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castillo De Naipes

Castillo de naipes

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

La magnitud de la capacidad de idealización es directamente proporcional al tamaño del dolor, a la profundidad del vacío, a la medida de la desesperación.

Esa facilidad abominable y ridícula para creer, para confiar, para soñar, para construir, para idealizar.

Esa sensación de alegría desbordante. La mística ilusión. La mágica fantasía que nos eleva, nos aligera, nos alza, nos inocula una sobredosis de falsa plenitud es tanto más nítida y rebosante cuanto mayor es la tristeza a contrarrestar.

Así como hace falta quemar mucho incienso para tapar el olor a tabaco, y poner mucho suavizante y perfume y desodorante para tapar el sudor ácido impregnado en las axilas de las camisas, y echar mucho ambientador para tapar el olor a mierda.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable mantener las habitaciones ventiladas, la ropa aseada y los baños limpios.

Y el corazón entero. Y el alma en paz. Y la cabeza medianamente en equilibrio.

Para evitar caer en nuestras propias trampas. Para evitar poner en marcha la máquina de idealizar. Para dejar de intentar erigir el castillo de naipes. Para no volver a creer que era cierto.

Por eso, por todo lo anterior, es muy recomendable estar atento, y ser cauto, y -en lo posible- realista. Porque posteriormente, la magnitud del dolor, de la tristeza, de la decepción, crecen exponencialmente en relación a la dimensión inicial.

Y así sucesivamente…

 

asi

Así

By | Crisis Existencial | No Comments

Hay otras maneras de vivir. De hacer. De ser. De pensar. De trabajar. De relacionarse con los otros. De moverse. De existir.

Hay situaciones que nos resetean. Se puede hacer terapia y leer y escribir y pensar y analizar y hablar. Se puede uno imponer conductas nuevas, intentar empezar de afuera hacia adentro cuando parece que de adentro hacia afuera ya no da resultado. Y probar técnicas y cambiar hábitos y desmantelar la rutina y cuestionarlo todo.

Pero solo hay ciertos hitos que verdaderamente consiguen reiniciarnos. Y dejan muy claro lo que fue antes y lo que es ahora y lo que podría ser después. Y no es una construcción mental. Es algo más concreto, casi mecánico. Como esos golpes que les dábamos a los teléfonos públicos cuando parecía que no funcionaban, que no daban el vuelto, que nos tragaban las monedas. Y sí. Al final sí. El último golpe acomodaba alguna pieza y la cosa al fin marchaba.

Hay otras maneras de sentir. De andar. De dormir. De despertar. De mirar. De relacionarse con uno mismo. De quedarse quieto. De respirar. De fluir.

Cuando se lleva un traje por demasiado tiempo, pareciera que la tela se adhiere al cuerpo. Y aunque ni el talle ni la forma ni el color ni la textura ni el corte nos satisfagan en absoluto, nos dejamos definir y nos insensibilizamos. Y seguimos, con infinita dificultad, pero sin cambiar nada.

Qué esfuerzo tan absurdo nos obligamos a hacer para ser parte del mundo. Tiendas de ropa, de zapatos, de accesorios, joyerías, peluquerías, locales de estética, dietética, de uñas de gel, de tatuajes, y concesionarios de coches, y agencias de viajes, y perfumerías, y lencerías, y grandes, enormes, inconmensurables almacenes donde se replican y se reproducen y se erigen más tiendas con sus escaparates y anuncios y descuentos y carteles. Y ¿para qué? Para no ser lo que somos y no parecer lo que parecemos y no existir como deberíamos existir sino de otra manera, de otro ridículo modo que no tiene el menor sentido.

Ese traje que tal vez nos hicieron a medida en la infancia llega un momento que nos asfixia, nos encoge, nos destruye, nos mata, pero ¿cómo nos íbamos a atrever a tirarlo? ¿cómo íbamos a osar despreciarlo? Con el esfuerzo y el amor y el sacrificio y la ilusión y el empeño con que nos lo hicieron y pusieron y abotonaron. A medida.

A veces ayuda pensar que ese traje es mentira. No es más que un disfraz, una especie de muñeco hueco, un títere; puede llegar a ser una coraza, una armadura; puede volverse un ataúd.

Pero hay otras maneras. Lo que a veces ya no soportamos es seguir viviendo, y pensando, y haciendo, y relacionándonos así. Seguir así. Pero no hay un solo así. Hay tantos como el valor y el deseo de romper la inercia nos permitan. Y creo incluso esa angustia, esa tristeza, ese desgano y falta de deseo y de proyecto y de rumbo y de sentido se debe a que llegamos a creer que el así es inamovible, inalterable, indestructible, irrefutable. Y que si renovamos el así no será más que una trampa porque, aunque creamos que estamos cambiando, estaremos replicándolo hasta el infinito. Pero no. Hay otros así. Fuera del riel. Fuera del patrón. Fuera del guión. Fuera del traje. Fuera de la jaula. Hay otros así. Hay múltiples y están ahí, tan al alcance. Y son tan genuinos y posibles y palpitantes como eso que somos una vez que nos quitamos todos los así que venían escritos con la letra de otro y nos atrevemos por primera vez a escribirlo nosotros mismos.

iceberg

Iceberg

By | Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

La imagen del iceberg se usa como metáfora muy frecuentemente. Si me propongo un brain storming a mi misma en este mismo instante me van viniendo imágenes en flujo constante. Imágenes en relación con el iceberg. Con ese inmenso bloque de hielo que parece más pequeño de lo que es en realidad. Pero no porque tenga ninguna intención de mentir, ni la menor conciencia de si mismo, o misma. Sino simplemente por una cuestión de temperatura. A mas profundidad, más frío. A menos profundidad más perdida de volumen por el cambio del estado sólido al líquido. Es la primera vez que pienso en esto. Y la verdad es que no tengo ganas de constatar si es así. Pero tiene su lógica. Y esto tampoco es un artículo científico como para que sea verdaderamente importante ser precisos a la hora de explicar un fenómeno. Porque en este contexto los fenómenos son, por lo general, muchísimo más subjetivos de lo que pueden parecer. Igual que el iceberg. Por encima: la objetividad; y toda la inmensa masa de hielo debajo -la sumergida- la subjetividad.
Vuelvo al brain storming, y no puedo dejar de hacer un paréntesis, pero sin paréntesis, y aclarar que cuando pienso y cada vez que escribo iceberg no suena “iθe’beRg” sino “ais’beRg”. Las cosas que me vienen a la cabeza cuando pienso en esa gran masa de hielo flotante que sobresale (en parte) de la superficie del mar son: el Titanic, sí, en primer lugar, pero no cualquier Titanic sino el de la película de Leonardo DiCaprio. Triste, pero es así. Así de manipulables somos. O, mejor dicho, así de manipulable soy. Acto seguido, recuerdo uno que venía en un libro de ciencias que había en casa, y en el que entre las láminas que más me impactaron estaban: la bomba de Hiroshima, una bala fotografiada a altísima velocidad atravesando una manzana, una montaña oscura con un poblado minúsculo a sus pies, y el iceberg. Después pienso en el que se usa para representar la parte visible del machismo y todas sus vertientes y ramificaciones y viscosas manifestaciones derramadas por todas partes y en todo ámbito, mucho más destructivas todavía que las que salen a la superficie, justamente porque son más difíciles de ver, y por lo tanto de erradicar; y entonces pasa muy a menudo que solo nos damos cuenta de que existían cuando, como pasó con el Titanic, ya es mucho más que demasiado tarde. Después veo ese bastante derretido en el que se quedó aislado el oso debido al derretimiento de los casquetes polares por el calentamiento global. Y después esas ilustraciones, ahora que está tan de moda el pensamiento positivo y la automotivación y el camino de la realización personal, que tienen el éxito en la puntita y todo el enorme trabajo, esfuerzo y tesón que hubo debajo para que después venga la gente y nos diga -o más frecuentemente vaya diciendo por ahí- que lo nuestro fue pura suerte.
Pero entre una y la otra, y al principio y al final, e intermitente y omnipresente a lo largo de la serie de imágenes de bloques de hielo en mi pantalla mental, me viene la idea del iceberg como una metáfora del comportamiento y de las relaciones. Solo vemos la punta del otro. El otro solo ve nuestra punta. Y con suerte. Y en la mayoría de los casos la gente es que ni ve su propia masa submarina. Ni quiere verla. Y después se sorprenden cuando constatan y presencian la catástrofe; el hundimiento estrepitoso de todo lo que se les acerca. Y yo misma. Tengo siempre esa sensación de que lo que asoma de mi puede llegar a ser atractivo y amable, pero hay un radio de seguridad que es mejor no atravesar. Y que mas que consecuencias nefastas e indeseables, las posibilidades de colisión y fisura son, por estadística, muy altas. Pero esto no esconde ni resignación ni pesimismo ni dolor ni ansias preservativas de aislamiento. Es solo una constatación. Sin ninguna inconmensurable masa oculta debajo.
Y no sé cómo ni para qué, pero me viene a la mente la frase de Mario Benedetti: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”. Y pienso que hay una especie de iceberg para cada emoción. Y cuando lloramos, cuando reímos, cuando nos llenamos de ira o cuando nos apagamos, nunca es por eso que está pasando. Nunca es solo por eso. Es por eso, pero principalmente por todo lo demás. Y entonces nos pasa que nos cuesta entender las reacciones de los otros. Porque nadie está en cero. Y hay situaciones, palabras, miradas, reacciones, silencios, olores, sonidos, gestos, actitudes, que nos accionan una compleja red de mecanismos internos que ni nosotros mismos somos conscientes de que existen. Y claro. Si nosotros no entendemos ¿cómo iba a entender alguien más, por mucho que se interese y se esmere, por qué lloramos cuando lloramos, reímos cuando nos reímos, por qué gritamos cuando gritamos y por qué nos apagamos cuando nos apagamos? ¿cómo iba a tener alguien derecho a juzgar nuestra reacción? ¿cómo íbamos a tener derecho nosotros a valorar, adjetivar, criticar o intentar modificar una reacción ajena? Es que nuestro egocentrismo y nuestra necesidad de control y nuestra inseguridad a veces es tan enorme, tanto más enorme de lo que parece a simple vista -más o menos en la misma proporción que las partes del iceberg- que hacemos lo que humanamente podemos.
Y esta especie de conclusión, más que desasosiego me produce un gran alivio. Porque ¿para qué nos íbamos a hacer tantísimo problema si al final el malentendido está asegurado? ¿Para qué nos íbamos a responsabilizar tanto y analizar desde múltiples puntos de vista, si al final lo más probable es que lo que estamos imaginando, lo que estamos viendo, lo que tenemos delante, lo que podemos medir y controlar, no sea más que el ápice? Y no un ápice cualquiera; un minúsculo ápice, que además podríamos rodear o sobrevolar o explorar debajo de la superficie y cambiaría de forma y tamaño y perspectiva y color y según le de el sol o el viento o vengan las corrientes o la época del año o las horas de luz o la temperatura del agua o del aire o las rutas de navegación o la fauna circundante o la composición química del agua…sería completamente diferente.
Y si busco alguna imagen que represente el alivio más que el desasosiego. Y que intente redefinir y resignificar las múltiples teorías y usos metafóricos del iceberg -recuerden: “ais’beRg”- pienso en ese volumen que emerge y todo el otro que no. Ese pequeño montículo blanco, y toda su contundente raíz de hielo hundida en una tierra transparente y líquida y fría y en movimiento, no es más que eso. Tan presente y real y necesario y sin ninguna connotación más que su propia e innegable existencia. Y sí. Podríamos hacerle unas maravillosas fotos aéreas tomadas desde un dron, o a lomos de un dragón. Y acercarnos a él y observarlo desde un submarino amarillo, o desde el Nautilus. Y hacer una excursión equipados muy profesionalmente y abrigados hasta las cejas y extraer muestras y analizarlas posteriormente y tomar notas y montar una base temporal o permanente, efímera o monumental o desechable o surrealista o absolutamente inútil y ridícula. Y tirarnos en trineo. Y esquiar por la ladera que esté al sol. Improvisar un chiringuito y servir cerveza Antárctica y regalar polos de limón. Y diseñar canoas y muelles y embarcaciones y transatlánticos que se adapten a las circunstancias y cambien de forma y de tamaño según sea necesario y se acoplen y se mimeticen y puedan acercarse y fusionarse y después zarpar y recuperar su forma libremente y reducir los riesgos y evitar las grietas y erradicar las colisiones y disminuir exponencialmente el número anual de catástrofes y hundimientos causados por las imprevisibles y destructivas consecuencias de la aproximación inconsciente o premeditada a ninguna masa de hielo flotante que sobresalga de la superficie marina. Y resignificarlo todo, y reescribir todas las frases y redefinir y reordenar y modificar el orden y la forma y el contenido de las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos, cuando oímos nombrar, cuando leemos, cuando vemos, cuando nos ponen delante la foto de un iceberg. Recuerden: “ais’beRg”

se acaba

Se acaba

By | Crisis Existencial, Mujer | No Comments

El año se acaba.
El otoño se acaba.
El día se acaba.
El café y el tabaco y el arroz y los huevos y la leche y los plátanos y el pan y el azúcar se acaban.
El dinero y la gasolina y la tinta y el papel y el gel de ducha y la pasta de dientes se acaban.
El amor se acaba.
El tiempo se acaba.
El odio y la tristeza y el dolor y la alegría y el hambre y la sed y el deseo y el sueño y la energía y la calma se acaban.
El ruido y el silencio y la música y la compañía y la soledad y el insomnio y el cansancio se acaban.
Y todo se vacía y se agota y se caduca y se desecha y se estropea y se rompe y se descarta y se tira y se acaba.
Y la vida sigue.
Y el ciclo se reinicia.
Y vuelta a empezar.

paranoia

Paranoia

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Tengo una cierta tendencia a la paranoia.
Creo que se debe a la determinante y magna importancia que le doy a la mirada del otro.
El paisaje desde mi ventana puede volverse una instantánea cargada de observadores, jueces, testigos.
Si solo fueran los vecinos que aparcan en la calle que nace ante mis ojos en la base de la carpintería metálica y acaba en el STOP en mayúsculas, itálicas, negritas, condensadas; no sería tan preocupante.
La siguiente categoría incluye a los gatos y las palomas. Después, coches, bicicletas, humanos indistinguibles de a pie que cruzan la cuesta que abarca el primer paño de vidrio y la mitad del segundo. Caminan con sus piernas enmarcadas por la serie de cuadrados y rombos que materializan la reja encargada de impedir que se desbarranquen por el terraplén de pastos secos y acaben a los pies con ruedas de los contenedores de basura.
Estos testigos tampoco son tan preocupantes.
Pero hay más.
Esta tarde todas las chimeneas me parecen suricatas. Suricatas petrificados. De ladrillo. De piedra. De chapa galvanizada. Humeantes suricatas.
Esta tarde los frentes de las casas me miran. Con los ojos abiertos de par en par. Acechantes. Con los párpados a medio cerrar. Cansados. Y si cierran los ojos. Si cierran los ojos es para no verme. Es por mí. Es por mí y para mí que mantienen selladas las persianas.
El cíclope no duerme. Nunca duerme. Un enorme ojo circular con pestañas radiales de revestimiento de ladrillo simulado.
Dos pequeñas ventilaciones de desagüe sobre la fachada más alta me miran desde lejos como diminutos ojos negros. La cara sucia y pálida no deja de asombrarse; la boca abierta, rectangular, vertical.
Salientes de terrazas y balcones como hocicos, toldos flameantes como labios que vibran, silban, susurran.
Cada rama que se mece solo dibuja dedos. Cientos de dedos en lentas decenas de manos de un verde ya mustio que me señalan mientras marcan con cadencia el compás cada minuto.
Esa tendencia absurda a significarlo todo.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es más que un estúpido intento de sentirse ridículamente importante.
Alguna vez pensé que la paranoia al final no es otra cosa que la necesidad desmedida de acabar con esa sensación de insignificancia, transparencia.
Alguna vez creo he llegado a escribir; la paranoia es la medida exacta, la negación más burda del miedo a la soledad.

motivación

Motivarnos cada día

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial, Primera Persona | No Comments

El de hoy será un artículo en primera persona. Y espero desde la primera persona llegar a otras primeras personas, y buscar maneras y respuestas y caminos.

Y no se trata de exponer un tema investigado o compilado a partir de otros artículos sino de una situación presente, diaria, y en la que quizás haya más preguntas que respuestas, dudas que certezas, intuición que verdad; y la necesidad de sentir que voy bien, aunque por momentos parezca que el horizonte no muestra demasiada claridad.

Tengo tantos recuerdos de no adaptación al sistema educativo de mi hijo desde que empezó infantil que no sé bien por donde empezar. Ahora mismo acaba de empezar el Instituto y a pesar de que me llena de orgullo ver cómo hizo un gran cambio a la hora de empezar la mañana, preparar sus cosas, estar listo en la puerta habiendo desayunado, con los dientes lavados, el pelo medianamente acomodado, los cordones atados, la sudadera puesta y la mochila colgando de los hombros cinco minutos antes de la hora -cosa que me hubiera parecido un logro inconcebible año tras año y día tras día durante la primaria- y a pesar de ir con entusiasmo y haberse integrado con el grupo de su clase, a pesar de que lleva la agenda al día y toma apuntes y presta atención y hace la tarea antes de encender el ordenador…no es suficiente. El choque es muy grande. Me pregunto por qué si pasa de primaria a secundaria del mismo sistema educativo público y bilingüe, en la misma ciudad, al instituto que le reservaba la plaza, el que le daba continuidad entre ambos ciclos ¿No había una manera de prepararlo? ¿No había una manera de implementar una transición? ¿No era más importante prepararlo para este cambio que aprobar las pruebas de la Comunidad de Madrid? ¿No era primordial enseñarle técnicas de estudio antes que repasar los mismos contenidos otra vez como si sexto fuera un repaso de quinto y cuarto de primaria?

Y digo no es suficiente porque a pesar de saber los contenidos, y haberme explicado antes del examen los agujeros negros y las galaxias y la rotación de la tierra en inglés con un vocabulario asombroso y una pronunciación maravillosa, la primera semana de exámenes volvió con una cadena de suspensos. Y me pregunto si esa es la manera de adaptarlos. Dándoles el mensaje de bienvenida de que no lo están haciendo bien. Sinceramente no me preocupan las notas, ni los suspensos, lo que me preocupa es ese mensaje tan claro de que lo que está haciendo no se acerca ni remotamente a ser lo que se espera.

Y no puedo evitar recordar a su maestra de infantil que golpeaba la mesa y le decía: ¡tra-ba-ja! Y le regañaba por dibujar naves espaciales en vez de colorear el círculo grande de amarillo y el pequeño de rojo y gracias a la cual dejó de dibujar y recortar porque estaba harto de que le dijeran que lo hacía siempre mal.

Y no puedo evitar recordar a su maestro de primero de primaria que le daba con los nudillos en la cabeza y le preguntaba ¿tú eres tonto? por no haber llevado la tarea o haberse olvidado el libro. El mismo profesor que cogía a sus compañeros de la camiseta y les sacudía porque no le hacían caso. El que me pidió permiso para evaluarlo por el equipo de orientación porque mi hijo era muy distraído y desobediente y se dormía sobre el pupitre y no paraba de levantarse y hacer chistes y reírse en clase. Y creía que tenía hiperactividad, déficit de atención, o ambas. Pero no, resultó ser que mi hijo tenía altas capacidades. Pero para el profesor seguía siendo un incordio, un niño difícil, molesto e impertinente que sacudía mucho las manos y se distraía con el zumbido de una mosca, y hacía demasiadas preguntas.

Y no puedo evitar recordar sus casi suspensos en plástica cuando en casa llenó resmas enteras de papel diseñando comics y máquinas y cadenas de montaje y pistolas supersónicas y transformaciones antropomórficas y logos para marcas de coches y tuneos flipantes para el Clío. Pero claro, no era capaz de hacer lo que tenía que hacer, lo que la profe quería, no se ajustaba a la consigna, no hacía lo que se esperaba de él, que era que pasara por el tubo, que fuera estándar, que siguiera las reglas, que se estuviera quieto y que hiciera bolitas de papel morado hasta llenar toda una cartulina A4 en franjas uniformes de 10 centímetros de ancho.

Y no puedo evitar recordar que se pasó todo primero de primaria volviendo de clase y contándonos que en realidad el cole no era un cole normal y corriente, que era un cole de magia, y que a media mañana se había escondido en un cuartito donde guarda sus cosas el conserje para atacar con un amigo al basilisco, y que no había otra forma de subir a la primera planta que poniéndose unas botas de propulsión y activándolas cuando sonaba el timbre. Y se me estrujó el corazón un tiempo después cuando leí un artículo que explicaba que muchas veces esa construcción desbordante de un mundo de fantasía la generan para protegerse de una realidad que no pueden comprender, aceptar y sobrellevar, y de la que se sienten completamente ajenos.

Y ahora pienso ¿Cómo motivarle? Porque tiene una curiosidad infinita y una capacidad deslumbrante y un razonamiento tan complejo y unas ideas tan divertidas y sorprendentes ¿Cómo decirle que tendrá que adaptarse él? Que el mundo no se acomodará a su gusto, sino que será él el que tendrá que aceptar las reglas. Y que la mayoría de las veces no las entenderá, le parecerán absurdas y obsoletas, injustas, y que claro que podrá expresar su opinión, pero al final no le quedará más remedio que obedecer al profesor y responder las preguntas del examen como le pidan porque sino seguirá acumulando suspensos. Aunque se pase la tarde viendo documentales sobre el origen del universo o invente una nueva manera de hacer las divisiones con decimales tendrá que responder las mismas palabras que vienen en el recuadrito naranja de la página 35 sin olvidarse bajo ningún concepto de las que vienen en negrita, y tendrá que mostrar que sabe dividir de la manera que se le pide.

Y no puedo evitar recordar cómo fue dejando todas las actividades extraescolares porque, aunque la actividad en sí le entusiasmaba o se le daba bien e incluso de maravilla, no podía soportar la frustración y el aburrimiento y el hastío asociados al método, al enfoque, y demasiadas veces a la falta de interés y pasión del profesor o de su autoritarismo. Tirando a los niños al agua aunque estuvieran muertos de frío o de miedo y acomodando las distancias entre unos y otros con una vara metálica y sin meter ni un pie en la piscina. A los gritos como si se tratara de la copa del mundo y dejándolo en el banco por no estar lo suficientemente atento a la hora de defender la portería en los partidos de fútbol. Repitiendo durante meses las cinco notas de…debajo un botón, tón, tón; y aprendiendo piano con los mismos cuadernillos que fotocopiaba la profe hace 30 años.

Y sinceramente no extiendo todos estos recuerdos a modo de queja, porque suelo tomar la realidad e intentar mostrarle que el mundo no está hecho a medida y hay que aprender a encontrar la manera de adaptarse sin perder la propia identidad, de aportar y responder sin que eso signifique encajar o reprimirse, encontrar el lado positivo y hacer las cosas por el simple hecho de aprender, de conseguirlas, por la satisfacción de ver el trabajo terminado, por el saber que hay detrás, y no por miedo al castigo o por sacárselo de encima para poder encender el ordenador, sino por desarrollar la capacidad de empatizar y de conectar con el otro, porque el otro siempre es un universo inalcanzable e incomprensible y es nuestro reto y una fuente de aprendizaje y satisfacción y casi uno de los objetivos fundamentales de la vida; sintonizar, compartir, conseguir relacionarnos desde nuestras similitudes pero sobretodo desde nuestras diferencias.

Pero es difícil. Porque quiera o no el sistema está diseñado en vertical. No existe verdadera igualdad, aunque nos llenemos la boca hablando del respeto, la diversidad y la inclusión. Al final el sistema educativo, y más tarde se enfrentará al mundo laboral, tienen un bonito cartel encima…pero cuando atravesamos el umbral, aunque en clase de valores nos digan que equivocarse está bien y que no pasa nada, y que cada uno tiene derecho a ser como es y a pensar y opinar lo que crea oportuno, en la práctica eso no es verdad. Una profesora que puede decir a tu hijo (cuando pregunta los antónimos y tu hijo le responde materia y antimateria) que la antimateria no existe, que de dónde sacó eso…esa misma profesora que esperaba que respondiera: alto y bajo o gordo y flaco, es la que le puede poner el suspenso. Y no solo se lo puede poner, sino que se lo pondrá.

Me pregunto cómo se compatibiliza la curiosidad, la energía desbordante, la creatividad, las ansias de conocer, el pensamiento arborescente, la divergencia y capacidad de interrelacionar temas diversos, la pasión, la originalidad, la necesidad de descubrir métodos y ritmos propios con un sistema que nos quiere idénticos, que fabrica réplicas, que nos compara con un patrón estándar y nos juzga de acuerdo a nuestra semejanza o distancia del mismo, como en esas actividades tan entretenidas donde hay que encontrar las 5 diferencias entre dos ilustraciones ¿Y si no hay manera de comparar ambos dibujos? ¿Y si no se parecen en nada? ¿Y si un niño ni siquiera cabe en el recuadrito de 8 x 15, en los límites del recorte? ¿Fracasará? ¿Quién es el que fracasará? ¿Fracasará el niño? ¿Repetirá curso hasta que a fuerza de suspensos se convenza de que era mejor hacer caso y satisfacer al sistema y entrar en la maquinaria y volverse parte del engranaje? ¿Que era mejor eso que ser él mismo?

Y no bajo los brazos ni pierdo las esperanzas. Y sé que se trata de mirar la realidad desde nuestros propios ojos y no dejarnos opacar ni desmotivar. Y sé que al final todo se trata de hacer lo mejor que podamos con las cartas que nos tocan, con el entorno en el que nos movemos, con las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que tenemos que afrontar. Y saber que sí, que tenemos que responder, pero que también tenemos derecho a innovar y a disentir, que tenemos que adaptarnos, pero también tenemos derecho a ser diferentes, y que tenemos derecho a equivocarnos, pero también a aprender del error, y que tenemos obligaciones y acatamos normas, pero también tenemos libertad. Y la libertad conlleva una gran responsabilidad y es la de afrontar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras actitudes. Lo difícil es encontrar el equilibrio. Lo difícil es no perder el eje. Lo difícil es conseguir automotivarnos cada día, pintar todas las veces que sea necesario el muro desnudo que tenemos delante. Pintarlo de color.

 

Y siguiendo el hilo de estos pensamientos,  me parece oportuno recordar la presentación de Ken Robinson en TED

¿Las escuelas matan la creatividad?

 

mamá

Mamá

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Mamá.
La primera palabra que decimos.
Es difícil que yo no pueda escribir, y sin embargo me está pasando en este mismo momento.
Mamá. Solo me suena esa palabra en la cabeza.
Y no puedo pensar nada más. 
Solo siento, añoro, imagino. No llegan las palabras.
Solo me atraviesan recuerdos, sensaciones, emoción.
Mamá.
Cómo desearía esta mañana estar en Argentina, juntas en la cocina, poniendo la mesa y preparando el tuco para los mostacholes. Y que fueran muchos platos sobre el mantel. No quiero contar en mi cabeza el número de platos que quisiera que sean. Y poner la bandeja verde de plástico y la jarra de agua, y la canasta de mimbre con las galletas marineras y el platito metálico de postre con el queso provolone, y la cucharita de mango azul. Y abrir un vino tinto -aunque ya sabés que prefiero la cerveza- y decirle a papá que a ver cuándo se acaba la carrera y apaga la tele.
A veces creo que lo consigo, sí que lo intento, pero no sé realmente. Uno nunca sabe si lo está haciendo bien. Pero puedo decirte que espero que Fran y Sofía tengan este mismo estado mental y emocional si me tienen lejos y quieren desearme un feliz día y solo les vienen imágenes y recuerdos y emociones difíciles de ordenar y les cuesta ponerse en palabrasꓼ porque las palabras son lo que menos les representa, aunque constituyan el territorio en el que se mueven habitualmente con más fluidez. Espero que cualquier frase y cualquier saludo y cualquier idea se les quede insuficiente como me está pasando ahora mismo a mí. Y solo quieran estar en mi cocina, poniendo la mesa y esperando con ansias tenerme cerca y ayudarme con algo y compartir el domingo y sentarse a comer y hablar y reírse y desear una sobremesa eterna de estar, simplemente estar. Porque mamá es un lugar en el que uno desea estar. Mamá es un lugar más que una persona. Mamá es un lugar más que una palabra. Mamá es un lugar que nos define y al que siempre estamos profundamente llamados a volver para sentirnos otra vez seguros y amados y tranquilos y en casa.
Feliz día mamá. Mamá. Qué bien me hace atreverme a repetir ese sonido en mi cabeza, y no buscar palabras ni razones. Solo dejarla sonar. Y sentir y recordar y añorar y emocionarme.
Mamá.

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El mundo se queda pequeño

By | Altas Capacidades, Crisis Existencial | No Comments

Se queda pequeño. La sensación de que el mundo se queda pequeño. De que las ideas, las ganas, el pensamiento, los proyectos, las emociones, las palabras, las imágenes en la cabeza, los sentimientos, de que todo lo que son y lo que llevan dentro y necesitan sacar son demasiado y no cabe en este mundo. Esa es una sensación recurrente en las personas con altas capacidades.

No son suficientes las horas en el día ni los segundos que hay en un minuto, para todo. No son suficientes los condicionantes, las características, los objetivos concretos para todo el aluvión de ideas asociadas y necesarias que desearían utilizar en una determinada tarea. No son suficientes las palabras, las letras, las reglas gramaticales para expresarlo todo. No son suficientes las personas alrededor, las relaciones, las miradas, los abrazos, las conversaciones para compartirlo todo, para dar todo, para amar todo lo que podrían amar. No son suficientes las calles, las puertas, las ventanas, los caminos, los medios, para ver lo que anhelan ver y llegar donde quisieran llegar.

Esa sensación permanente de ser demasiado y de que puede uno amoldarse un poco y recortarse un poco, y callarse un poco, y reprimirse un poco, y privarse un poco, y medirse un poco, y empequeñecerse un poco, y apagarse un poco, pero no tanto, pero no lo suficiente, y que lo que está al alcance controlar no será nunca todo lo necesario para al fin entrar, caber, encajar. Pero no por un poquito, no por unos milímetros, no por un margen posible de salvar, sino por mucho, demasiado.

Las personas con altas capacidades no viven en un mundo hecho a su medida. El mundo está hecho a imagen y semejanza y a escala y al alcance y acorde a la forma de una mayoría que muy poco tiene que ver con su modo de funcionar y pensar y sentir y actuar, y que cubre necesidades e interactúa simplemente de otra manera. Y así para todos los sistemas dentro del sistema. Y está bien, y es perfectamente entendible e inevitable que así sea. El sistema educativo, el aparato social, la maquinaria legal y el mercado laboral. Y todos los ámbitos y entornos en que estamos obligados y con los que debemos interactuar tienen una estructura y unas normas y una lógica y unos objetivos y una mecánica y un propósito y una forma y una manera y una filosofía que resultan ajenos, incomprensibles, insuficientes, extraños a una persona con altas capacidades.

La verdadera solución, si es lícito pensarlo de esa manera, está en dejar de intentar encajar y amoldarse, y aceptarlo como algo positivo y genuino, sencillamente porque no hay manera de hacerlo. Se dice que cuando un problema no tiene solución, entonces deja de ser un problema. Tal vez solo se trate de aceptar y asumir y actuar en consecuencia y dejar de poner esfuerzo en ser y parecer y hacer como si fuera algo a conseguir.

Las personas con altas capacidades no es que deban, o tengan derechoꓼ es que tienen la obligación de ser como son, de ser quienes son, de sentir como sienten y de poner su energía en fluir y crear a su manera. Porque este mundo podría llegar un día que nos quedara pequeño a todos. Porque si no hacemos otra cosa que encajar y amoldarnos no haremos más que apagarnos a tal punto en nuestra individualidad y en nuestro talento que terminaremos siendo réplicas operativas unos de los otros, piezas idénticas de un entramado infinito, inerte e inútil.

No hay necesidad de amoldarse y encajar. Porque amoldándose lo que hacemos no es encajar sino perder nuestra forma, negarnos, hacernos daño. Porque la libertad se encuentra cuando dejamos de ser lo que se espera de nosotros y nos atrevemos a ser lo que somos en realidad. No deberíamos hacer nunca menos de lo que podemos hacer. No deberíamos ser nunca menos de lo que podemos ser.

Quizás solo se trate de dejar de forzar. De luchar. De sufrir. Y darse cuenta de que no hace falta encajar. De que solo se trata de dejarse llevar y atreverse a ser.

Santorini_Caldera

El tamaño de mi ego

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Al sur del Mar Egeo emerge el archipiélago de Santorini. La forma, distribución y tamaño de las islas tiene su origen en una descomunal erupción volcánica ocurrida hace más de 3.600 años. En el invierno de 2007 estuve ahí y recuerdo una sensación que no había tenido hasta el momento. Cada noche que pasé en la isla de Thera me dormía pensando ¿Y si ésta es la última noche que concilio el sueño? ¿Y si esta noche se repite la erupción explosiva de la época minoica? Y la sensación era una mezcla de paz, equilibrio, tranquilidad, absoluta entrega a las fuerzas de la naturaleza y a la vez un terror profundo y helado.

Y está claro que yo no soy tan importante como para que se repitiera semejante erupción justo esos dos días que pasé en Grecia, pero es desconcertante constatar, con un ejemplo tan brutal, cómo nos podemos llegar a creer el eje del mundo. Y me da por pensar que quizás el tamaño de mi ego sea similar al de la caldera del volcán de Santorini; unos 12 kilómetros por 7 aproximadamente.

Pensaba que tal vez toda esa gente que vive colgadita en el borde del acantilado, en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, que se asoman a su propio horizonte de Mar Egeo circunscripto en un semicírculo irregular, tengan una vida más plena. Sean más conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tienen demasiado control sobre casi ninguna cosa. Igual no. Igual ya están acostumbrados y se preocupan y sufren por lo que les toca sufrir y también por las mismas insignificancias que todos los demás. Porque la verdad es que todos deberíamos ser conscientes de que hay que vivir día a día, y de que no tenemos demasiado control sobre casi ninguna cosa, aunque no vivamos en el borde de ningún volcán.

Y me pregunto ¿Cómo no iba a sentirme el centro del mundo? No me queda más remedio. El mundo se extiende desde mis pies en todas direcciones, se ve desde mis ojos, se oye desde mis oídos, se respira desde mi nariz, y se goza y se sufre desde mi cuerpo. Estoy atrapada. No tengo elección. Soy mi kilómetro cero. Me llevo a todas partes. No es que me haga demasiada gracia, pero no sé cómo remediarlo. Ya quisiera.

Pienso ahora mismo en esas casitas maravillosamente blancas y dulces, con sus puertas azul cielo, azul mar, y como se aferran tan increíblemente a un acantilado de 300 metros de altura que no es otra cosa que la huella de una explosión descomunal ocurrida hace más de 3.600 años. Y en como construimos belleza colgando de la nada. Y en como a nuestra absurda, ridícula y minúscula escala nos tomamos una foto del atardecer en la caldera, y cuando miramos desde la ventanilla del avión vemos el tremendo cráter, y más lejos todavía todo el planeta, y más y más… Y me pregunto si es posible vivir sin tener un ego más o menos de 12 kilómetros por 7. Me pregunto si tengo que sentirme culpable por creerme el centro del mundo, tan importante como para llegar a tener miedo de que esa misma noche que me fui a dormir en un bello hotelito de Fira volviera a repetirse la explosión minoica.

¿Alguien sabe cómo se sobrevive sin esconderse en un kilométrico ego a tan cruda y abrumadora insignificancia?