Monthly Archives: noviembre 2007

jaula vacia

El canario

By | Literatura, Mujer | No Comments

Desde el martes, que volvió del trabajo con el canario. Decime, ¿a quién se le ocurre regalar un canario? Así, de la nada, sin ninguna razón. A mí no me engaña, porque yo desde un primer momento ya me di cuenta de que algo pasaba. Que no sabés lo bien que trabaja esta chica, es tan responsable, nunca llega tarde, es la primera secretaria que le cae bien al jefe, le prepara el café como a él le gusta, ¿no es increíble? ¿A mí qué me importa que sirva bien el café esta mosquita muerta? Y podés creer que empezó a tener de repente más reuniones a mediodía, y no venía a comer. Yo no soy tonta, esto no es casualidad, porque además la semana pasada, que ésta se tomó las vacaciones, ahí sí, claro, ahí vino todos los días, y me llamaba a las 12:30 a ver que le iba a preparar, ¿podés creer? Yo estoy hirviendo, imaginate, éste de lo más fresco, como si nada. Y no va que el martes pasado me cae con la jaula, y el pájaro éste que claro, ¿quién le tiene que poner agüita, limpiarle las caquitas, que la lechuguita? ¿Quién? La idiota. Yo no sé, creo que me voy a volver loca, y todos los días, ¿podés creer que llega y va a saludar al bicho? Que ahora me jode la siesta, claro, porque canta, y es horrible ¿Y qué me dijo? Me dijo que esta “Paulita” había estado en Canarias de vacaciones. Y no, es que me da risa, claro, que le había traído el bicho de recuerdo, ¿de recuerdo de qué, me querés decir? No, esto no es normal, y encima ahora me dice. No, es que no te lo vas a creer. Que viene el viernes a cenar, sí, como lo estás oyendo. La invitó a cenar. Yo no sé qué hacer, porque esto ya es demasiado ¿yo qué papel juego? Esta tontita en mi casa, claro, sentada en mi mesa, y yo, la idiota, sirviéndole la cena, ¿y él? ¿qué me dice? Que es muy buena, que le da pena porque es jovencita, que está muy sola, recién llegada, que no tiene a la familia, y que es tan responsable y tan simpática, ¿vos qué decís? Pero sinceramente, ¿qué papel estoy haciendo? Porque claro hay momentos que pienso que no puede ser, que son historias mías…pero después cae éste con cada cosa que me confirma la sospecha, y sí, claro que tengo razón ¿Vos qué harías? Yo no puedo quedarme así como si nada, como una…¿Qué? Vos estás loca ¿cómo voy a hacer eso? ¿te parece? Ay, mirá, escucho la llave. Sí, te dejo que ahí llegó. Sí, el viernes.

 

-Huele muy bien gordita ¿Dónde están las sin alcohol? Así le sirvo algo a Paula. ¿Falta mucho?

-Están ahí. En el estante de abajo, las tenés adelante tuyo.

-Uy, hiciste dos paelleras, gordita ¿No será demasiado? Mirá que Paula no come mucho ¿Por qué hiciste tanto? Después lo terminás tirando.

-Y…como es tan especial esta “Paulita”, como me dijiste que no le gustaban los mariscos, hice una valenciana.

-¿Dónde me dijiste? No las veo.

-Mario, adelante de tu nariz.

-¡Ah! Es que compraste las sin ¿No había cero cero? Es que no toma alcohol.

-No ves que era especial esta “Paulita”. Menos mal que hice la de pollo.

-¿Y las almendras, gordita?

-Mario, me dejás tranquila que se me va a pasar el arroz. Parece que no vivís en esta casa. Están en el estante de la puertita.

Entra Paulita en la cocina.

-Permiso ¿Ayudo en algo?

-No querida.

-Qué buena pinta. Mario siempre me dice lo bien que le cocinás.

-Sí. A mí lo bien que preparás el café. Vayan yendo a la mesa que voy a ir sirviendo.

-A mi mejor servime la de pollo. Sí. Es que los mariscos a veces me caen mal.

-¿Mario?

-Y…servime un poquito de las dos. Para probar.

-Yo me sirvo la de mariscos, así estamos a mano.

-Está exquisita. Muy suave, porque a mi si le ponen mucho pimentón…

-La hice como siempre, como le gusta a Mario. Ahí tenés un plato para los huesitos nena si querés.

-¡Ay Mario! ¿Y Lorenzo?¿Dónde lo tienen?¿No es hermoso? Yo lo ví y enseguida me imaginé la ilusión que les haría escucharlo todas las mañanas.

-Vení, vení que te lo muestro, está en este balcón, porque justo de este lado como hay un poco de sol a la tardecita. Gordita ¿Y Lorenzo?

-Lo puse en el balcón de atrás, como ahora a la noche se levantó tanto viento.

-¿En el de la habitación del medio?

-No, en la nuestra.

-¿En la nuestra? Si la nuestra no tiene balcón.

-¿Preparo café?

feng zheng

Cómplices del viento

By | Arquitectura, Arte, Literatura, Primera Persona | No Comments

Con muchas cosas y cada tanto me pasa que creo saber lo que algo significa, hasta que un día me doy cuenta de que no. Cambia algo en mi interior, o en el mundo circundante. Releo un párrafo, encuentro un papel en un bolsillo, cruzo una mirada con alguien, cuelgo el teléfono, me tomo el último trago de agua y ya no soy la misma. Hay algo que de repente comprendí, como una pieza que encaja y hace sonar un “clic” en mi cabeza.

Puede ser tan trivial como descubrir que la palabra “desayunar” está compuesta por el prefijo “des” y luego el verbo “ayunar”. No recuerdo desde qué momento forma parte de mi vocabulario mental, escrito, oral, onírico, gráfico y principalmente visceral; pero no fue hasta hace unos días atrás que me di cuenta, que tomé conciencia de que des-ayunando se terminaba el ayuno.

Pero cuando más veces me pasó esto de sentir que caía una ficha y hacía clic y se acomodaba en su lugar, fue en mi viaje a China.

Después de desayunar arroz, almorzar arroz, merendar arroz y cenar arroz durante diez días, llega un momento en el que uno se sienta frente al cuenco y ve esos cilindritos blancos y humeantes pegoteados entre sí y uno dice: esto es arroz.

Después de tres días caóticos intentando llegar al parque natural de Jiuzhaigou, de 15 horas de autobús, taxi, caminata, otra vez autobús; con el estómago en la boca después de dejar inconscientemente mi vida en manos de conductores suicidas que adelantaban en las curvas de un camino de montaña por el carril contrario y cuya única precaución era dar un bocinazo; cuando al fin uno se sienta en la butaca del primer vuelo que pondrá fin a la pesadilla, el avión despega y uno dice: estoy vivo.

Y es ineludible narrar la experiencia de la visita a la muralla. Badaling es la parte que queda más cerca de Beijing, por lo tanto, la más visitada. Uno cree que la muralla es eso, un gran muro de piedra, ancho, alto y larguísimo, tan descomunal como para que pueda verse desde la luna. Lo primero que uno se entera leyendo la guía turística es que la muralla no se ve desde la luna, a duras penas y con bastante dificultad la encuentra uno en Google Maps. Después viene el darse cuenta de que ese tramo de muralla está en su mayoría reconstruido en la década del 30. Todo el recorrido va uno aferrado dificultosamente a unos pasamanos que obviamente no estaban ahí en los tiempos de la dinastía Ming. Al llegar arriba, después de haber trepado escaleras imposibles y rampas que lo dejan a uno sin aliento, el premio es encontrarse con medio millón de chinos que llegaron en teleférico, y que se toman fotos con uno y no con la muralla, ya que encontrarse con un occidental parece ser bastante más emocionante que con ese montón de piedras que pocos saben bien qué están haciendo ahí. El premio mayor es llegar al chiringuito donde pagando una desmesurada suma puede uno llevarse un bonito diploma personalizado que versa: “Yo estuve en la Muralla China”. Ahí arriba, entre la eterna neblina y rodeado de un vociferado murmullo ininteligible uno se dice: soy occidental.

Caminar por Beijing puede ser fascinante. Las bicicletas, los espacios verdes, la escala incomprensible de plazas y avenidas, el gris perpetuo de los edificios, el caos, el perfil de alguna pagoda escondida al final de un callejón, el olor a frituras, a té, los grupos de tres o cuatro chinos agachados en la esquina jugando algún antiguo juego de mesa en mitad de la acera. Y las cometas. De repente uno escucha un ruido de papel, como de pájaros, una especie de silbido, y uno mira hacia arriba y ahí ve mecerse flameante una bandada de caritas blancas con sonrisas grandes y azules y ojos multicolores, coronadas por un finísimo lazo celeste, mareado por el viento. Y uno ya no sabe qué decir. Y a uno se le puede llegar a ocurrir alguna frase poética que contrarreste todo lo anterior, como por ejemplo: las cometas son cómplices del viento.

La caligrafía china fue una de las cosas que más me fascinó. Antes, durante y después del viaje. Hay signos muy complejos, pero si uno empieza por los más simples termina descubriendo que hasta los más sobrecargados son combinaciones y superposiciones de signos primarios, y que cada signo es un pictograma, una abstracción gráfica y cada vez más simplificada de algo real. Para decir cometa los chinos dicen “fēng zhēng” que sería algo así como decir “viento-reto”. El caracter para escribir viento es una cruz bajo una especie de “u” invertida. El viento para ellos reviste peligro, es una corriente de aire incontrolable que puede hacer que el “qi” o “aliento de vida” pierda su rumbo. Y, justamente, cada vez que aparece esa cruz en un caracter simboliza algo temible. El signo “zhēng” no solo significa reto sino también competir, disputar, esforzarse por llegar a la cima. Y su pictograma sintetiza una mano cogiendo una especie de vara; una mano controlando, detentando poder. Así la cometa podría explicarse como aquella que reta al viento, la que lucha por llegar a la cima.

No sabría decir si volví de China. Sí sé que tomé un vuelo que hizo escala en Estambul y me llevó al día siguiente a Madrid. Pero tengo una extraña sensación que me viene a la cabeza desde ese viaje. Cada vez que veo una cometa tengo la sensación de que alguien está escribiendo “fēng zhēng”, trazo por trazo, y siento una “u” invertida encima de mi cabeza, y casi me escurro por una mano que me aprieta fuertemente y no deja que el viento gane la batalla.