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Destino

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Caminaba descalzo por la orilla, los pantalones arremangados. Se dejaba llevar por el borde sinuoso que dibujaban las olas al retirarse, dejando su caricia efímera en la arena. Pensaba en Laura, mientras el viento le azotaba la cara. Pensaba en la despedida. No terminaba de estar seguro de que ella entendiera sus ritos, sus necesidades. Añoraba un poco los momentos en que sus pensamientos no tenían ningún lastre, pero a la vez estaba inmensamente feliz de amarla, y de extrañarla tanto. Estaba acostumbrado a convivir con sentimientos antagónicos. Su mente funcionaba como un péndulo; pasaba de un estado al opuesto con total naturalidad y con absoluta convicción tanto del blanco como del negro, sin grises. Luego pasaban temporadas en que se volvía menos extremista, en que el péndulo parecía ir y volver dentro de un campo reducido de movimiento.

 

Abrió lentamente el pequeño perfumero de vidrio que había conseguido en el rastrillo esa mañana y dejó que el aire penetrara. Ese aire marino que lo primero que logró fue desalojar violentamente al anterior, quién sabe proveniente de qué lugar. Probablemente aire de la sucia despensa del viejo de barba cana y piel curtida que le había vendido el diminuto y antiguo frasco, que a Ian le pareció inmediatamente perfecto.

 

Había comenzado su colección hacía cuatro años ya. Miraba el atardecer desde una de las pocas terrazas de Estambul que ofrecían un ambiente tranquilo y una vista deslumbrante de Santa Sofía y la Mezquita Azul. Empezaba tímidamente a llover, caían algunas gotas desordenadas, y el sol parecía una mancha naranja, borroneada entre esas nubes cargadas a punto de rebalsar. Las pequeñas farolas de la calle y demás terrazas empezaban a encenderse, al igual que las luces de los minaretes. Y daban las 6, el momento de las oraciones. El aire se volvía sagrado, cobraba peso, emotividad, se volvía tan rico que era difícil respirarlo sin sobrecogerse.

 

Allí, en ese instante, sintió por primera vez una necesidad desesperada de atesorar ese momento. No le valía tomar una fotografía, apuntar en su cuaderno de notas lo que sentía, lo que veía, capturar con la cámara unos minutos de ese atardecer. Lo más genuino era recordar con todos los sentidos ese instante, y guardar ese aire sublime que lo había emocionado, y quería que fuera suyo para siempre.

 

En el Gran Bazar, a la mañana siguiente, encontró una tienda de botellas y frascos antiguos, y quedó fascinado con uno labrado con inscripciones en la base. El tapón era de vidrio azul; el recipiente, transparente. Lo compró después de regatear unos minutos, más por no sentirse timado que por pagar menos por la compra. Hubiera sido capaz de pagar el triple de lo que le pedían con tal de sentirlo suyo.

 

Fue esa misma tarde a la terraza del Holiday Inn, la más alta de todas. Pidió una Efes y se acomodó en la silla, agradecido porque la tarde volvía a estar nublada y húmeda. Eran las 17:53.

 

***

 

Ya era la quinta vez que lo leía. Nunca antes le había pasado con una novela. Con cada relectura encontraba algún párrafo que le parecía no haber leído nunca, y que le maravillaba. Se sorprendía de haber podido pasar sus ojos sobre esas palabras y no haber oído una campanita en la cabeza. Era uno de esos libros que nunca terminan de decir todo lo que tienen que decir. O por lo menos para ella lo era. Con cada relectura encontraba algún pasaje que la trasladaba a un lugar donde se detenían el tiempo y el espacio. Y buscaba algún objeto pequeño y chato que tuviera a mano para transformarlo inmediatamente en señalador. Cambiaba el destino de algún ticket de metro o sobre de azúcar vacío en el de guardián eterno de su nuevo descubrimiento.

 

Sofía Parisi. Su nombre le parecía tan fácil de pronunciar. No podía entender por qué tenía que terminar deletreando el apellido, recordando que llevaba una i latina al final para evitar que escribieran Paris, y hartándose de responder que tenía solamente un apellido, y que eso no significaba que no tuviera una madre. Esperaba sentada sobre una de sus rodillas delante de la puerta B26 del aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas el embarque de su vuelo a Madrid. Empezaba a sentir esos odiosos nervios de domingo por la tarde, recordando que tenía que terminar de preparar el presupuesto que Eduardo le iba a pedir a primera hora de la mañana, y preparándose psicológicamente para llamar a Javier y pedirle perdón por haber desaparecido la última semana. Odiaba dar explicaciones, pero a la vez no sabía dejar las cosas en suspenso, entregarlas al azar. No creía en el destino, y sentía la necesidad de tener todo bajo control y no tener que arrepentirse de que las cosas tomaran un rumbo que ella no fuera capaz de soportar. Lamentarse por no haber tomado la decisión a tiempo.

 

***

 

El vuelo de Thira a Atenas lo había dejado en el aeropuerto con el tiempo justo para tomar un café y hacer el check-in para el vuelo de regreso. Esperaba junto a la puerta de embarque mientras llamaba insistentemente a Laura al móvil para avisarle que salía a horario y planear qué harían esa noche, decirle que la había extrañado y dejarla ansiosa por saber de qué se trataba el regalo especial que tenía para ella. Jugaba con el frasquito entre las manos mientras oía por vigesimoquinta vez un aviso automático de que el móvil solicitado se encontraba apagado o fuera de cobertura. Miraba de reojo el libro que leía la chica del asiento justo enfrente, intentando descifrar cuál era. No llegaba a ver el autor, pero le parecía que el título terminaba en Nigrum. Opus Nigrum. Marguerite Yourcenar. Ella cerraba el libro y se levantaba para embarcar. Ian miraba el monitor. Vuelo con destino a Madrid embarcando por puerta B26. Pero él no iba a Madrid. Se había confundido de puerta. Se levantó desesperado ¿Qué puerta era la suya? no era la B26 ¿Para qué se habría entretenido llamando a Laura si tenía el móvil apagado? Se odiaba por ser tan obsesivo, como cuando buscaba las llaves siete veces en el bolsillo de la chaqueta si faltaban dos calles para llegar al departamento, sabiendo que estaban ahí. Había algunos actos que no podía dejar de repetir, aunque quisiera, y que por momentos lo hacían sentir especial, pero en otras ocasiones, como esta, lo llenaban de ansiedad y lo hacían verse a si mismo como un imbécil.

 

Juntos, en el fondo de la bolsa negra del carro de la limpieza, se encontraban un sobre de azúcar de la Psara Taverna y un pequeño frasco vacío con tapón de vidrio azul. No pudieron decirse que habían roto su destino. No pudieron contarse que había algo que debían hacer pero que ya no tenía sentido.

Brisa húmeda de mar, canto de gaviotas, tarde de invierno, 17:42, Santorini.

Y ese párrafo que describía como ninguno esa magia que tiene el tomar conciencia de que el volumen de aire que en un instante es respirado en una latitud, unas horas después atraviesa otro rincón de la tierra en su incesante movimiento. Esa emoción de saber que quizás el aire que acababa de acariciar su mejilla había estado oyendo los susurros del viento de algún rincón perdido que ella no llegaría a conocer.

 

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Arquitectura: entre la verdad y el caos

By | Arquitectura, Arte, Literatura | No Comments

A través de la historia podemos rastrear una búsqueda incesante de la humanidad, algo que intenta acercarse al encuentro de un refugio de verdad.

La verdad en si es un concepto amplio y complejo que, contradiciendo a su búsqueda, sí ha cambiado. Ha mutado su significado, ha variado su distancia del hombre, se ha transformado de acuerdo a cada paradigma.

El tiempo ha sido testigo de la incansable lucha que la humanidad ha librado contra sí misma para configurarse un refugio seguro, para construir un ideal.

Si buscamos ejemplos concretos, podemos encontrarlos en la Grecia Clásica, en el Renacimiento, en la Modernidad, entre otros.

Aunque de maneras muy diferentes, estos paradigmas se han fundado en la creencia de un ser humano en posesión de un conjunto de certezas, con fe en sí mismo y en su capacidad racional de conducir a la sociedad hacia un lugar seguro. Fueron etapas de confianza en una verdad casi absoluta e irrefutable. En un ideal, en la utopía.

En el Renacimiento, la arquitectura lo expresó basando sus cánones de belleza en el concepto de la armonía proporcional. Su verdad, su valor, su validez estaban avaladas y sostenidas por la sintonía con las leyes divinas: el concinnitas, la regla en que Rafael Alberti definía como bello todo aquello de lo cual nada podía quitarse, cambiarse ni agregarse sin destruir la armonía del todo. Este concepto de belleza es ideal, invariable, incuestionable. Belleza para la eternidad.

En la Modernidad también vemos surgir un individuo que cree que podrá resolver los problemas sociales surgidos después de la Primera Guerra Mundial a través de la razón. Existe una cierta contención. El riesgo es alto y acarrea un enorme afán de control y una inevitable ceguera que invita a tipificar a las personas y a cosificar las obras que emanan de esa ideología. Pero, al fin y al cabo, se cumple el cometido y se consigue la construcción de una verdad, con la consecuente materialización de un velo, de un ideal, que en el caso de la Modernidad se moldea con las herramientas que le ha prestado la Revolución Industrial, el motor de la urgente necesidad de una solución al tema social y económico, y la aportación de un nuevo lenguaje abstracto forjado por las vanguardias. Mondrian dirá: “el arte será tan solo un sustituto mientras la belleza de la vida siga siendo deficiente”.

Al instaurarse estos paradigmas es inevitable la formación de binomios o pares contrapuestos. Desde que la Modernidad se sintió dueña de afirmar sus cánones, se exacerbaron, por oposición, todas aquellas facetas que, al escapar a los preceptos y esquemas de la razón, quedaban marginadas, reprimidas, negadas. Se produjo entonces lo que emana habitualmente de las estructuras endógamas: la imagen del otro como el no aceptado porque no es portador de la verdad del discurso vigente.

El riesgo subyacente en los paradigmas idealistas es su lado sordo, exclusionista, que deriva, la mayoría de las veces, en un reduccionismo y una simplificación muy burda de la realidad.

Aunque las propuestas de la Modernidad tuvieran verdaderamente una finalidad de solidaridad, conciencia y justicia social e igualdad, de renovación ideológica de unos cánones anacrónicos cargados de un clasicismo que ya había agotado su repertorio; si creemos en ellas y olvidamos por un momento el objetivo subyacente de su alianza funcionalista, racionalista, capitalista, efectiva y rentable que encajaba a la perfección con las demandas del mercado, desde el momento en que fue instaurada y por su propia estructura, se volvió tan canónica y dogmática como su predecesora.

Pero, así como surge la etapa de la búsqueda de la verdad y su instauración, también sobreviene siempre el momento de la rasgadura del velo. Es generalmente violenta, porque en esa ceguera sostenida ansiosamente, el sistema ha elegido no ver las amenazas, el peligro latente de esa otra realidad negada por no entrar dentro del canon, y donde reside la semilla que le hará morir.

Así como en el Renacimiento el corrimiento del hombre del centro del universo con la teoría copernicana derrumbó toda la utopía de un golpe y desgarró el velo dando lugar al manierismo, donde se libera la expresión de la angustia de aquel que se ha enfrentado a una realidad que no quisiera haber visto; para la Modernidad, la Segunda Guerra Mundial ha sido la encargada de destruir el ideario.

En esta situación, lo que instantáneamente sucede es que, junto con el desvelamiento, se libera todo aquello que el paradigma anterior había oprimido por oponerse al dogma.

Así, todas las corrientes que surgen posteriormente, las llamadas de la Posmodernidad, harán uso de todo aquello que la Modernidad había tachado, prohibido y negado en su reduccionismo.

Lo interesante es pensar que estas posturas en plena crisis todavía no se salen del binomio. Lo que hacen es polarizarse, se pasan del bien al mal, con la fuerza liberadora y rebelde de destapar y dejar fluir todo lo que no estaba permitido.

Ni siquiera se los puede nombrar sin su predecesor, son los Pos-modernos. Dentro de su nombre necesitan de la modernidad, de la que no pueden escindirse. Ella misma los define.

La manera de rebelarse es generalmente a través de la ironía, algo comprensible si pensamos en cómo la psicología explica el humor como una respuesta involuntaria ante una situación no resuelta. Resulta más fácil asistir a la caída estrepitosa de los valores y la muerte de los ideales, a través de la ironía. August Heckscher dice: “El racionalismo nació entre la simplicidad y el orden, pero resulta inadecuado en cualquier periodo de agitación. Entonces el equilibrio debe crearse en lo opuesto. La paz interior entre las contradicciones e incertidumbres. Un espíritu de ironía permite al hombre entender que nada es tal como parece y que causas invariables comportan resultados inesperados. Una sensibilidad paradójica permite que aparezcan unidas cosas aparentemente difíciles y que su incongruencia sugiera una cierta verdad. El paso de una visión de la vida esencialmente simple y ordenada a una visión compleja e irónica es lo que cada individuo experimenta al llegar a la madurez.” Esta cita refleja tanto la justificación de una postura irónica ante la realidad, como el corrimiento de un polo a su opuesto dentro del binomio de valores, sin poder salirse de la estructura.

A partir de la crisis del paradigma de la modernidad, surge la necesidad de erigir nuevas teorías que atraviesen ese aire amargo cargado de frustración, y donde se pueda respirar cierta libertad. Ante esta situación, hay quienes necesitan reconstruir, aunque sea un resto de refugio. Remendar el velo, robar un poco de la antigua verdad en busca de evasión, o pararse manifiestamente en las antípodas, ahora menos amenazantes.

El primer camino lleva directamente al kitsch que, aunque pueda superficialmente juzgarse como algo innoble y mediocre, como una triste y burda imitación de alguna cosa que desea pero no puede ser, podríamos leerlo conceptualmente como una opción válida, compleja y tan auténtica como cualquier otra decisión estética. Según la definición de Milan Kundera en “La insoportable levedad del ser”, el kitsch cumpliría la función de eliminar de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable. En lugar de esforzarse por expresar una identidad íntima, propia e irrepetible se elimina en la repetición del otro, con quien quisiera identificarse, ya que su identidad le resulta insoportablemente inferior y anhela, robando una verdad ajena, lograr un cierto grado de respeto y admiración.

Lo mismo ocurre con los múltiples manierismos que, no casualmente, han surgido con posterioridad a paradigmas racionales en decadencia, como el Renacimiento.

Robert Venturi es un caso interesante para estudiar la actitud posmoderna, como un exponente de los que se paran en la vereda de enfrente y expresan su crítica hacia la modernidad a través de la ironía. Él mismo será quien observe a su alrededor a aquellos que, urgentemente necesitados de una identidad, recurren al fácil escondite detrás del “pato muerto”. También va a manejarse dentro de dualidades: lo feo y ordinario como antítesis de lo heroico y original. Su obra “Complejidad y contradicción” es un manifiesto contra la homogénea claridad que profesaba la modernidad.

Acercándonos a la contemporaneidad lo que ocurre, como rasgo evolutivo, es que algunos arquitectos han tenido la capacidad de pararse fuera de los pares opuestos y generar una fecunda contextualización. Se ha podido tomar el binomio como bagaje y no ya como un fondo de verdades instauradas desde focos antagónicos. Así, algunos arquitectos contemporáneos supieron tomar referencias de todos los periodos, nutriéndose de la historia como un valioso inventario del que aprender.

Rem Koolhaas, por ejemplo, deja traslucir en su discurso que no busca afirmarse en ninguna postura, sino que pretende enfocarse en la experiencia, en el proceso. No instaurar ya ninguna verdad. Podemos ver en él la influencia de las ideas modernas por un lado, y las posmodernas de Venturi por otro, dejando entrever una capacidad inclusiva y no reductiva en cuanto a los referentes que toma, como sí sucedió con algunas posturas más cerradas e idealistas, como la de Richard Meier.

Como continuidad de las ideas de Venturi, vemos desarrollarse caminos divergentes. Partiendo del vacío simbólico que la modernidad había dejado en su escueto repertorio, se pasó a una recuperación del simbolismo como recurso cargado de significado y generador de un nexo entre la arquitectura y lo colectivo que la modernidad había perdido. Comenzando el nuevo siglo, el mundo mediático ha llegado a vociferar tan alto que la arquitectura, en su compleja multiplicidad de lenguajes, se ha expresado multifacética, desde el borde de la abstracción antifuncionalista comenzada por Eisenman, hasta el desconstructivismo formalista que intenta quizás gritar más fuerte que la realidad circundante; pasando por una arquitectura-contenedor, que cumple en silencio la función de dejarse atravesar por los flujos irrefrenables de información.

Entre las múltiples tendencias actuales podemos vislumbrar, animándonos a entrar en el campo de las hipótesis, un riesgoso intento de instaurar un nuevo orden: el caos como fundador de una nueva verdad.

Cuando Rem Koolhaas habla del caos lo define como algo superior e inevitable, dice:”los arquitectos solo estamos destinados a una cosa respecto del caos: intentar evitarlo, y fallar.” De esta manera lo coloca en un lugar muy similar al del ideal platónico, de una verdad a priori, de un orden superior. Más aún si enfrentamos el caos según la visión de José Saramago en “El hombre duplicado”: “el caos es un orden aún por descubrir.”

La misma tendencia desemboca en la ciencia del caos, como si su irracionalidad, la que se nos escurre inexplicable entre los dedos, no fuera sino parte de una matriz que no podemos comprender impedidos por nuestra limitada percepción y su inconmensurable magnitud.

¿Estaremos en el umbral de la búsqueda de una nueva verdad? ¿Necesitamos, agotados de tanto angustioso replanteo dentro de una realidad caótica e impredecible, construir un nuevo velo? ¿Un nuevo refugio?

Nietzsche, en el Nacimiento de la tragedia, dice “Aquí, en este peligro supremo de la voluntad, aproxímase a él el arte, como un mago que salva y que cura: únicamente él es capaz de retorcer esos pensamientos de náusea sobre lo espantoso o absurdo de la existencia convirtiéndolos en representaciones con las que se puede vivir: esas representaciones son lo sublime, sometimiento artístico de lo espantoso; y lo cómico, descarga artística de la náusea de lo absurdo.”

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Arquitectura gótica: la máquina de persuasión

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Si indagamos en el origen y el sentido de los pilares de la civilización, aquellos donde creemos poder hallar las respuestas a todas las preguntas que nos atormentan; nos encontraríamos con un terreno más débil del que hubiésemos esperado. En lugar de respuestas, encontraríamos más interrogantes y contradicciones.

En la obra de Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche podemos encontrar, aunque desde ópticas diferentes, una visión de las creencias religiosas como prisión que, aunque construidas con muros de fundación débil o dudosa, han sumido a la humanidad en un infantilismo psíquico y un debilitamiento de la voluntad que le impiden su progreso y evolución tanto a nivel individual como social. El análisis de este tema desde estas dos perspectivas plantea preguntas de difícil respuesta ¿Por qué ha tenido el hombre que creer en un ser superior? ¿Obedece este patrón a una necesidad inherente al ser humano? ¿Está esa necesidad siendo aprovechada y utilizada para la dominación de las masas? ¿Qué vigencia tienen estas creencias hoy en día? ¿Cómo se ha expresado este fenómeno a través de la arquitectura?

Interpretando la obra de los autores citados se puede trazar un posible camino para encontrar algunas respuestas. Desde la psicología, analizando el comportamiento del individuo y de las masas. Desde la filosofía, analizando los fenómenos religiosos y su repercusión sobre el individuo y sobre la sociedad.

 

Freud

 

Basándose en el mito darwiniano, Freud reelabora en su obra “Tótem y Tabú” el origen de las instituciones sociales y religiosas y de los preceptos morales que el hombre arrastraría desde su prehistoria. El mito hace referencia a una horda primitiva sobre la cual el padre tenía absoluta supremacía y absoluto derecho sobre las mujeres del grupo. Sus hijos, para acabar con la prohibición de poseerlas, lo matan y devoran su cadáver, apropiándose así de su fuerza. La pelea posterior entre los hermanos por la superioridad llevará al arrepentimiento por el crimen y a la auto imposición de las mismas prohibiciones que existían en vida del padre. Se produce una exacerbación del poder paterno después de la muerte, y se origina el totemismo como primer atisbo de lo que posteriormente serán las instituciones que regirán y coartarán los instintos primitivos de los hombres en favor de la civilización. Pero este mecanismo no es inocuo, Freud va a describir como el individuo, bajo las normas impuestas por las instituciones y su entorno cultural, se ve inmerso en un profundo malestar. Las razones que atribuye al malestar del hombre en la cultura son: la conciencia de la caducidad de su propio cuerpo, la supremacía de la naturaleza y la incapacidad de las instituciones para regular las relaciones con sus semejantes, de modo que sean justas y placenteras. Posteriormente analiza las posibles salidas que se buscan como paliativo contra el displacer: distracciones para evadir la angustia, satisfacciones sustitutivas para reducirla y narcóticos para insensibilizarla.

En este contexto, las creencias religiosas vienen a cubrir de una forma u otra todas las salidas, llenando el vacío de preguntas en que el hombre se siente víctima de una cultura que él mismo ha erigido y contribuye cada día a sostener. Siguiendo esta teoría se pueden descubrir los mecanismos que actúan sobre el individuo y sobre la masa creyente. Freud asemejará el fenómeno religioso a una especie de neurosis traumática colectiva. La estructura de la neurosis podría desglosarse de la siguiente manera: Existiendo un trauma en la infancia temprana, la psiquis genera una defensa enviando esta vivencia dolorosa al subconsciente, donde permanecerá latente y reaparecerá en forma de neurosis como un retorno de lo reprimido, ya sea por un debilitamiento de las barreras que impone la conciencia, por un refuerzo de ese instinto reprimido, o cuando alguna vivencia recuerda y reanima por su similitud aquello que se mantenía oculto.

Hay, de esta manera, numerosas analogías entre la interpretación del mito darwiniano, la neurosis y las creencias religiosas. La religión monoteísta, tanto la judía como su derivada cristiana, tendrán en común la presencia de un padre todopoderoso que ocupa en la conciencia colectiva el lugar del padre de la horda primitiva.

Es llamativa la semejanza entre el rito cristiano de la comunión y el banquete totémico, donde la fuerza se consigue a partir de la ingesta del cuerpo. El cadáver del padre en el mito, la carne del animal totémico sacrificado en los ritos posteriores, el cuerpo de Cristo en el cristianismo.

Cristo ocupa nuevamente el lugar del padre a quien volvemos a matar. Esa será nuestra gran culpa, que solo la muerte podrá expiar.

Cabe preguntarse ¿Por qué cree la masa que alguien inocente debe morir por nuestros pecados? ¿Cómo puede trasladarse el mecanismo individual de la neurosis a la masa? ¿Qué beneficios nos brinda creer en estos constructos? ¿Cómo se imprimen en lo más profundo de los pueblos logrando una tan efectiva renuncia del instinto?

La eficacia de estas creencias, según Freud, se basa en que vienen a instalarse sobre algo latente en nuestro inconsciente que consiguen reactivar. Así como los hechos de nuestra primera infancia nos dejan fuertes e imborrables huellas psíquicas, existirá a nivel social algo similar y acaparable a lo que es el instinto animal que se transmite genéticamente. Esto es lo que se llamaría en el ser humano herencia arcaica y es lo que justifica que los conceptos aplicables al individuo funcionen de manera similar en las masas, si aceptamos como real que el crimen parricida se encuentra impreso en nuestro inconsciente colectivo. Así es como cobra eficacia la culpabilidad por la muerte de Cristo, rememorando aquella culpa previa inscrita en nuestra memoria filogenética.

Uno de los pilares de sostienen la creencia en un Dios que nos ampara y nos protege será la añoranza del padre, al que se admira, en quien se confía, a quien se teme.

Ya los antiguos filósofos griegos afirmaban haber tenido que crear a los dioses porque las leyes no alcanzaban para evitar que los hombres se mataran. Había que introducir el control desde dentro, una vigilancia psíquica. La cultura del miedo solo tiene sentido a través de la semejanza con la presencia de un padre al que se adora y teme en igual medida. Venerarlo será lo que nos da amparo.

Hay un mecanismo aún más complejo que explica el beneficio de creer y tiene que ver con los destinos del instinto. El deseo instintivo no encontrará satisfacción mas directa que a través del acto que lo aplaque. Pero este impulso topa contra la dura corteza del “yo” que genera culpa y reprime, por lo que se llama “principio de realidad” al enfrentarse a las posibles consecuencias de los hechos. Se produce así la represión del deseo. Si esto acabara aquí generaría una tensión y una incomodidad causada por la isatisfacción del deseo primitivo. Vendrá a su rescate el mecanismo del “superyó”, del deber ser, que nos recompensa por no hacerlo; nos hace sentir orgullosos de no haber accedido a ese deseo.

De forjar el superyo se han encargado primero los padres y después sus sustitutos: las instituciones. Este sería entonces el beneficio de creer y la explicación de cómo conseguir la represión del instinto. Renunciar al instinto será algo moralmente aceptado y tranquilizante. Sabemos que actuamos de tal modo que nos aseguramos merecer el amor del padre, que somos capaces de cualquier sacrificio a cambio de su amor, y lavamos la culpa de haberlo matado demostrándole arrepentimiento y veneración.

¿Cómo se arraigan tan fuertemente entonces las creencias religiosas? Porque atacan a nuestro niño y transforman a la masa en un rebaño dócil, una banda de niños perdidos sin su guía, sin su jefe, unidos a él por un lazo afectivo, el lazo más fuerte que puede hallarse dentro de la psiquis ¿Qué puede ser más efectivo para contagiar a las masas que el amor? Solo el amor hará perder la propia identidad, la propia voluntad, generando una nueva, disminuyendo el ego para poner al otro por encima. Amarás al prójimo como a ti mismo.

Lo que Freud se plantea en “El porvenir de una ilusión” es que el hombre debe, de una vez por todas, superar ese infantilismo psíquico del que es víctima. La religión ha dado al ser humano un consuelo, una razón para vivir, un sentido; ha prometido un porvenir que compense el sufrimiento terreno, y lo ha mantenido dentro de un orden que posibilita, junto con las demás instituciones, la vida en sociedad. Pero no podemos negar que no ofrece garantías, que no ha hecho a los hombres más felices, que no ha eliminado el malestar y la represión de los deseos. A partir de los avances de la ciencia, el hombre se ha cuestionado la veracidad de las doctrinas que sus antepasados sostenían sin dudar como el origen y la razón de su existencia. Tampoco pueden culparse a los avances científicos y cuestionamientos intelectuales de este malestar, ya que existía también en épocas en que las creencias religiosas no eran discutidas y regían totalmente. Los hombres no fueron antes ni más felices ni más sumisos.

¿Qué sucedería entonces si pudiera educarse a un hombre libre de tales creencias? ¿Libre de esas estructuras que le infantilizan e impiden su evolución? ¿Cómo podemos juzgar al hombre por su naturaleza inmoral, caótica o individualista sin precedentes de una humanidad sin debilidades ni represiones? ¿Cómo podemos juzgar al hombre sin habernos dado la oportunidad de conocerlo? ¿Quién puede afirmar que no sería mejor, en lugar de vendarle los ojos y asentar sus principios fundamentales sobre ilusiones incapaces de ofrecerle garantías, educarlo en el conocimiento de otra realidad, que afrontada desde un principio no resultaría angustiante sino liberadora? Si el hombre dejara de basar sus esperanzas en un futuro paradisíaco e incierto, buscaría respuestas en el ahora, que darían mas valor y sentido a su vida presente.

 

Nietzsche

 

Desde un punto de vista filosófico y con una postura mas agresiva y tajante, podemos encontrar en la obra de Nietzsche, fundamentalmente en “El Anticristo”, “La genealogía de la moral” y “Así habló Zaratustra”, un duro enfrentamiento a la religión cristiana como moldeadora de individuos dóciles, débiles, sometidos. Él no encuentra una razón fundada en la herencia arcaica y en la huella dejada por el parricidio, en la necesidad y añoranza del padre; sino en una compleja madeja de relaciones de poder que se han instalado en la sociedad debilitando la voluntad del individuo en favor de unos pocos que ejercen su supremacía y disfrutan de su superioridad.

Nietzsche llamará duramente al hombre cristiano bestia doméstica, bestia enferma, bestia de rebaño. El cristiano, según él, estaría forjado para ser débil y habría perdido absolutamente su voluntad, su identidad, teniendo una percepción invertida de los valores buenos por los malos. Nietzsche ve en esta debilidad una degeneración del ser, un estorbo contra la evolución del individuo. Para él la verdad no podrá ser nunca hallada por los hombres mientras su vida esté basada en unos ideales erróneos fundados en la veneración de lo ilusorio.

¿No es acaso sospechoso que se intente desposeer al creyente de sus bienes materiales? ¿La iglesia ha mostrado alguna vez signos de humildad? ¿No repartiría sino el mismo Jesucristo todo el oro del Vaticano entre los niños pobres del mundo? ¿Dónde están los ideales de espiritualidad, igualdad y amor hacia los semejantes?

Nietzsche ve al hombre como victima de un automatismo que lo lleva irremediablemente a la decadencia, y afirma que una de las estrategias más fuertes por las que ha triunfado el cristianismo es por haberse basado en el amor, colocando como cebo a una imagen deseable de hombre y de mujer: Jesucristo y la virgen María; para después imponer la castidad y así multiplicar la intensidad del deseo, a la vez que proclama un amor de Dios a todos por igual y el deber de amar al prójimo como a uno mismo. El amor será el estado en el que será más fácil que un hombre no vea la realidad, lo hará capaz de soportar cualquier sufrimiento. Una religión basada en el amor hará a los hombres aceptar las peores humillaciones sin verlas siquiera. Nietzsche afirma que ni los sacerdotes creen lo que profesan, sino que hacen creer a los hombres aquello que los transformará en rebaños dóciles.

Cuando el centro de gravedad de la vida es desplazado de la vida misma hacia la nada, todo pierde sentido. El pecado ha sido inventado para hacer imposible la elevación de la humanidad. Mientras la felicidad del noble se basa en la acción, el oprimido es feliz en la pasividad. Mientras el noble no guarda su resentimiento, el oprimido lo cree pecaminoso y elige apagarlo creyendo que en su debilidad radica todo su mérito. Equivoca la impotencia disfrazándola de bondad, el sometimiento en obediencia, el temor en humildad. Cree que es paciente cuando en realidad es cobarde, y siente que su miseria le prepara para la superioridad espiritual. Nietzsche afirma que así se fabrican los ideales en la tierra, manteniendo a los oprimidos esperanzados y favoreciendo su docilidad para sostener con su trabajo la perversa maquinaria del sistema. Se ha modelado un hombre absolutamente calculable.

A pesar de su diferencia de enfoques pueden encontrarse muchas similitudes con la visión de Freud. Ambos creen que el hombre debe evolucionar hacia un estado que supere el que las creencias religiosas le han impuesto, y que solo así se conocerá al hombre verdadero, aquel que duerme en lo profundo de sí mismo. A este hombre, a este súper hombre habría esperado llegar Nietzsche en un futuro; Zaratustra como ideal de la humanidad, el hombre que al fin ha logrado tomar el control de su vida y ha dejado de estar ciego ante lo que intentaban mostrarle sus amos, el hombre que se ha elevado finalmente hasta la cima de la montaña.

Foucault hizo su propia lectura en “Nietzsche, Freud, Marx” sobre la similitud entre el pensamiento de estos pensadores en la búsqueda de una terapéutica. La preocupación por encontrar una cura a la sociedad en Marx, al individuo en Freud y a la humanidad en Nietzsche.

 

Arquitectura gótica, un simbolismo sin precedentes

 

Resulta interesante analizar las características de la arquitectura gótica como máximo exponente de los conceptos más simbólicos de la moral cristiana, ya que el gótico ha surgido en uno de los momentos más significativos para el poder de la Iglesia, su presencia arquitectónica y con un crecimiento desmesurado en el número de creyentes. Esta relación no es casual, ya que las catedrales góticas han logrado con su espacialidad, su escala y su utilización y manejo de la luz, un efecto que Umberto Eco se habría atrevido a analizar como un antecedente de la publicidad.

Las catedrales fueron eficaces máquinas de persuasión. Fábricas de creyentes. Si analizamos la evolución desde el románico al gótico, podemos ver cómo los muros laterales de las iglesias se van desmaterializando, llegando a una transparencia y luminosidad sin precedentes. Este carácter etéreo que adquiere el muro de la catedral gótica no se debe simplemente a una evolución técnica y constructiva que permitió trasladar la estructura portante fuera del paramento, sino que tiene una fuerte carga simbólica. El espacio antes ocupado por el muro cerrado y lúgubre de la iglesia románica viene a ceder ahora su lugar al vitral. El vitral cumple una triple función: demostrar el poder de las familias ricas encargadas de donarlos, permitir el ingreso de una luz multicolor tamizada dentro del espacio sagrado, generando un sobrecogimiento del visitante y transmitiendo un sentimiento casi sobrenatural: la presencia de Dios materializado en el interior del recinto. Una tercera, y no menos importante, función didáctica; los pasajes bíblicos no eran accesibles a la masa, entonces había que encontrar una manera de adoctrinar, de enseñar las ideas a través de imágenes. La evolución de la técnica permitió además aumentar considerablemente la escala del espacio interior, generando en el súbdito una angustiante sensación de pequeñez. De esta manera, la arquitectura gótica reflejó y sustentó con fuerza los mecanismos opresivos de las creencias religiosas y con las herramientas propias del lenguaje arquitectónico confirma lo que expusieron Freud y Nietzsche sobre el adoctrinamiento y la sumisión de la masa creyente.

Freud descifró los mecanismos que hacían posible y necesario creer. Nietzsche desató la madeja de relaciones de poder que debilitaron la voluntad del hombre. La arquitectura gótica materializó la presencia del padre protector, omnipresente, inconmensurable, y moldeó con imágenes las mentes de los creyentes, empequeñecidos dentro de un luminoso, inmenso e inabarcable recinto sagrado.

 

Conclusiones

 

Freud y Nietzsche nos responden desde saberes y posturas diferentes acerca de la necesidad del ser humano de creer, y las consecuencias negativas que este sometimiento puede acarrear, pensando que el único objetivo deseable debería ser la superación del hombre por el hombre mismo.

Si nos preguntamos sobre la vigencia de estas formulaciones, podemos afirmar que ambos han sido visionarios al prever un debilitamiento de la creencia y una búsqueda de respuestas que la religión ya no podría satisfacer.

Con relación a la arquitectura; así como en su momento el gótico fue un fiel reflejo del poder de la iglesia cristiana y supo servir a sus intereses, es importante observar la fuerza de la imagen desde la catedral gótica hasta la actualidad, no solo en la arquitectura, cada vez más invadida por la publicitario y lo escenográfico, víctima de una globalización que absorbe las identidades culturales en favor de una imagen global que consumir; sino en múltiples aspectos de la realidad que rodea al individuo y lo vuelve un autómata, absorto dentro de una vida superflua, carente de indagación, evadido en nuevas cegueras, atrapado detrás de nuevos velos que lo alejan de la búsqueda de sí.

 

Si en el pasado la religión invadió las conciencias tiñendo la realidad, impidiendo una evolución hacia la búsqueda de nuevos y genuinos caminos ¿Es éste el camino a seguir? ¿No se continúan fundando los más altos principios sobre bases efímeras? ¿Se seguirán acaso reemplazando y desplazando los centros de gravedad hacia ejes siempre ilusorios? Si el capitalismo se basó, según Marx, en el fetichismo de la mercancía, el mundo entero girando entorno a algo tan absurdo como la moneda ¿Será que el hombre podrá llegar a descubrir que el más auténtico y sublime tesoro solo lo encontrará dentro de sí?