Monthly Archives: julio 2018

molde

A medida

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

¿Es posible destruir los moldes? ¿Destrozarlos, eliminarlos, disolverlos, transformarlos en nada? Los moldes ¿A qué me refiero con los moldes? Creo que llevamos programada una manera de ocupar nuestra vida. Como si vivir no fuera otra cosa que “amoldarse”. Nos han enseñado lo que éramos. Nos han enseñado lo que era el amor y la familia y el trabajo. Nos han enseñado lo que eran los otros, lo que éramos nosotros en relación a los otros, y lo que creíamos de nosotros mismos. Nos han enseñado lo que era vivir en sociedad. Nos lo han enseñado todo, pero no de una manera volátil, superflua, ligera. Nos lo han enseñado con los límites del molde. Se superponen imágenes en mi cabeza, difíciles de ordenar y priorizar. Los piecitos de Loto, deformados dentro del minúsculo zapato chino. El bizcocho creciendo en time-lapse, solo hasta el límite de la silicona. Los restos del barrido del suelo del matadero triturados y embutidos dentro de la salchicha. El corsé. La faja. El cuello de las mujeres jirafa en Tailandia.

En algún momento de la vida, mejor antes que después (y mejor tarde que nunca) nos damos cuenta. Y nos preguntamos ¿qué hago yo metido en este molde? ¿cómo pude estar dentro de estos límites como si fuera algo normal? ¿como si esta fuera mi verdadera forma? ¿sin preguntarme nada? ¿cómo pude verdaderamente sobrevivir tanto tiempo?

Ojalá fuera tan fácil salir como darse cuenta. Darse cuenta y todo solucionado. El problema es que darse cuenta no es más que el primer paso (fundamental claro) pero es solo el primer pequeño paso de muchos, no sé todavía cuántos. Uno está ya tan hecho a esa forma y a ese tamaño, y a ese insuficiente aire y espacio y luz. Uno está ya tan “amoldado”, que aun siendo consciente que no eligió; no hay un camino corto ni una manera fácil de adquirir una forma auténtica.

Incluso hoy en día pareciera estar muy de moda esa estúpida farsa de ser uno mismo, oír nuestra propia voz, dejar de satisfacer a los demás, ir a por nuestros sueños, el “todo es posible” y toda esa absurda filosofía optimista de que la felicidad depende de nuestra actitud ante la vida y de que hay que estar seguro de sí. Es verdaderamente un insulto a las almas sensibles y a las mentes complejas ¿Cómo puede alguien con un mínimo de autoconsciencia, de capacidad de indagación y razonamiento tener la certeza de algo? ¿Cómo aceptar una verdad inmutable, lineal, sostenible y sometida (para colmo) a nuestro propio control? Con un ápice de lucidez y visión de cómo es el mundo en el que vivimos; sus leyes, sus normas, sus principios, sus mecanismos, sus móviles, sus prioridades ¿Realmente puede alguien en su sano juicio afirmar que es posible dejar de satisfacer al otro, ir a por los propios sueños y ser uno mismo? Pero si ser “uno mismo” nadie tiene la menor idea de lo que es. El autoestima ¿existe? Creo que sería más acertado llamarle heteroestima, poliestima, multiestima. Está impreso en el ADN: sin el clan no sobrevivimos. Y después de impreso, fijado cada día desde un principio por los patrones de conducta de nuestros padres, familia nuclear, familia extendida, tribu, sociedad, cultura ¿Qué ridícula idea es esa de ser uno mismo?

Y cuando al final ya estamos asfixiados y entumecidos de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas dentro del molde, ni siquiera tenemos claro cómo salir. Y aún con la suerte de darnos un buen golpe que rompa el frasco y salve la vida, y nos permita rodar fuera del contorno y salir aceptablemente ilesos de nuestro torpe reptar sobre los trocitos de cristal ¿Cómo estirarse? ¿Cómo irrigar cada pliegue? ¿Cómo moverse? ¿Por dónde empezar?

Amamos como nos han amado. Como hemos visto amar. Y como hemos replicado. Y nos vemos como nos han visto. Y creemos en eso que nos dijeron. Creemos en eso que vieron. Tan fielmente que hasta lo repetimos, aunque no se acerque lo más mínimo a la realidad. Actuamos como se debe, como se espera, como nos han dicho. De acuerdo con cómo nos han corregido, para evitar el castigo, el rechazo, el dolor, la indiferencia, la soledad. Ya sea por cuanto hemos sufrido en la propia piel y alma y estima, o por evitar eso que vimos tan de cerca les pasaba a los otros.

Y después que ya estamos perfectamente “amoldados”, construimos relaciones, ejercemos roles, nos ceñimos al guión. Y ese guión que representamos durante tanto tiempo ya nos sale sin pensar. La inercia es descomunal. Aunque sea incomodo, el surco es profundo. Y el movimiento y el rumbo y la manera, y la danza y la cadencia y el ritmo, salen con total naturalidad.

Por momentos no es que intente trabajar con ninguna metáfora. La verdad es que la mayor parte del tiempo me parece más real esa imagen mental que la que me devuelve el espejo. Que la que proceso en la retina cada vez que me cruzo con alguien y lo observo. Me parece infinitamente más real esa especie de tentáculo de pulpo en formol, o esa cabeza reducida por los jíbaros que lo que veo concretamente.

Creo que si pudiera reprogramar mi inconsciente en modo exprés. Urgente. Ya. Me encantaría pensar en una metáfora de mi nuevo molde como un refugio. Un lugar seguro. Mío. Cálido y luminoso. Pequeño. Un útero. Pero no el útero de mi madre. Sino el mío. Mi propio útero como mi refugio inagotable. Amarme. Amar mi condición de mujer. Alojarme. Cuidarme. Alimentarme. Crecer. Darme un lugar donde repararme, reconstruirme, reconocerme. Y nacer cuando ya esté preparada, cuando ya sea la hora, cuando llegue el momento. Y ya no volver a amoldarme nunca más.

Desistir

By | Crisis Existencial | No Comments

Tres veces seguidas. Una detrás de otra. Y yo, por más que me esfuerce mucho, no puedo dejar de interpretarlo siempre todo. Y sí. Es exagerado. Y a veces desquiciante. Pero, de momento, no lo puedo evitar.

Me faltaba un calcetín. Y ya toda la ropa tendida. Y ese que no aparecía por ninguna parte. Y busqué minuciosamente adentro de la lavadora. Y adentro de las botamangas de los pantalones ya tendidos, que a veces fagocitan el calcetín, según cuánta vagancia y cuánta prisa hayamos tenido al sacarnos la ropa y puede pasar que haya terminado todo junto. Y en las inmediaciones de la lavadora. Y en el camino que va del tender a la lavadora y de la lavadora al tender. Nada. Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. Abollado en el suelo, a un metro del tendedero, al lado de la ventana. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y faltaba un imán en la nevera. Y se volaba el dibujito de Sofi porque un solo imán no resistía. Entra viento. Circulación cruzada. Estaba en la oficina y había escuchado caerse el imancito. Pero no estaba por ninguna parte. Ni en el suelo al lado de la nevera. Ni cerca del escobillón y la palita. Ni en ese agujero negro que es el espacio debajo de la puerta del congelador donde uno puede llegar a encontrar monedas, restos de vidrio de un botellín que se estrelló hace dos meses, cáscara de huevo, esquinitas de chocolate negro. Nada. Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. En la puerta de la cocina. Ahí, agazapado. Casi camuflado. Como es chiquito y negrito. No da mucho de sí. Casi lo pateo, pero lo vi a tiempo. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y el cargador del móvil. El móvil se me estaba quedando sin batería. Y donde está el cargador ¿Dónde lo enchufé la última vez? Lo busqué en el tomacorriente de la cocina, y en el ladrón a los pies de la cama. En el salón, en el baño ¿Será que lo metí en la mochila? ¿Dónde lo llevé? Nada. Acercándome vertiginosamente al borde de la desesperación, al final…Desistí. Desistí y apareció. Apareció donde no me lo esperaba. Me vine a sentar en el escritorio y pisé el cable cuando moví la silla. Ahí. A mis pies, como una culebra roja y plana de cabeza blanca y lengua USB-C. La fuente de energía de mi moribundo móvil. El cargador. Ahí solito. Tan fuera de lugar. Pero estaba.

Y muy fiel a mi capacidad para irme por las ramas e interrelacionarlo todo empecé a aplicar esa misma dinámica a todo lo demás y a sacar conclusiones y a ponerlo todo en duda, pero a la vez comprobar si podía ser efectivamente una increíblemente útil constatación acerca de la realidad y cómo las cosas pueden llegar a aparecer cuando uno desiste. Las cosas pueden llegar a estar ahí, aunque parezca que no. Aunque no estén en el lugar y en el momento en que las estamos buscando. No de la manera y de la forma que esperamos. Pero están. Eso seguro. Están.

Así que me propuse a partir de hoy y aunque me cueste…

Desistir.