Monthly Archives: noviembre 2015

Muchas más que 50 sombras de Grey

By | Literatura | No Comments

Hay distintas denominaciones que le han asignado a la trilogía de E. L. James: un récord de ventas, una verdadera revolución para la vida sexual de las mujeres, e incluso la han llamado pornografía para madres. Yo creo que todo esto puede ser un poco verdad, pero tengo ganas de ponerle yo misma algunos nombres y sus apellidos. Creo que tiene los ingredientes principales que cualquier best-seller debe tener; es de lectura fácil y rápida (nadie la valorará por su estilo literario o por la calidad de su prosa), en esto me recordó mucho a la experiencia de leer el Código Da Vinci, donde había páginas que realmente las pasaba por encima a toda velocidad; se puede quitar mucho, muchísimo, y no se pierde uno nada sustancial, artilugio que no podríamos usar jamás con Kundera o Yourcenar. Elige temas que despiertan el morbo: sado, sexo explícito, un protagonista traumatizado y neurótico con un pasado oscuro. Es, vamos a ser sinceros, atrapante (esta sensación va bajando de intensidad en cada entrega; la tercera parte casi que la he terminado por no dejar las cosas a medias, pero no porque me interesara demasiado). Es muy predecible, no apela para nada a la inteligencia del lector ni le sorprende con giros originales. Y, obviamente, tiene un final feliz.
No es que mi intención sea criticar en el mal sentido la obra, ni dejarla por los suelos. Debo confesar que me he quedado leyéndola hasta la madrugada, que he ido a por “50 sombras más oscuras” ni bien terminé la primera, y que me he divertido imaginando las escenas eróticas que tan explícitamente se recrean. Y debo aceptar también que la autora ha sido muy ocurrente al introducir el sado y un protagonista dañado emocionalmente. ¿Qué mujer no sueña con ser una heroína que consigue rescatar a su hombre de las ruinas de su pasado, de sus bloqueos emocionales, de sus vicios, y de su tristeza y hermetismo? Muchas veces mientras avanzaba en la lectura me reía sola pensando qué hubiera pasado con el libro si Christian Grey no hubiera sido un joven exitoso, un bombonazo multimillonario de cuerpo escultural. ¿A dónde se hubiera tenido que meter el contrato de dominación y sumisión si el protagonista masculino hubiera sido un gordito cincuentón, deprimido, frustrado, y al volante de un Seat Córdoba azul oscuro del 99? Casi me habían dado ganas de ponerme a escribir la anti-trilogía.
A Anastasia Steel me han entrado ganas por momentos de darle un par de azotes por sus dudas, miedos, caprichos y su rollito…mi cincuenta sombras, ¿qué haría yo sin él? Creo que en ese punto me daba cuenta de que la historia no estaba escrita para mujeres maduras, sino para veinteañeras post-adolescentes que pudieran sentirse más identificadas con ella y encontraran en Christian, Cincuenta Sombras, un candidato apetecible. Yo me preguntaba si la autora iba a tener la valentía y la irresponsabilidad de darle a la entrega un final feliz, con hijitos correteando por el jardín y todo, y así fue. La tuvo. En ese punto es en el que yo le podría bautizar de literatura irresponsable, porque ilusionar a unos cuantos miles de jovencitas que confiesan en el blog oficial haber llorado cuando se terminaron el último librito, porque no sabían cómo iban a hacer para vivir sin Christian, o se preguntan dónde estaba su Christian Grey que aún no había llegado a sus vidas… ¡Es muy fuerte! Chicas, queridas mujercitas, bienvenidas a la vida, ¡maduren por favor!, no busquen al señor Grey, ojalá no encuentren nunca nada parecido. Es totalmente imposible (salvo que se pueda pagar las sesiones semanales de un ficticio doctor Flynn) que un hombre con semejante historia y mambo mental se convierta de la noche a la mañana en un hombre perfecto, un marido equilibrado y un padre ejemplar. Ojalá la vida de pareja fuera tan fácil de transformar en un idilio: con tres o cuatro conversaciones profundas, dos sesiones de terapia de pareja y cuatro polvos al día.
Me ha divertido, sí. Ha encendido en mi cabeza pensamientos eróticos que con la rutina, la maternidad, el trabajo y la crisis se habían esfumado, sí. Ha conseguido que me ría y me divierta hablando abiertamente de sexo con mi marido y con parejas de amigos, sí. Ahí se queda. No creo que mire la película tampoco cuando la estrenen. La chica creo que la han elegido bien, pero este Jaime Dornan no es lo que yo me imaginaba cuando leía la historia, si hubieran puesto a Hayden Christensen (el Anakin Skywalker del Episodio III) me lo pensaba.

Los libros son más sinceros que las personas

By | Crisis Existencial | No Comments

Si sólo hubieran bibliotecas y cafeterías en el mundo creo que podría sobrevivir perfectamente. Creo que hay una barrera que obligatoriamente tengo que saltar si quiero dedicarme a escribir, y es la de poder escribir todo lo que quiera y necesite escribir, sin miedo, sin sentirme expuesta o juzgada. Al final lo que me atrae de los escritores es su sinceridad. La naturalidad con la que expresan su psicología, sus emociones, pensamientos, percepciones. Eso es lo que me hace reconocerme en ellos. Eso es lo que hace que conecte con el mundo que hay dentro de las páginas. Los libros son más sinceros que las personas. Incluso más sinceros que las personas que los escribieron. Y eso es porque sus escritores pudieron saltar la barrera. No pensaron qué pensaría quién los leyese. Escribieron. Fueron. Dijeron. Se dejaron llevar. Y eso es lo que me falta. Mi escritora está viva. Mi escritora no se puede matar ni apagar. Mi escritora está esperando que la deje ser, que la libere, que la acepte, que la ame, que deje de tenerle miedo. No me cuesta ser sincera conmigo misma, lo que me cuesta es exponerme al mundo.

¿La Felicidad?

By | Crisis Existencial | No Comments

Tengo por momentos una tendencia ridícula a alejar de mi vida presente y real todas las cosas que más deseo. Como si tuviera la necesidad oculta de frustrarme, de sentirme lejos de la felicidad. Hay que disminuir drásticamente el nivel de autoexigencia y el de expectativas acerca de la vida, de las vidas dentro de la vida. Y para eso hay que estar más en contacto con la vida real que con la ficticia. Más con la vida real que con la idealizada. Hay que ensuciarse con la vida, amar la vida, llorar la vida, mirarla a la cara, besarla, dejar que nos atraviese. Sin miedo a perderla. Perderla es ésto. Perderla es no animarse a vivir. Parece como si la felicidad nunca nos esperara acá y ahora. Y eso es una trampa. Siempre nos espera de la mano de los que están lejos, de los que perdimos, de recuerdos del pasado, o cosas que queremos lograr pero nos parecen imposibles. Queremos cogerla y se desvanece, se esfuma, está flameando en un futuro lejano, a veces inalcanzable. Hay que acabar con esta trampa. La felicidad está acá. Nos mira con los ojos vidriosos. Espera a que la abracemos, sin miedo a que nos abandone. A veces se ríe de nosotros. A veces llora desconsolada. Pero estamos ciegos. Está acá, siempre a mano, y no sabemos cómo tocarla. Sentimos que no la merecemos. Nos sentimos indignos de ella. La felicidad es para los ignorantes (y no queremos serlo). La felicidad es para los talentosos, para los mejores (y no lo somos, no confiamos lo suficiente en nosotros mismos como para creerlo). La felicidad es para los ricos (y estamos en crisis). No. La felicidad es para todos. La felicidad es para los valientes. La felicidad es para los vivos. No se consigue apagando esta vida, temiendo estar vivos, temiendo estar equivocados, temiendo no ser dignos, temiendo no ser los mejores. La felicidad es para nosotros. Acá y ahora. Con nuestra vida, tal y como es. Con nuestra vida que jamás será perfecta. Con nuestra vida a la que siempre le faltará algo. Con nuestra alma y nuestro cuerpo. Hay que atreverse a ser feliz. Es lo único que nos queda. No tengamos miedo a la vida. No tengamos miedo a la felicidad. A que la felicidad sea tanta que duela, que no nos quepa en el cuerpo. La felicidad no está en el pasado, no está del otro lado del océano, no cuesta dinero, no nos espera en otro país, en otro tiempo, en otra circunstancia. La felicidad depende de nosotros. Nos mira. Nos espera. Está tan cerca. No la ignoremos. No le pongamos un precio tan alto. No le compremos un billete tan lejos. No la encerremos en una inaccesible máquina del tiempo. Adoptémosla. Abracémosla. Hagámosla nuestra. Hoy y todos los días.