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eutanasia

Eutanasia

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El 8 de abril de 1911, Emil Cioran afrontaba el inconveniente de haber nacido.

Ante la duda de escribir lo que estoy pensando esta mañana, Cioran me dice:
“Escriba sólo si lo que va a decir, nunca se lo confiaría a nadie.”

Así que junto valor y dejo de pensar en quién me leerá y en lo que pensará a continuación. Dejo de medir las palabras; las ideas que pueda haber detrás de las palabras, y de las que no soy consciente, y que probablemente me avergüencen, sin siquiera entenderlas.

Me quedé sobrevolando en círculo la vida y la historia; las noticias asociadas a Ángel Hernández y María José Carrasco. Tengo una enorme reticencia a ver los videos de las noticias. Soy capaz de leer la transcripción de una conferencia o de una charla antes de verla en vídeo. No es que tenga nada contra los medios audiovisuales; simplemente no puedo prestarles la debida atención. De las canciones siempre escucho más la letra. Con los subtítulos también me detengo, las palabras me pesan más que las imágenes. Disfruto del cine en versión original; leo y oigo, y eso es para mí una experiencia sublime. He llegado a descargarme subtítulos de películas para releerlos. Con el bloc de notas. Recordaba algún dialogo. Alguna frase. Y necesitaba leerla otra vez. Eso lo construye todo. No sé si es por evitarme la sobreestimulación de lo visual, del movimiento, de la afectividad que todo lo otro puede generarme. Me pregunto si las palabras no me han preservado de vivir desde el resto de mí. Desde la emoción y desde el cuerpo.

Pero con la historia de Ángel Hernández y María José Carrasco sí le di al play. Es verdaderamente desgarradora la situación en la que estaba esta pareja. Ella, deteriorándose sin remedio. Él, asistiéndola y acompañándola, pero sabiendo que no podía salvarla, sanarla, devolverle todo lo que había perdido y seguía perdiendo lentamente cada día. Sin ayuda. Sin apoyo. Sin medios. Sin fuerzas. Sin esperanzas. Sin fin.

Siento, desde ese rincón visceral y palpitante, oscuro, vivo y sangrante de mi subconsciente, que ayudar a alguien a morir es el mayor acto de amor que existe. Creo que es un acto de amor incondicional como ningún otro. Presos como vivimos de nuestras propias pulsiones, deseos, necesidades, pensamientos, dudas, dolores, ansias, padecimientos, pasiones, preguntas, saberes, vacíos. Ciegos de tanta inevitable y absurda individualidad, subjetividad y autorreferencia. Ayudar a alguien a morir. Ayudar a alguien a quien amamos a morir. Entender cuál es su necesidad, su deseo, su dolor y su angustia, y no intentar convencerlo, repararlo, disuadirlo, manipularlo, moldearlo. Eso creo que es el amor. Llamamos amor a una especie de fijación absurda por el otro, de despersonalización y sacrificio de la propia identidad por el ficticio y supuesto bien del otro, de ese uno que somos con el otro. Llamamos amor a vestir al otro con un traje a la medida de nuestras propias necesidades y deseos, un traje que parece estar mágicamente diseñado para vestir, y perversamente cortado para satisfacernos. Perdemos nuestro propio eje con tal de seguir sosteniendo que ese otro es en realidad el elegido. Nos transformamos en cualquier cosa cuando no somos ya capaces de convencerlo, con tal de seguir siendo esa ameba común con derecho y razón para existir.

Respetar al otro aun cuando nos parezca que está equivocado. Dejarlo ir hacia donde deba ir aun cuando creamos que le esperan tormentas y obstáculos y abismos. Prestarle atención y darle alas cuando pensamos que habla en una lengua ininteligible y su mirada y su camino se dirigen a territorios desconocidos y lejanos. Darle libertad aun cuando signifique perderlo. Decirle que sí si lo necesita aun cuando nuestra voz esté llena de terror y negación.

Ayudar a alguien que amamos a morir es una muestra irrefutable de que el amor incondicional sí existe, aunque no se parezca en nada a lo que nos dieron, a lo que sabemos ofrecer, a lo que pide a gritos nuestro niño dependiente interior, a lo que necesita el sistema que repliquemos para sostenerle.

Hay que romper tantas barreras, tantos prejuicios, tantas leyes, tantos mandamientos, tanta hipocresía, tanto automatismo. Hay que romper el propio núcleo de nuestra estructura psíquica; todas las redes, todos los patrones, todas las cadenas. No creo que haya otra cosa que pueda romper con todo eso. No creo que pueda hacerse algo tan humano y tan heroico sino es gracias al amor.

“Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera. Sin la idea del suicidio, si no fuera por la posibilidad del suicidio, ya me habría matado.” Emil Cioran

cerebro plano

Planicie

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

Leí hace algunas semanas un artículo sobre los terraplanistas. Personas que creen que la tierra es plana. El artículo tenía un cierto ingrediente de tinte alarmista. Ese que suelen tener las miradas objetivas sobre las ideas ridículas.

Por lo visto, era muy preocupante que dentro del propio equipo que habían puesto a investigar el asunto habían ocurrido situaciones imprevistas e inesperadas como el súbito convencimiento de algunos de ellos -individuos formados y biempensantes- de que la tierra era, en efecto, plana. Y esto ocurría entre otras muchas desviaciones ideológicas de las que pronto se habían vuelto simpatizantes y que provenían de las más variadas teorías conspirativas.

El punto alarmante era la fuerza y capacidad de penetración que tenían ciertos discursos y contenidos audiovisuales cuyo consumo podía llegar uno a concatenar siguiendo las recomendaciones de YouTube. Uno empezaba mirando un documental sobre los atentados del 11-S y terminaba adhiriendo a las teorías terraplanistas, una vez puesto en duda absolutamente todo.

No sé realmente de qué nos asombramos.

Hace unos días hojeaba (no sin cierto cinismo) en la tienda de periódicos el último ejemplar de la revista Año Cero y me preguntaba cómo podía estar en pie toda la cadena de personas y recursos que hacen falta para que esa publicación se redacte, se maquete, se imprima, se distribuya ¡y se venda! Había una entrevista a la líder mundial del movimiento vampírico, hallazgos arqueológicos y extraterrestres que los gobiernos nos ocultan y un relato con experiencias paranormales y estremecedoras ocurridas en el interior y las inmediaciones de un monasterio en Girona.

Pero no hace falta analizar las teorías conspirativas ni las revistas del más allá.

¿Por qué no nos alarma y nos preocupa del mismo modo pasar frente a las escalinatas de una iglesia? ¿o por la puerta de una casa de apuestas? ¿o por las calles vacías cuando se juega un superclásico? ¿o entre la fila interminable de gente para comprar la lotería de Doña Manolita? ¿o ante la curva ascendente de color verde del gráfico de estimación de voto para las generales?

¿No sigue gran parte de la humanidad en todo el mundo y a todas horas creyendo en cosas que no tienen ningún asidero, inventando algo en que creer y a lo que aferrarse sin dudar? ¿hay algún rango psicosocial para medir qué tipo de ceguera es menos peligrosa que otra?

Llamamos creyente al que cree, al que profesa una determinada fe religiosa. Y aunque es un adjetivo se puede volver sujeto en el momento menos pensado ¿Y todos los demás? ¿No son creyentes también? ¿No necesitan justamente creer y ya no dudar, aunque sea adhiriendo a las teorías más ridículas?

Da igual si las explicaciones son esotéricas, metafísicas, políticas o pseudocientíficas. En un punto todo puede llegar a confluir. Todo puede dar exactamente igual. Es tan parcial y antropocéntrica y absurda nuestra porción de conocimiento y conciencia de la realidad que no hay verdaderamente como sostenerla. El tamaño de nuestro ego y la magnitud de nuestro vacío siguen llevándonos siempre a buscar desesperadamente algo en que creer, de que aferrarnos, alguna certera, firme e inamovible explicación.

Dejémoslos en paz. Normalizamos tantas cosas que son realmente mucho más alarmantes. Aceptamos con naturalidad tantas obscenidades a diario. No creo que los terraplanistas sean tan peligrosos. Son pocos.

Que crean lo que quieran.

mujer-loba

No está en Internet

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

No está en Internet.

Probé muchas maneras de buscar. Pero no lo encuentro.
Incluso probé traduciendo al croata, pero no pude con las búsquedas posteriores para entender qué había dentro de cada enlace.

Estoy intentando recordar el cuento de la loba y el lobo que me contaba mi abuela Luisa todas las noches que me quedaba a dormir en su casa.

Siento que hay algún tipo de huella profunda, un mensaje importante en ese cuento, y necesito recordarlo para entender. Tengo la sensación de que hay una llave que abrirá algo fundamental dentro de mi y que mientras no recuerdo el cuento, me está velado. Quizás esté tan cerca y sea tan fácil dar con la respuesta. No sé si ya le pregunté a mi hermana o a mi mamá si recuerdan el cuento. Yo solo lo busco en Internet. Y me estrujo el cerebro intentando oír a mi abuela Luisa susurrándolo cada noche. Pienso que está en mí, en algún lugar. Tengo la necesidad de encontrarlo en mi memoria. Como tantas otras cosas imprescindibles y necesarias que sé que hay en mí, que están, y no doy con la manera de llegar a ellas.

El cuento era sobre una loba. Recuerdo perfectamente las imágenes que yo construía en mi cabeza cada vez. Tenía el cuento ilustrado en mi pantalla mental. Oía los sonidos del bosque. Todo era muy oscuro. El bosque era negro. La loba era negra. El lobo era negro. Los árboles eran negros. El cielo era negro. El suelo era negro. Y solo se oía a los lobos huir. Huir de un grupo de humanos. De hombres que habían comido en una casa, que habían robado, que habían bebido. Pero no me queda claro si los lobos también habían robado, habían comido, habían bebido en esa casa. O era el lobo el que había robado y comido y bebido en esa casa y entonces huían y la loba tenía que librarse de él. Tenía que huir de los hombres, pero tenía que huir del lobo también. Lo que sí recuerdo perfectamente es que la loba elegía un lugar del bosque en el que dormirían. Elegía muy sutil e inteligentemente un claro cerca de un precipicio. Y aprovechando la oscuridad y el cansancio y la borrachera del lobo lo ayudaba a recostarse del lado del barranco. Y ya acostados lo iba moviendo con la excusa de que hacía calor, de que estaba incómoda, de que él olía a vino, de que estaba roncando. Y después de varios pequeños empujones conseguía que el lobo se cayera por el precipicio ¿Quién iba a sospechar de ella, en un bosque tan oscuro, con un lobo tan borracho?

Desde estos retazos de palabras y voces e imágenes que me trae la historia de la loba y el lobo me pregunto si ese cuento croata existe o mi abuela se lo inventó. Pienso en esa sensación de seguridad que me daba la repetición. Yo no quería que abuela me contara otro cuento diferente. Ese ya me lo sabía y solo quería que me lo contara otra vez. Y otra vez. Ese cuento que debo de haber oído cientos de veces y ahora no consigo recordar.

Interpretando con mi psiquis de hoy pienso en esta fábula como una narración cargada de abuso y violencia y maltrato. Y en la inteligencia y la calma y la sutileza con que debe obrar la víctima que huyendo del peligro solo puede encontrar la solución en medio de la oscuridad, de la soledad, en el abismo.

Podía ser feliz y sentirme segura con muy poco. Podía merendar cada tarde un tazón de café con leche con galletitas criollitas. Podía jugar con una sola muñeca fofoleta de color marrón. Podía mecerme en la misma hamaca de madera y hierro. Moler fideos para sopa en el molinillo de café. Y leer el mismo libro de la expedición a la Antártida. Y escuchar el mismo cuento. El mismo cuento cada noche. El mismo cuento que ahora no consigo recordar.

Ahora nos cansamos de todo. Nada nos satisface. Nunca es suficiente. No alcanzan las cosas. No alcanzan las actividades. No alcanza el dinero. No alcanzan las relaciones. No alcanzan las personas. No alcanza el placer. No alcanza el tiempo. No alcanza la batería. No alcanza la señal. No alcanza la vida. Todo se queda corto.

No creo que hayamos perdido la capacidad de ser felices con un solo libro, y un solo tazón, y una sola muñeca, y un solo columpio, y una sola abuela, y un solo cuento.

Tal vez eso sea lo que estoy intentando recordar y no puedo. Esa capacidad. Está en mí. Y no la encuentro.

No está en Internet.

sin embargo

Sin embargo

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

No soy una mujer tonta. Sin embargo, me dejo engañar con mucha facilidad.

No soy una mujer ingenua. Sin embargo, tiendo a confiar ciegamente en los demás.

No soy una mujer superficial. Sin embargo, hay muchas personas que no me toman en serio.

No soy una mujer cobarde. Sin embargo, me dan pánico muchas cosas que el resto de la humanidad hace cada día con absoluta naturalidad.

No defiendo ni recomiendo a las parejas separarse sin buscar ayuda, sin luchar, sin intentarlo; porque la culpa, en realidad, nunca es del otro. Sin embargo, me divorcié.

No me parece saludable que mis hijos tengan dos casas, padres que no se aman, y terminen su infancia viendo como puede desmoronarse una familia. Sin embargo, es el tipo de realidad a la que los expongo cada día.

No soy homosexual. Sin embargo, he llegado a amar profundamente a una mujer.

No estoy a favor de ningún tipo de mentira, hipocresía, ni falta de lealtad. Sin embargo, he sido infiel; y me he enamorado también de un hombre casado.

No me parece bien que una mujer se quede en casa cuidando de sus hijos ; aparque sus sueños, su carrera y apague su vocación. Sin embargo, eso mismo es lo que yo hice durante muchos años.

No creo en ningún dios. Sin embargo, muchas veces activo el pensamiento mágico e intento creer firmemente que algo o alguien me sostendrá cuando caiga o no permitirá que eso ocurra.

No creo en los oráculos ni en la astrología ni en las ciencias ocultas. Sin embargo, me he tirado el tarot, me he leído las manos y he preguntado a mis libros cientos de veces, cuando estoy absolutamente sola, muda, ciega, sorda y perdida ¿qué tengo que hacer?

Abro una página cualquiera y leo al azar la primera frase que veo. La verdad es que muchas veces me he quedado absorta con las respuestas.

¿Tengo que escuchar a mi cabeza o dejarme llevar por el corazón? Y José Donoso, desde el decimotercer renglón de la página 93 de “El jardín de al lado” me responde:

– Hay que defenderse.

Quizás sea una cuestión de desligarme ya de esa necesidad de encajar en alguna definición, en algún epígrafe de todos los disponibles en la cuadrícula del mundo, y sin la menor coherencia ni ansiedad afirmar:

Yo soy solo yo. Y sin embargo…

castillo De Naipes

Castillo de naipes

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

La magnitud de la capacidad de idealización es directamente proporcional al tamaño del dolor, a la profundidad del vacío, a la medida de la desesperación.

Esa facilidad abominable y ridícula para creer, para confiar, para soñar, para construir, para idealizar.

Esa sensación de alegría desbordante. La mística ilusión. La mágica fantasía que nos eleva, nos aligera, nos alza, nos inocula una sobredosis de falsa plenitud es tanto más nítida y rebosante cuanto mayor es la tristeza a contrarrestar.

Así como hace falta quemar mucho incienso para tapar el olor a tabaco, y poner mucho suavizante y perfume y desodorante para tapar el sudor ácido impregnado en las axilas de las camisas, y echar mucho ambientador para tapar el olor a mierda.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable mantener las habitaciones ventiladas, la ropa aseada y los baños limpios.

Y el corazón entero. Y el alma en paz. Y la cabeza medianamente en equilibrio.

Para evitar caer en nuestras propias trampas. Para evitar poner en marcha la máquina de idealizar. Para dejar de intentar erigir el castillo de naipes. Para no volver a creer que era cierto.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable estar atento, y ser cauto, y -en lo posible- realista. Porque posteriormente, la magnitud del dolor, de la tristeza, de la decepción, crecen exponencialmente en relación a la dimensión inicial.

Y así sucesivamente…

 

asi

Así

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Hay otras maneras de vivir. De hacer. De ser. De pensar. De trabajar. De relacionarse con los otros. De moverse. De existir.

Hay situaciones que nos resetean. Se puede hacer terapia y leer y escribir y pensar y analizar y hablar. Se puede uno imponer conductas nuevas, intentar empezar de afuera hacia adentro cuando parece que de adentro hacia afuera ya no da resultado. Y probar técnicas y cambiar hábitos y desmantelar la rutina y cuestionarlo todo.

Pero solo hay ciertos hitos que verdaderamente consiguen reiniciarnos. Y dejan muy claro lo que fue antes y lo que es ahora y lo que podría ser después. Y no es una construcción mental. Es algo más concreto, casi mecánico. Como esos golpes que les dábamos a los teléfonos públicos cuando parecía que no funcionaban, que no daban el vuelto, que nos tragaban las monedas. Y sí. Al final sí. El último golpe acomodaba alguna pieza y la cosa al fin marchaba.

Hay otras maneras de sentir. De andar. De dormir. De despertar. De mirar. De relacionarse con uno mismo. De quedarse quieto. De respirar. De fluir.

Cuando se lleva un traje por demasiado tiempo, pareciera que la tela se adhiere al cuerpo. Y aunque ni el talle ni la forma ni el color ni la textura ni el corte nos satisfagan en absoluto, nos dejamos definir y nos insensibilizamos. Y seguimos, con infinita dificultad, pero sin cambiar nada.

Qué esfuerzo tan absurdo nos obligamos a hacer para ser parte del mundo. Tiendas de ropa, de zapatos, de accesorios, joyerías, peluquerías, locales de estética, dietética, de uñas de gel, de tatuajes, y concesionarios de coches, y agencias de viajes, y perfumerías, y lencerías, y grandes, enormes, inconmensurables almacenes donde se replican y se reproducen y se erigen más tiendas con sus escaparates y anuncios y descuentos y carteles. Y ¿para qué? Para no ser lo que somos y no parecer lo que parecemos y no existir como deberíamos existir sino de otra manera, de otro ridículo modo que no tiene el menor sentido.

Ese traje que tal vez nos hicieron a medida en la infancia llega un momento que nos asfixia, nos encoge, nos destruye, nos mata, pero ¿cómo nos íbamos a atrever a tirarlo? ¿cómo íbamos a osar despreciarlo? Con el esfuerzo y el amor y el sacrificio y la ilusión y el empeño con que nos lo hicieron y pusieron y abotonaron. A medida.

A veces ayuda pensar que ese traje es mentira. No es más que un disfraz, una especie de muñeco hueco, un títere; puede llegar a ser una coraza, una armadura; puede volverse un ataúd.

Pero hay otras maneras. Lo que a veces ya no soportamos es seguir viviendo, y pensando, y haciendo, y relacionándonos así. Seguir así. Pero no hay un solo así. Hay tantos como el valor y el deseo de romper la inercia nos permitan. Y creo incluso esa angustia, esa tristeza, ese desgano y falta de deseo y de proyecto y de rumbo y de sentido se debe a que llegamos a creer que el así es inamovible, inalterable, indestructible, irrefutable. Y que si renovamos el así no será más que una trampa porque, aunque creamos que estamos cambiando, estaremos replicándolo hasta el infinito. Pero no. Hay otros así. Fuera del riel. Fuera del patrón. Fuera del guión. Fuera del traje. Fuera de la jaula. Hay otros así. Hay múltiples y están ahí, tan al alcance. Y son tan genuinos y posibles y palpitantes como eso que somos una vez que nos quitamos todos los así que venían escritos con la letra de otro y nos atrevemos por primera vez a escribirlo nosotros mismos.

iceberg

Iceberg

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

La imagen del iceberg se usa como metáfora muy frecuentemente. Si me propongo un brain storming a mi misma en este mismo instante me van viniendo imágenes en flujo constante. Imágenes en relación con el iceberg. Con ese inmenso bloque de hielo que parece más pequeño de lo que es en realidad. Pero no porque tenga ninguna intención de mentir, ni la menor conciencia de si mismo, o misma. Sino simplemente por una cuestión de temperatura. A mas profundidad, más frío. A menos profundidad más perdida de volumen por el cambio del estado sólido al líquido. Es la primera vez que pienso en esto. Y la verdad es que no tengo ganas de constatar si es así. Pero tiene su lógica. Y esto tampoco es un artículo científico como para que sea verdaderamente importante ser precisos a la hora de explicar un fenómeno. Porque en este contexto los fenómenos son, por lo general, muchísimo más subjetivos de lo que pueden parecer. Igual que el iceberg. Por encima: la objetividad; y toda la inmensa masa de hielo debajo -la sumergida- la subjetividad.
Vuelvo al brain storming, y no puedo dejar de hacer un paréntesis, pero sin paréntesis, y aclarar que cuando pienso y cada vez que escribo iceberg no suena “iθe’beRg” sino “ais’beRg”. Las cosas que me vienen a la cabeza cuando pienso en esa gran masa de hielo flotante que sobresale (en parte) de la superficie del mar son: el Titanic, sí, en primer lugar, pero no cualquier Titanic sino el de la película de Leonardo DiCaprio. Triste, pero es así. Así de manipulables somos. O, mejor dicho, así de manipulable soy. Acto seguido, recuerdo uno que venía en un libro de ciencias que había en casa, y en el que entre las láminas que más me impactaron estaban: la bomba de Hiroshima, una bala fotografiada a altísima velocidad atravesando una manzana, una montaña oscura con un poblado minúsculo a sus pies, y el iceberg. Después pienso en el que se usa para representar la parte visible del machismo y todas sus vertientes y ramificaciones y viscosas manifestaciones derramadas por todas partes y en todo ámbito, mucho más destructivas todavía que las que salen a la superficie, justamente porque son más difíciles de ver, y por lo tanto de erradicar; y entonces pasa muy a menudo que solo nos damos cuenta de que existían cuando, como pasó con el Titanic, ya es mucho más que demasiado tarde. Después veo ese bastante derretido en el que se quedó aislado el oso debido al derretimiento de los casquetes polares por el calentamiento global. Y después esas ilustraciones, ahora que está tan de moda el pensamiento positivo y la automotivación y el camino de la realización personal, que tienen el éxito en la puntita y todo el enorme trabajo, esfuerzo y tesón que hubo debajo para que después venga la gente y nos diga -o más frecuentemente vaya diciendo por ahí- que lo nuestro fue pura suerte.
Pero entre una y la otra, y al principio y al final, e intermitente y omnipresente a lo largo de la serie de imágenes de bloques de hielo en mi pantalla mental, me viene la idea del iceberg como una metáfora del comportamiento y de las relaciones. Solo vemos la punta del otro. El otro solo ve nuestra punta. Y con suerte. Y en la mayoría de los casos la gente es que ni ve su propia masa submarina. Ni quiere verla. Y después se sorprenden cuando constatan y presencian la catástrofe; el hundimiento estrepitoso de todo lo que se les acerca. Y yo misma. Tengo siempre esa sensación de que lo que asoma de mi puede llegar a ser atractivo y amable, pero hay un radio de seguridad que es mejor no atravesar. Y que mas que consecuencias nefastas e indeseables, las posibilidades de colisión y fisura son, por estadística, muy altas. Pero esto no esconde ni resignación ni pesimismo ni dolor ni ansias preservativas de aislamiento. Es solo una constatación. Sin ninguna inconmensurable masa oculta debajo.
Y no sé cómo ni para qué, pero me viene a la mente la frase de Mario Benedetti: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”. Y pienso que hay una especie de iceberg para cada emoción. Y cuando lloramos, cuando reímos, cuando nos llenamos de ira o cuando nos apagamos, nunca es por eso que está pasando. Nunca es solo por eso. Es por eso, pero principalmente por todo lo demás. Y entonces nos pasa que nos cuesta entender las reacciones de los otros. Porque nadie está en cero. Y hay situaciones, palabras, miradas, reacciones, silencios, olores, sonidos, gestos, actitudes, que nos accionan una compleja red de mecanismos internos que ni nosotros mismos somos conscientes de que existen. Y claro. Si nosotros no entendemos ¿cómo iba a entender alguien más, por mucho que se interese y se esmere, por qué lloramos cuando lloramos, reímos cuando nos reímos, por qué gritamos cuando gritamos y por qué nos apagamos cuando nos apagamos? ¿cómo iba a tener alguien derecho a juzgar nuestra reacción? ¿cómo íbamos a tener derecho nosotros a valorar, adjetivar, criticar o intentar modificar una reacción ajena? Es que nuestro egocentrismo y nuestra necesidad de control y nuestra inseguridad a veces es tan enorme, tanto más enorme de lo que parece a simple vista -más o menos en la misma proporción que las partes del iceberg- que hacemos lo que humanamente podemos.
Y esta especie de conclusión, más que desasosiego me produce un gran alivio. Porque ¿para qué nos íbamos a hacer tantísimo problema si al final el malentendido está asegurado? ¿Para qué nos íbamos a responsabilizar tanto y analizar desde múltiples puntos de vista, si al final lo más probable es que lo que estamos imaginando, lo que estamos viendo, lo que tenemos delante, lo que podemos medir y controlar, no sea más que el ápice? Y no un ápice cualquiera; un minúsculo ápice, que además podríamos rodear o sobrevolar o explorar debajo de la superficie y cambiaría de forma y tamaño y perspectiva y color y según le de el sol o el viento o vengan las corrientes o la época del año o las horas de luz o la temperatura del agua o del aire o las rutas de navegación o la fauna circundante o la composición química del agua…sería completamente diferente.
Y si busco alguna imagen que represente el alivio más que el desasosiego. Y que intente redefinir y resignificar las múltiples teorías y usos metafóricos del iceberg -recuerden: “ais’beRg”- pienso en ese volumen que emerge y todo el otro que no. Ese pequeño montículo blanco, y toda su contundente raíz de hielo hundida en una tierra transparente y líquida y fría y en movimiento, no es más que eso. Tan presente y real y necesario y sin ninguna connotación más que su propia e innegable existencia. Y sí. Podríamos hacerle unas maravillosas fotos aéreas tomadas desde un dron, o a lomos de un dragón. Y acercarnos a él y observarlo desde un submarino amarillo, o desde el Nautilus. Y hacer una excursión equipados muy profesionalmente y abrigados hasta las cejas y extraer muestras y analizarlas posteriormente y tomar notas y montar una base temporal o permanente, efímera o monumental o desechable o surrealista o absolutamente inútil y ridícula. Y tirarnos en trineo. Y esquiar por la ladera que esté al sol. Improvisar un chiringuito y servir cerveza Antárctica y regalar polos de limón. Y diseñar canoas y muelles y embarcaciones y transatlánticos que se adapten a las circunstancias y cambien de forma y de tamaño según sea necesario y se acoplen y se mimeticen y puedan acercarse y fusionarse y después zarpar y recuperar su forma libremente y reducir los riesgos y evitar las grietas y erradicar las colisiones y disminuir exponencialmente el número anual de catástrofes y hundimientos causados por las imprevisibles y destructivas consecuencias de la aproximación inconsciente o premeditada a ninguna masa de hielo flotante que sobresalga de la superficie marina. Y resignificarlo todo, y reescribir todas las frases y redefinir y reordenar y modificar el orden y la forma y el contenido de las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos, cuando oímos nombrar, cuando leemos, cuando vemos, cuando nos ponen delante la foto de un iceberg. Recuerden: “ais’beRg”

se acaba

Se acaba

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

El año se acaba.
El otoño se acaba.
El día se acaba.
El café y el tabaco y el arroz y los huevos y la leche y los plátanos y el pan y el azúcar se acaban.
El dinero y la gasolina y la tinta y el papel y el gel de ducha y la pasta de dientes se acaban.
El amor se acaba.
El tiempo se acaba.
El odio y la tristeza y el dolor y la alegría y el hambre y la sed y el deseo y el sueño y la energía y la calma se acaban.
El ruido y el silencio y la música y la compañía y la soledad y el insomnio y el cansancio se acaban.
Y todo se vacía y se agota y se caduca y se desecha y se estropea y se rompe y se descarta y se tira y se acaba.
Y la vida sigue.
Y el ciclo se reinicia.
Y vuelta a empezar.

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

motivación

Motivarnos cada día

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El de hoy será un artículo en primera persona. Y espero desde la primera persona llegar a otras primeras personas, y buscar maneras y respuestas y caminos.

Y no se trata de exponer un tema investigado o compilado a partir de otros artículos sino de una situación presente, diaria, y en la que quizás haya más preguntas que respuestas, dudas que certezas, intuición que verdad; y la necesidad de sentir que voy bien, aunque por momentos parezca que el horizonte no muestra demasiada claridad.

Tengo tantos recuerdos de no adaptación al sistema educativo de mi hijo desde que empezó infantil que no sé bien por donde empezar. Ahora mismo acaba de empezar el Instituto y a pesar de que me llena de orgullo ver cómo hizo un gran cambio a la hora de empezar la mañana, preparar sus cosas, estar listo en la puerta habiendo desayunado, con los dientes lavados, el pelo medianamente acomodado, los cordones atados, la sudadera puesta y la mochila colgando de los hombros cinco minutos antes de la hora -cosa que me hubiera parecido un logro inconcebible año tras año y día tras día durante la primaria- y a pesar de ir con entusiasmo y haberse integrado con el grupo de su clase, a pesar de que lleva la agenda al día y toma apuntes y presta atención y hace la tarea antes de encender el ordenador…no es suficiente. El choque es muy grande. Me pregunto por qué si pasa de primaria a secundaria del mismo sistema educativo público y bilingüe, en la misma ciudad, al instituto que le reservaba la plaza, el que le daba continuidad entre ambos ciclos ¿No había una manera de prepararlo? ¿No había una manera de implementar una transición? ¿No era más importante prepararlo para este cambio que aprobar las pruebas de la Comunidad de Madrid? ¿No era primordial enseñarle técnicas de estudio antes que repasar los mismos contenidos otra vez como si sexto fuera un repaso de quinto y cuarto de primaria?

Y digo no es suficiente porque a pesar de saber los contenidos, y haberme explicado antes del examen los agujeros negros y las galaxias y la rotación de la tierra en inglés con un vocabulario asombroso y una pronunciación maravillosa, la primera semana de exámenes volvió con una cadena de suspensos. Y me pregunto si esa es la manera de adaptarlos. Dándoles el mensaje de bienvenida de que no lo están haciendo bien. Sinceramente no me preocupan las notas, ni los suspensos, lo que me preocupa es ese mensaje tan claro de que lo que está haciendo no se acerca ni remotamente a ser lo que se espera.

Y no puedo evitar recordar a su maestra de infantil que golpeaba la mesa y le decía: ¡tra-ba-ja! Y le regañaba por dibujar naves espaciales en vez de colorear el círculo grande de amarillo y el pequeño de rojo y gracias a la cual dejó de dibujar y recortar porque estaba harto de que le dijeran que lo hacía siempre mal.

Y no puedo evitar recordar a su maestro de primero de primaria que le daba con los nudillos en la cabeza y le preguntaba ¿tú eres tonto? por no haber llevado la tarea o haberse olvidado el libro. El mismo profesor que cogía a sus compañeros de la camiseta y les sacudía porque no le hacían caso. El que me pidió permiso para evaluarlo por el equipo de orientación porque mi hijo era muy distraído y desobediente y se dormía sobre el pupitre y no paraba de levantarse y hacer chistes y reírse en clase. Y creía que tenía hiperactividad, déficit de atención, o ambas. Pero no, resultó ser que mi hijo tenía altas capacidades. Pero para el profesor seguía siendo un incordio, un niño difícil, molesto e impertinente que sacudía mucho las manos y se distraía con el zumbido de una mosca, y hacía demasiadas preguntas.

Y no puedo evitar recordar sus casi suspensos en plástica cuando en casa llenó resmas enteras de papel diseñando comics y máquinas y cadenas de montaje y pistolas supersónicas y transformaciones antropomórficas y logos para marcas de coches y tuneos flipantes para el Clío. Pero claro, no era capaz de hacer lo que tenía que hacer, lo que la profe quería, no se ajustaba a la consigna, no hacía lo que se esperaba de él, que era que pasara por el tubo, que fuera estándar, que siguiera las reglas, que se estuviera quieto y que hiciera bolitas de papel morado hasta llenar toda una cartulina A4 en franjas uniformes de 10 centímetros de ancho.

Y no puedo evitar recordar que se pasó todo primero de primaria volviendo de clase y contándonos que en realidad el cole no era un cole normal y corriente, que era un cole de magia, y que a media mañana se había escondido en un cuartito donde guarda sus cosas el conserje para atacar con un amigo al basilisco, y que no había otra forma de subir a la primera planta que poniéndose unas botas de propulsión y activándolas cuando sonaba el timbre. Y se me estrujó el corazón un tiempo después cuando leí un artículo que explicaba que muchas veces esa construcción desbordante de un mundo de fantasía la generan para protegerse de una realidad que no pueden comprender, aceptar y sobrellevar, y de la que se sienten completamente ajenos.

Y ahora pienso ¿Cómo motivarle? Porque tiene una curiosidad infinita y una capacidad deslumbrante y un razonamiento tan complejo y unas ideas tan divertidas y sorprendentes ¿Cómo decirle que tendrá que adaptarse él? Que el mundo no se acomodará a su gusto, sino que será él el que tendrá que aceptar las reglas. Y que la mayoría de las veces no las entenderá, le parecerán absurdas y obsoletas, injustas, y que claro que podrá expresar su opinión, pero al final no le quedará más remedio que obedecer al profesor y responder las preguntas del examen como le pidan porque sino seguirá acumulando suspensos. Aunque se pase la tarde viendo documentales sobre el origen del universo o invente una nueva manera de hacer las divisiones con decimales tendrá que responder las mismas palabras que vienen en el recuadrito naranja de la página 35 sin olvidarse bajo ningún concepto de las que vienen en negrita, y tendrá que mostrar que sabe dividir de la manera que se le pide.

Y no puedo evitar recordar cómo fue dejando todas las actividades extraescolares porque, aunque la actividad en sí le entusiasmaba o se le daba bien e incluso de maravilla, no podía soportar la frustración y el aburrimiento y el hastío asociados al método, al enfoque, y demasiadas veces a la falta de interés y pasión del profesor o de su autoritarismo. Tirando a los niños al agua aunque estuvieran muertos de frío o de miedo y acomodando las distancias entre unos y otros con una vara metálica y sin meter ni un pie en la piscina. A los gritos como si se tratara de la copa del mundo y dejándolo en el banco por no estar lo suficientemente atento a la hora de defender la portería en los partidos de fútbol. Repitiendo durante meses las cinco notas de…debajo un botón, tón, tón; y aprendiendo piano con los mismos cuadernillos que fotocopiaba la profe hace 30 años.

Y sinceramente no extiendo todos estos recuerdos a modo de queja, porque suelo tomar la realidad e intentar mostrarle que el mundo no está hecho a medida y hay que aprender a encontrar la manera de adaptarse sin perder la propia identidad, de aportar y responder sin que eso signifique encajar o reprimirse, encontrar el lado positivo y hacer las cosas por el simple hecho de aprender, de conseguirlas, por la satisfacción de ver el trabajo terminado, por el saber que hay detrás, y no por miedo al castigo o por sacárselo de encima para poder encender el ordenador, sino por desarrollar la capacidad de empatizar y de conectar con el otro, porque el otro siempre es un universo inalcanzable e incomprensible y es nuestro reto y una fuente de aprendizaje y satisfacción y casi uno de los objetivos fundamentales de la vida; sintonizar, compartir, conseguir relacionarnos desde nuestras similitudes pero sobretodo desde nuestras diferencias.

Pero es difícil. Porque quiera o no el sistema está diseñado en vertical. No existe verdadera igualdad, aunque nos llenemos la boca hablando del respeto, la diversidad y la inclusión. Al final el sistema educativo, y más tarde se enfrentará al mundo laboral, tienen un bonito cartel encima…pero cuando atravesamos el umbral, aunque en clase de valores nos digan que equivocarse está bien y que no pasa nada, y que cada uno tiene derecho a ser como es y a pensar y opinar lo que crea oportuno, en la práctica eso no es verdad. Una profesora que puede decir a tu hijo (cuando pregunta los antónimos y tu hijo le responde materia y antimateria) que la antimateria no existe, que de dónde sacó eso…esa misma profesora que esperaba que respondiera: alto y bajo o gordo y flaco, es la que le puede poner el suspenso. Y no solo se lo puede poner, sino que se lo pondrá.

Me pregunto cómo se compatibiliza la curiosidad, la energía desbordante, la creatividad, las ansias de conocer, el pensamiento arborescente, la divergencia y capacidad de interrelacionar temas diversos, la pasión, la originalidad, la necesidad de descubrir métodos y ritmos propios con un sistema que nos quiere idénticos, que fabrica réplicas, que nos compara con un patrón estándar y nos juzga de acuerdo a nuestra semejanza o distancia del mismo, como en esas actividades tan entretenidas donde hay que encontrar las 5 diferencias entre dos ilustraciones ¿Y si no hay manera de comparar ambos dibujos? ¿Y si no se parecen en nada? ¿Y si un niño ni siquiera cabe en el recuadrito de 8 x 15, en los límites del recorte? ¿Fracasará? ¿Quién es el que fracasará? ¿Fracasará el niño? ¿Repetirá curso hasta que a fuerza de suspensos se convenza de que era mejor hacer caso y satisfacer al sistema y entrar en la maquinaria y volverse parte del engranaje? ¿Que era mejor eso que ser él mismo?

Y no bajo los brazos ni pierdo las esperanzas. Y sé que se trata de mirar la realidad desde nuestros propios ojos y no dejarnos opacar ni desmotivar. Y sé que al final todo se trata de hacer lo mejor que podamos con las cartas que nos tocan, con el entorno en el que nos movemos, con las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que tenemos que afrontar. Y saber que sí, que tenemos que responder, pero que también tenemos derecho a innovar y a disentir, que tenemos que adaptarnos, pero también tenemos derecho a ser diferentes, y que tenemos derecho a equivocarnos, pero también a aprender del error, y que tenemos obligaciones y acatamos normas, pero también tenemos libertad. Y la libertad conlleva una gran responsabilidad y es la de afrontar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras actitudes. Lo difícil es encontrar el equilibrio. Lo difícil es no perder el eje. Lo difícil es conseguir automotivarnos cada día, pintar todas las veces que sea necesario el muro desnudo que tenemos delante. Pintarlo de color.

 

Y siguiendo el hilo de estos pensamientos,  me parece oportuno recordar la presentación de Ken Robinson en TED

¿Las escuelas matan la creatividad?