Monthly Archives: marzo 2017

sagrada familia

Ya lo sabíamos

By | Arquitectura, Primera Persona | No Comments

Cuando llegamos todo parecía estar en su lugar. Todo parecía igual que siempre. Y hasta fue fácil llegar. Más fácil de lo que esperábamos. En los viajes a Barcelona siempre algo salía mal. Teníamos ya una colección de anécdotas de los viajes. Parecía que Barcelona siempre quedaba más lejos de lo que estaba en realidad. Daba igual si íbamos en tren, avión o coche. Todos los transportes nos terminaban demostrando que escondían alguna perversa manera de arruinarlo todo.

La primera vez que fuimos todavía no teníamos hijos. Habíamos llegado a España hacía unos meses. Menos de seis, seguramente, porque todavía usábamos el seguro de assist-card. Hasta ese momento, Barcelona era para nosotros una lista de obras de arquitectura en páginas de revistas; fotos con gran angular y cielo azul en papel satinado mate del Museo de Arte Contemporáneo de Richard Meier, un volumen blanco y perfecto aterrizado en la Plaza de los Ángeles de la ciudad vieja; plantas acotadas, detalles constructivos y texturas de mármol verde de los Alpes del Pabellón de Alemania de Mies van der Rohe para la Exposición Internacional de 1929; desplegables tamaño A3 del interior de la Casa Batló de Antoni Gaudí en el monográfico del centenario. Pero esas obras eran de verdad. Barcelona estaba ahí para confirmarlo. Se podía caminar por la rampa del museo, y acariciar el mármol del pabellón y oír el crujido de la madera cogido del pasamanos de la escalera de la casa. Pero ese viaje no fue perfecto. Aunque no salía en la guía de la imprescindible Barcelona para arquitectos, también visité la clínica privada del Pasaje del Mercader 14, y tuve que respirar en la sala de espera, y coger el pomo de la puerta del aseo, aunque no tenía ningún diseño especial ni había sido ideado por un gran arquitecto, ni salía en ninguna revista.

La segunda vez fuimos en el Clío. Fran tenía 4 meses y se estaba recuperando de una gastroenteritis. Ese fue el viaje más largo de todos. Porque, aunque él resistía el malestar y dormía plácidamente en su sillita a pesar del olor a vómito, nosotros habíamos empezado a sentir los inconfundibles síntomas del contagio que nos obligaron a pasar dos días en un hotel de Calatayud alimentándonos a potito Nestlé de pollo con judías. El Clío no cubría nuestra necesidad básica. No tenía inodoro.

La tercera fue en avión. Íbamos a pasar las Navidades de 2007. El 24 a la noche, cuando parecía que por primera vez estaba saliendo todo maravillosamente, Fran empezó a vomitar. Hasta que vomitó 12 veces y terminamos pernoctando en el Hospital de Sant Pau donde no solo me contagié el rotavirus que nos impidió coger el vuelo de vuelta -por los mismos motivos que nos anclaron al hotel de Calatayud- sino una varicela que me tuvo 40 días sin salir de casa 3 semanas después.

Esta vez ya íbamos sabiendo que algo no iba a ir bien. No esperábamos a que nos cogiera por sorpresa. Ya lo sabíamos, aunque hiciéramos de cuenta que no. Cuando llegamos todo parecía estar en su lugar. Gabi nos recibió tan arreglada y sonriente, casi con su brillo de siempre. Preparaba un brownie para merendar. Yo nunca había estado en ese piso. Tenía algo diferente y algo igual a los demás. Tenía los mismos muebles, pero también otros. Tenía las mismas fotos, pero algunas faltaban. Agustina. Hacía seis años que no la veía. Llevaba el pelo recogido en un rodete de tres trenzas y los ojos todavía maquillados para el festival de gimnasia rítmica. Delineador gris y purpurina azul. La mirada de su papá, y hasta el gesto al retirar la vista como diciendo: ya no te miro, pero no porque no quiera.

Agus nos mostró la casa. Su habitación ya de niña mayor. Sin tantos peluches, ni muñecas, ni colores como la última vez. El comedor. Ni una cosa fuera de su sitio. Las sillas de madera de tres colores patinados en tonos entre azul y verde pastel. El espejo de marco rústico blanco devolvía a la perfección la posición, forma y color de las lámparas y el aparador, velado por el reflejo tenue de la luz tamizada que entraba por la puerta ventana lateral. A la izquierda del pasillo había un cuarto de impecable puerta blanca con una chapa ovalada inscrita en cursiva negra. Ponía Chambre. Creo que en francés puede ser habitación, dormitorio, también oficina. Agustina nos dijo, casi en un susurro: aquí mejor no entrar. El salón sí que me recordaba a todos los anteriores salones que había conocido. Todos los sofás en los que habíamos reído y bebido, y añorado y planificado y divagado y regañado a los niños por hacer tanto ruido y obligarnos a elevar demasiado el tono de voz al hablar. Pero la ventana no era como las demás. Ésta tenía el privilegio de enmarcar los pináculos de la Sagrada Familia. Cuando los vi, intenté con frialdad eludir todo simbolismo, evité deslizarme entre las inevitables relaciones metafóricas que mi psiquis está tan adiestrada para construir. Pasamos tímidamente al dormitorio principal. Media cama ocupada por lavadas, planchadas y perfumadas sábanas, fundas, almohadas y edredones que nos envolverían durante la noche.

Faltó un plato cuando pusimos la mesa. Y un par de zapatos en la entrada cuando volvimos de la playa. Y una chaqueta en el perchero entre las capuchas y las bufandas de algodón y las mochilas. Faltó una cámara de fotos encima de la silla en el McDonalds. Faltó tu abrazo cuando nos fuimos. Ya lo sabíamos cuando llegamos. Por momentos hacíamos de cuenta que todo transcurría con naturalidad. Porque podrías haber estado en el trabajo cuando llegamos, o afeitándote mientras desayunábamos. Podrías haberte acostado pronto el sábado por la noche, o haber estado duchándote mientras hablábamos en la sobremesa. Haberte quedado rezagado fotografiando la puesta de sol durante el paseo por la playa. Pero en algún momento. En algún momento tendrías que haber aparecido. Ya sabíamos que algo no iba a ir bien en este viaje a Barcelona. Y es que no ibas a estar amigo mío.

Tres cosas

Tres cosas

By | Crisis Existencial, Madrid, Mujer, Primera Persona | No Comments

3 sabores

El strudel de manzana de Luisa

El té de ruda

La sevenUp batida

3 ideas

Dios no existe. Ninguno de todos ellos. Dios es una invención del hombre para soportar el absurdo de la existencia y la desgarradora certeza de que todos vamos a morir. Las personas que amamos también mueren. Y pueden morir antes que nosotros.

El amor es una construcción. El amor es una necesidad desesperada. Amar para sentir que tiene algún sentido estar en este mundo. Elegir dos o tres cosas que parezcan encajar y construir encima lo que haga falta para dejar de sentirnos tan insoportablemente solos.

El ser humano es una isla. No es que sea egoísta. O malintencionado. Manipulador o interesado. Es su naturaleza. Solo podemos ver a través de nosotros mismos. Y sentir. Y desear. Y vivir. Y sufrir. Estamos solos. Y es desde esa soledad desde la que pretendemos que algo tiene algún sentido. Y es desde esa soledad y las necesidades asociadas que interactuamos con los demás y pretendemos disfrutar de algo, trabajar de algo, hacer algo, decir algo, y creer que tiene algún objetivo, alguna importancia, algún sentido. Pero no lo tiene.

3 sonidos

El canto de las cigarras

Los tacones de Virginia en el pasillo del fondo

La flauta del afilador

3 acciones

Con estas manos abracé a Sofía. Recién acababa de nacer. Con estas manos la puse en el pecho y no pude dejar de mirarla mamar. Todavía no había abierto los ojos.

Con estas manos escribí una carta que me costaría 5 años de silencio. Con la misma mano que la escribí la eché en el buzón. Si las cartas tuvieran títulos como los libros, esa se llamaría sincericidio.

Con estas manos firmé mi nacionalidad italiana, la que me permitió quedarme en España. Aunque después no supiera bien si quedarme había sido una suerte o no.

3 imágenes

El cuerpo pequeño y morado de Fran después de la cesárea. No esperaba verlo todavía. No me había dado cuenta de que iba a ser madre todavía. Hasta que lo vi.

Abuelo sentado en el antepecho de la ventana esperando a que nos levantáramos para saber si abuela había dormido en casa esa noche porque no estaba en su cama.

El coche destrozado del que papá había salido de milagro después de volcar tres veces en la carretera y terminar dentro del agua.

3 olores

El jazmín en flor de Labardén

La cera GloCot para suelo de madera

La costanera de Quilmes del Río de la Plata

3 lugares

El increíble y sobrecogedor espacio debajo de la cúpula de Santa Sofía en Estambul

El césped sobre la tierra sobre la tumba de mi abuela

Los escalones de la salida del Metro Sevilla en la calle Alcalá, donde respiré por primera vez el aire de Madrid

3 cosas que amo

A mis hijos

Leer, porque es una de las cosas que me hace sentir menos sola en el mundo. Fundamentalmente porque creo que los libros son más sinceros que las personas. Incluso las palabras de los escritores estoy convencida de que son mucho más sinceras que los escritores mismos; que sus vidas, sus actos y sus relaciones.

Creer, aunque sea por un instante, que existe algún tipo de sintonía con otro ser humano. Aunque sea fugaz, aunque esa certeza no dure más de un minuto.

3 cosas que temo

Que mis hijos mueran

No llegar a ser yo misma

No encontrar otra certeza que no sea la del sinsentido absoluto y la irremediable soledad

old-tricycle

Primer recuerdo

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

No recuerdo cuál es mi primer recuerdo. Tal vez escribiendo consiga recordar. Tal vez con el sonido de las teclas distraiga al centinela y pueda abrir el cerrojo y penetrar en el territorio de la infancia que de momento permanece cerrado y en silencio.

No sé cómo llamar recuerdo a una serie desordenada de flashes que me vienen todos juntos a la memoria. Suenan las cigarras. Y huele a cera del suelo. Y estoy ansiosa por ver dónde encontraré a Luisa. Y me duele saber que ya solo podré encontrarla en este territorio, y me doy cuenta de que tal vez sea por eso que intento no visitarlo. Por no confirmar el axioma: Luisa ya solo vive en tus recuerdos de la infancia.

No quiero sentirme triste. Quiero disfrutar esta visita. Y me pregunto qué debería hacer para conseguirlo. Pero sinceramente tengo miedo. No sé cómo encontrarme con Luisa y no sentirme triste. Intentaré pensar que estoy en el presente y no en un irremediable futuro en el que tengo 41 años y estoy a 27 años de nuestro último abrazo y a 10.082 kilómetros de Bernal.

No quiero inventarme un recuerdo. Quiero encontrarlo. Y aunque sé que será en la casa de Labardén 180 no sé sinceramente qué edad tendré. Y no puedo evitar anteponer fotos viejas y anécdotas que escuché a los hechos verdaderos.

No hay una casa sola. Hay tres. En el fondo hay un pasillo. El pasillo que une la casa de los abuelos con las casas de los inquilinos: la casa del medio y la casa de Pichi. En el garaje está aparcado el Renault 4 blanco. Ese con la palanca de cambios en horizontal y el tapizado de franjas cosidas de cuero negro. Para sacarlo a la calle hay que abrir el portón y la verja. La verja está de adorno realmente, porque no tiene más de un metro de alto.

No sé si será el primero, pero me está viniendo a la cabeza un recuerdo sobre la historia asociada a la verja que separa el frente de la casa de la acera y la pequeña rampa que hay para cada rueda del coche. Y mi triciclo oxidado de caño. Y el olor del césped mojado y, otra vez, el canto de las cigarras. Y el calor del verano que llega todos los diciembres al hemisferio sur. Y el traqueteo de la rueda sobre la acera vainilla. Y cómo me caí sobre la punta de la verja intentando, a toda la velocidad que alcanzaba mi pequeño vehículo, subir la rampa de cemento. Abuela está sentada con Pichi en el porche. Qué mujer tan increíble ¿Cómo pudo disimular que la herida iba a necesitar sutura? Yo le preguntaba: ¿es chiquita, abuela? ¿es un puntito como el que me hice ayer con la aguja de coser?

No me pusieron anestesia. Mamá no sabía si era alérgica. Me dieron tres puntos en la mejilla izquierda. Todavía tengo la cicatriz. Mamá lloró más que yo.

autorretrato

Autorretrato

By | Crisis Existencial, Mujer, Primera Persona | No Comments

Suelo construir imágenes mentales sobre mi misma. Acerca de lo que soy y la situación en que me encuentro.

Generalmente los detalles más nítidos y recurrentes hacen referencia a un lugar físico y a ciertas características de mi apariencia. Y la combinación entre el espacio y el ser, transformado en ocupante, genera una emoción clara. En los sueños se presenta con claridad. La sensación de querer gritar y no tener voz. De querer correr y no tener control sobre las piernas. De querer subir una escalera y ver pasar la gente, tan feliz y completa, funcional y desenvuelta, y sentir un aterrador vértigo, sentir que me asfixia el pánico, mientras para los otros es tan fácil y natural trepar esos peldaños que están tan lejos unos de otros. Siguen hablando y riéndose y gesticulando. Los observo desde mi vacío, desde mi silencio, desde la más absoluta incomprensión.

Es habitual que me imagine desnuda y diminuta, atrapada en el interior de un objeto complejo. El objeto parece un mecanismo de relojería, y a la vez un instrumento de tortura. Muchas veces casi tengo la certeza de que yo misma construí el artilugio para destruirme y hábilmente extravié los planos que con tanto esmero esbocé para poder materializarlo, y que me permitirían desarmarlo y liberarme.

Otras veces me imagino como una ninfa con dos enormes y tupidas alas blancas. Me encuentro en una celda anclada en el fondo del océano. En este caso hay un doble impedimento. No solamente estoy en un medio que no me permite volar, sino que ni siquiera podría plantearme nadar torpemente y buscar la superficie. Soy una prisionera.

Si el inconsciente está construido a partir de imágenes, está claro que lo que yo soy es una experta constructora de trampas. Trampas que diseñé con maestría y pericia para que fueran infalibles.

¿Qué es lo que soy? Soy mi propia cárcel.

 

Ilustración Juan Carlos Martín Vallés