Limpio con el índice los bordes del teclado, cambio la tipografía, hago un silencio mental.

Nerviosos intentos de ejercitar los dedos y empezar a escribir de una vez.

Aquí estoy, luchando con tantas palabras que se agolpan y no quieren fluir, precalentando.

¿Quién soy? Intentaré responder quien soy aquí y ahora, en este mismo instante. Seguramente ayer me hubiera definido de otra manera, hubiera olvidado mencionar alguna cosa que no me gusta de mí, o exacerbado algún defecto; queriendo mostrar una cosa, hubiera desnudado otra.

Soy Carolina. Hace 31 años que nací en Buenos Aires, una madrugada de tormenta. Mi sangre tiene una mezcla de genes italianos, eslovenos y croatas. Hace 5 años que llegué a Madrid, y hace poco más de uno que vivo en Aranjuez. Hace 9 meses que soy madre. Hace 2 días descubrí que no voy a vivir para siempre. Suele pasarme que descubro cosas que ya sabía, pero que de pronto comprendo en toda su enormidad. Y me aterro, me sorprendo, me emociono.

Cuando escribo, habla una parte de mí que generalmente vive escondida, agazapada, y que no comprende el idioma que habla el resto de la gente, ni comparte sus códigos y rituales cotidianos.

Cuando leo me pierdo de que va la historia y paso por alto cosas importantísimas. Me quedo en los detalles, en recovecos psicológicos de algún personaje con el que no puedo evitar identificarme.

Fantaseo con qué hubiera sido de mí si me hubiera quedado en Buenos Aires. Cuál sería mi rutina diaria, qué cosas no hubiera conocido de mi misma y cuales si y ahora soy incapaz de ver.

Temo en algún momento de mi vida encontrarme en un lugar y en una situación donde me pregunte ¿cómo pude llegar acá? ¿cómo pude traerme ciegamente hasta este mundo dentro del mundo? ¿cómo pude llegar a ser tan distinta de mí? Y después pienso que no es tarde para darme cuenta de quién soy y tomar las riendas, y empezar a vivir más como esa Carolina atemorizada me pide incasablemente que sea. Y fluir.

 

 

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