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alta capacidad y genero

Alta capacidad y género

By | Altas Capacidades, Mujer | No Comments

La conferencia de la Dra. en Psicopedagogía Rosabel Rodríguez inaugura las V Jornadas sobre Altas Capacidades: “La diversidad dentro de la alta capacidad”. Empezar el ciclo de ponencias con una exposición sobre género no es una decisión menor. Atendiendo a la diversidad, hablar de altas capacidades es observar detenidamente la complejidad que puede haber dentro de cada individuo. Tendientes como somos a intentar etiquetarlo y categorizarlo todo; concienciar, sensibilizar, detectar y diagnosticar un individuo es importante y necesario a la hora de atender a sus necesidades, pero no debe hacerse sin prestar atención a todo lo demás. Y muchas veces ese “todo lo demás” involucra otras variables que también necesitan ser atendidas y luchan para hacerse visibles. En medio de toda esta muñeca rusa de nombres y perfiles y entramados lo más importante de todo es recordar que lo que tenemos delante siempre es una persona; una persona compleja que no encajará nunca en un patrón, y que necesitamos evaluar y con la que tenemos que atenernos a unos protocolos, pero cuyas necesidades, la totalidad de ellas, están insertas en una realidad compleja y se refieren a múltiples ámbitos. En cuanto a la problemática de género, la visión sobre las altas capacidades debe ampliarse y afrontar el reto de romper mitos y abrirse paso aún con más fuerza.

La conferencia comienza con un simple ejercicio que Rosabel nos propone y es decirle a la persona que tenemos sentada a nuestro lado una mujer que haya ganado el Premio Nobel. En todo el auditorio no se ha oído pronunciar otro nombre que no fuera: Marie Curie. Solo nos acordamos de ella. Y está claro que se lo merece. Es la única mujer que ha ganado dos premios Nobel. Y cuya hija también obtuvo uno. De 935 premiados, solo 51 han sido mujeres. De 118 años de premios, 80 ha habido sin premiadas mujeres. Nadie en el auditorio conoce a Donna Strickland. Vemos su foto en pantalla, leemos su nombre, pero no sabemos quién es. Ella ganó el Premio Nobel de Física este año. Donna ya había ganado el Premio Nobel y sin embargo seguía sin haber una entrada en la Wikipedia sobre ella. Se ve que el perfil de esta brillante científica no era lo suficientemente notable como para estar en Wikipedia, donde las biografías femeninas no llegan ni siquiera a representar un 18% del total. Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación dudando de su capacidad intelectual.

Y esto si nos movemos solo en el territorio de los premios Nobel. Pero más de lo mismo encontraremos entre los arquitectos, artistas, compositores, científicos, cineastas. Nadie recuerda el abrumador talento musical de la hermana de Mozart, de apellido Mozart también, desde luego. Y tantas abuelas y madres nos han extasiado con sus dones culinarios. Pero, ¿cuántas fueron chefs internacionales? Y tantas mujeres han tejido, bordado, cosido; han vestido con amor y dedicación a toda su familia. Pero, ¿cuántas de ellas fueron reconocidas diseñadoras de moda? Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación dudando de su creatividad y talento.

Lo que nos tiene que dar esperanza y alivio es afirmar que el motivo, que la verdadera explicación es cultural. No es un problema intrínseco. Podemos cambiarlo. Debemos cambiarlo.

Cada día, día tras día, desde la infancia, las mujeres recibimos infinitos mensajes sobre lo que somos, lo que deberíamos ser, lo que se espera que seamos, lo que tenemos, lo que debemos, lo que estamos obligadas a pensar, sentir, decir, hacer, desear. Lo que estamos obligadas a ser. Y en algunos casos intentar ir contra eso no solo es difícil. A veces ni siquiera se nos ocurre, porque no lo vemos. Y otras veces es mejor que no se nos ocurra porque puede llegar a ser imposible, impensable, incluso estar prohibido.

Una noticia de hace apenas unos días atrás: Galicia prohíbe la obligación de llevar faldas a las niñas que usan uniforme para ir al colegio. Estamos en 2018. Y nos parece una locura ¿no es cierto? Y deberíamos pensar: No puede ser que haya que prohibir esto. Pero claro, hay que prohibirlo, porque de momento ¡es obligatorio!

Rosabel propone otro simple ejercicio: Si buscamos “gifted children” o “superdotados” en Google y filtramos imágenes ¿con qué nos encontramos? Pizarras, fórmulas matemáticas, niños con gafas vestidos con elegancia y formalidad, grandes lectores, violinistas, campeones de ajedrez, niños con lamparitas encendidas alrededor de su cabeza, pequeños bebés con los pelos y los bigotes de Einstein. Estereotipos. No encontramos otra cosa que absurdos estereotipos. Y muy pocas niñas.

Hay algunos datos que son abrumadores. Por ejemplo, entre los 6 y los 12 años, el número de alumnos diagnosticados con altas capacidades no muestra una brecha muy llamativa en relación al género. Un 52% de chicos y un 48% de chicas aproximadamente. Pero cuando llegamos a la adolescencia la diferencia crece significativamente. Entre los 12 y los 16 años las chicas solo representan un 30% del total. Imagino que a nadie se le ocurrirá intentar dar una explicación refiriéndose a la pubertad o a las hormonas sexuales. La razón es muy dolorosa. Ya están apagadas. Ya están adiestradas. Se han vuelto invisibles. En todos esos años que lo niños escuchaban mensajes del tipo: dilo, no te calles, muévete, hazlo; ellas solo recibían: tranquila, cálmate, ya pasará, no lo hagas, no preguntes, no sobresalgas, no llames la atención, no lo digas, no pienses eso.

A partir de los 12 años ¿dónde están las chicas? ¿dónde están las mujeres de altas capacidades?

Están ahí. Ahí sentadas. Quietas. En su sitio. Calladas. Hacia dentro. Están ahí. En el mismo lugar que estuvieron siempre. Invisibles.

Sumado al enorme y aplastante sistema social y cultural que opera de manera extrínseca hay un factor intrínseco muy poderoso que puede ser muy determinante y es la autoconfianza, la autopercepción. La falta de confianza en uno mismo es mayor en las personas con altas capacidades, mayor aún en la pubertad, y mucho mayor, y acrecentada por el entorno y sus mensajes y expectativas, en las mujeres.

Cuando una chica triunfa, ya desde el entorno escolar, recibe más habitualmente el mensaje de que es porque se ha esforzado mucho. Los chicos parecen conseguirlo simplemente por su talento, por su capacidad. Tanto chicos como chicas tienden a valorar positivamente a las mujeres de su entorno, sus abuelas, tías, sus madres, las profesoras, por sus cualidades emocionales y afectivas, por su empatía, cercanía y disponibilidad. Pero cuando se pregunta por la inteligencia, la valoración se hace generalmente sobre los padres, abuelos, profesores. Esa misma idea proyectan las chicas sobre si mismas. Lo que se valorará en ellas son sus habilidades sociales, afectivas, emocionales e interpersonales por encima de todo. Este constructo opera con la misma fuerza que la frase “Querer es poder”. Pues “No querer es no poder”. Las mujeres no quieren ser brillantes, no quieren ser inteligentes, no quieren ser talentosas, no quieren ser exitosas. Nadie las admirará por eso. A menos, claro está, que cumplan primero con todo lo demás. Pero ese “todo lo demás” es un lastre muy grande. Y para poder ser buena, atenta, entregada, dulce, amorosa, estar disponible, cuidar de los demás y a la vez ser brillante en tu profesión y en tu carrera, creativa y talentosa en el área que te apasione; no queda otra opción que ser una Supermujer. Una especie de heroína de ciencia ficción que tiene la habilidad de multiplicarse, o que se mete en una cabina de teléfono y se transforma en un segundo en lo que haga falta y puede parar el mundo mientras da varias vueltas al planeta tierra para frenar el tiempo y salvar a toda la humanidad de la catástrofe (y salir viva).

Los factores extrínsecos no hace demasiada falta revisarlos. Aunque son los que se han encargado de, gota a gota y minuto a minuto, crear, alimentar y propiciar todas las creencias que han calado tan hondo que a veces es difícil reconocer que no eran internas. Están tan profundamente arraigadas que son verdad como si hubieran venido impresas en el ADN. La familia, la escuela, la sociedad han erigido los estereotipos y los han reproducido hasta el infinito y hasta el hartazgo. Y han calado. Y calan, cada día.

Y para que esto cambie hay que contrarrestar. Y sí que hay cambios. Que se gestan. Se llevan a cabo. Hay mas conciencia y más iniciativas. Pero la inercia es descomunal. Hay una enorme falta de modelos a los que seguir. Rosabel nos muestra algunos videos y diapositivas que nos recuerdan cómo y cuánto hemos normalizado los estereotipos. La campaña Redraw the Balance de la iniciativa Inspiring The Future nos muestra cómo ya en la escuela primaria cuando los niños y niñas imaginan médicos, bomberos, pilotos; siempre imaginan hombres. Al final de la experiencia entran tres mujeres al aula con su ropa de trabajo y los niños se asombran. Llegan a gritar: ¡Están disfrazadas!

Video: Redraw the Balance

Al no tener modelos que imitar y al estar rodeadas de estereotipos y mandatos limitantes las chicas, además de atreverse a tener altas capacidades y salir de ese asfixiante armario con plena confianza en sí mismas, tienen que ser valientes, fuertes. Tienen que abrirse camino, ser pioneras, porque no tienen modelos a seguir dentro de un mundo donde la justicia y la igualdad, por muy absurdo que suene, no abarcan a las mujeres.

Lo que también es muy frecuente y desconcertante es la cantidad de mensajes contradictorios que se producen. Porque se dicen cosas, pero luego se hacen otras. Y se piden cosas, pero luego no se llevan a cabo. Y se alientan y se fomentan cosas, pero no se traza el verdadero camino para que puedan hacerse realidad.

Las mujeres no solo se enfrentan a techos de cristal, también pisan suelos pegajosos. Esos suelos pegajosos donde están sus hijos, sus padres, sus parejas, y ese deber y esa necesidad de atenderles siempre, porque así nos han educado, y porque lo llevamos clavado en las entrañas. Y si conseguimos el apoyo y la ayuda suficientes para subir los peldaños uno a uno de nuestra vocación, de nuestra profesión, de nuestro trabajo, intentando desarrollar nuestro talento, ahí nos encontramos el techo de cristal: la sociedad no confía con tanta soltura los puestos de responsabilidad, los proyectos complejos, los cargos directivos a las mujeres ¿Por qué? Porque seguramente tendrán hijos, maridos, padres, familias enteras que atender y no podrán responder como se espera, no estarán a la altura, no lo darán todo. Pero mejor así. Mejor que no se les ocurra darlo todo por su profesión, porque lo que sería admirable y ovacionado en un hombre, seguramente se miraría con desconfianza o se juzgaría sin piedad en una mujer. Porque sí, se nos anima a brillar y realizarnos, pero nunca jamás bajo ningún concepto se nos permitirá dejar de ser buenas, guapas, tranquilas, sensibles, abnegadas y compasivas.

En 2012 la Comisión Europea lanzó una campaña dentro de su programa de mujeres en la investigación y la innovación, que pretendía animar a las adolescentes a estudiar ciencias. Science: it´s a girl thing! se llamó y a través de un video viral de 0:52 minutos de duración no hizo otra cosa que dejar en claro cómo el machismo está en el hueso y no importa el lema ni la intención; la ideología más sexista y vergonzosa chorreaba por los cuatro costados. Si esas niñas, esas jóvenes que debían atreverse a estudiar ciencias, tenían que sentirse identificadas con las mujeres del video, la batalla estaba perdida antes de empezar. Las supuestas científicas parecían salidas de una película de 007. Tacones, bellísimas piernas desnudas, cinturas de avispa, abundante maquillaje. Ellas, peinadas de peluquería y dirigiendo miradas, gestos y actitudes seductoras al único ser humano que parecía verdaderamente centrado en su trabajo: un hombre, desde luego. Las chicas tiran besos, se ríen, se distraen, se sorprenden. Son tan adorablemente superfluas y sexis. Porque la ciencia es cosa de chicas, pero claro, la “i” de la palabra Science, no se lo pierdan, es una barra de labios.

Video: Science: it´s a girl thing!

Por suerte, las estudiantes de psicología y neurociencia de la Universidad de Bristol expresaron su indignación y respondieron con otro video que ojalá hubiera sido tan viral como el primero porque parodia con altura y cinismo cada uno de los absurdos clichés de la campaña oficial.

Parodia graduadas Universidad de Bristol

Solo podremos hablar de igualdad el día que cada niña, cada adolescente, cada mujer pueda decidir libremente y sin barreras lo que quiere hacer de su vida, de su carrera, de su profesión. El día que cada niña se libre de la infinitud de mensajes que intentarán construir de manera efectiva y desde dentro la indefensión aprendida. El día que cada niña imagine su vida adulta con plenitud y con éxito, sin suelos pegajosos ni techos de cristal. Y para eso los primeros pilares en los que deben apoyarse es en modelos, personas de referencia que configuren ejemplos reales y no idealizados, ejemplos de que sí se puede. Trabajar la autoestima, la autoconfianza, rodearse de un entorno en el que dejar de ser invisibles, en el que salir de la crisálida, sabiendo que pueden, que tienen derecho y que han nacido para volar.

Gracias Rosabel Rodríguez por tu pasión, por tu calidez, por tu talento y por construir el camino, por abrir una maravillosa ventana donde solo parecía haber un sólido e infranqueable muro ¡Gracias!

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

mamá

Mamá

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Mamá.
La primera palabra que decimos.
Es difícil que yo no pueda escribir, y sin embargo me está pasando en este mismo momento.
Mamá. Solo me suena esa palabra en la cabeza.
Y no puedo pensar nada más. 
Solo siento, añoro, imagino. No llegan las palabras.
Solo me atraviesan recuerdos, sensaciones, emoción.
Mamá.
Cómo desearía esta mañana estar en Argentina, juntas en la cocina, poniendo la mesa y preparando el tuco para los mostacholes. Y que fueran muchos platos sobre el mantel. No quiero contar en mi cabeza el número de platos que quisiera que sean. Y poner la bandeja verde de plástico y la jarra de agua, y la canasta de mimbre con las galletas marineras y el platito metálico de postre con el queso provolone, y la cucharita de mango azul. Y abrir un vino tinto -aunque ya sabés que prefiero la cerveza- y decirle a papá que a ver cuándo se acaba la carrera y apaga la tele.
A veces creo que lo consigo, sí que lo intento, pero no sé realmente. Uno nunca sabe si lo está haciendo bien. Pero puedo decirte que espero que Fran y Sofía tengan este mismo estado mental y emocional si me tienen lejos y quieren desearme un feliz día y solo les vienen imágenes y recuerdos y emociones difíciles de ordenar y les cuesta ponerse en palabrasꓼ porque las palabras son lo que menos les representa, aunque constituyan el territorio en el que se mueven habitualmente con más fluidez. Espero que cualquier frase y cualquier saludo y cualquier idea se les quede insuficiente como me está pasando ahora mismo a mí. Y solo quieran estar en mi cocina, poniendo la mesa y esperando con ansias tenerme cerca y ayudarme con algo y compartir el domingo y sentarse a comer y hablar y reírse y desear una sobremesa eterna de estar, simplemente estar. Porque mamá es un lugar en el que uno desea estar. Mamá es un lugar más que una persona. Mamá es un lugar más que una palabra. Mamá es un lugar que nos define y al que siempre estamos profundamente llamados a volver para sentirnos otra vez seguros y amados y tranquilos y en casa.
Feliz día mamá. Mamá. Qué bien me hace atreverme a repetir ese sonido en mi cabeza, y no buscar palabras ni razones. Solo dejarla sonar. Y sentir y recordar y añorar y emocionarme.
Mamá.

Santorini_Caldera

El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?

EleNao

Bolsonaro no. Él no

By | Mujer, Primera Persona | No Comments

No puedo creer que sean las mujeres las que salgan a decir No. Él no.
Esto no es una lucha feminista. Esto es un problema de todo Brasil.
Bolsonaro no es solo un machista, misógino, troglodita.
Bolsonaro es un fascista, racista, homófobo, ultraderechista.
No tiene que ser de color violeta la bandera, ni el cartel, ni la tipografía, ni la camiseta.
No tiene que tener una rosa, una mariposa, un círculo con una cruz.
Ni siquiera una bandera multicolor.
Esto es un problema de todos. Estamos hablando de sentido común.
De derechos humanos.
¿Qué está pasando en este mundo?
#EleNao

tres monos

Derecho, legalidad y legitimidad

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

Para tener derecho a algo, ese algo debe ser legal.

Pero para que sea legal, primero tuvo que ser legítimo.

Y la herramienta más poderosa de manipulación que existe es la que ataca la base de esa construcción.

Porque privar de un derecho es un delito.

Ir contra la ley también.

Pero hacer que algo parezca ilegítimo es más fácil.

Y hace falta ser cruel, inhumano, perverso, hipócrita para poder hacer que parezca ilegítimo algo que no lo es. Hace falta ser un completo psicópata para convencer a una persona, a una familia, a una sociedad, a la humanidad entera, de que algo que es perfectamente legítimo y posible, no lo es.

Claro, si una persona llegase a creer que sus pensamientos, sus deseos, sus necesidades, sus sentimientos, sus palabras, sus ideas, sus sueños, sus anhelos, sus motivos, sus impulsos, son legítimos, entonces podría atreverse a luchar para hacerlos realidad. Y una vez que fueran reales podría incluso pelear por su perpetuo derecho a legitimarlos cada día.

Y eso. Eso no conviene.

Por eso se invierte tanto esfuerzo y tanto dinero y tanta energía y todos los medios disponibles para deslegitimar. Para convencernos como sea de que eso, eso que queremos, necesitamos, deseamos, pensamos, anhelamos. Eso que nos quema las entrañas y nos ocupa la cabeza. Eso que nos carga de energía y nos eriza la piel. Eso no es legítimo.

No vaya a ser que nos empoderemos y consigamos la confianza, la certeza, el valor y la determinación suficientes como para hacerlo realidad.

belleza

Canon de belleza

By | Arte, Mujer, Primera Persona | No Comments

Veo este video con la historia de la belleza femenina.
30.000 años de canon.
¿Cómo fiarse de la validez de un concepto tan variable no solo en el tiempo sino dependiente de cada cultura en un mismo momento, y de cada clase social dentro de una misma cultura?
Pienso en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault y la exposición tan bella y natural del deseo como algo primordial e instintivo y para el cual el resto de los animales no necesita ninguna superproducción ni maquillaje ni perfume ni depilación ni vestimenta ni calzado ni accesorio especial.
Y no estoy hablando de rechazar la cultura. Claro que me parece que ni comemos ni bebemos ni dormimos ni nos expresamos ni nos movemos ni morimos como el resto de los animales. Ni practicamos el cortejo y el sexo. Y claro que no rechazo que hayamos sido capaces de dar sentido y transformar en objeto de deseo y encender nuestros complejos cerebritos a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas e instintivas. Y así ponemos la mesa y cocinamos y especiamos y presentamos el plato y gozamos del sabor. No solo nos alimentamos. Y así con todo; no estoy haciendo una apología romántica de lo salvaje.
El problema es que con la sexualidad y con el canon de belleza femenino entramos en terreno peligroso. Hay mucho falocentrismo. Machismo, sumisión, opresión, control, objetualización del cuerpo de la mujer. No solo del cuerpo sino del comportamiento. Lo que se esperó de las mujeres en cada época. Lo que se esperó (y se espera) de ellas física, sexual, emocional, intelectual y todos los “mente” que se nos puedan ocurrir. Y ese canon no era algo inocente y natural. Era algo (y sigue siendo) emanado de la búsqueda de la satisfacción del deseo de los hombres al poder. Tanto para las que usan tacones, escotes, muestran el ombligo, o se hacen la depilación definitiva como para las que llevan velo o burka. No se salva ninguna.
¿O no nos vestimos y hacemos ese pequeño gran esfuerzo diario casi por inercia por comportarnos y vernos y movernos y hablar y callar y andar y hasta sentir y pensar de una determinada manera clavada profundamente y en silencio por el canon? ¿Cómo vestiríamos y nos comportaríamos y nos acicalaríamos? ¿Cómo hablaríamos y nos reiríamos y lloraríamos y comeríamos y beberíamos si no tuviéramos que satisfacer a nadie?
Y digo esto porque no sé si tengo un fallo en el córtex cerebral, pero creo que estoy en contacto con esa apreciación de una belleza natural, instintiva y no canonizada. No puedo escindirme de mi cultura y de mi formación y de mi paradigma, ni de mi innata necesidad de dar sentido y de interpretar e interrelacionar; pero sí puedo desear y ver y sentir y emocionarme con una belleza no canonizada, no moralizada, no sobreculturizada, no impuesta por la moda y la ideología y la corriente y el mediatizado y constante lavado de cerebro perpetuo al que estamos sometidos.
Puedo ver belleza en los ojos de mis hijos, en sus risas, en sus amaneceres despeinados y sudorosos. En cada pliegue y cada curva y cada pelo de sus cuerpos. Puedo experimentar la sensación de que es un milagro que sean tan maravillosos, que estén vivos. Como cuando miramos el mar. El cielo. Las nubes. Las estrellas. Las montañas. No hace falta colgarles una guirnalda o ponerles luces de neón, enmarcar, encuadernar, fotografiar y photoshopear la naturaleza para que sea bella. Es, en sí, en vivo y en directo. Y la naturaleza no solo es el paisaje. Puedo ver belleza en los ojos y el pelo y el cuerpo y el andar y las manos y el olor y la voz y la sonrisa y las ideas y las palabras y los actos de seres humanos sin que necesiten ningún tipo de superproducción añadida. Ni replegarse a ningún canon. Ni cumplir ninguna condición de ningún tipo. Ni maquillarse, depilarse, perfumarse, peinarse, vestirse, calzarse, moverse, comportarse, comer, hablar ni callar de una manera determinada.
¿Pertenezco a alguna especie en extinción?

 

AbortoLegalYa

#AbortoLegalYa

By | Mujer | No Comments

En Argentina se realizan 450.000 abortos al año.
Las complicaciones derivadas de los abortos clandestinos son la principal causa de muerte materna.
Estos datos existen y seguirán siendo ciertos por mucho que les pese a los que están en contra de la legalización.
No se trata de estar a favor o en contra del aborto.
Se trata de legalizar una práctica que ya existe para que sea accesible y segura.
Cada uno tiene derecho a pensar y a hacer lo que quiera.
Que el aborto sea legal no lo vuelve obligatorio.
Me cuesta entender cómo puede haber tanta hipocresía y falsa moral.
Si un aborto clandestino cuesta lo mismo que el ingreso mensual promedio de una mujer argentina.
Si un aborto clandestino cuesta 10 veces más de lo que ingresa al mes una mujer pobre.
¿Entonces?
¿Es una impresión mía?
¿O estar en contra del aborto legal es como estar indirectamente a favor de que sigan muriendo adolescentes de clase baja?
Porque las mujeres que quieran abortar no dejarán de hacerlo.
Y las que puedan pagarlo no correrán el riesgo.
Pero las que no puedan seguirán abortando igual, por más ilegal que sea, como hacen hoy, en condiciones que ponen en riesgo sus vidas.
Las que no puedan seguirán abortando igual y muriendo cada día.

lealtad

Es otra cosa

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Muchas veces, cuando pienso en escribir sobre un tema que ronda mi cabeza, consulto el diccionario y busco imágenes y artículos y frases y relatos y cosas que se conecten en algún punto y de alguna manera, aunque sea tangencial y difícil de racionalizar, con eso, con lo que está en el eje de la idea.

Esta vez ronda mi cabeza la palabra lealtad. Y me asombra ver qué pobre, parcial e incompleta es la definición de la RAE. No es que la RAE me merezca demasiado respeto; cargada de machismo y de cristianismo y de tanta ideología de derechas que parece que le diera un poder indiscutible para definir las palabras. No soy ingenua. Soy consciente de que el lenguaje no es inocente y de que hasta las palabras que parecen más inocuas pueden ir cargadas de veneno. Un veneno de acción lenta y casi imperceptible que puede condicionarnos y aniquilarnos lentamente y a largo plazo.

Lo peor de todo esto es que nuestra psiquis está construida con palabras, está estructurada a partir del lenguaje, y así es como cuando se nos introduce una idea y se nos expone a ella y se nos somete a un sostenimiento perpetuo de una supuesta verdad que materializa el paradigma en que vivimos, se nos queda fijada de una manera muy profunda. Construye un surco que puede ser muy difícil de ver y más aun de modificar.

Pienso en la palabra lealtad. Pienso en la lealtad en si misma. Mas allá de las letras que la forman y su etimología, de los contextos y las frases célebres y la espantosa y parcial definición del diccionario ¿Soy solo yo? ¿Estoy muy susceptible o es realmente vergonzoso leer que la primera acepción la define como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien? Se me atragantan el “cumplimiento” y el “exigen las leyes”; y la “hombría” directamente me deja perpleja. La segunda acepción no es menos divertida, haciendo referencia a ese amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales como el perro y el caballo. Parece que en cuanto a los humanos hay un trasfondo de cumplimiento, deber, ley, exigencia, obligación, que me parece realmente sorprendente. Y cuando intervienen el amor y la fidelidad es que estamos hablando de animales, y solo de algunos, y solo hacia sus dueños; con lo cual hay también un sometimiento. No estamos en igualdad de condiciones, sino que hay una relación de poder, en la que siempre subyace el deber y la obligación, la autoridad y el miedo. A mí no me define en absoluto ninguna de las acepciones. Casi que me siento más representada por la lealtad animal, siempre que pudiéramos sacar del medio la figura del dueño.

La lealtad, a mi entender, (y a mi pensar y mi sentir y mi ser y mi hacer) debe basarse en la reciprocidad. Si no hay reciprocidad, entonces ya no es lealtad. Es otra cosa. Es sometimiento. Es dependencia. Es estupidez. Es debilidad. Es miedo. Es ceguera. Es sumisión. Es esclavitud. Es control. Es violencia. No es lealtad. No es lealtad, lo mires por donde lo mires. Sin libertad, sin igualdad, no puede haber lealtad.

Y así como el inconsciente se construye a través del lenguaje, también tenemos un enorme poder para construir bellas y magníficas y complejas y eficientes trampas. Mecanismos de relojería emocional y psicológica a partir de las palabras y la propia carga que les hemos inoculado. Yo he tenido una facilidad enorme para diseñar y materializar y mantener y cuidar maravillosamente de mis propias trampas. Y hoy me suena la palabra lealtad y me digo: Lealtad, lealtad, querida mía, se llama cuando es recíproco. Lo otro, en tal caso, puede llegar a acercarse mucho a la estupidez. Y ser leal para mí no tiene nada que ver con las acepciones de la felicísima y docta y académica y monárquica colección de verdades del diccionario de la RAE. Para mí, ser leal es no hacer nada que pueda dañar al otro, al menos deliberadamente. Ser leal implica no dejar de amar y cuidar y desear el bien, y de apoyar y comprender y sostener y escuchar y acompañar. No importan las circunstancias. Mi lealtad tiene su origen en algo mío, en algo interno. No tiene demasiado que ver con lo que el otro haga, diga o sea. Cuando alguien me importa, cuando alguien ocupa un lugar en mí; en mi vida, en mi cabeza, en mi historia, en mi ser; no puedo hacer consciente y deliberada y naturalmente algo que sé que le hará daño. Y la trampa consiste en que muchas veces no termino de ver el ingrediente de la reciprocidad hasta que no estoy ya demasiado expuesta. No llego a ver que, si no hay reciprocidad, no está bien. Que no es saludable. Que no es valorable. Que no es algo de lo que debería sentirme orgullosa. Que no es una virtud. Que no es una habilidad. Que, si no hay reciprocidad, eso no es lealtad. Es otra cosa.