunicación, escurriéndose silenciosas en el propio lenguaje que utilizamos a diario, en pequeños actos cotidianos que parecen sin importancia.
Ayer nos subimos al escenario contra la violencia de género con nuestro espectáculo “Si yo pudiera…”. Si yo pudiera cumplir mis sueños, olvidar mis roles, las expectativas ajenas, las presiones sociales, mis propios obstáculos.
Si yo pudiera, no tendríamos que elegir un día en el calendario para la concientización, porque no existiría la violencia contra la mujer. No haría falta.
Pero mientras eso no sea verdad hay mucho trabajo por delante, hoy y todos lo días, para generar conciencia.
Ese fue nuestro pequeño aporte, porque para conseguir la igualdad hay que ver. Hay que hacer que importe. Hay que hacer que otros vean, para que nos importe a todos y podamos hacerlo realidad.

carta de amor

Quisiera escribirte una carta de amor

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Quisiera escribirte una carta de amor.

Tal vez el problema sea el concepto de amor que se esconde detrás de ese deseo. La necesidad de un amor idealizado, de un amor que lo llene todo y acabe con este vacío y este dolor, con este absurdo sinsentido.

Quisiera escribirte una carta de amor, pero todo lo que siento ahora es miedo, incertidumbre, culpa, desconfianza, dolor ¿Será que nuestro amor está en alguna parte debajo de todo esto?

Estoy tan cansada de intentar ser una persona normal. De esforzarme por funcionar. Tan agotada de sentirme culpable por no poder ser feliz con todo lo que tengo, que es tanto y tan valioso; pero pareciera que nunca me es suficiente. Siento el dolor contenido en mi cabeza. No quiero llorar. No quiero caerme. Veo como todo se empieza a volver absurdo y ajeno. No quiero que esa sensación me abarque pero empiezo a sentir como el vacío se va extendiendo como una oscura mancha viscosa que empieza a inundar cada acto, cada mirada, cada palabra, cada pensamiento. Siento un silencio pesado guardado en el pecho, que podría transformarse en un grito o en llanto, pero está congelado.

Quisiera escribirte una carta de amor y no sentir tanto miedo de perderte, miedo de mí misma, de mi latente capacidad de destruirlo todo. Quisiera un amor cómplice, liberador, un refugio de autenticidad, que sea hogar y sentido, confianza y certeza. Pero todo lo que siento es una incapacidad tan grande de amar. Terror de mí misma, de verme expuesta, de abrir mi corazón, de ser quien deba ser y sentir lo que deba sentir sin miedo de hacer daño o de acabar destrozada.

Estoy tan cansada de mis indagaciones y de repetirme continuamente que sin amarme primero no podré amar a nadie. Estoy tan perdida sabiendo que hasta que no descubra quién soy no dejaré de sentirme infinitamente sola y vacía. Hasta que no pueda compartir lo que soy y lo que siento sin vergüenza y sin miedo. Pero no sé hacer eso.

Quisiera escribirte una carta de amor y hacer que esos instantes de conexión, de sintonía, de alegría, de placer, me bastaran. Me alcanzaran para apagar mi cabeza. Me permitieran confiar en vos y en mí. Me ayudaran a tener algo de que aferrarme.

Quisiera escribirte una carta de amor y me destroza recordar que un día fuimos el uno para el otro el eje y los bordes del mundo, y creímos que seríamos capaces de todo mientras estuviéramos juntos. Y hoy tengo la sensación de que toda construcción podría ser un frágil decorado, podría destrozarse y dejar restos irreconocibles de nosotros volando a la deriva, alejándose sin remedio y sin rumbo. Cuando un día todo parecía una danza tan hermosa y perfecta, un movimiento armónico y perpetuo.

Quisiera escribirte una carta de amor y no sé qué es lo que te estoy escribiendo.

 

 

Tres cosas

Tres cosas

By | Crisis Existencial, Madrid, Mujer, Primera Persona | No Comments

3 sabores

El strudel de manzana de Luisa

El té de ruda

La sevenUp batida

3 ideas

Dios no existe. Ninguno de todos ellos. Dios es una invención del hombre para soportar el absurdo de la existencia y la desgarradora certeza de que todos vamos a morir. Las personas que amamos también mueren. Y pueden morir antes que nosotros.

El amor es una construcción. El amor es una necesidad desesperada. Amar para sentir que tiene algún sentido estar en este mundo. Elegir dos o tres cosas que parezcan encajar y construir encima lo que haga falta para dejar de sentirnos tan insoportablemente solos.

El ser humano es una isla. No es que sea egoísta. O malintencionado. Manipulador o interesado. Es su naturaleza. Solo podemos ver a través de nosotros mismos. Y sentir. Y desear. Y vivir. Y sufrir. Estamos solos. Y es desde esa soledad desde la que pretendemos que algo tiene algún sentido. Y es desde esa soledad y las necesidades asociadas que interactuamos con los demás y pretendemos disfrutar de algo, trabajar de algo, hacer algo, decir algo, y creer que tiene algún objetivo, alguna importancia, algún sentido. Pero no lo tiene.

3 sonidos

El canto de las cigarras

Los tacones de Virginia en el pasillo del fondo

La flauta del afilador

3 acciones

Con estas manos abracé a Sofía. Recién acababa de nacer. Con estas manos la puse en el pecho y no pude dejar de mirarla mamar. Todavía no había abierto los ojos.

Con estas manos escribí una carta que me costaría 5 años de silencio. Con la misma mano que la escribí la eché en el buzón. Si las cartas tuvieran títulos como los libros, esa se llamaría sincericidio.

Con estas manos firmé mi nacionalidad italiana, la que me permitió quedarme en España. Aunque después no supiera bien si quedarme había sido una suerte o no.

3 imágenes

El cuerpo pequeño y morado de Fran después de la cesárea. No esperaba verlo todavía. No me había dado cuenta de que iba a ser madre todavía. Hasta que lo vi.

Abuelo sentado en el antepecho de la ventana esperando a que nos levantáramos para saber si abuela había dormido en casa esa noche porque no estaba en su cama.

El coche destrozado del que papá había salido de milagro después de volcar tres veces en la carretera y terminar dentro del agua.

3 olores

El jazmín en flor de Labardén

La cera GloCot para suelo de madera

La costanera de Quilmes del Río de la Plata

3 lugares

El increíble y sobrecogedor espacio debajo de la cúpula de Santa Sofía en Estambul

El césped sobre la tierra sobre la tumba de mi abuela

Los escalones de la salida del Metro Sevilla en la calle Alcalá, donde respiré por primera vez el aire de Madrid

3 cosas que amo

A mis hijos

Leer, porque es una de las cosas que me hace sentir menos sola en el mundo. Fundamentalmente porque creo que los libros son más sinceros que las personas. Incluso las palabras de los escritores estoy convencida de que son mucho más sinceras que los escritores mismos; que sus vidas, sus actos y sus relaciones.

Creer, aunque sea por un instante, que existe algún tipo de sintonía con otro ser humano. Aunque sea fugaz, aunque esa certeza no dure más de un minuto.

3 cosas que temo

Que mis hijos mueran

No llegar a ser yo misma

No encontrar otra certeza que no sea la del sinsentido absoluto y la irremediable soledad

old-tricycle

Primer recuerdo

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

No recuerdo cuál es mi primer recuerdo. Tal vez escribiendo consiga recordar. Tal vez con el sonido de las teclas distraiga al centinela y pueda abrir el cerrojo y penetrar en el territorio de la infancia que de momento permanece cerrado y en silencio.

No sé cómo llamar recuerdo a una serie desordenada de flashes que me vienen todos juntos a la memoria. Suenan las cigarras. Y huele a cera del suelo. Y estoy ansiosa por ver dónde encontraré a Luisa. Y me duele saber que ya solo podré encontrarla en este territorio, y me doy cuenta de que tal vez sea por eso que intento no visitarlo. Por no confirmar el axioma: Luisa ya solo vive en tus recuerdos de la infancia.

No quiero sentirme triste. Quiero disfrutar esta visita. Y me pregunto qué debería hacer para conseguirlo. Pero sinceramente tengo miedo. No sé cómo encontrarme con Luisa y no sentirme triste. Intentaré pensar que estoy en el presente y no en un irremediable futuro en el que tengo 41 años y estoy a 27 años de nuestro último abrazo y a 10.082 kilómetros de Bernal.

No quiero inventarme un recuerdo. Quiero encontrarlo. Y aunque sé que será en la casa de Labardén 180 no sé sinceramente qué edad tendré. Y no puedo evitar anteponer fotos viejas y anécdotas que escuché a los hechos verdaderos.

No hay una casa sola. Hay tres. En el fondo hay un pasillo. El pasillo que une la casa de los abuelos con las casas de los inquilinos: la casa del medio y la casa de Pichi. En el garaje está aparcado el Renault 4 blanco. Ese con la palanca de cambios en horizontal y el tapizado de franjas cosidas de cuero negro. Para sacarlo a la calle hay que abrir el portón y la verja. La verja está de adorno realmente, porque no tiene más de un metro de alto.

No sé si será el primero, pero me está viniendo a la cabeza un recuerdo sobre la historia asociada a la verja que separa el frente de la casa de la acera y la pequeña rampa que hay para cada rueda del coche. Y mi triciclo oxidado de caño. Y el olor del césped mojado y, otra vez, el canto de las cigarras. Y el calor del verano que llega todos los diciembres al hemisferio sur. Y el traqueteo de la rueda sobre la acera vainilla. Y cómo me caí sobre la punta de la verja intentando, a toda la velocidad que alcanzaba mi pequeño vehículo, subir la rampa de cemento. Abuela está sentada con Pichi en el porche. Qué mujer tan increíble ¿Cómo pudo disimular que la herida iba a necesitar sutura? Yo le preguntaba: ¿es chiquita, abuela? ¿es un puntito como el que me hice ayer con la aguja de coser?

No me pusieron anestesia. Mamá no sabía si era alérgica. Me dieron tres puntos en la mejilla izquierda. Todavía tengo la cicatriz. Mamá lloró más que yo.